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El poder de la
palabra

Eusebio Gómez, OCD
Saber hablar y saber escuchar son dos virtudes muy necesarias. Hoy
me quiero detener en el hablar: en el hablar de Dios, y en el
hablar del ser humano.
1. El hablar de Dios
“Hijo de hombre, mira con tus ojos, escucha con tus oídos y pon
tu corazón en todo lo que voy a mostrarte”. (Ez 40, 2.) Dios está
continuamente dando señales de vida, y lo nuestro es estar como un
centinela o un radar para captar su presencia.
Dios es comunicación amorosa. La Sagrada Escritura es “la gran
carta que el Padre envía a sus hijos que peregrinan en el mundo y
con quienes se entretiene mediante el Espíritu Santo”. (DV, 21.)
Por eso el gran imperativo de Israel es: “¡Escucha!”, y el peor
reproche profético es el del embotamiento y la torpeza de ojos,
oídos y corazón. (Is 6, 10.)
“Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros
padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha
hablado por medio del Hijo”. (Hb 1, 1-3.) Desde entonces, Dios se
ha quedado mudo. Todo lo que tenía que decir nos lo ha dicho
mediante la única Palabra, Cristo. “Todo nos lo habló junto y de
una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar”. (2S
22,3.)
La palabra es vida y es tan necesaria como la comida. La Palabra
de Dios es portadora de vida. Le bastó con abrir la boca para
crear el mundo. Jesús curó y sanó con su palabra. Dios sabe que si
nos faltara su palabra, no tendríamos vida. Él es fiel a su
palabra; habla al corazón y quiere llevar al ser humano a lo más
profundo de su vida y de su ser, pues quiere que escuchemos.
“No empujes al río, que fluye sólo”, aconseja la sabiduría
oriental. Nuestra tarea no debe ser la de controlar la Palabra,
sino la de escucharla y meditarla desde un corazón vacío y pobre,
para que dé fruto.
2. El hablar del ser humano
La palabra de Dios es vida y aliento. La del ser humano engendra,
con frecuencia, desaliento y muerte. Usamos nuestras palabras como
armas al servicio del orgullo y de la vanidad. Nuestras palabras,
en cambio, deberían servir sólo para alentar, dar consuelo y
enseñar el camino de la bondad y la grandeza.
La lengua es un órgano pequeño, pero un pequeño fuego enciende un
bosque. También la lengua es fuego. La lengua contamina todo
nuestro cuerpo.
Cualquier animal puede ser domado por el ser humano. La lengua,
ningún ser humano puede domarla, y está llena de veneno mortífero.
(St 3, 3-12.) En los Proverbios se advierte que “en el mucho
hablar no faltará pecado. (Pr 10, 19.) Quien no peca con la lengua
es perfecto. (St 3, 2.) “Harto raro es encontrar a alguien que
carezca del vicio de la lengua”, decía san Agustín. A los necios
les pierde la lengua; los sabios, por el contrario, saben callar y
escuchar.
El lenguaje es el espejo del alma, pues “de la abundancia del
corazón habla la boca”. (Mt 12, 34.) Con la lengua se mata uno a
sí mismo y a los otros. Se arranca de raíz la amistad y la
confianza desaparece. (Pr 25, 18.)
La lengua lame con la lisonja, muerde con la maledicencia y mata
con la mentira. Ata, y no se la puede atar; resbala como la
anguila, penetra como la flecha; destruye la amistad, multiplica
los enemigos, excita las disputas y siembra la discordia.
Decimos que una palabra es una cosa muy ligera, puesto que vuela
velozmente; pero hiere de un modo mortal; penetra fácilmente en el
alma, pero sale con dificultad; la dejamos caer ligeramente, pero
es casi imposible recogerla; circula fácilmente, y por esto viola
tantas veces la caridad. (San Bernardo.)
Muchas personas no saben hablar sin discutir. El abad Pastor decía:
“Aléjate de todo hombre que discute siempre que habla”.
Uno de los mejores ayunos es el de la lengua. El abad Hiperiquio
decía: “Es mejor comer carne y beber vino que, mediante la
calumnia, devorar la carne de tu hermano”.
Sève nos habla de los venenos de la palabra. Entre ellos está el
rumor interior, charlar sobre el tiempo, la gente, las
enfermedades, el pasado. La gran ceguera del charlatán es no ver
que en ciertos momentos su palabra es inoportuna.
Saber hablar bien es un arte. Pero todos deberíamos saber qué
tiene la palabra, para escuchar la de Dios y para usar de la
nuestra correctamente.
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