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El último deseo de un moribundo

 

Pedro Mujica vivió para ver el bautizo de sus nietos y biznietos


Pedro Mujica yace en una camilla en la parroquia St. Justin Martyr, rodeado de su familia, que cumplió su último deseo de bautizarse. Al otro día, Mujica murió. (Foto: Marlene Quaroni)

Ana Rodríguez-Soto y Marlene Quaroni
The Florida Catholic

La última voluntad de Pedro Mujica sorprendió a su familia y movilizó a un ejército de personas afanosas de realizarla. Pedro quería ver a sus nietos y biznietos bautizarse en la Iglesia Católica. Este inmigrante cubano de 69 años de edad, que llegó al sur de la Florida durante el éxodo marítimo del Mariel, en 1980, se estaba muriendo de cáncer del hígado. Alberto Castiñeira, capellán de la institución HospiceCare en el sureste de la Florida, había ido a visitarlo hace unas semanas, y le hizo la misma pregunta que les ha hecho a cientos de otros pacientes: “¿Hay alguna última cosa que podamos hacer por usted?” La respuesta de Mujica hizo llorar al capellán y a su propia familia, recuerda Castiñeira, que es seglar franciscano y miembro de la parroquia St. Helen, de Fort Lauderdale.

“Fue un momento de gran emoción espiritual”, dijo.

Pero había que darse prisa, pues el cáncer de Mujica progresaba rápidamente. Cuatro adultos y tres niños, entre las edades de 21 años y cuatro meses, tendrían que prepararse para el bautismo. Había que encontrarles padrinos. La parroquia local, St. Justin Martyr, de Cayo Largo, tendría que dar el permiso y hacer los arreglos para efectuar los bautizos.

Castiñeira comenzó a hacer llamadas telefónicas. Él y varias parejas de St. Helen viajaron a Cayo Largo en tres domingos consecutivos para ofrecer instrucción bautismal a los nietos y biznietos de Mujica. HospiceCare les facilitó los locales necesarios. El P. Fernando Hería, administrador de St. Justin, dio su bendición.

Hasta Mujica, que de niño había sido bautizado en Cuba, pero que nunca había practicado realmente la fe católica, asistió a las clases de preparación para el bautismo. Durante el primer domingo, Castiñeira les mostró un vídeo sobre el bautismo.

“Estaban tan ansiosos de recibirlo, que parecían niños viendo una película de Walt Disney”, recuerda. “Fue una verdadera manifestación de fe”.

“No habíamos ido a la iglesia en cuatro o cinco años, y desde que él dijo aquello, hemos estado yendo”, dice la nieta de Mujica, Cyndia Ramos, de 15 años.

Cyndia es una de cinco hermanas, de las cuales sólo una había sido bautizada. Las dificultades sufridas por la familia en los Estados Unidos, y en Cuba a causa del comunismo, fueron la causa de esto, explica su madre, Zayda Mujica, que había sido bautizada, pero que nunca practicó realmente el catolicismo.

Zayda calificó la petición de su padre como “una inmensa sorpresa”. Al mismo tiempo, sin embargo, “me sentí muy dichosa, realmente”, añade.

Además de Cyndia, iban a ser bautizados Zugelis Mujica, de 14 años; María Ramos, de 19, y su hija Zayda Negrón, de cuatro meses; Rosa Ramos, de 21 años, y sus dos hijos, Destiny y Alexander Gray, de tres y dos años. (Las nietas de Mujica escogieron el apellido de su padre o el de su madre, según la explicación de Cyndia.)

Castiñeira les trajo a cada uno de ellos Biblias y libros de oraciones, y les dio “básicamente una instrucción condensada del Rito de Iniciación Cristiana para Adultos” (RCIA, por su sigla en inglés). Mujica también quiso que su hija Zayda, que era quien lo atendía, convalidara su matrimonio ante la Iglesia; de este modo, ella podría ser la madrina de su nieta menor, llamada Zayda en honor de su abuela.

Pero no había tiempo suficiente para esto. La fecha de los bautizos se adelantó una semana cuando el estado de salud de Pedro comenzó a deteriorarse. Aun así, dijo Castiñeira, el enfermo estaba decidido a ver el cumplimiento de su último deseo. “Soñaba con ello diariamente”.

La ceremonia de bautismo tuvo lugar el 9 de marzo al mediodía, durante la misa en español de St. Justin Martyr. Dos parejas de St. Helen, Nelson y Aida Zambrano, originarios de Venezuela, y Nidia y Samuel Silva, de Panamá, junto con Castiñeira ––nacido en Cuba–– y su esposa, Emma, sirvieron de padrinos. Presidió el sacerdote paulino Salvador Miranda.

Miembros del Cuerpo de Bomberos de Islamorada, y de HospiceCare, donaron su tiempo para llevar a Pedro Mujica a la iglesia y verificar su estado de salud durante la ceremonia.

“No quiso soltarse de mi mano”, recuerda su nieta Cyndia.

“No apartaba los ojos de la cruz” suspendida detrás del altar, dice Castiñeira.

“Todos le pedimos a Dios”, dice Cyndia, “que no muriera en medio de dolores”.

El martes 11 de marzo, a las 8 de la mañana, Pedro Mujica murió serenamente mientras dormía.

 “Lo que más me ha impresionado”, dice Castiñeira, “es cómo este hombre sencillo, débil y moribundo, con una fe y una educación elementales, consiguió movilizar a personas de diferentes condados, de diferentes culturas, de diferentes parroquias, de diferentes instituciones, para hacer nada menos que lo que Jesús nos pidió que hiciéramos desde el comienzo, que es  bautizar a todos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.