La
reconciliación no es “borrón y cuenta nueva”

Alicia Marill
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En Comunión, reunido en la iglesia La Milagrosa, el domingo
30 de marzo. Desde arriba, a la izquierda: Luis Pérez,
Patrick Hidalgo, el P. José Luis Menéndez, Armando Cabrera,
Germán Miret, el P. Gustavo Miyares, David Cabarrocas,
Silvia Rodríguez, Ondina Menocal, Fify Cabrera, Loly Espino,
Alicia Marill, el P. Robert Scheriter, Juan J. Rodríguez,
Sammy Díaz, Biby Hidalgo, Tony López, Alex y Dayami
Madrigal, y Vicente Murgado.
(Foto: Dora Amador)
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La palabra “reconciliación” tiene efectos conflictivos para el
exilio cubano. Es una de esas palabras que han sido mal usadas y
mal interpretadas.
También ha sido utilizada de una manera que da la impresión de que
se quiere borrar fácilmente la complejidad del dolor cimentado por
las bárbaras injusticias del régimen castrista en sus 42 años. La
experiencia del exilio se define a través del dolor que continúa
marcando nuestras vidas. No es cosa del pasado. Hay traumas a raíz
de la experiencia de haber sido desposeídos de nuestra patria y de
las experiencias de humillación de las famosas depuraciones, a
principios del régimen. Muchos llevamos el trauma de
encarcelamientos, fusilamientos, torturas, constantes amenazas, y
de familias desaparecidas en el mar. El exilio vive día a día el
gran dolor de las tragedias de las separaciones familiares de
padres, abuelos, tíos, hermanos, primos, que en muchos casos nunca
pudieron reunirse.
El drama de la “Isla Prisión”, como define nuestra isla Armando
Valladares, se vive desde el destierro con el sufrimiento propio y
el de los nuestros allá. Dolor que muchas veces es objeto de burla
y de infamia dentro del medio en que nos ha tocado vivir.
En este marco del dolor cubano hay un llamado de la Iglesia a la
reconciliación. La pregunta que resalta es: ¿Con quién? Muchos
cubanos nos resistimos a abrazar este concepto y tenemos razón.
Para los cubanos no puede haber una reconciliación con Castro,
quien no se arrepiente de nada. Para concebir un proyecto de
reconciliación, hay que aceptar que sin libertad y justicia no hay
reconciliación. Nuestra patria sigue sufriendo las consecuencias y
el trauma de una revolución que ha implantado una cultura de la
muerte. Sin embargo, nuestro espíritu y nuestra sangre cubana
buscan la alegría de vivir.
Entonces, si somos cristianos, ¿cómo podríamos concebir un proceso
por el cual, al menos, logremos aceptar que tenemos que forjar
juntos un camino de unidad entre nosotros, los creyentes de aquí y
de allá? Un camino que nos haga reconocer el dolor del pueblo
cubano y a la vez buscar cómo comenzar un trayecto que nos una
como pueblo, ya que la feroz ideología de Castro muchas veces ha
logrado separarnos. La reconciliación no se dirige al gobierno de
Cuba ni a sus representantes.
El papa Juan Pablo II se dirigió a los obispos de la Conferencia
Episcopal de Cuba en julio de 2001 y les animó a continuar en el
trabajo paciente en favor de la justicia, de la verdadera libertad
de los hijos de Dios y de la reconciliación entre todos los
cubanos, los que viven en la Isla y los que se hallan en otras
partes, no ahorrando esfuerzos conciliadores que permitan ampliar
siempre el trabajo caritativo de la Iglesia en la promoción humana
del pueblo.
No es un secreto que muchos cubanos católicos de la Isla y de la
diáspora hace tiempo que hacemos grandes esfuerzos en
correspondencia con todas las dimensiones que encierra ese mensaje
del Papa.
Ahora bien, lo que nunca hemos podido saber a ciencia cierta es
qué significa ese “trabajo paciente” en favor de una
reconciliación.
Muchas veces se propone de ejemplo modelos de otros países, que
han sufrido conflictos violentos provocados por regímenes
dictatoriales, que someten a la esclavitud a su gente y cometen
oprobios y crímenes contra gran parte de su pueblo. Lo de Cuba es
diferente. Esto lo decimos siempre los cubanos, y es verdad. El
sistema político enfermizo que llenaríamos muchas páginas
describiendo, no ha llegado a su fin. Se nos hace difícil
considerar una verdadera transformación de los cubanos y de
nuestra patria, aunque todos la soñamos. Juan Pablo II,
acertadamente, expresa que esta añoranza sincera también conlleva
la paradoja de factores existentes que causan profundas divisiones.
Desde la fe cristiana, la reconciliación es un llamado a vivir “en
comunión”, en común unión, y es un llamado a sanar y a hacer
justicia. La justicia en sentido bíblico es un deber de corregir
todo lo que no va con el Dios de misericordia, amor y verdad.
La justicia ha de ser parte integral del vivir el Evangelio. Por
lo tanto, el primer paso es “reconocer el dolor de todo el pueblo
cubano y sus raíces”. Es reconocer que nos han destrozado
anteriormente.
El arzobispo Favalora, inspirado por los principios de nuestra fe,
la palabra de Dios, las enseñanzas de la doctrina social de la
Iglesia y los últimos documentos de Juan Pablo II, particularmente
Ecclesia in América, ha asumido la iniciativa de convocar a
líderes católicos cubanos para desarrollar un proceso que promueva
la valoración de nuestros sentimientos, y un acercamiento entre
los católicos de la diáspora en la Arquidiócesis de Miami y la
Iglesia de Cuba. Este proceso de la arquidiócesis se ha titulado
En Comunión. El nombre surge de las varias sesiones que
hemos tenido unas cuarenta personas, cubanos católicos
comprometidos con Cuba y con nuestra Iglesia. El liderazgo de este
esfuerzo lo han llevado dos jóvenes cubanos hijos de Manuel y
Eloísa Hidalgo. Ellos, los hermanos Bibi y Patricio, se formaron
profesionalmente en universidades prestigiosas, y dedicaron sus
investigaciones al estudio de cómo reconstruir comunidades en
conflicto, y aplicaron sus conocimientos y sus esfuerzos a
reflexionar sobre su propia historia.
El primer propósito de la visión del proceso En Comunión es
reconocer el dolor de todo el pueblo cubano, e invita a crear un
espacio sagrado desde donde podamos reconocer nuestro dolor
personal, y entender con empatía y respeto lo que ha significado
el proceso del exilio y el sufrimiento del pueblo en Cuba durante
este tiempo, así como hacer una lectura de este hecho de dolor
desde la fe, atendiendo a los aspectos de redención, que son un
llamado a la misión.
Este proceso desde la fe nos ayuda a ver con claridad que, a raíz
del sufrimiento, nuestras vidas en el exilio han dado mucho fruto.
Y no sólo eso, sino que tenemos un legado de historias heroicas
fundamentadas en la fe.
La reconciliación, el encontrar un sentido a nuestro dolor y a
nuestra misión, no significa olvidar. Jamás se tratará, como en
aquel viejo adagio, de que “hay que perdonar y olvidar”. Quizás
podamos perdonar, porque descubrimos la gracia de Dios irrumpiendo
en nuestra vidas; pero es un mandato de nuestra fe el recordar.
Jesús dijo en la última cena: “Hagan esto en memoria mía”.
Recordar es llevar en el corazón. Nuestros corazones están llenos
de cicatrices; pero la memoria nos ha de servir de impulso para
llevar la justicia y llevar la redención, la cultura de la vida de
nuestra fe a donde quiera que haya una cultura de la muerte.
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