ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

La espiritualidad como signo de nuestros tiempos

Dennis Marshall

“Tú nos has creado para Ti, Señor, y nuestro corazón desconoce el reposo hasta que reposa en Ti”. Esta cita de San Agustín expresa a la perfección un signo característico de nuestros tiempos.

En la actualidad experimentamos un interés renovado en la espiritualidad. Este interés refleja la inextinguible aspiración de la humanidad a fundamentar el sentido y el propósito de la existencia, en lo que es más plenamente real. Este interés también refleja un intento consciente por definir la humanidad por encima y en oposición a ese proyecto “moderno” cuyo espíritu se resume en la divisa: “el hombre es la medida de todas las cosas”.

Sin embargo, el curso de la historia ha demostrado que la humanidad es incapaz de fundamentar su existencia en sí misma sin distorsionar seriamente el significado de tal existencia, y sin violentar la dignidad de la persona humana.

Decir que “el hombre es la medida de todas las cosas”, es decir: “el hombre es Dios”. Nos basta con mirar a los gulags y a los campos de exterminio, de concentración y de batalla del siglo XX, y con ver los horribles crímenes cometidos contra la humanidad en nombre de sí misma, para comprender la incapacidad radical de la humanidad para reemplazar a Dios.

El baño de sangre del reciente siglo desenmascaró la mentira del afán de autodivinización contenido en el proyecto “moderno”. El reconocimiento de que no somos Dios se ha convertido, de este modo, en la fuerza impulsora de la búsqueda de renovación espiritual en nuestra época.

Muchas formas de espiritualidad prometen satisfacer nuestra sed de unión con lo divino. Algunas son profesadas por las otras tradiciones religiosas vivas en el mundo. Algunas se apoyan en el lenguaje de la psicología y de la terapéutica, mientras que otras son calificadas como “nueva era”, y reflejan una mezcla ecléctica de creencias provenientes de diversas tradiciones religiosas y de mitologías precristianas.

En esta situación, los cristianos tienen que dar testimonio de la verdad de Cristo, quien, como Verbo encarnado, revela plenamente el amor del Padre, y nos conduce a la comunión con la vida divina, y a la plena participación en ella. Este testimonio no es tanto una obra de palabras, como de ejemplos. Los cristianos pueden desplegar en sus vidas el mismo compromiso con la vida de oración que Cristo desplegó en su vida terrenal. Nos ponemos a disposición del Padre, para que Él pueda abrir nuestros corazones a la recepción plena de su amor. La espiritualidad cristiana no aspira a evadirse de la historia, ni los beneficios de esta espiritualidad están destinados únicamente al provecho del individuo. En vez de ello, el amor de Dios vertido en nuestros corazones nos impulsa a volvernos hacia el mundo, y a servirlo en el amor del Padre, para así transformar la historia de acuerdo con la voluntad de Dios.

En oración y en unión con Dios, alcanzamos a realizar plenamente el deseo de nuestro corazón.

Mediante la oración y la gracia, el hombre puede ser la medida del mundo, porque Dios es la medida de su alma.

Profesor adjunto de Teología en Aquinas College, Grand Rapids, Michigan.

 Catholic News Service