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Cómo practicar la Lectio Divina
Isabel Castellanos
Cuando hallé tus palabras las devoraba, se convirtieron en mi
alegría y mi felicidad, porque yo te pertenezco, Dios, Señor
Todopoderoso (Jeremías 15: 16)
Lectio Divina
(literalmente, “lectura divina” o “lectura sagrada”) es la
práctica clásica de leer o, más propiamente, de escuchar en
actitud orante, las Sagradas Escrituras, los textos que, según
nuestra fe, han sido inspirados por el Espíritu Santo. Consiste
fundamentalmente en escuchar a Dios, que vive en su Palabra y en
nosotros. Como explica el Padre Thomas Keating, la Lectio
Divina es la forma más tradicional de cultivar la amistad con
Cristo. Es un modo de prestar atención a los textos de las
escrituras como si estuviésemos conversando con Cristo y él
sugiriese los temas de conversación. A medida que la relación se
hace más íntima, la conversación se simplifica hasta convertirse
en comunión o, como dice San Gregorio el Magno, en “descanso en
Dios.” Se trata, por lo tanto, de un ejercicio contemplativo.
Al igual que la oración centrante, la Lectio nos predispone
a recibir el don de la contemplación. La oración contemplativa,
lejos de estar reservada a unos pocos, es el desarrollo normal de
la gracia del bautismo y consiste en una apertura de todo nuestro
ser a Dios, más allá de los conceptos, las emociones, las imágenes
y las palabras. Es una experiencia de Dios en fe y amor.
La Lectio Divina ha sido practicada desde los primeros
tiempos de la Iglesia y siempre la comenzamos encomendándonos al
Espíritu Santo, el único capaz de enseñarnos a orar. En el siglo
12, Guigo el Cartujo dividió el proceso en cuatro etapas o
“peldaños” y a este enfoque se le ha llamado el “método
escolástico”:
Lectio
(lectura). Consiste en leer un fragmento de las escrituras. No
tratamos aquí de obtener información intelectual, sino de captar
el sentido general que el pasaje posee para nosotros. Implica un
espíritu de silencio y una apertura a la palabra de Dios.
Meditatio
(meditación). En esta etapa se permite que la Palabra nos hable
directamente. Si alguna frase atrae nuestra atención, la
consideramos, la repetimos lenta y silenciosamente, la saboreamos.
Observamos qué tiene que decirnos personalmente. No analizamos,
simplemente escuchamos lo que el Espíritu Santo tiene que decirnos
aquí y ahora por medio de este pasaje, de esta palabra o de esta
frase.
Oratio
(oración o respuesta). Le respondemos a Dios con una oración
interior espontánea, que puede ser de acción de gracias, de
alabanza, de petición o de adoración. Conversamos con Dios, que
nos ama y nos atiende. Permitimos que Él toque nuestro corazón.
Contemplatio
(contemplación). Finalmente, consentimos a la invitación de
permanecer en total silencio. Dejamos atrás las palabras, los
pensamientos, las emociones y disfrutamos el estar en la presencia
transformadora de Dios. Descansamos en su presencia.
La forma más antigua de practicar la lectio es aún más
sencilla y flexible. Se remonta a los Padres y las Madres del
Desierto y a la Regla de San Benito. Debido a su origen, ha
recibido el apelativo de “monástica” pero, en realidad, es
accesible a todos los fieles. En lugar de cuatro “etapas” o “peldaños,”
se distinguen cuatro momentos dentro de un único proceso. Es
posible comenzar en cualquier momento. Por ejemplo, puede ser que
tan pronto leamos un texto, nos sintamos atraídos a permanecer en
silencio (contemplatio). Hay ocasiones en que meditaremos
más, mientras que otras veces permaneceremos más tiempo en oración
afectiva. No hay un orden preestablecido. Durante todo el día
tratamos de “rumiar” o ponderar la palabra o frase que nos tocó e
intentamos ser receptivos a su mensaje. Es decir, llevamos la
lectio con nosotros durante nuestras actividades cotidianas.
Tanto la lectio escolástica como la monástica nos preparan
para el silencio contemplativo. En nuestra época, todavía tan
marcada por un excesivo racionalismo, hallamos algunas
descripciones de la lectio que, o bien eliminan el paso
denominado contemplatio, o bien lo explican en términos de
meditación discursiva, de la reflexión intelectual acerca de un
texto. La meditación discursiva puede conducirnos a la oración
contemplativa pero no es, en sí, contemplación. Ésta no consiste
en un “hacer,” sino en un simple “estar” con Dios que nos ama.
El Padre Thomas Keating sugiere un quinto momento en la Lectio
Divina, en el que la persona orante misma se convierte en la
Palabra de Dios. Cuando los seres humanos asimilan la Palabra de
Dios son, a su vez, asimilados por ella. Comienzan, entonces, a
manifestar esa Palabra a los otros, no tanto en lo que dicen, sino
en lo que hacen; no tanto en lo que son, sino en el Cristo que
vive en ellos. Se convierten, realmente, en canales de la Palabra
de Dios.
Ésta es la fuente de todo ministerio genuino, aquél en el que
nuestras acciones dejan de ser nuestras para convertirse en las
acciones de Dios.
Isabel Castellanos
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