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Jesús y las mujeres

Adele González
El 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer.
Aprovechando esta ocasión, quiero reflexionar un poco sobre la
relación entre Jesús y las mujeres de su tiempo.
Una de las historias que más me llama la atención la narra el
Evangelio de San Lucas. En ella encontramos a Jesús en ruta a casa
de Jairo, un líder de la sinagoga, quien le había pedido sanara a
su hija única, que estaba muriendo. Por el camino, mientras la
gente lo apretaba hasta casi ahogarlo, “una mujer que padecía
flujo de sangre desde hacía doce años... se acercó por detrás y
tocó el borde de su manto; y, al punto, se le paró el flujo de
sangre. Jesús dijo: ‘¿Quién me ha tocado?’ Como todos lo negaban,
dijo Pedro: ‘Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.’ Pero
Jesús dijo: ‘Alguien me ha tocado, porque he sentido que una
fuerza ha salido de mí.’ Viéndose descubierta, la mujer se acercó
temblorosa y, postrándose ante Él, contó delante de todo el pueblo
por qué razón le había tocado, y cómo al punto había sido curada.
Él le dijo: ‘Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz’”.
Nos resulta difícil entender toda la riqueza de esta historia si
desconocemos las leyes judías de la época. De acuerdo al libro de
Levítico, en el Antiguo Testamento, la mujer en menstruación era
considerada impura, así como también sería impuro todo aquel que
la tocara. Si la mujer tenía el flujo de sangre fuera del tiempo
de su regla normal, permanecería impura mientras esta condición
durara. Esto quiere decir que la mujer que se acercó a Jesús había
sido considerada legalmente “impura” durante doce años, y
cualquier hombre que tuviera contacto con ella, o que tocara su
cama o algún mueble en que ella se hubiera sentado, quedaría
impuro también. (Levítico 15, 19-28.) Esta es una de las razones
por las que esta pobre mujer quería tan sólo “tocar” el manto de
Jesús, y no su persona, y también el motivo de que se acercara a
Jesús “temblorosa” cuando se vió descubierta. Tocar a un hombre
sin que él lo supiera y contagiarle su “impureza” habría merecido
un severo castigo. Jesús la sana, pero no solamente del flujo de
sangre, sino del lastre que llevaba encima por ser considerada
impura e intocable. El hecho de que Jesús insistiera en descubrir
públicamente a la persona que le había tocado, lo muestra como
liberador de las mujeres, sometidas a las limitaciones que la
tradición de la época imponía sobre ellas.
El Evangelio según San Juan presenta a Jesús como el hombre-Dios
que viene a derribar las barreras que a los humanos nos gusta
construir. La bien conocida historia del encuentro de Jesús con la
mujer samaritana, en el pozo de Jacob, es otro ejemplo que destaca
la aceptación de Jesús por los marginados de su época, entre los
que se incluía a las mujeres, a los pecadores, a los leprosos y a
los cobradores de impuestos. En esta ocasión, Jesús pasa por
Samaria, se sienta junto al pozo de Jacob, habla con una mujer
samaritana y le pide de beber. Este evento está lleno de
simbolismo teológico, pero, sin profundizar mucho, podemos decir
que existía una gran tensión y hasta odio entre judíos y
samaritanos; y que en la historia, Jesús trata de destacar que Él
es más grande que Jacob, pues el agua viva brota de él y no del
pozo tan venerado por los samaritanos. Algunos expertos dicen que
los cinco maridos de la samaritana son símbolos de las
infidelidades del pueblo de Israel. Pero nada de esto es el
propósito de mi reflexión.
En relación con las mujeres, quiero destacar que este Evangelio,
escrito en los años 90-100 de nuestra era, nos presenta una mujer
samaritana pecadora conocida en el pueblo, que iba al pozo al
mediodía, cuando hacía más calor, para no tener que enfrentar los
chismes y las burlas del pueblo. Ella se convierte, al conocer a
Jesús, en una de las primeras evangelizadoras. El Evangelio nos
narra que “muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Jesús
por las palabras de la mujer”. (Juan 4, 39.) ¡Qué manera de romper
barreras! Una mujer no judía, pecadora, se convierte en una
proclamadora creíble de la Buena Noticia y muchos hombre creen
gracias al poder de su testimonio.
¡Parece inverosímil que esto fuera narrado en el siglo I, por un
hombre, en una sociedad que consideraba a la mujer poco menos que
una propiedad! No es extraño que esta mujer se convierta en una de
las seguidoras más fervientes de Jesús. Lo que sí sorprende es que
el Evangelio la presente como una discípula y nos deje la historia,
para que entendamos hasta qué punto Jesús dio su verdadero valor a
la mujer de su tiempo.
En otros pasajes bíblicos, encontramos a Jesús como amigo íntimo
de Lázaro y de sus dos hermanas, Marta y María; lo vemos
permitiendo que una mujer, pecadora pública, lave sus pies con sus
lágrimas, los seque con su pelo y los unja con perfume. Ante la
crítica y la incredulidad de los que le observaban, Jesús permitió
que varias mujeres lo siguieran y lo sirvieran a Él y a los
apóstoles. (Lucas 8, 1-3.)
Quiero terminar recordando que cuando “la Palabra se hizo carne”,
lo hizo en el vientre de una mujer. Que cuando Jesús se perdió en
el Templo a los doce años, fue una mujer, su madre, quien lo llevó
de nuevo a la casa para que allí siguiera creciendo en edad y en
sabiduría. Fue de nuevo una mujer, su madre, quien le invitó a
hacer su primer milagro, de acuerdo al Evangelio de Juan, en Caná
de Galilea. Fueron las mujeres las que se quedaron con Él al pie
de la cruz, y las que fueron testigos principales de su
resurrección.
Pudiéramos escribir toda una tesis sobre este tema. Sin embargo,
para mí lo más importante no es la veracidad histórica de cada uno
de estos detalles, sino el hecho de que bajo la acción del
Espíritu Santo, estas historias hayan sido preservadas como parte
de la Sagrada Escritura de los cristianos desde el siglo I.
Tenemos que recordar que escribir estas historias, que daban tanto
valor a las mujeres, no era “políticamente correcto” de acuerdo a
los esquemas de la época. Jesús liberó a las mujeres con sus
palabras y acciones, pero la Iglesia primitiva también se liberó
al transmitir este mensaje.
¿Qué podemos deducir de todo esto? Ante la radicalidad y
profundidad de estas historias, me parece limitado dedicar tiempo,
como han hecho algunos escritores y directores de cine, a
especular sobre si Jesús tuvo o no relaciones íntimas con una
mujer. Creo que esto refleja la superficialidad de los autores y
disipa la magnitud del verdadero escándalo de las relaciones de
Jesús con las mujeres: escándalo religioso, político, social y
económico.
Este es el mensaje del Evangelio: Jesús, el Cristo, la Palabra
hecha carne, habitó entre nosotros, y durante ese tiempo cambió
uno de los esquemas más implacables de la época. Con sus palabras
y obras, retó a sus contemporáneos a aceptar la igualdad de la
mujer como “imagen y semejanza” de Dios mismo, y nos dejó una
medida para que los cristianos de hoy podamos evaluar la manera en
que valoramos a la mujer en la sociedad, en la Iglesia, y en el
mundo.
adelegonz@aol.com

Cristo y la mujer samaritana en el pozo.
Annibale Carracci (1560-1609). Pinacoteca de Brera, Milán. (Scala/Art
Resource, NY)
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