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La Nueva Era: “respuesta equivocada”
a “una cultura en crisis”


La sicoterapeuta Linda Adler (al centro) levanta sus brazos con la pipa de la paz en las manos, como parte de una ceremonia de luna llena, en Miami Beach. (Foto: Candace Barbot/Miami Herald)

Zenit
Vaticano

Si bien hay cosas positivas en la New Age, o “Nueva Era”, las creencias de este fenómeno contemporáneo de carácter gnóstico son incompatibles con el cristianismo, explica un informe provisional publicado el 3 de febrero por la Santa Sede.

El documento Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, de unas 95 páginas, es obra de un grupo de trabajo sobre los nuevos movimientos religiosos. Este equipo está compuesto por miembros de diversos organismos de la Santa Sede: el Consejo Pontificio de la Cultura y el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, que lo firman, con la colaboración de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y del Consejo Pontificio par la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

El texto explica que la Nueva Era no es “exactamente una religión, sino que se interesa más bien por lo que llama ‘divino’. La esencia de la Nueva Era es la libre asociación de varias actividades, ideas y personas a las que se puede aplicar este término. Por tanto, no se da en ella una articulación definitiva, como en las religiones principales”.

Entre las diferencias fundamentales entre el cristianismo y la Nueva Era, el informe cita, por ejemplo, la visión misma sobre Dios. Para la primera, Dios es “algo que se puede usar, o una fuerza para ser más poderosos”, mientras que, para la Iglesia, es una persona con quien el hombre está en relación.

La Nueva Era presenta a Cristo como “un sabio o un iniciado más”, o un “Cristo universal, impersonal y eterno”. “Niega o reinterpreta la muerte de Cristo en la cruz para excluir la idea de que, en cuanto Cristo, pueda haber sufrido”. Para el cristianismo, Jesús es el Hijo de Dios, único salvador del hombre.

Para la Nueva Era, la salvación es un logro personal. Por esto utiliza términos como “au-torrealización”, “autorredención”, “autocomplacencia”. “Para los cristianos, la salvación depende de la participación en la pasión, muerte y resurrección de Cristo y de una relación personal directa con Dios, y no de una técnica cualquiera”, aclara el texto.

La Nueva Era tiende a confundir “psicología con espiritualidad”, señala el informe. Sin embargo, “la mística cristiana es esencialmente diálogo que implica una actitud de conversión, un éxodo del yo hacia el Tú de Dios”, aclara también el documento.

En la presentación del informe a la prensa, el cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, consideró que “el fenómeno de la Nueva Era, junto a tantos otros nuevos movimientos religiosos, es uno de los retos más urgentes para la fe cristiana”, pues implica sed de Dios. Poupard calificó a la Nueva Era de “respuesta equivocada” a “una cultura en crisis profunda”.Ante la visión de una espiritualidad abstracta presentada por la Nueva Era, el cristianismo propone el encuentro personal con Cristo, señala el cardenal Poupard, uno de los responsables del informe.

“La Nueva Era parece ofrecer su visión espiritual del mundo, insistiendo en la infelicidad profunda de la felicidad contemporánea, porque promete la armonía cósmica, la adquisición de poderes mentales para transformar la realidad, el acceso al mundo espiritual que estaría escondido bajo las apariencias de la vida cotidiana”, explicó a los micrófonos de Radio Vaticano el cardenal Poupard.

“Se trataría”, añadió al comentar el documento Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, “como de una ‘revelación’ del yo profundo que sería accesible a través de ciertas técnicas, un paradigma nuevo, un mundo nuevo, la respuesta decisiva a la espera milenaria de la humanidad”. Según el Cardenal, para responder a los desafíos que plantea la Nueva Era, la Iglesia puede ayudar a las personas a reencontrar la dimensión personal de la salvación en el encuentro salvífico con Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, esto es, “encontrar a Cristo como portador del agua viva”.

Ello respondería a la profunda sed que hoy existe, puesto que “muchos están a la búsqueda, tienen sed de Dios, sed de una verdadera agua viva”. Todo el esfuerzo de la Iglesia está “en presentar esta agua viva que mana del corazón de Cristo traspasado en la Cruz”, explicó.

La importancia radica en comunicar una visión de la fe cristiana “que propone un encuentro concreto, no de cosas abstractas, de ideologías.

”Cristo es experimentado”, afirmó el cardenal Poupard, “hallado en la Palabra de Dios; se le encuentra en los Sacramentos, en la  Eucaristía, en la comunidad cristiana”.

Ésta última debe reencontrar el sentido de ser una auténtica comunidad, “porque la esperanza verdaderamente dramática de muchas personas, está en encontrar una respuesta a sus interrogantes y hallar también el calor que a menudo no encuentran”, insistió el presidente del Consejo Pontificio de la Cultura.

Según el cardenal Poupard, este tipo de movimientos “nunca convierten a los ‘paganos’, sino a aquellos cristianos que no han encontrado respuesta a sus incertidumbres”.

“Hay gente que busca paz interior, armonía consigo misma y con el universo, pero que querrían una religión sin lágrimas”, puntualizó. “Hay que reconocer que la Buena Nueva de Cristo implica el único camino hacia la verdadera felicidad”. Citando a Bossuet –“Todos los hombres buscan la felicidad, y toda la infelicidad del mundo viene del hecho de que no la buscan donde la podrían hallar”– el cardenal Poupard invitó a analizar honradamente qué es lo que se ofrece en las catequesis, en las celebraciones litúrgicas y en la vida de la parroquia.

“¿Ofrecemos de verdad a Jesucristo, portador del agua viva?”, concluyó el Cardenal.

Por su parte, el arzobispo Michael Fitzgerald, presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, aclaró a los periodistas que el diálogo con las demás religiones, o con las personas que creen en la Nueva Era, no implica “cancelar las diferencias”. En particular, explicó Fitzgerald, la Iglesia no puede avalar “la tesis de la unidad de las religiones, la convicción de que todos los caminos son iguales; estimar las religiones precristianas como las más auténticas”.

“Ante las muchas prácticas ligadas a las teorías de la Nueva Era”, concluyó, “se nos invita a utilizar el discernimiento”.

 

 

Cristianismo y Nueva Era, cara a cara

Zenit
Vaticano

Entrevista con Teresa Osorio, del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso

Titulado Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, el documento presentado el 3 de febrero en el Vaticano ha suscitado gran interés entre los medios de comunicación.

Se trata de un informe elaborado por un equipo de miembros de varios organismos del Vaticano: el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso y el Consejo de la Cultura, que son sus autores principales, con la colaboración del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Para profundizar en este importante documento, una de sus autoras, la doctora Teresa Osorio Gonçalves, del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso y coordinadora del grupo de trabajo sobre Sectas y Nuevos Movimientos Religiosos, responde a varias preguntas sobre la Nueva Era.

Ante la galaxia de un movimiento como el de la Nueva Era –donde confluyen espi-ritismo, ocultismo, teosofía, magia blanca y negra, panteísmo y neopaganismo– ¿podría indicar las diferencias principales respecto a la fe cristiana?

Sobre todo, los católicos creemos en un Dios creador. Un Dios que crea libremente, por amor, y que crea al hombre libre. Dios no coincide con el mundo (panteísmo), ni el mundo ha salido de Él por emanación. Desde la perspectiva cristiana, es igualmente falso afirmar que Dios coincide con el hombre. Ciertamente habita en él, pero es a la vez su Creador, Señor y Salvador. Por un proyecto de amor le ha hecho su interlocutor. La alteridad preserva la dignidad personal y la libertad del hombre.

Con este Dios entramos en diálogo a través de la oración. La oración no es el simple redescubrimiento del yo más profundo, sino que presupone el encuentro de dos personas: es ponerse libremente en adoración, en acción de gracias, en súplica. Es sintonizar con la voluntad del Padre.

 

Los seguidores de la Nueva Era buscan técnicas liberadoras…
Nosotros tenemos necesidad de la redención de Cristo porque somos pecadores. El cristiano ve al hombre como fundamentalmente bueno, pero herido por el pecado original. Ninguna técnica de liberación, ningún esfuerzo de concentración personal, ninguna sintonía de millones de conciencias pueden salvar al hombre. Nuestra única vía de salvación es Cristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, que “entró” en la historia para salvarnos.

¿Cuál es el significado de muerte y sufrimiento?
Los seguidores de la Nueva Era no aceptan el sufrimiento ni la muerte. La redención viene para ellos a través de técnicas de expansión de la conciencia, de renacimiento, de viajes a las puertas de la muerte; se obtiene también con cualquier método que ayude a relajarse para aumentar las energías vitales. En cambio, para los cristianos, el sufrimiento vivido en unión con Jesús Crucificado, que en la Cruz reveló su amor por los hombres, es fuente de salvación. También la muerte es un acontecimiento único: no es el acceso a una nueva reencarnación, a la que seguirán otras, sino el paso obligado para entrar en la vida eterna.

La Nueva Era habla de cambiar el mundo…
Dice un texto del movimiento indio Brahma Kumaris: “Va a suceder algo… Vosotros podéis suscitarlo asociándoos al mismo tiempo a otros millones, reunidos en un tipo de nueva comunión de los santos que por su fuerza y creatividad intrínseca dispone de un estímulo capaz de hacer volcar el mundo del lado justo”. Ante esto, es preciso preguntarnos: ¿bastará el pensamiento para cambiar el mundo? El camino que nos ha propuesto Jesucristo es bastante más exigente y más fascinante: es el del amor recíproco, que se traduce en obras concretas y crea comunidades vivas que construyen un mundo nuevo.