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¿Cuándo hay que emplear el “último recurso”?


George Weigel

Que la fuerza militar debe ser el “último recurso” para resolver un conflicto, es uno de los criterios clásicos que integran la ley sobre la “decisión de guerra” dentro de la tradición de la guerra justa. El Catecismo de la Iglesia Católica define el concepto de “último recurso” así: “Todos los otros medios de poner fin a [el daño causado por una agresión] deben haber resultado impracticables o ineficaces”. En su alocución a los diplomáticos acreditados ante el Vaticano, el pasado 13 de enero, el Santo Padre dijo que el recurso a la fuerza armada debe ser “la última de las opciones” para lidiar con una agresión.

¿Cómo sabemos, entonces, que hemos llegado al punto de aplicar el “último recurso”?

La pregunta no es ociosa ni abstracta, pues, en principio, uno siempre podría imaginar una nueva iniciativa diplomática, una nueva conferencia cumbre, una nueva ronda de negociaciones para lidiar con muchas de las amenazas a la paz.

A veces, como en el caso de las clásicas agresiones fronterizas, los sucesos demuestran irrefutablemente que la fuerza armada es el último recurso posible. Cuando Alemania invadió Polonia el 1º de septiembre de 1939, ningún polaco en su sano juicio habría pensado que otra ronda de negociaciones podría haber sido de alguna utilidad.

Pero en muchos otros casos, no siempre resulta claro cuándo la diplomacia ha dejado de ser una opción moralmente realista y políticamente razonable, lo cual sugiere que, si el concepto de “último recurso” va a tener una significación real para los estadistas, los teóricos de la guerra no pueden pensar en el “último recurso” matemáticamente, como si se tratara del término de una secuencia de posibilidades potencialmente infinita.

Es evidente, sin embargo, que el mundo no funciona de esta manera.

Un ejemplo tomado de la historia contemporánea puede ayudarnos a obtener una mejor comprensión intelectual y moral del concepto de “último recurso”.

A principios de junio de 1981, el reactor nuclear de Osirak ––que técnicos franceses estaban construyendo para Irak––, se encontraba a sólo unas semanas de entrar en funcionamiento. En la madrugada del 6 al 7 de junio de 1981, aviones de bombardeo israelíes destruyeron el reactor. El ataque fue llevado a cabo con una gran habilidad: los pilotos israelíes se expusieron a un alto nivel de riesgo para reducir al mínimo las bajas civiles, y lograron frustrar el programa nuclear de Irak.

En aquel momento, la “comunidad internacional” ––incluyendo a los Estados Unidos–– condenó enérgicamente la acción de Israel. Unos pocos años después, las cosas ya parecían diferentes. Irak se había lanzado a una prolongada y sangrienta guerra con Irán, una guerra en la que Irak empleó regularmente armas químicas y atacó Teherán y otras ciudades iraníes con misiles balísticos. Si el reactor de Osirak hubiera sido terminado y los científicos e ingenieros militares iraquíes hubieran tenido a su disposición una provisión de material fisionable, Saddam Hussein hubiese tenido un arma nuclear, y posiblemente la hubiera empleado durante aquella guerra. El ataque aéreo de Israel resultó, entonces, una manera eficaz de impedir una mayor proliferación de armas nucleares.

La fundamentación moral y política que los dirigentes israelíes dieron cuando actuaron de este modo, también merece consideración. En circunstancias como ésta, argumentaron los israelíes, el término “último recurso” no podía significar esperar hasta que los iraquíes tuvieran un arma nuclear, y después tratar de impedir que la usaran cuando estuvieran a punto de hacerlo. Las consecuencias de un fracaso en tales circunstancias, serían demasiado espantosas para arriesgarse a ellas. Por lo tanto, argumentaron los israelíes, cuando uno está lidiando con un hombre como Saddam Hussein, con un régimen como el de Irak (donde no existen limitaciones internas a la voluntad del dictador), con armas nucleares (u otras armas de destrucción masiva), y con misiles balísticos (o con el posible empleo de estas armas por parte de terroristas), el punto de “ultimo recurso” se alcanza cuando ya no queda otra opción que impedir por la fuerza que el agresor obtenga las armas, antes de que efectivamente las emplee.

Esto fue lo que Israel hizo en la madrugada del 6 al 7 de junio de 1981. Y ahora parece probable que, en el transcurso de los últimos 23 años, el mundo se ha salvado de ver una “solución” nuclear de la guerra entre Irán e Irak ––con la total destrucción de Teherán–– y de una guerra nuclear en el Oriente Medio, gracias a lo que Israel hizo.

¿A quién le corresponde anunciar que se ha llegado al punto del “último recurso”? ¿Quién decide que ya no queda otra opción que emplear una fuerza militar proporcionada y escogida, para impedir que un posible agresor obtenga armas de destrucción masiva?

El Catecismo es preciso en esta cuestión: “La evaluación de estas condiciones para establecer la legitimidad moral, corresponde al juicio prudencial de quienes son responsables del bien común”.

Estadistas responsables, pues, hacen el llamado. El deber de los líderes religiosos y de los teólogos es enseñar y explicar el principio que rige la situación. Pensar en el ejemplo de Osirak ayuda en esta necesaria tarea de clarificación.

(Miembro titular del Centro de Ética y Política Pública, de Washington, D.C.)