ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

 

La Señal de la Cruz

Casiano Floristán
Especial / La Voz Católica

Durante los tres primeros siglos hubo resistencia entre los cristianos a representar la cruz con el crucificado, ya que se consideraba una imagen infamante. Sólo se admitía la cruz como signo o señal. Con el emperador Constantino en el s. IV, la cruz llegó a ser símbolo de victoria. Actualmente se celebran dos fiestas de la cruz, la Invención (3 de mayo) y la Exaltación (14 de septiembre), ligadas a ciertas costumbres populares. Los oficios del Viernes Santo incluyen desde el siglo II la adoración de la cruz. Como instrumento de ejecución capital con que fue crucificado Jesús de Nazaret, es el signo religioso más difundido de la humanidad. Para los cristianos es su señal. Bueno es recordarlo el día de su “invención” o descubrimiento, 3 de mayo.

La cruz existe desde la más remota antigüedad como símbolo humano y religioso. Según datos de la cultura cretense de mil quinientos años antes de Cristo, hay cuatro símbolos fundamentales: el centro, el círculo, el cuadrado y la cruz, siendo más importante la cruz, ya que es mediación entre el cuadrado y el círculo, y señala el centro. Por ser signo cósmico de los cuatro puntos cardinales, la cruz orienta al ser humano hacia todas las dimensiones de su existencia, ya que entrelaza los extremos del tiempo (salida y ocaso del sol) y del espacio (tierra y cielo). Une, pues, los opuestos: arriba y abajo, derecha e izquierda.

Ochocientos años antes de Cristo utilizaban la cruz los reyes asirios como signo de protección o de salvación. Los pueblos precolombinos, como el náhuatl, tenían un signo muy estimado parecido a la cruz, con el que indicaban los cuatro puntos cardinales y las cuatro regiones del mundo. La cruz es símbolo del mundo en su totalidad.

Como instrumento de ejecución y de suplicio, con carácter político o militar, la cruz es probablemente de origen persa. Después la adoptaron los cartagineses. El judaísmo antiguo no conoció la crucifixión sino la lapidación. La crucifixión era aplicada por los romanos a esclavos culpables de grandes crímenes, nunca a ciudadanos libres. En Palestina se practicó por decisión de los romanos, que se habían reservado la pena de muerte o el “derecho a la espada”. Se aplicaba a los sediciosos para reprimir los levantamientos contra la ocupación imperial romana. Era una forma cruel e ignominiosa de morir. Producía dolores atroces.

Según el ritual romano, el condenado era sometido a un juicio sumarísimo. Una vez juzgado, era flagelado y conducido al lugar del suplicio, portando en el cuello un cartel con el motivo de su condena. Llevaba asimismo el palo transversal de la cruz (patibulum) hasta el sitio donde estaba el palo vertical. Una vez llegado al lugar de la crucifixión, los soldados sujetaban las manos y pies al condenado, atándolos o clavándolos. Moría lenta y dolorosamente por agotamiento, sed y asfixia. Los romanos crucificaban a la salida de las ciudades y al borde de los caminos, para que el terrible castigo fuese visible y ejemplar. El cadáver era entregado a los parientes si lo solicitaban; de lo contrario, se dejaba como pasto a las aves de rapiña.

La crucifixión de Jesús de Nazaret se llevó a cabo en el Gólgota (“lugar de la calavera”), un montículo de piedra blanca –antigua cantera–, “fuera de las murallas” de Jerusalén, en un lugar maldito. El título de la cruz, puesto bajo el travesaño vertical para que se pudiera leer fácilmente, expresaba el motivo de la acusación. Jesús fue ajusticiado como “rey de los judíos”, según el conocido “INRI” en tres idiomas. Su condena por el poder romano, a instancias del sanedrín judío, entrañó una doble muerte, física y moral, ya que pretendieron, como con tantos condenados a muerte, destruir su vida y su reputación, su buena fama, su buen hacer.

La cruz se ha usado mucho y en ocasiones abusivamente. Ha sido motivo de decoraciones y honores. Con frecuencia se ha convertido en pieza ornamental, adorno personal, signo de dignidad, tutela protectora o emblema de honor por méritos militares o civiles. Muchas invasiones y conquistas se hicieron bélicamente con la cruz y la espada. No olvidemos las consecuencias que han tenido las terribles cruces gamadas o esvásticas del nazismo y las cruces en llamas de movimientos racistas perseguidores de seres humanos.

La conocida y repetida forma ritual trinitaria (“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”) se encuentra al final del evangelio de Mateo, dirigido a cristianos de origen judío, recién expulsados del judaísmo, que habían elegido la fe en Cristo frente a la identidad nacional religiosa. Los nuevos cristianos son bautizados “en el nombre de”. Algunos exégetas interpretan que esta fórmula procede del comercio helenístico, usada para indicar un cambio de propietario. Es decir, implica una relación de pertenencia. Los bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu” han cambiado de propietario, pertenecen al Señor. La cruz es distintivo de los creyentes, profesión de fe, signo de compromiso y plegaria de invocación. De ahí el gesto repetido de “En el nombre del Padre”, o del “Por la señal de la santa cruz.”

La teología de la liberación relaciona la cruz de Jesús con “el pueblo crucificado”. Junto a las cruces individuales están las cruces de personas y pueblos marginados, oprimidos. Una inmensa parte de la humanidad –dijo Ignacio Ellacuría, poco antes de que lo mataran– está “literal e históricamente crucificada por opresiones naturales y, sobre todo, por opresiones históricas y personales”. Hay una relación estrecha entre las cruces de la historia y la cruz de Cristo.

En resumen, la cruz es para los cristianos signo de pertenencia, de reconocimiento frente al mundo, de conversión, reconciliación y comunión con los hermanos y con Dios. La cruz es la señal de los cristianos.

(Doctor en Teología de la Universidad de Tubingen, Alemania, y  profesor de teología pastoral y de eclesiología en  la Universidad Pontificia de Salamanca, recinto de Madrid. Fue consultor del Concilio Vaticano II y participó en la reforma posconciliar. Ha escrito unos 25 libros. Viene a Miami anualmente a dar clases en el SEPI.)