El
respeto debido a la Eucaristía
Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic
Desde el Miércoles de Ceniza de este año (5 de marzo de 2003), los
católicos deberán inclinar la cabeza, en señal de respeto y
reverencia, para recibir la Comunión en cualquiera de las iglesias
de la Arquidiócesis de Miami, y podrán comulgar, si así lo desean,
mediante ambas especies: el pan y el vino consagrados.
Estos cambios responden a la implantación de la nueva Instrucción
General del Misal Romano, emitida por el Vaticano en 2000, y
puesta recientemente en vigor por la Arquidiócesis. La Instrucción
General del Misal Romano contribuye a proteger la tradición de la
Iglesia, establecida desde los primeros siglos, contra posibles
errores en la comprensión de los símbolos empleados durante la
Misa, a la vez que preserva la integridad de dichos símbolos.
Las nuevas normas no implican un cambio en la Misa, sino una
clarificación de algunas de las prácticas que tienen lugar dentro
de ella, con el propósito de clarificar el respeto que debe
manifestarse hacia la Eucaristía.
La nueva Instrucción perfila aún más la Misa que los católicos
vienen celebrando desde los cambios introducidos en 1970 de
acuerdo al Concilio Vaticano II, con el fin de que todo el pueblo
de Dios pudiera participar más ampliamente en la Misa.
Uno de los cambios más importantes que la Instrucción contiene
para los laicos, es la posibilidad de recibir la comunión bajo
ambas especies. La inclusión del vino consagrado había sido una
excepción a la regla en la Instrucción de 1970; ahora se convierte
en la norma, aunque se podrá seguir comulgando sólo mediante el
pan cuando el número de los comulgantes haga que la distribución
del vino consagrado resulte poco practicable.
La nueva edición de la Instrucción General le solicita a la
Conferencia de Obispos de cada país que determine la postura
corporal de la Comunión, y que un acto de reverencia sea realizado
por cada persona en el momento de recibirla.
La Conferencia de Obispos de los Estados Unidos ha determinado que
en este país, la Comunión se reciba de pie y que se haga una venia
a manera de reverencia por aquellas personas que la reciben.
Estas normas pueden requerir ciertos ajustes de parte de aquéllos
que han estado acostumbrados a otras prácticas; sin embargo, el
significado que tiene la unidad en la postura y el gesto corporal,
como símbolo de nuestra unidad como miembros de un solo Cuerpo de
Cristo, debe ser el factor predominante sobre nuestras propias
acciones.
Aquellas personas que reciben la Comunión pueden recibirla ya sea
en la mano o en la lengua; sin embargo, la decisión final está en
la persona que la recibe, no en la persona que la distribuye. Si
la Comunión se recibe en la mano, las manos deben estar
completamente limpias. Si uno es diestro, la mano izquierda debe
descansar sobe la mano derecha. La hostia será luego depositada
sobre la palma de la mano izquierda y luego tomada por la mano
derecha hasta llevarla a la boca. Si una persona es zurda, esto se
revierte. Es inapropiado extender los dedos y tomar con ellos la
hostia de la persona que la distribuye.
La persona que distribuye la Comunión debe decirle lo siguiente a
cada comulgante que se aproxima y de manera que se oiga: “El
Cuerpo de Cristo”. Esta fórmula no debe alterarse, ya que es una
proclamación que invita a una respuesta de fe de parte de la
persona que la recibe. El comulgante debe responder de manera
audible: “Amén”, expresando, con su respuesta, su creencia de que
este pequeño pedazo de pan y el vino de este cáliz, son en
realidad el Cuerpo y la Sangre de Cristo, nuestro Señor.
Cuando uno recibe la Comunión del cáliz, la persona que distribuye
la Comunión hace la misma proclamación, y el comulgante nuevamente
responde: “Amén”. Cabe notar que no está permitido que una persona
introduzca la hostia que ha recibido dentro del cáliz. Si, por
alguna razón, el comulgante no puede o no desea beber del cáliz,
debe recibir la Comunión sólo en la forma de pan.
Parece apropiado concluir esta reflexión sobre la Procesión de
Comunión y la recepción de la Comunión con una cita del Catecismo
de la Iglesia Católica: “En el Bautismo fuimos llamados a no
formar más que un solo cuerpo. La Eucaristía realiza esta llamada:
El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la
Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el
Cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo
cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1 Co 10, 16-
17): Si ustedes mismos son Cuerpo y miembros de Cristo, son el
sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y reciben este
sacramento suyo, responden ‘Amén’ (es decir, ‘sí, es verdad’) a lo
que reciben, con lo que, respondiendo, lo reafirman. Oyes decir
‘el cuerpo de Cristo’ y respondes ‘Amén’. Por lo tanto, sé tú
verdadero miembro de Cristo, para que tu ‘Amén’ sea también
verdadero”. (San Agustín). CCC n. 1396.
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