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Muerte y Resurrección de Cuba

El tiempo es don de Dios y el hombre
debe vivirlo al ritmo de Dios


Dagoberto Valdés Hernández

Es el ritmo de la naturaleza, de las estaciones, del giro de los astros en el Universo. Es el ritmo de la Creación. En ese continuo devenir volvemos a este tiempo en que celebramos la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Cristo. Es la Cuaresma y la Semana Santa. Es el tiempo pascual. Tiempo de muerte y de vida, de pasión y de resurrección, de cruz y de esperanza.

En el Vía Crucis de los pueblos, que es su peregrinar por la historia humana, hay siempre señales en el camino. Señales de muerte: traición, juicios injustos, escarnio, azotes y caídas. La desnudez del despojo, la sed, los clavos y el abandono. Hay también señales de vida: la proclamación del Reino, la compañía de unas cuantas mujeres, la ayuda del Cireneo, el consuelo de la Verónica, el perdón ofrecido a los enemigos y la entrega sin límites “en las Manos del Padre”.

En la actual estación del peregrinar de Cuba, hay también señales de muerte y señales de vida. Cuba crucificada y Cuba resucitada. Cuba que sufre y Cuba que espera. Cuba atada y escarnecida, y Cuba que va liberándose y reconciliándose. En una palabra: Cuba que vive al ritmo de sus hijos. Cuba que vive, y debe vivir, al ritmo de la Providencia de Dios.

Las señales del camino nos ayudan a no desorientarnos, a no confundirnos, a interpretar los signos de los tiempos: guía segura para acompañar a Cuba en esta Cuaresma de más de cuarenta años, en este peregrinar de desierto y maná. No perdamos las señales: podemos perder el rumbo hacia la vida y podemos perder la compañía de la Cuba real.

 

Señales de muerte y señales de vida

Es cierto que hay señales de muerte en Cuba hoy: la primera de todas, el desaliento, al parecer que todos los caminos de la vida son cerrados por la terquedad del Poder, del Tener, del creer Saberlo todo. Es un espejismo que intentan hacernos creer los que sacan codornices y ollas de Egipto del desaliento. El desaliento conduce a la parálisis, a la caída bajo el peso de la cruz. A Pilato, a Herodes y al Sanedrín les conviene el desaliento que paraliza. Ésa es una señal de muerte. Identificarla y curarla es ya señal de vida.

Alentar la vida, animar para el cambio, ponerse en pie, apoyar a otros para incorporarse, son las señales de vida que van acompañando al que cae y se desanima. Hay muchos cubanos hoy, dentro y fuera de la  Isla, que están dando estas señales de vida:    la solidaridad, el apoyo, la compañía afectiva     y efectiva.

Hay otras señales de muerte: el daño antropológico que sufren las generaciones de cubanos que hemos crecido y hemos sido educados en medio de un sistema totalitario. La falta de libertad daña seriamente el carácter de las personas y el alma de los pueblos. Esta es una de las señales de que el fracaso de los sistemas autoritarios no reside sólo en lo económico, o en lo político: es, sobre todo, un desastre humano. Es la persona humana la que ha sufrido más. Es su estructura interna: su libertad, su responsabilidad, su voluntad, las que han sido debilitadas, deformadas, manipuladas. Ha sido la crucifixión de la subjetividad a manos del materialismo.

Esas señales van siendo patentes cuando encontramos jóvenes, e incluso adultos, que no son capaces de asumir una responsabilidad, que no tienen fuerza de voluntad para perseverar en la realización de una obra, que tienen miedo a la libertad. 

Recuerdo constantemente la memorable frase del papa Pablo VI: “El ateísmo es un fenómeno de cansancio y de vejez”. Esas son señales de la crucifixión de la subjetividad.

Pero no todo está perdido.

La libertad y la verdad son insumergibles cuando el ser humano no quiere dejarse vencer, cuando no quiere hacer dejación de su propia libertad. Víktor E. Frankl, el reconocido psicólogo vienés, nos hablaba, luego de su propia experiencia en un campo de concentración nazi, de “la última de las libertades”. Esto es, cuando nos han sido arrebatadas todas las libertades “exteriores”, es decir, las libertades económicas, civiles y políticas, queda aún la última de las libertades, que es la forma interior de asumir esa situación. La persona humana puede dejarse aplastar por la desgracia, o puede erguirse sobre ella para vivirla con lúcida conciencia y total dignidad.

 

Ejercer consciente y plenamente “la última de las libertades”

En efecto, una señal de vida en Cuba es que hay un “resto fiel”, un grupo creciente de cubanos que ha querido vivir y ejercer consciente y plenamente “la última de las libertades”. Vivir con hidalguía y con decoro la adversidad. Y estamos viendo, con gran esperanza, que cuando una persona se decide a vivir su libertad interior, ésta se potencia, se multiplica, se revierte en un aumento de la autoestima del que vive con decoro, se convierte en la generación de iniciativas para reconquistar los espacios de libertad. Esto es un signo importante de resurrección en la Cuba de hoy.

Algo se mueve en Cuba, de esto estoy convencido. Y eso que se “mueve” y crece y se articula y se organiza y busca consensos y nuevos espacios… eso que se mueve, es la corriente de libertad que brota de esa fuente interior que es decidirse a vivir puestos de pie sobre la última de nuestras libertades. En una palabra, ésa es la libertad de los hijos de Dios. Ésta es la más importante señal de vida en este tiempo de Cuaresma y Semana Santa de 2003 en Cuba.

Algo está resucitando en Cuba: es la capacidad de los cubanos de erguirse sobre su propia cruz. Algo está muriendo en Cuba: es la capacidad del totalitarismo para crucificar los espacios de libertad.

Algo está resucitando en Cuba: es la reconstrucción de la red pluralista y minuciosa de la sociedad civil. Sobre las vestiduras rasgadas del Sanedrín se vuelve a tejer la túnica inconsútil de grupos, asociaciones, periodistas independientes, partidos políticos, mesas de reflexión, asambleas de la sociedad civil, iniciativas como el Proyecto Varela, como el Proyecto de Bibliotecas Independientes, como el Proyecto para la redacción de una Carta de los Derechos y Deberes de los Ciudadanos, y otras muchas señales de vida.

Cuando en esta Semana Santa de 2003 nos acerquemos a besar la Cruz de Cristo el Viernes Santo, que ese beso sea nuestra veneración y nuestra cercanía a cuantos en Cuba y en la Diáspora han sido crucificados por decir la verdad ante Pilato, por cargar con la cruz de la ignominia y la han convertido, con su sacrificio innombrable, en signo de gloria. Esos cubanos, los que han sufrido por la verdad, por la justicia, por la libertad de la Patria, estarán con Cristo sobre la cruz del Viernes Santo. El celebrante proclamará en alta voz un pregón que en Cuba y en el exilio tiene un significado muy particular: “¡Mirad el árbol de la cruz, del cual está colgada la salvación del mundo!”

Al mirar a Cristo, miremos junto a Él a cuantos están crucificados de mil maneras en Cuba y por Cuba. Pasión de Cristo, pasión del pueblo, que convierte el desecho humano que cuelga de la cruz en carne de gloria y persona de resurrección.

Por eso, cuando en la noche de la Vigilia Pascual contemplemos el crepitar del fuego nuevo y veamos cómo su chispeante luz rompe las tinieblas de la noche y de la muerte, pensemos en la noche de Cuba, en sus signos de muerte, en sus condenados y crucificados, y cantemos el Himno de alegría porque “ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo, ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos ...”(Pregón Pascual del Sábado Santo.)

Cuando sostengamos en nuestras manos la frágil y pequeña luz de un cirio, miremos fijamente esa luz y pensemos que hay miles de cubanos que lo han encendido con su vida, su sacrificio, su palabra y sus obras. Para que Cuba resucite de verdad. Cuidemos esa luz. Levantémosla en alto. Y cantemos gozosos: “Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Ésta es mi convicción y mi certeza. Ésta es mi fe y mi esperanza: En la noche de Cuba, crece y abrasa un fuego nuevo y purificador. En Cuba arde, serena y pujante, la luz de la libertad. No es aún el amanecer de la resurrección, pero los que permanecemos en la vigilia activa de esta noche sabemos que antes de que raye el sol sobre el Turquino, poco antes de que la luz de la verdad reverbere en la verde esperanza de nuestros valles, aquí y allá, en el fondo del corazón de muchos cubanos, fulgura vivo y ya inapagable el Cirio Pascual de la Libertad.

Miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz y director de la Revista Vitral de la Diócesis de Pinar del Río, Cuba (www.vitral.org).