La
espiritualidad como signo de nuestros tiempos
Dennis Marshall
“Tú nos has creado para Ti, Señor, y nuestro corazón desconoce el
reposo hasta que reposa en Ti”. Esta cita de San Agustín expresa a
la perfección un signo característico de nuestros tiempos.
En la actualidad experimentamos un interés renovado en la
espiritualidad. Este interés refleja la inextinguible aspiración
de la humanidad a fundamentar el sentido y el propósito de la
existencia, en lo que es más plenamente real. Este interés también
refleja un intento consciente por definir la humanidad por encima
y en oposición a ese proyecto “moderno” cuyo espíritu se resume en
la divisa: “el hombre es la medida de todas las cosas”.
Sin embargo, el curso de la historia ha demostrado que la
humanidad es incapaz de fundamentar su existencia en sí misma sin
distorsionar seriamente el significado de tal existencia, y sin
violentar la dignidad de la persona humana.
Decir que “el hombre es la medida de todas las cosas”, es decir:
“el hombre es Dios”. Nos basta con mirar a los gulags y a los
campos de exterminio, de concentración y de batalla del siglo XX,
y con ver los horribles crímenes cometidos contra la humanidad en
nombre de sí misma, para comprender la incapacidad radical de la
humanidad para reemplazar a Dios.
El baño de sangre del reciente siglo desenmascaró la mentira del
afán de autodivinización contenido en el proyecto “moderno”. El
reconocimiento de que no somos Dios se ha convertido, de este modo,
en la fuerza impulsora de la búsqueda de renovación espiritual en
nuestra época.
Muchas formas de espiritualidad prometen satisfacer nuestra sed de
unión con lo divino. Algunas son profesadas por las otras
tradiciones religiosas vivas en el mundo. Algunas se apoyan en el
lenguaje de la psicología y de la terapéutica, mientras que otras
son calificadas como “nueva era”, y reflejan una mezcla ecléctica
de creencias provenientes de diversas tradiciones religiosas y de
mitologías precristianas.
En esta situación, los cristianos tienen que dar testimonio de la
verdad de Cristo, quien, como Verbo encarnado, revela plenamente
el amor del Padre, y nos conduce a la comunión con la vida divina,
y a la plena participación en ella. Este testimonio no es tanto
una obra de palabras, como de ejemplos. Los cristianos pueden
desplegar en sus vidas el mismo compromiso con la vida de oración
que Cristo desplegó en su vida terrenal. Nos ponemos a disposición
del Padre, para que Él pueda abrir nuestros corazones a la
recepción plena de su amor. La espiritualidad cristiana no aspira
a evadirse de la historia, ni los beneficios de esta
espiritualidad están destinados únicamente al provecho del
individuo. En vez de ello, el amor de Dios vertido en nuestros
corazones nos impulsa a volvernos hacia el mundo, y a servirlo en
el amor del Padre, para así transformar la historia de acuerdo con
la voluntad de Dios.
En oración y en unión con Dios, alcanzamos a realizar plenamente
el deseo de nuestro corazón.
Mediante la oración y la gracia, el hombre puede ser la medida del
mundo, porque Dios es la medida de su alma.
Profesor adjunto de Teología en Aquinas College, Grand Rapids,
Michigan.
Catholic News Service
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