La
Señal de la Cruz
Casiano Floristán
Especial / La Voz Católica
Durante los tres primeros siglos hubo resistencia entre los
cristianos a representar la cruz con el crucificado, ya que se
consideraba una imagen infamante. Sólo se admitía la cruz como
signo o señal. Con el emperador Constantino en el s. IV, la cruz
llegó a ser símbolo de victoria. Actualmente se celebran dos
fiestas de la cruz, la Invención (3 de mayo) y la Exaltación (14
de septiembre), ligadas a ciertas costumbres populares. Los
oficios del Viernes Santo incluyen desde el siglo II la adoración
de la cruz. Como instrumento de ejecución capital con que fue
crucificado Jesús de Nazaret, es el signo religioso más difundido
de la humanidad. Para los cristianos es su señal. Bueno es
recordarlo el día de su “invención” o descubrimiento, 3 de mayo.
La cruz existe desde la más remota antigüedad como símbolo humano
y religioso. Según datos de la cultura cretense de mil quinientos
años antes de Cristo, hay cuatro símbolos fundamentales: el centro,
el círculo, el cuadrado y la cruz, siendo más importante la cruz,
ya que es mediación entre el cuadrado y el círculo, y señala el
centro. Por ser signo cósmico de los cuatro puntos cardinales, la
cruz orienta al ser humano hacia todas las dimensiones de su
existencia, ya que entrelaza los extremos del tiempo (salida y
ocaso del sol) y del espacio (tierra y cielo). Une, pues, los
opuestos: arriba y abajo, derecha e izquierda.
Ochocientos años antes de Cristo utilizaban la cruz los reyes
asirios como signo de protección o de salvación. Los pueblos
precolombinos, como el náhuatl, tenían un signo muy estimado
parecido a la cruz, con el que indicaban los cuatro puntos
cardinales y las cuatro regiones del mundo. La cruz es símbolo del
mundo en su totalidad.
Como instrumento de ejecución y de suplicio, con carácter político
o militar, la cruz es probablemente de origen persa. Después la
adoptaron los cartagineses. El judaísmo antiguo no conoció la
crucifixión sino la lapidación. La crucifixión era aplicada por
los romanos a esclavos culpables de grandes crímenes, nunca a
ciudadanos libres. En Palestina se practicó por decisión de los
romanos, que se habían reservado la pena de muerte o el “derecho a
la espada”. Se aplicaba a los sediciosos para reprimir los
levantamientos contra la ocupación imperial romana. Era una forma
cruel e ignominiosa de morir. Producía dolores atroces.
Según el ritual romano, el condenado era sometido a un juicio
sumarísimo. Una vez juzgado, era flagelado y conducido al lugar
del suplicio, portando en el cuello un cartel con el motivo de su
condena. Llevaba asimismo el palo transversal de la cruz (patibulum)
hasta el sitio donde estaba el palo vertical. Una vez llegado al
lugar de la crucifixión, los soldados sujetaban las manos y pies
al condenado, atándolos o clavándolos. Moría lenta y dolorosamente
por agotamiento, sed y asfixia. Los romanos crucificaban a la
salida de las ciudades y al borde de los caminos, para que el
terrible castigo fuese visible y ejemplar. El cadáver era
entregado a los parientes si lo solicitaban; de lo contrario, se
dejaba como pasto a las aves de rapiña.
La crucifixión de Jesús de Nazaret se llevó a cabo en el Gólgota
(“lugar de la calavera”), un montículo de piedra blanca –antigua
cantera–, “fuera de las murallas” de Jerusalén, en un lugar
maldito. El título de la cruz, puesto bajo el travesaño vertical
para que se pudiera leer fácilmente, expresaba el motivo de la
acusación. Jesús fue ajusticiado como “rey de los judíos”, según
el conocido “INRI” en tres idiomas. Su condena por el poder romano,
a instancias del sanedrín judío, entrañó una doble muerte, física
y moral, ya que pretendieron, como con tantos condenados a muerte,
destruir su vida y su reputación, su buena fama, su buen hacer.
La cruz se ha usado mucho y en ocasiones abusivamente. Ha sido
motivo de decoraciones y honores. Con frecuencia se ha convertido
en pieza ornamental, adorno personal, signo de dignidad, tutela
protectora o emblema de honor por méritos militares o civiles.
Muchas invasiones y conquistas se hicieron bélicamente con la cruz
y la espada. No olvidemos las consecuencias que han tenido las
terribles cruces gamadas o esvásticas del nazismo y las cruces en
llamas de movimientos racistas perseguidores de seres humanos.
La conocida y repetida forma ritual trinitaria (“En el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”) se encuentra al final del
evangelio de Mateo, dirigido a cristianos de origen judío, recién
expulsados del judaísmo, que habían elegido la fe en Cristo frente
a la identidad nacional religiosa. Los nuevos cristianos son
bautizados “en el nombre de”. Algunos exégetas interpretan que
esta fórmula procede del comercio helenístico, usada para indicar
un cambio de propietario. Es decir, implica una relación de
pertenencia. Los bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu” han cambiado de propietario, pertenecen al Señor. La
cruz es distintivo de los creyentes, profesión de fe, signo de
compromiso y plegaria de invocación. De ahí el gesto repetido de
“En el nombre del Padre”, o del “Por la señal de la santa cruz.”
La teología de la liberación relaciona la cruz de Jesús con “el
pueblo crucificado”. Junto a las cruces individuales están las
cruces de personas y pueblos marginados, oprimidos. Una inmensa
parte de la humanidad –dijo Ignacio Ellacuría, poco antes de que
lo mataran– está “literal e históricamente crucificada por
opresiones naturales y, sobre todo, por opresiones históricas y
personales”. Hay una relación estrecha entre las cruces de la
historia y la cruz de Cristo.
En resumen, la cruz es para los cristianos signo de pertenencia,
de reconocimiento frente al mundo, de conversión, reconciliación y
comunión con los hermanos y con Dios. La cruz es la señal de los
cristianos.
(Doctor en Teología de la Universidad de Tubingen, Alemania, y
profesor de teología pastoral y de eclesiología en la Universidad
Pontificia de Salamanca, recinto de Madrid. Fue consultor del
Concilio Vaticano II y participó en la reforma posconciliar. Ha
escrito unos 25 libros. Viene a Miami anualmente a dar clases en
el SEPI.)
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