|
«Pastores Gregis»
Exhortación apostólica postsinodal de Juan Pablo II
Sobre el Obispo Servidor
del Evangelio de Jesucristo
para la esperanza del mundo
INTRODUCCIÓN
1. Los Pastores de la grey son conscientes de que, en el
cumplimiento de su ministerio de Obispos, cuentan con una gracia
divina especial. En el Pontifical Romano, durante la solemne
oración de ordenación, el Obispo ordenante principal, después de
invocar la efusión del Espíritu que gobierna y guía, repite las
palabras del antiguo texto de la Tradición Apostólica:
«Padre Santo, tú que conoces los corazones, concede a este
servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un
buen pastor de tu santa grey».1 Sigue cumpliéndose así la voluntad
del Señor Jesús, el Pastor eterno, que envió a los Apóstoles como
Él fue enviado por el Padre (cf. Jn 20, 21), y ha querido
que sus sucesores, es decir los Obispos, fueran los pastores de su
Iglesia hasta el fin de los siglos.2
La imagen del Buen Pastor, tan apreciada ya por la iconografía
cristiana primitiva, estuvo muy presente en los Obispos venidos de
todo el mundo, los cuales se reunieron del 30 de septiembre al 27
de octubre de 2001 para la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos. Cerca de la tumba del apóstol Pedro, reflexionaron
conmigo sobre la figura del Obispo, servidor del Evangelio de
Jesucristo para la esperanza del mundo. Todos estuvieron de
acuerdo en que la figura de Jesús, el Buen Pastor, es una imagen
privilegiada en la cual hay que inspirarse continuamente. En
efecto, nadie puede considerarse un pastor digno de este nombre
«nisi per caritatem efficiatur unum cum Christo».3 Ésta es la
razón fundamental por la que «la figura ideal del obispo con la
que la Iglesia sigue contando es la del pastor que, configurado
con Cristo en la santidad de vida, se entrega generosamente por la
Iglesia que se le ha encomendado, llevando al mismo tiempo en el
corazón la solicitud por todas las Iglesias del mundo (cf. 2 Co
11, 28)».4
X Asamblea del Sínodo de los Obispos
2. Agradecemos, pues, al Señor que nos haya concedido la gracia de
celebrar una vez más una Asamblea del Sínodo de los Obispos y
tener en ella una profunda experiencia de ser Iglesia. A la
X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tuvo
lugar cuando estaba aún vivo el clima del Gran Jubileo del año dos
mil, al comienzo del tercer milenio cristiano, se llegó después de
una larga serie de asambleas; unas especiales, con la perspectiva
común de la evangelización en los diferentes continentes: África,
América, Asia, Oceanía y Europa; y otras ordinarias, las más
recientes, dedicadas a reflexionar sobre la gran riqueza que
suponen para la Iglesia las diversas vocaciones suscitadas por el
Espíritu en el Pueblo de Dios. En esta perspectiva, la atención
prestada al ministerio propio de los Obispos ha completado el
cuadro de esa eclesiología de comunión y misión que es necesario
tener siempre presente.
A este respeto, los trabajos sinodales hicieron constantemente
referencia a la doctrina del Concilio Vaticano II sobre el
episcopado y el ministerio de los Obispos, especialmente en el
capítulo tercero de la Constitución dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium y en el Decreto sobre el ministerio pastoral de
los Obispos Christus Dominus. De esta preclara doctrina,
que resume y desarrolla los elementos teológicos y jurídicos
tradicionales, mi predecesor de venerada memoria Pablo VI pudo
afirmar justamente: «Nos parece que la autoridad episcopal sale
del Concilio reafirmada en su institución divina, confirmada en su
función insustituible, revalorizada en su potestad pastoral de
magisterio, santificación y gobierno, dignificada en su
prolongación a la Iglesia universal mediante la comunión colegial,
precisada en su propio lugar jerárquico, reconfortada por la
corresponsabilidad fraterna con los otros Obispos respecto a las
necesidades universales y particulares de la Iglesia, y más
asociada, en espíritu de unión subordinada y colaboración
solidaria, a la cabeza de la Iglesia, centro constitutivo del
Colegio episcopal».5
Al mismo tiempo, según lo establecido por el tema señalado, los
Padres sinodales examinaron de nuevo el propio ministerio a la luz
de la esperanza teologal. Este cometido se consideró en seguida
especialmente apropiado para la misión del pastor, que en la
Iglesia es ante todo portador del testimonio pascual y
escatológico.
Una esperanza fundada en Cristo
3. En efecto, cada Obispo tiene el cometido de anunciar al mundo
la esperanza, partiendo de la predicación del Evangelio de
Jesucristo: la esperanza «no solamente en lo que se refiere a las
realidades penúltimas sino también, y sobre todo, la esperanza
escatológica, la que espera la riqueza de la gloria de Dios (cf.
Ef 1, 18) que supera todo lo que jamás ha entrado en el
corazón del hombre (cf. 1 Co 2, 9) y en modo alguno es
comparable a los sufrimientos del tiempo presente (cf. Rm
8, 18)».6 La perspectiva de la esperanza teologal, junto con la de
la fe y la caridad, ha de moldear por completo el ministerio
pastoral del Obispo.
A él corresponde, en particular, la tarea de ser profeta, testigo
y servidor de la esperanza.
Tiene el deber de infundir confianza y proclamar ante todos las
razones de la esperanza cristiana (cf. 1 P 3, 15). El
Obispo es profeta, testigo y servidor de dicha esperanza sobre
todo donde más fuerte es la presión de una cultura inmanentista,
que margina toda apertura a la trascendencia. Donde falta la
esperanza, la fe misma es cuestionada. Incluso el amor se debilita
cuando la esperanza se apaga. Ésta, en efecto, es un valioso
sustento para la fe y un incentivo eficaz para la caridad,
especialmente en tiempos de creciente incredulidad e indiferencia.
La esperanza toma su fuerza de la certeza de la voluntad salvadora
universal de Dios (cf. 1 Tm 2, 3) y de la presencia
constante del Señor Jesús, el Emmanuel, siempre con
nosotros hasta al final del mundo (cf. Mt 28, 20).
Sólo con la luz y el consuelo que provienen del Evangelio consigue
un Obispo mantener viva la propia esperanza (cf. Rm 15, 4)
y alimentarla en quienes han sido confiados a sus cuidados de
pastor. Por tanto, ha de imitar a la Virgen María, Mater spei,
la cual creyó que las palabras del Señor se cumplirían (cf. Lc
1, 45). Basándose en la Palabra de Dios y aferrándose con fuerza a
la esperanza, que es como ancla segura y firme que penetra en el
cielo (cf. Hb 6, 18-20), el Obispo es en su Iglesia como
centinela atento, profeta audaz, testigo creíble y fiel servidor
de Cristo, «esperanza de la gloria» (cf. Col 1, 27),
gracias al cual «no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni
fatigas» (Ap 21, 4).
La Esperanza, cuando fracasan las esperanzas
4. Todos recordarán que las sesiones del Sínodo de los Obispos se
desarrollaron durante días muy dramáticos. En los Padres sinodales
estaba aún muy vivo el eco de los terribles acontecimientos del 11
de septiembre de 2001, que causaron innumerables víctimas
inocentes e hicieron surgir en el mundo graves e inusitadas
situaciones de incertidumbre y de temor por la civilización humana
misma y la pacífica convivencia entre las naciones. Se perfilaban
nuevos horizontes de guerra y muerte que, sumándose a las
situaciones de conflicto ya existentes, manifestaban en toda su
urgencia la necesidad de invocar al Príncipe de la Paz para que
los corazones de los hombres volvieran a estar disponibles para la
reconciliación, la solidaridad y la paz.7
Junto con la plegaria, la Asamblea sinodal hizo oír su voz para
condenar toda forma de violencia e indicar en el pecado del hombre
sus últimas raíces. Ante el fracaso de las esperanzas humanas que,
basándose en ideologías materialistas, inmanentistas y
economicistas, pretenden medir todo en términos de eficiencia y
relaciones de fuerza o de mercado, los Padres sinodales
reafirmaron la convicción de que sólo la luz del Resucitado y el
impulso del Espíritu Santo ayudan al hombre a poner sus propias
expectativas en la esperanza que no defrauda. Por eso proclamaron:
«no podemos dejarnos intimidar por las diversas formas de negación
del Dios vivo que, con mayor o menor autosuficiencia, buscan minar
la esperanza cristiana, parodiarla o ridiculizarla. Lo confesamos
en el gozo del Espíritu: Cristo ha resucitado verdaderamente.
En su humanidad glorificada ha abierto el horizonte de la vida
eterna para todos los hombres que aceptan convertirse».8
La certeza de esta profesión de fe ha de ser capaz de hacer cada
día más firme la esperanza de un Obispo, llevándole a confiar en
que la bondad misericordiosa de Dios nunca dejará de abrir caminos
de salvación y de ofrecerlos a la libertad de cada hombre. La
esperanza le anima a discernir, en el contexto donde ejerce su
ministerio, los signos de vida capaces de derrotar los gérmenes
nocivos y mortales. La esperanza le anima también a transformar
incluso los conflictos en ocasiones de crecimiento, proponiendo la
perspectiva de la reconciliación. En fin, la esperanza en Jesús,
el Buen Pastor, es la que llena su corazón de compasión
impulsándolo a acercarse al dolor de cada hombre y mujer que sufre,
para aliviar sus llagas, confiando siempre en que podrá encontrar
la oveja extraviada. De este modo el Obispo será cada vez más
claramente signo de Cristo, Pastor y Esposo de la Iglesia.
Actuando como padre, hermano y amigo de todos, estará al lado de
cada uno como imagen viva de Cristo, nuestra esperanza, en el que
se realizan todas las promesas de Dios y se cumplen todas las
esperanzas de la creación.9
Servidor del Evangelio para la esperanza del mundo
5. Así pues, al entregar esta Exhortación apostólica, en la cual
tomo en consideración el acervo de reflexión madurado con ocasión
de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
desde los primeros Lineamenta al Instrumentum Laboris;
desde las intervenciones de los Padres sinodales en el Aula a las
dos Relaciones que las han introducido y compendiado; desde el
enriquecimiento de ideas y de experiencia pastoral, puesto de
manifiesto en los circuli minores, a las Propositiones
que me han presentado al final de los trabajos sinodales para
que ofreciera a toda la Iglesia un documento sobre el tema sinodal:
El Obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza
del mundo,10 dirijo un saludo fraterno y envío un beso de paz
a todos los Obispos que están en comunión con esta Cátedra,
confiada primero a Pedro para que fuera garante de la unidad y,
como es reconocidos por todos, presidiera en el amor.11
Venerados y queridos Hermanos, os repito la invitación que he
dirigido a toda la Iglesia al principio del nuevo milenio: Duc
in altum! Más aún, es Cristo mismo quien la repite a los
Sucesores de aquellos Apóstoles que la escucharon de sus propios
labios y, confiando en Él, emprendieron la misión por los caminos
del mundo: Duc in altum (Lc 5, 4). A la luz de esta
insistente invitación del Señor «podemos releer el triple munus
que se nos ha confiado en la Iglesia: munus docendi,
sanctificandi et regendi. Duc in docendo. 'Proclama la
palabra –diremos con el Apóstol–, insiste a tiempo y a destiempo,
reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina' (2 Tm
4, 2). Duc in sanctificando. Las redes que estamos
llamados a echar entre los hombres son ante todo los sacramentos,
de los cuales somos los principales dispensadores, reguladores,
custodios y promotores. Forman una especie de red salvífica
que libera del mal y conduce a la plenitud de la vida. Duc in
regendo. Como pastores y verdaderos padres, con la ayuda de
los sacerdotes y de otros colaboradores, tenemos el deber de
reunir la familia de los fieles y fomentar en ella la caridad y la
comunión fraterna... Aunque se trate de una misión ardua y difícil,
nadie debe desalentarse. Con san Pedro y con los primeros
discípulos, también nosotros renovemos confiados nuestra sincera
profesión de fe: 'Señor, ¡en tu nombre, echaré las redes!'
(Lc 5, 5). ¡En tu nombre, oh Cristo, queremos servir a tu
Evangelio para la esperanza del mundo!».12
De este modo, viviendo como hombres de esperanza y reflejando en
el propio ministerio la eclesiología de comunión y misión, los
Obispos deben ser verdaderamente motivo de esperanza para su grey.
Sabemos que el mundo necesita de la «esperanza que no defrauda» (Rm
5, 5). Sabemos que esta esperanza es Cristo. Lo sabemos, y por
eso predicamos la esperanza que brota de la Cruz.
Ave Crux spes unica!
Que este saludo pronunciado en el Aula sinodal en el momento
central de los trabajos de la X Asamblea General del Sínodo de los
Obispos, resuene siempre en nuestros labios, porque la Cruz es
misterio de muerte y de vida. La Cruz se ha convertido para la
Iglesia en «árbol de la vida». Por eso anunciamos que la vida ha
vencido la muerte.
En este anuncio pascual nos ha precedido una muchedumbre de santos
Pastores que in medio Ecclesiae han sido signos elocuentes
del Buen Pastor. Por ello, nosotros alabamos y damos gracias sin
cesar a Dios omnipotente y eterno porque, como cantamos en la
liturgia, nos fortalecen con su ejemplo, nos instruyen con su
palabra y nos protegen con su intercesión.13 El rostro de cada uno
de estos santos Obispos, desde los comienzos de la vida de la
Iglesia hasta nuestros días, como dije al final de los trabajos
sinodales, es como una tesela que, colocada en una especie de
mosaico místico, compone el rostro de Cristo Buen Pastor. En Él,
pues, ponemos nuestra mirada, siendo también modelos de santidad
para la grey que el Pastor de los Pastores nos ha confiado, para
ser cada vez con mayor empeño ministros del Evangelio para la
esperanza del mundo.
Contemplando el rostro de nuestro Maestro y Señor en el momento en
que «amó a los suyos hasta el extremo», todos nosotros, como el
apóstol Pedro, nos dejamos lavar los pies para tener parte con Él
(cf. Jn 13, 1-9). Y, con la fuerza que en la Santa Iglesia
proviene de Él, repetimos en voz alta ante nuestros presbíteros y
diáconos, las personas consagradas y todos los queridos fieles
laicos: «vuestra esperanza no esté en nosotros, no esté en los
hombres. Si somos buenos, somos siervos; si somos malos, somos
siervos; pero si somos buenos, somos servidores fieles, servidores
de verdad».14 Ministros del Evangelio para la esperanza del
mundo.
CAPÍTULO I
MISTERIO Y MINISTERIO DEL OBISPO
«... y eligió doce de entre ellos»
(Lc 6, 13)
6. El Señor Jesús, durante su peregrinación terrena, anunció el
Evangelio del Reino y lo inauguró en sí mismo, revelando su
misterio a todos los hombres.15 Llamó a hombres y mujeres para que
lo siguieran y eligió entre sus discípulos a doce para que «estuvieran
con Él» (Mc 3, 14). El Evangelio según san Lucas precisa
que Jesús hizo esta elección tras una noche de oración en el monte
(cf. Lc 6, 12). El Evangelio según san Marcos, por su parte,
parece calificar dicha acción de Jesús como una decisión soberana,
un acto constitutivo que otorga identidad a los elegidos: «Instituyó
Doce» (Mc 3, 14). Se desvela así el misterio de la elección
de los Doce: es un acto de amor, querido libremente por Jesús en
unión profunda con el Padre y con el Espíritu Santo.
La misión confiada por Jesús a los Apóstoles debe durar hasta el
fin del mundo (cf. Mt 28, 20), ya que el Evangelio que se
les encargó transmitir es la vida para la Iglesia de todos los
tiempos. Precisamente por esto los Apóstoles se preocuparon de
instituir sucesores, de modo que, como dice san Ireneo, se
manifestara y conservara la tradición apostólica a través de los
siglos.16
La especial efusión del Espíritu Santo que recibieron los
Apóstoles por obra de Jesús resucitado (cf. Hch 1, 5.8; 2,
4; Jn 20, 22-23), ellos la transmitieron a sus
colaboradores con el gesto de la imposición de las manos (cf. 1
Tm 4, 14; 2 Tm 1, 6-7). Éstos, a su vez, con el mismo
gesto, la transmitieron a otros y éstos últimos a otros más. De
este modo, el don espiritual de los comienzos ha llegado hasta
nosotros mediante la imposición de las manos, es decir, la
consagración episcopal, que otorga la plenitud del sacramento del
orden, el sumo sacerdocio, la totalidad del sagrado ministerio.
Así, a través de los Obispos y de los presbíteros que los ayudan,
el Señor Jesucristo, aunque está sentado a la derecha de Dios
Padre, continúa estando presente entre los creyentes. En todo
tiempo y lugar Él predica la palabra de Dios a todas las gentes,
administra los sacramentos de la fe a los creyentes y dirige al
mismo tiempo el pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación
hacia la bienaventuranza eterna. El Buen Pastor no abandona su
rebaño, sino que lo custodia y lo protege siempre mediante
aquéllos que, en virtud de su participación ontológica en su vida
y su misión, desarrollando de manera eminente y visible el papel
de maestro, pastor y sacerdote, actúan en su nombre en el
ejercicio de las funciones que comporta el ministerio pastoral y
son constituidos como vicarios y embajadores suyos.17
Fundamento trinitario del ministerio episcopal
7. Considerada en profundidad, la dimensión cristológica del
ministerio pastoral lleva a comprender el fundamento trinitario
del ministerio mismo. La vida de Cristo es trinitaria. Él es el
Hijo eterno y unigénito del Padre y el ungido por el Espíritu
Santo, enviado al mundo; es Aquél que, junto con el Padre, envía
el Espíritu a la Iglesia. Esta dimensión trinitaria, que se
manifiesta en todo el modo de ser y de obrar de Cristo, configura
también el ser y el obrar del Obispo. Con razón, pues, los Padres
sinodales quisieron ilustrar explícitamente la vida y el
ministerio del Obispo a la luz de la eclesiología trinitaria de la
doctrina del Concilio Vaticano II.
Es muy antigua la tradición que presenta al Obispo como imagen del
Padre, el cual, como escribió san Ignacio de Antioquía, es como el
Obispo invisible, el Obispo de todos. Por consiguiente, cada
Obispo ocupa el lugar del Padre de Jesucristo, de tal modo que,
precisamente por esta representación, debe ser respetado por
todos.18 Por esta estructura simbólica, la cátedra episcopal, que
especialmente en la tradición de la Iglesia de Oriente recuerda la
autoridad paterna de Dios, sólo puede ser ocupada por el Obispo.
De esta misma estructura se deriva para cada Obispo el deber de
cuidar con amor paternal al pueblo santo de Dios y conducirlo,
junto con los presbíteros, colaboradores del Obispo en su
ministerio, y con los diáconos, por la vía de la salvación.19
Viceversa, como exhorta un texto antiguo, los fieles deben amar a
los Obispos, que son, después de Dios, padres y madres.20 Por eso,
según una costumbre común en algunas culturas, se besa la mano al
Obispo, como si fuera la del Padre amoroso, dador de vida.
Cristo es el icono original del Padre y la manifestación de su
presencia misericordiosa entre los hombres. El Obispo, actuando en
persona y en nombre de Cristo mismo, se convierte, para la Iglesia
a él confiada, en signo vivo del Señor Jesús, Pastor y Esposo,
Maestro y Pontífice de la Iglesia.21 En eso está la fuente del
ministerio pastoral, por lo cual, como sugiere el esquema de
homilía propuesto por el Pontifical Romano, ha de ejercer la tres
funciones de enseñar, santificar y gobernar al Pueblo de Dios con
los rasgos propios del Buen Pastor: caridad, conocimiento de la
grey, solicitud por todos, misericordia para con los pobres,
peregrinos e indigentes, ir en busca de las ovejas extraviadas y
devolverlas al único redil.
La unción del Espíritu Santo, en fin, al configurar al Obispo con
Cristo, lo capacita para continuar su misterio vivo en favor de la
Iglesia. Por el carácter trinitario de su ser, cada Obispo se
compromete en su ministerio a velar con amor sobre toda la grey en
medio de la cual lo ha puesto el Espíritu Santo para regir a la
Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen hace presente;
en el nombre de Jesucristo, su Hijo, por el cual ha sido
constituido maestro, sacerdote y pastor; en el nombre del Espíritu
Santo, que vivifica la Iglesia y con su fuerza sustenta la
debilidad humana.22
Carácter colegial del ministerio episcopal
8. «Instituyó Doce» (Mc 3, 14). La Constitución dogmática
Lumen gentium introduce con esta cita evangélica la doctrina
sobre el carácter colegial del grupo de los Doce, constituidos «a
modo de Colegio, es decir, de grupo estable, al frente del cual
puso a Pedro, elegido de entre ellos mismos».23 De manera análoga,
al suceder el Obispo de Roma a san Pedro y los demás Obispos en su
conjunto a los Apóstoles, el Romano Pontífice y los otros Obispos
están unidos entre sí como Colegio.24
La unión colegial entre los Obispos está basada, a la vez, en la
Ordenación episcopal y en la comunión jerárquica; atañe por tanto
a la profundidad del ser de cada Obispo y pertenece a la
estructura de la Iglesia como Cristo la ha querido. En efecto, la
plenitud del ministerio episcopal se alcanza por la Ordenación
episcopal y la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio y con
sus miembros, es decir, con el Colegio que está siempre en
sintonía con su Cabeza. Así se forma parte del Colegio
episcopal,25 por lo cual las tres funciones recibidas en la
Ordenación episcopal –santificar, enseñar y gobernar– deben
ejercerse en la comunión jerárquica, aunque, por su diferente
finalidad inmediata, de manera distinta.26
Esto es lo que se llama «afecto colegial», o colegialidad afectiva,
de la cual se deriva la solicitud de los Obispos por las otras
Iglesias particulares y por la Iglesia universal.27 Así pues, si
debe decirse que un Obispo nunca está solo, puesto que está
siempre unido al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, se debe
añadir también que nunca se encuentra solo porque está unido
siempre y continuamente a sus hermanos en el episcopado y a quien
el Señor ha elegido como Sucesor de Pedro.
Dicho afecto colegial se realiza y se expresa en diferentes grados
y de diversas maneras, incluso institucionalizadas, como son, por
ejemplo, el Sínodo de los Obispos, los Concilios particulares, las
Conferencias Episcopales, la Curia Romana, las Visitas ad
limina, la colaboración misionera, etc. No obstante, el afecto
colegial se realiza y manifiesta de manera plena sólo en la
actuación colegial en sentido estricto, es decir, en la actuación
de todos los Obispos junto con su Cabeza, con la cual ejercen la
plena y suprema potestad sobre toda la Iglesia.28
Esta índole colegial del ministerio apostólico ha sido querida por
Cristo mismo. El afecto colegial, por tanto, o colegialidad
afectiva (collegialitas affectiva) está siempre vigente
entre los Obispos como communio episcoporum; pero sólo en
algunos actos se manifiesta como colegialidad efectiva (collegialitas
effectiva). Las diversas maneras de actuación de la
colegialidad afectiva en colegialidad efectiva son de orden humano,
pero concretan en grado diverso la exigencia divina de que el
episcopado se exprese de modo colegial.29 Además, la suprema
potestad del Colegio sobre toda la Iglesia se ejerce de manera
solemne en los Concilios ecuménicos.30
La dimensión colegial da al episcopado el carácter de
universalidad. Así pues, se puede establecer un paralelismo entre
la Iglesia una y universal, y por tanto indivisa, y el episcopado
uno e indiviso, y por ende universal. Principio y fundamento de
esta unidad, tanto de la Iglesia como del Colegio de los Obispos,
es el Romano Pontífice. En efecto, como enseña el Concilio
Vaticano II, el Colegio, «en cuanto compuesto de muchos, expresa
la diversidad y la universalidad del Pueblo de Dios; en cuanto
reunido bajo una única Cabeza, expresa la unidad del rebaño de
Cristo».31 Por eso, «la unidad del Episcopado es uno de los
elementos constitutivos de la unidad de la Iglesia».32
La Iglesia universal no es la suma de las Iglesias particulares ni
una federación de las mismas, como tampoco el resultado de su
comunión, por cuanto, según las expresiones de los antiguos Padres
y de la Liturgia, en su misterio esencial precede a la creación
misma.33 A la luz de esta doctrina se puede añadir que la relación
de mutua interioridad que hay entre la Iglesia universal y la
Iglesia particular, se reproduce en la relación entre el Colegio
episcopal en su totalidad y cada uno de los Obispos. En efecto,
las Iglesias particulares están «formadas a imagen de la Iglesia
universal. En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica,
una y única».34 Por eso, «el Colegio episcopal no se ha de
entender como la suma de los Obispos puestos al frente de las
Iglesias particulares, ni como el resultado de su comunión, sino
que, en cuanto elemento esencial de la Iglesia universal, es una
realidad previa al oficio de presidir las Iglesias particulares».35
Podemos comprender mejor este paralelismo entre la Iglesia
universal y el Colegio de los Obispos a la luz de lo que afirma el
Concilio: «Los Apóstoles fueron la semilla del nuevo Israel, a la
vez que el origen de la jerarquía sagrada».36 En los Apóstoles,
como Colegio y no individualmente considerados, estaba contenida
tanto la estructura de la Iglesia que, en ellos, fue constituida
en su universalidad y unidad, como del Colegio de los Obispos
sucesores suyos, signo de dicha universalidad y unidad.37
Por eso, «la potestad del Colegio episcopal sobre toda la Iglesia
no proviene de la suma de las potestades de los Obispos sobre sus
Iglesias particulares, sino que es una realidad anterior en la que
participa cada uno de los Obispos, los cuales no pueden actuar
sobre toda la Iglesia si no es colegialmente».38 Los Obispos
participan solidariamente en dicha potestad de enseñar y gobernar
de manera inmediata, por el hecho mismo de que son miembros del
Colegio episcopal, en el cual perdura realmente el Colegio
apostólico.39
Así como la Iglesia universal es una e indivisible, el Colegio
episcopal es asimismo un «sujeto teológico indivisible» y, por
tanto, también la potestad suprema, plena y universal a la que
está sometido el Colegio, como es el Romano Pontífice
personalmente, es una e indivisible. Precisamente porque el
Colegio episcopal es una realidad previa al oficio de ser Cabeza
de una Iglesia particular, hay muchos Obispos que, aunque ejercen
tareas específicamente episcopales, no están al frente de una
Iglesia particular.40 Cada Obispo, siempre en unión con todos los
Hermanos en el episcopado y con el Romano Pontífice, representa a
Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia: no sólo de manera propia y
específica cuando recibe el encargo de pastor de una Iglesia
particular, sino también cuando colabora con el Obispo diocesano
en el gobierno de su Iglesia,41 o bien participa en el ministerio
de pastor universal del Romano Pontífice en el gobierno de la
Iglesia universal. Puesto que a lo largo de su historia la
Iglesia, además de la forma propia de la presidencia de una
Iglesia particular, ha admitido también otras formas de ejercicio
del ministerio episcopal, como la de Obispo auxiliar o bien la de
representante del Romano Pontífice en los Dicasterios del Santa
Sede o en las Representaciones pontificias, hoy, según las normas
del derecho, admite también dichas formas cuando son necesarias.42
Carácter misionero y unitario del ministerio episcopal
9. El Evangelio según san Lucas narra que Jesús dio a los Doce el
nombre de Apóstoles, que literalmente significa enviados,
mandados (cf. 6, 13). En el Evangelio según san Marcos leemos
también que Jesús instituyó a los Doce «para enviar los a predicar»
(3, 14). Eso significa que la elección y la institución de los
Doce como Apóstoles tiene como fin la misión. Este primer envío
(cf. Mt 10, 5; Mc 6, 7; Lc 9, 1-2), alcanza
su plenitud en la misión que Jesús les confía, después de la
Resurrección, en el momento de la Ascensión al Cielo. Son palabras
que conservan toda su actualidad: «Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo» (Mt 28, 18-20). Esta misión apostólica
fue confirmada solemnemente el día de Pentecostés con la efusión
del Espíritu Santo.
En el texto del Evangelio de san Mateo, se puede ver cómo todo el
ministerio pastoral se articula según la triple función de enseñar,
santificar y regir. Es un reflejo de la triple dimensión del
servicio y de la misión de Cristo. En efecto, nosotros, como
cristianos y, de manera cualitativamente nueva, como sacerdotes,
participamos en la misión de nuestro Maestro, que es Profeta,
Sacerdote y Rey, y estamos llamados a dar un testimonio peculiar
de Él en la Iglesia y ante el mundo.
Estas tres funciones (triplex munus), y las potestades
subsiguientes, expresan el ministerio pastoral en su ejercicio (munus
pastorale), que cada Obispo recibe con la Consagración
episcopal. Por esta consagración se comunica el mismo amor de
Cristo, que se concretiza en el anuncio del Evangelio de la
esperanza a todas las gentes (cf. Lc 4, 16-19), en la
administración de los Sacramentos a quien acoge la salvación y en
la guía del Pueblo santo hacia la vida eterna. En efecto, se trata
de funciones relacionadas íntimamente entre sí, que se explican
recíprocamente, se condicionan y se esclarecen.43
Precisamente por eso el Obispo, cuando enseña, al mismo tiempo
santifica y gobierna el Pueblo de Dios; mientras santifica,
también enseña y gobierna; cuando gobierna, enseña y santifica.
San Agustín define la totalidad de este ministerio episcopal como
amoris officium.44 Esto da la seguridad de que en la Iglesia
nunca faltará la caridad pastoral de Jesucristo.
«...llamó a los que él quiso»
(Mc 3, 13)
10. La muchedumbre seguía a Jesús cuando Él decidió subir al monte
y llamar hacia sí a los Apóstoles. Los discípulos eran muchos,
pero Él eligió solamente a Doce para el cometido específico de
Apóstoles (cf. Mc 3, 13-19). En el Aula Sinodal se escuchó
frecuentemente el dicho de san Agustín: «Soy Obispo para vosotros,
soy cristiano con vosotros».45
Como don que el Espíritu da a la Iglesia, el Obispo es ante todo,
como cualquier otro cristiano, hijo y miembro de la Iglesia. De
esta Santa Madre ha recibido el don de la vida divina en el
sacramento del Bautismo y la primera enseñanza de la fe. Comparte
con todos los demás fieles la insuperable dignidad de hijo de Dios,
que ha de vivir en comunión y espíritu de gozosa hermandad. Por
otro lado, por la plenitud del sacramento del Orden, el Obispo es
también quien, ante los fieles, es maestro, santificador y pastor,
encargado de actuar en nombre y en la persona de Cristo.
Evidentemente, no se trata de dos relaciones simplemente
superpuestas entre sí, sino en recíproca e íntima conexión, al
estar ordenadas una a otra, dado que ambas se alimentan de Cristo,
único y sumo sacerdote. No obstante, el Obispo se convierte en
«padre» precisamente porque es plenamente «hijo» de la Iglesia. Se
plantea así la relación entre el sacerdocio común de los fieles y
el sacerdocio ministerial: dos modos de participación en el único
sacerdocio de Cristo, en el que hay dos dimensiones que se unen en
el acto supremo del sacrificio de la cruz.
Esto se refleja en la relación que, en la Iglesia, hay entre el
sacerdocio común y el sacerdocio ministerial. El hecho de que,
aunque difieran esencialmente entre sí, estén ordenados uno al
otro,46 crea una reciprocidad que estructura armónicamente la vida
de la Iglesia como lugar de actualización histórica de la
salvación realizada por Cristo. Dicha reciprocidad se da
precisamente en la persona misma del Obispo, que es y sigue siendo
un bautizado, pero constituido en la plenitud del sacerdocio. Esta
realidad profunda del Obispo es el fundamento de su «ser entre»
los otros fieles y de su «ser ante» ellos.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II en un texto muy bello: «Aunque
en la Iglesia no todos vayan por el mismo camino, sin embargo
todos están llamados a la santidad y les ha tocado en suerte la
misma fe por la justicia de Dios (cf. 2 P 1, 1). Aunque
algunos por voluntad de Cristo sean maestros, administradores de
los misterios y pastores de los demás, sin embargo existe entre
todos una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la
actividad común para todos los fieles en la construcción del
Cuerpo de Cristo. En efecto, la diferencia que estableció el Señor
entre los ministros sagrados y el resto del Pueblo de Dios lleva
consigo la unión, pues los Pastores y demás fieles están unidos
entre sí porque se necesitan mutuamente. Los Pastores de la
Iglesia, a ejemplo de su Señor, deben estar al servicio los unos
de los otros y al servicio de los demás fieles. Éstos, por su
parte, han de colaborar con entusiasmo con los maestros y los
pastores».47
El ministerio pastoral recibido en la consagración, que pone al
Obispo «ante» los demás fieles, se expresa en un «ser para» los
otros fieles, lo cual no lo separa de «ser con» ellos. Eso vale
tanto para su santificación personal, que ha de buscar en el
ejercicio de su ministerio, como para el estilo con que lleva a
cabo el ministerio mismo en todas sus funciones.
La reciprocidad que existe entre sacerdocio común de los fieles y
sacerdocio ministerial, y que se encuentra en el mismo ministerio
episcopal, muestra una especie de «circularidad» entre las dos
formas de sacerdocio: circularidad entre el testimonio de fe de
todos los fieles y el testimonio de fe auténtica del Obispo en sus
actuaciones magisteriales; circularidad entre la vida santa de los
fieles y los medios de santificación que el Obispo les ofrece;
circularidad, por fin, entre la responsabilidad personal del
Obispo respecto al bien de la Iglesia que se le ha confiado y la
corresponsabilidad de todos los fieles respecto al bien de la
misma.
CAPÍTULO II
LA VIDA ESPIRITUAL DEL OBISPO
«Instituyó Doce, para que estuvieran con él»
(Mc 3, 14)
11. Con el mismo acto de amor con el que libremente los instituye
Apóstoles, Jesús llama a los Doce a compartir su misma vida. Esta
participación, que es comunión de sentimientos y deseos con Él, es
también una exigencia inherente a la participación en su misma
misión. Las funciones del Obispo no se deben reducir a una tarea
meramente organizativa. Precisamente para evitar este riesgo,
tanto los documentos preparatorios del Sínodo como numerosas
intervenciones en el Aula de los Padres sinodales insistieron
sobre lo que comporta, para la vida personal del Obispo y el
ejercicio del ministerio a él confiado, la realidad del episcopado
como plenitud del sacramento del Orden, en sus fundamentos
teológicos, cristológicos y pneumatólogicos.
La santificación objetiva, que por medio de Cristo se recibe en el
Sacramento con la efusión del Espíritu, se ha de corresponder con
la santidad subjetiva, en la que, con la ayuda de la gracia, el
Obispo debe progresar cada día más con el ejercicio de su
ministerio. La transformación ontológica realizada por la
consagración, como configuración con Cristo, requiere un estilo de
vida que manifieste el «estar con él». En consecuencia, en el Aula
del Sínodo se insistió varias veces en la caridad pastoral, tanto
como fruto del carácter impreso por el sacramento como de la
gracia que le es propia. La caridad, se dijo, es como el alma del
ministerio del Obispo, el cual se ve implicado en un proceso de
pro-existentia pastoral, que le impulsa a vivir en el don
cotidiano de sí para el Padre y para los hermanos
como Cristo, el Buen Pastor.
El Obispo está llamado a santificarse y a santificar sobre todo en
el ejercicio de su ministerio, visto como la imitación de la
caridad del Buen Pastor, teniendo como principio unificador la
contemplación del rostro de Cristo y el anuncio del Evangelio de
la salvación.48 Su espiritualidad, pues, además del sacramento del
Bautismo y de la Confirmación, toma orientación e impulso de la
Ordenación episcopal misma, que lo compromete a vivir en fe,
esperanza y caridad el propio ministerio de evangelizador,
sacerdote y guía en la comunidad. Por tanto, la espiritualidad del
Obispo es una espiritualidad eclesial, porque todo en su
vida se orienta a la edificación amorosa de la Santa Iglesia.
Esto exige en el Obispo una actitud de servicio caracterizada por
la fuerza de ánimo, el espíritu apostólico y un confiado abandono
a la acción interior del Espíritu. Por tanto, se esforzará en
adoptar un estilo de vida que imite la kénosis de Cristo
siervo, pobre y humilde, de manera que el ejercicio de su
ministerio pastoral sea un reflejo coherente de Jesús, Siervo de
Dios, y lo lleve a ser, como Él, cercano a todos, desde el más
grande al más pequeño. En definitiva, una vez más con una especie
de reciprocidad, el ejercicio fiel y afable del ministerio
santifica al Obispo y lo transforma en el plano subjetivo cada vez
más conforme a la riqueza ontológica de santidad que el Sacramento
le ha infundido.
No obstante, la santidad personal del Obispo nunca se limita al
mero ámbito subjetivo, puesto que su frutos redundan siempre en
beneficio de los fieles confiados a su cura pastoral. Al practicar
la caridad propia del ministerio pastoral recibido, el Obispo se
convierte en signo de Cristo y adquiere la autoridad moral
necesaria para que, en el ejercicio de la autoridad jurídica,
incida eficazmente en su entorno. En efecto, si el oficio
episcopal no se apoya en el testimonio de santidad manifestado en
la caridad pastoral, en la humildad y en la sencillez de vida,
acaba por reducirse a un papel casi exclusivamente funcional y
pierde fatalmente credibilidad ante el clero y los fieles.
Vocación a la santidad en la Iglesia de nuestro tiempo
12. Hay una figura bíblica que parece particularmente idónea para
ilustrar la semblanza del Obispo como amigo de Dios, pastor y guía
del pueblo. Se trata de Moisés. Fijándose en él, el Obispo puede
encontrar inspiración para su ser y actuar como pastor, elegido y
enviado por el Señor, valiente al conducir su pueblo hacia la
tierra prometida, intérprete fiel de la palabra y de la ley del
Dios vivo, mediador de la alianza, ferviente y confiado en la
oración en favor de su gente. Como Moisés, que tras el coloquio
con Dios en la montaña santa volvió a su pueblo con el rostro
radiante (cf. Ex 34, 29-30), el Obispo podrá también llevar
a sus hermanos los signos de su ser padre, hermano y amigo sólo si
ha entrado en la nube oscura y luminosa del misterio del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo. Iluminado por la luz de la
Trinidad, será signo de la bondad misericordiosa del Padre, imagen
viva de la caridad del Hijo, transparente hombre del Espíritu,
consagrado y enviado para conducir al Pueblo de Dios por las
sendas del tiempo en la peregrinación hacia la eternidad.
Los Padres sinodales destacaron la importancia del compromiso
espiritual en la vida, el ministerio y el itinerario del Obispo.
Yo mismo he indicado esta prioridad, en sintonía con las
exigencias de la vida de la Iglesia y la llamada del Espíritu
Santo, que en estos años ha recordado a todos la primacía de la
gracia, la gran exigencia de espiritualidad y la urgencia de
testimoniar la santidad.
La llamada a la espiritualidad surge de la consideración de la
acción del Espíritu Santo en la historia de la salvación. Su
presencia es activa y dinámica, profética y misionera. El don de
la plenitud del Espíritu Santo, que el Obispo recibe en la
Ordenación episcopal, es una llamada valiosa y urgente a cooperar
con su acción en la comunión eclesial y en la misión universal.
La Asamblea sinodal, celebrada tras el Gran Jubileo del 2000,
asumió desde el principio el proyecto de una vida santa que yo
mismo he indicado a toda la Iglesia: «La perspectiva en la que
debe situarse el camino pastoral es el de la santidad [...].
Terminado el Jubileo empieza de nuevo el camino ordinario, pero
hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia
pastoral».49 La acogida entusiasta y generosa de mi exhortación a
poner en primer lugar la vocación a la santidad fue el clima en
que se desarrollaron los trabajos sinodales y el contexto que, en
cierto modo, unificó las intervenciones y las reflexiones de los
Padres. Parecían vibrar en sus corazones aquellas palabras de san
Gregorio Nacianzeno: «Antes purificarse, después purificar; antes
dejarse instruir por la sabiduría, después instruir; convertirse
primero en luz y después iluminar; primero acercarse a Dios y
después conducir los otros a Él; primero ser santos y después
santificar».50
Por esta razón surgió repetidamente en la Asamblea sinodal el
deseo de definir claramente la especificidad «episcopal» del
camino de santidad de un Obispo. Será siempre una santidad vivida
con el pueblo y por el pueblo, en una comunión que se convierte en
estímulo y edificación recíproca en la caridad. No se trata de
aspectos secundarios o marginales. En efecto, la vida espiritual
del Obispo favorece precisamente la fecundidad de su obra
pastoral. El fundamento de toda acción pastoral eficaz, ¿no reside
acaso en la meditación asidua del misterio de Cristo, en la
contemplación apasionada de su rostro, en la imitación generosa de
la vida del Buen Pastor? Si bien es cierto que nuestra época está
en continuo movimiento y frecuentemente agitada con el riesgo
fácil del «hacer por hacer», el Obispo debe ser el primero en
mostrar, con el ejemplo de su vida, que es preciso restablecer la
primacía del «ser» sobre el «hacer» y, más aún, la primacía de
la gracia, que en la visión cristiana de la vida es también
principio esencial para una «programación» del ministerio
pastoral.51
El camino espiritual del Obispo
13. Sólo cuando camina en la presencia del Señor, el Obispo puede
considerarse verdaderamente ministro de la comunión y de la
esperanza para el pueblo santo de Dios. En efecto, no es posible
estar al servicio de los hombres sin ser antes «siervo de Dios». Y
no se puede ser siervo de Dios si antes no se es «hombre de Dios».
Por eso dije en la homilía de apertura del Sínodo: «El pastor debe
ser hombre de Dios; su existencia y su ministerio están
completamente bajo el señorío divino, y en el excelso misterio de
Dios encuentran luz y fuerza».52
Para el Obispo, la llamada a la santidad proviene del mismo hecho
sacramental que da origen a su ministerio, o sea, la Ordenación
episcopal. El antiguo Eucologio de Serapión formula la
invocación ritual de la consagración en estos términos: «Dios de
la verdad, haz de tu siervo un Obispo vital, un Obispo santo en la
sucesión de los santos apóstoles».53 No obstante, dado que la
Ordenación episcopal no infunde la perfección de las virtudes, «el
Obispo está llamado a proseguir su camino de santificación con
mayor intensidad, para alcanzar la estatura de Cristo, hombre
perfecto».54
La misma índole cristológica y trinitaria de su misterio y
ministerio exige del Obispo un camino de santidad, que consiste en
avanzar progresivamente hacia a una madurez espiritual y
apostólica cada vez más profunda, caracterizada por la primacía de
la caridad pastoral. Un camino vivido, evidentemente, en unión con
su pueblo, en un itinerario que es al mismo tiempo personal y
comunitario, como la vida misma de la Iglesia. En este recorrido,
el Obispo se convierte además, en íntima comunión con Cristo y
solícita docilidad al Espíritu, en testigo, modelo, promotor y
animador. Así se expresa también la ley canónica: «El Obispo
diocesano, consciente de que está obligado a dar ejemplo de
santidad con su caridad, humildad y sencillez de vida, debe
procurar con todas sus fuerzas promover la santidad de los fieles,
según la vocación propia de cada uno; y, por ser el dispensador
principal de los misterios de Dios, ha de cuidar incesantemente de
que los fieles que le están encomendados crezcan en la gracia por
la celebración de los sacramentos, y conozcan y vivan el misterio
pascual».55
El proceso espiritual del Obispo, como el de cada fiel cristiano,
tiene ciertamente su raíz en la gracia sacramental del Bautismo y
de la Confirmación. Esta gracia lo acomuna a todos los fieles, ya
que, como hace notar el Concilio Vaticano II, «todos los
cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor».56 Puede
aplicarse a este propósito la notoria afirmación de san Agustín,
llena de realismo y sabiduría sobrenatural: «Mas, si por un lado
me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo
que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con
vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la del
cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una
salvación».57 Aun así, merced a la caridad pastoral, la obligación
se transforma en servicio y el peligro en oportunidad de progreso
y maduración. El ministerio episcopal no sólo es fuente de
santidad para los otros, sino también motivo de santificación para
quien deja pasar por su propio corazón y su propia vida la caridad
de Dios.
Los Padres sinodales sintetizaron algunas exigencias de este
proceso. Ante todo resaltaron el carácter bautismal y crismal que,
ya desde el inicio de la existencia cristiana, mediante las
virtudes teologales, capacita para creer en Dios, esperar en Él y
amarlo. El Espíritu Santo, por su parte, infunde sus dones
favoreciendo que se crezca en el bien a través del ejercicio de
las virtudes morales, que dan a la vida espiritual una concreción
también humana.58 Gracias al Bautismo que ha recibido, el Obispo
participa, como todo cristiano, de la espiritualidad que se
arraiga en la incorporación a Cristo y se manifiesta en su
seguimiento según el Evangelio. Por eso comparte la vocación de
todos los fieles a la santidad. Debe, por tanto, cultivar una vida
de oración y de fe profunda, y poner toda su confianza en Dios,
dando testimonio del Evangelio, obedeciendo dócilmente a las
sugerencias del Espíritu Santo y manifestando una especial
preferencia y filial devoción a la Virgen María, que es maestra
perfecta de vida espiritual.59
La espiritualidad del Obispo debe ser, pues, una espiritualidad de
comunión, vivida en sintonía con los demás bautizados, hijos,
igual que él, del único Padre del cielo y de la única Madre sobre
la tierra, la Santa Iglesia. Como todos los creyentes en Cristo,
necesita alimentar su vida espiritual con la palabra viva y eficaz
del Evangelio y el pan de vida de la santa Eucaristía, alimento de
vida eterna. Por su fragilidad humana, el Obispo también ha de
recurrir frecuente y regularmente al sacramento de la Penitencia
para obtener el don de esa misericordia, de la cual él mismo ha
sido instituido también ministro. Consciente, pues, de la propia
debilidad humana y de los propios pecados, el Obispo, al igual que
sus sacerdotes, vive el sacramento de la Reconciliación ante todo
para sí mismo, como una exigencia profunda y una gracia siempre
esperada, para dar un renovado impulso al propio deber de
santificación en el ejercicio del ministerio. De este modo,
expresa además visiblemente el misterio de una Iglesia santa en sí
misma, pero compuesta también de pecadores que necesitan ser
perdonados.
Como todos los sacerdotes y, obviamente, en especial comunión con
los del presbiterio diocesano, el Obispo se ha de esforzar en
seguir un camino específico de espiritualidad. En efecto, él está
llamado a la santidad por el nuevo título que deriva del Orden
sagrado. Por tanto, vive de fe, esperanza y caridad en cuanto es
ministro de la palabra del Señor, de la santificación y del
progreso espiritual del Pueblo de Dios. Debe ser santo porque
tiene que servir a la Iglesia como maestro, santificador y guía.
Y, en cuanto tal, debe amar también profunda e intensamente a la
Iglesia. El Obispo es configurado con Cristo para amar a la
Iglesia con el amor de Cristo esposo y para ser en la Iglesia
ministro de su unidad, esto es, para hacer de ella «un pueblo
convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo».60
Los Padres sinodales subrayaron repetidamente que la
espiritualidad específica del Obispo se enriquece ulteriormente
con la gracia inherente a la plenitud del Sacerdocio y que se le
otorga en el momento de su Ordenación. En cuanto pastor de la grey
y siervo del Evangelio de Jesucristo en la esperanza, el Obispo
debe reflejar y en cierto modo hacer transparente en sí mismo la
persona de Cristo, Pastor supremo. En el Pontifical Romano se
recuerda explícitamente esta exigencia: «Recibe la mitra, brille
en ti el resplandor de la santidad, para que, cuando aparezca el
Príncipe de los pastores, merezcas recibir la corona de gloria que
no se marchita».61
Para ello el Obispo necesita constantemente la gracia de Dios, que
refuerce y perfeccione su naturaleza humana. Puede afirmar con el
apóstol Pablo: «Nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos
capacitó para ser ministros de una nueva Alianza» (2 Co 3,
5-6). Por esto, se debe subrayar que el ministerio apostólico es
una fuente de espiritualidad para el Obispo, el cual debe
encontrar en él los recursos espirituales que lo hagan crecer en
la santidad y le permitan descubrir la acción del Espíritu Santo
en el Pueblo de Dios confiado a sus cuidados pastorales.62
En esta perspectiva, el camino espiritual del Obispo coincide con
la misma caridad pastoral, que debe considerarse fundadamente como
el alma de su apostolado, como lo es también para el presbítero y
el diácono. No se trata solamente de una existentia, sino
también de una pro-existentia, esto es, de un vivir
inspirado en el modelo supremo que es Cristo Señor, y que, por
tanto, se entrega totalmente a la adoración del Padre y al
servicio de los hermanos. A este respecto, el Concilio Vaticano II
afirma precisamente que los Pastores, a imagen de Cristo, deben
realizar con santidad y valentía, con humildad y fortaleza, el
propio ministerio, el cual será así para ellos «un excelente medio
de santificación».63 Ningún Obispo puede ignorar que la meta de la
santidad siempre es Cristo crucificado, en su entrega total al
Padre y a los hermanos en el Espíritu Santo. Por eso la
configuración con Cristo y la participación en sus sufrimientos
(cf. 1 P 4, 13), es el camino real de la santidad del
Obispo en medio de su pueblo.
María, Madre de la esperanza y maestra de vida espiritual
14. La presencia maternal de la Virgen María, Mater spei et
spes nostra, como la invoca la Iglesia, debe ser también un
apoyo para la vida espiritual del Obispo. Ha de sentir, pues, por
ella una devoción auténtica y filial, considerándose llamado a
hacer suyo el fiat de María, a revivir y actualizar cada
día la entrega que hizo Jesús de María al discípulo, al pie de la
Cruz, así como la del discípulo amado a María (cf. Jn 19,
26-27). Igualmente, ha de sentirse reflejado en la oración unánime
y perseverante de los discípulos y apóstoles del Hijo, con su
Madre, cuando esperaban Pentecostés. En este icono de la Iglesia
naciente se expresa la unión indisoluble entre María y los
sucesores de los apóstoles (cf. Hch 1, 14).
La santa Madre de Dios debe ser, pues, para el Obispo maestra en
escuchar y cumplir prontamente la Palabra de Dios, en ser
discípulo fiel al único Maestro, en la estabilidad de la fe, en la
confiada esperanza y en la ardiente caridad. Como María, «memoria»
de la encarnación del Verbo en la primera comunidad cristiana, el
Obispo ha de ser custodio y transmisor de la Tradición viva de la
Iglesia, en comunión con los demás Obispos, unidos bajo la
autoridad del Sucesor de Pedro.
La sólida devoción mariana del Obispo debe estar siempre orientada
por la Liturgia, en la cual la Virgen María está particularmente
presente en la celebración de los misterios de la salvación y es
para toda la Iglesia modelo ejemplar de escucha y de oración, de
entrega y de maternidad espiritual. Más aún, el Obispo debe
procurar que «con respecto a la piedad mariana del pueblo de Dios,
la Liturgia aparezca como 'forma ejemplar', fuente de inspiración,
punto de referencia constante y meta última».64 Respetando este
principio, el Obispo ha de alimentar su piedad mariana personal y
comunitaria con los ejercicios piadosos aprobados y recomendados
por la Iglesia, especialmente con el rezo de ese compendio del
Evangelio que es el Santo Rosario. Además de experto de esta
oración, basada en la contemplación de los acontecimientos
salvadores de la vida de Cristo, a los que su santa Madre estuvo
íntimamente asociada, cada Obispo está invitado también a
promoverla diligentemente.65
Encomendarse a la Palabra
15. La Asamblea del Sínodo de los Obispos indicó algunos medios
necesarios para alimentar y hacer progresar la propia vida
espiritual.66 Entre ellos está, en primer lugar, la lectura y
meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo debe encomendarse
siempre y sentirse encomendado «a Dios y a la Palabra de su gracia,
que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con
todos los santificados» (Hch 20, 32). Por tanto, antes de
ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus
sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma,67 tiene
que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como «dentro de» la
Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo
materno. Con san Ignacio de Antioquía, el Obispo exclama también:
«me he refugiado en el Evangelio, como si en él estuviera
corporalmente presente el mismo Cristo».68 Así pues, tendrá
siempre presente aquella conocida exhortación de san Jerónimo,
citada por el Concilio Vaticano II: «Desconocer la Escritura es
desconocer a Cristo».69 En efecto, no hay primacía de la santidad
sin escucha de la Palabra de Dios, que es guía y alimento de la
santidad.
Encomendarse a la Palabra de Dios y custodiarla, como la Virgen
María que fue Virgo audiens,70 comporta algunas prácticas
útiles que la tradición y la experiencia espiritual de la Iglesia
han sugerido siempre. Se trata, ante todo, de la lectura personal
frecuente y del estudio atento y asiduo de la Sagrada Escritura.
El Obispo sería un predicador vano de la Palabra hacia fuera, si
antes no la escuchara en su interior.71 Sería incluso un ministro
poco creíble de la esperanza sin el contacto frecuente con la
Sagrada Escritura, pues, como exhorta san Pablo, «con la paciencia
y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm
15, 4). Así pues, sigue siendo válido lo que escribió Orígenes: «Estas
son las dos actividades del Pontífice: o aprender de Dios, leyendo
las Escrituras divinas y meditándolas repetidamente, o enseñar al
pueblo. En todo caso, que enseñe lo que él mismo ha aprendido de
Dios».72
El Sínodo recordó la importancia de la lectio y de la
meditatio de la Palabra de Dios en la vida de los Pastores y
en su ministerio al servicio de la comunidad. Como he escrito en
la Carta apostólica Novo millennio ineunte, «es necesario,
en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un
encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la
lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la
palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia».73 En
los momentos de la meditación y de la lectio, el corazón
que ya ha acogido la Palabra se abre a la contemplación de la obra
de Dios y, por consiguiente, a la conversión a Él tanto de
pensamiento como de obra, acompañada por la petición suplicante de
su perdón y su gracia.
Alimentarse de la Eucaristía
16. Así como el misterio pascual es el centro de la vida y misión
del Buen Pastor, la Eucaristía es también el centro de la vida y
misión del Obispo, como la de todo sacerdote.
Con la celebración cotidiana de la Santa Misa, el Obispo se ofrece
a sí mismo junto con Cristo. Cuando esta celebración se hace en la
catedral, o en otras iglesias, especialmente parroquiales, con
asistencia y participación activa de los fieles, el Obispo aparece
además ante todos tal cual es, es decir, como Sacerdos et
Pontifex, ya que actúa en la persona de Cristo y con la fuerza
de su Espíritu, y como el hiereus, el sacerdote santo,
dedicado a realizar los sagrados misterios del altar, que anuncia
y explica con la predicación.74
El Obispo muestra también su amor a la Eucaristía cuando, durante
el día, dedica largos ratos de su tiempo a la adoración ante el
Sagrario. Entonces abre su alma al Señor para impregnarse
totalmente y configurarse por la caridad derramada en la Cruz por
el gran Pastor de las ovejas, que dio su sangre por ellas al
entregar la propia vida. A Él eleva también su oración,
intercediendo por las ovejas que le han sido confiadas.
Oración y Liturgia de las Horas
17. Un segundo medio indicado por los Padres sinodales es la
oración, especialmente la que se dirige al Señor con el rezo de la
Liturgia de las Horas, que es siempre y específicamente oración de
la comunidad cristiana en nombre de Cristo y bajo la guía del
Espíritu.
La oración es en sí misma un deber particular para el Obispo, como
lo es para cuantos «han recibido el don de la vocación a una vida
de especial consagración [...]: por su naturaleza, la consagración
les hace más disponibles para la experiencia contemplativa».75 El
Obispo no puede olvidar que es sucesor de aquellos Apóstoles que
fueron instituidos por Cristo ante todo «para que estuvieran con
él» (Mc 3, 14) y que, al comienzo de su misión, hicieron
una declaración solemne, que es todo un programa de vida: «nos
dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra» (Hch
6, 4). Así pues, el Obispo sólo llegará a ser maestro de oración
para los fieles si tiene experiencia propia de diálogo personal
con Dios. Debe poder dirigirse a Dios en cada momento con las
palabras del Salmista: «Yo espero en tu palabra» (Sal 119,
114). Precisamente en la oración podrá obtener la esperanza con la
cual debe contagiar en cierto modo a los fieles. En efecto, en la
oración se manifiesta y se alimenta de manera privilegiada la
esperanza, pues, según una expresión de santo Tomás de Aquino, es
la «intérprete de la esperanza».76
La oración personal del Obispo ha de ser especialmente una
plegaria típicamente «apostólica», es decir, elevada al Padre como
intercesión por todas las necesidades del pueblo que le ha sido
confiado. En el Pontifical Romano, éste es el último compromiso
que asume el elegido al episcopado antes de la imposición de la
manos: «¿Perseverarás en la oración a Dios Padre Todopoderoso y
ejercerás el sumo sacerdocio con toda fidelidad?».77 El Obispo ora
muy en particular por la santidad de sus sacerdotes, por las
vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada y para
que en la Iglesia sea cada vez más ardiente la entrega misionera y
apostólica.
Por lo que se refiere a la Liturgia de las Horas, destinada
a consagrar y orientar toda la jornada mediante la alabanza de
Dios, ¿cómo no recordar las magníficas palabras del Concilio?: «Cuando
los sacerdotes y los que han sido destinados a esta tarea por la
Iglesia, o los fieles juntamente con el sacerdote, oran en la
forma establecida, entonces realmente es la voz de la misma Esposa
la que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su
mismo cuerpo, al Padre. Por eso, todos los que ejercen esta
función no sólo cumplen el oficio de la Iglesia, sino que también
participan del sumo honor de la Esposa de Cristo, porque, al
alabar a Dios, están ante su trono en nombre de la Madre
Iglesia».78 Escribiendo sobre el rezo del Oficio Divino, mi
predecesor Pablo VI decía que es «oración de la Iglesia local», en
la cual se manifiesta «la verdadera naturaleza de la Iglesia
orante».79 En la consecratio temporis, que hace la
Liturgia de las Horas, se realiza esa laus perennis que
anticipa y prefigura la Liturgia celeste, vínculo de unión con los
ángeles y los santos que glorifican por siempre el nombre de Dios.
Así pues, el Obispo, cuanto más se imbuye del dinamismo
escatológico de la oración del salterio, tanto más se manifiesta y
realiza como hombre de esperanza. En los Salmos resuena la Vox
sponsae que invoca al Esposo.
Cada Obispo, pues, ora con su pueblo y por su
pueblo. A su vez, es edificado y ayudado por la oración de sus
fieles, sacerdotes, diáconos, personas de vida consagrada y laicos
de toda edad. Para ellos es educador y promotor de la oración. No
solamente transmite lo que ha contemplado, sino que abre a los
cristianos el camino mismo de la contemplación. De este modo, el
conocido lema contemplata aliis tradere se convierte así en
contemplationem aliis tradere.
La vía de los consejos evangélicos y de las bienaventuranzas
18. El Señor propone a todos sus discípulos, pero de modo
particular a quienes ya durante esta vida quieren seguirlo más de
cerca, como los Apóstoles, la vía de los consejos evangélicos.
Éstos, además de ser un don de la Trinidad a la Iglesia, son un
reflejo de la vida trinitaria en el creyente.80 Lo son de manera
especial en el Obispo que, como sucesor de los Apóstoles, está
llamado a seguir a Cristo por la vía de la perfección de la
caridad. Por esto él es consagrado como es consagrado Jesús. Su
vida es dependencia radical de Él y total transparencia suya ante
la Iglesia y el mundo. En la vida del Obispo debe resplandecer la
vida de Jesús y, por tanto, su obediencia al Padre hasta la muerte
y muerte de cruz (cf. Flp 2, 8), su amor casto y virginal,
su pobreza que es libertad absoluta ante los bienes terrenos.
De este modo, los Obispos pueden guiar con su ejemplo no sólo a
los que en la Iglesia han sido llamados a seguir a Cristo en la
vida consagrada, sino también a los presbíteros, a los cuales se
les propone también el radicalismo de la santidad según el
espíritu de los consejos evangélicos. Dicho radicalismo, por lo
demás, concierne a todos los fieles, incluso a los laicos, puesto
que «es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la
llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima
comunión de vida con Él, realizada por el Espíritu».81
En definitiva, en el rostro del Obispo los fieles han de
contemplar las cualidades que son don de la gracia y que, en las
Bienaventuranzas, son como un autorretrato de Cristo: el rostro de
la pobreza, de la mansedumbre y de la pasión por la justicia; el
rostro misericordioso del Padre y del hombre pacífico y
pacificador; el rostro de la pureza de quien pone su atención
constante y únicamente en Dios. Los fieles han de poder ver
también en su Obispo el rostro de quien vive la compasión de Jesús
con los afligidos y, a veces, como ha ocurrido en la historia y
ocurre también hoy, el rostro lleno de fortaleza y gozo interior
de quien es perseguido a causa de la verdad del Evangelio.
La virtud de la obediencia
19. Reflejando en sí mismo estos rasgos tan humanos de Jesús, el
Obispo se convierte además en modelo y promotor de una
espiritualidad de comunión, orientada con solícita atención a
construir la Iglesia, de modo que todo, palabras y obras, se
realice bajo el signo de la sumisión filial en Cristo y en el
Espíritu al amoroso designio del Padre. Como maestro de santidad y
ministro de la santificación de su pueblo, el Obispo está llamado
a cumplir fielmente la voluntad del Padre. La obediencia del
Obispo ha de ser vivida teniendo como modelo –y no podría ser de
otro modo– la obediencia misma de Cristo, el cual dijo varias
veces que había bajado del cielo no para hacer su voluntad, sino
la de Quien la había enviado (cf. Jn 6, 38; 8, 29; Flp
2, 7-8).
Siguiendo las huellas de Cristo, el Obispo es obediente al
Evangelio y a la Tradición de la Iglesia; sabe interpretar los
signos de los tiempos y reconocer la voz del Espíritu Santo en el
ministerio petrino y en la colegialidad episcopal. En la
Exhortación apostólica Pastores dabo vobis puse de relieve
el carácter apostólico, comunitario y pastoral de la obediencia
presbiteral.82 Como es obvio, estas características se encuentran
de manera más intensa en la obediencia del Obispo. En efecto, la
plenitud del sacramento del Orden que él ha recibido lo sitúa en
una relación especial con el Sucesor de Pedro, con los miembros
del Colegio episcopal y con su misma Iglesia particular. Debe
sentirse comprometido a vivir intensamente estas relaciones con el
Papa y con sus hermanos Obispos en un estrecho vínculo de unidad y
colaboración, respondiendo de este modo al designio divino que ha
querido unir inseparablemente a los Apóstoles en torno a Pedro.
Esta comunión jerárquica del Obispo con el Sumo Pontífice refuerza,
gracias al Orden recibido, su capacidad de hacer presente a
Jesucristo, Cabeza invisible de toda la Iglesia.
Al aspecto apostólico de la obediencia ha de añadirse también el
comunitario, ya que el episcopado es por su naturaleza «uno e
indiviso».83 Gracias a este carácter comunitario, el Obispo está
llamado a vivir su obediencia venciendo toda tentación de
individualismo y haciéndose cargo, en el conjunto de la misión del
Colegio episcopal, de la solicitud por el bien de toda la Iglesia.
Como modelo de escucha, el Obispo ha de estar también atento a
comprender, por medio de la oración y el discernimiento, la
voluntad de Dios a través de lo que el Espíritu dice a la Iglesia.
Ejerciendo evangélicamente su autoridad, debe saber dialogar con
sus colaboradores y con los fieles para hacer crecer eficazmente
el entendimiento recíproco.84 Esto le permitirá valorar
pastoralmente la dignidad y responsabilidad de cada miembro del
Pueblo de Dios, favoreciendo con equilibrio y serenidad el
espíritu de iniciativa de cada uno. En efecto, se ha de ayudar a
los fieles a progresar en una obediencia responsable que los haga
activos a nivel pastoral.85 A este respecto, es siempre actual la
exhortación que san Ignacio de Antioquía dirigía a Policarpo: «Que
no se haga nada sin tu consentimiento, pero tú no debes hacer nada
sin el consentimiento de Dios».86
Espíritu y práctica de la pobreza en el Obispo
20. Los Padres sinodales, como signo de sintonía colegial,
acogieron la invitación que hice en la Liturgia de apertura del
Sínodo, para que la biena- venturanza evangélica de la pobreza
fuese considerada como una de las condiciones necesarias, en la
situación actual, para llevar a cabo un fecundo ministerio
episcopal. También en esta ocasión, en la asamblea de los Obispos
quedó como impresa la figura de Cristo el Señor, que «realizó la
obra de la redención en la pobreza y en la persecución» e invita a
la Iglesia, con sus pastores al frente, «a seguir el mismo camino
para comunicar a los hombres los frutos de la salvación».87
Por tanto, el Obispo, que quiere ser auténtico testigo y ministro
del evangelio de la esperanza, ha de ser vir pauper. Lo
exige el testimonio que debe dar de Cristo pobre; lo exige también
la solicitud de la Iglesia para con los pobres, por los cuales se
debe hacer una opción preferencial. La opción del Obispo de vivir
el propio ministerio en la pobreza contribuye decididamente a
hacer de la Iglesia la «casa de los pobres».
Además, dicha opción da al Obispo una gran libertad interior en el
ejercicio del ministerio, favoreciendo una comunicación eficaz de
los frutos de la salvación. La autoridad episcopal se ha de
ejercer con una incansable generosidad y una inagotable gratuidad.
Eso requiere por parte del Obispo una confianza plena en la
providencia del Padre celestial, una comunión magnánima de bienes,
un estilo de vida austero y una conversión personal permanente.
Sólo de este modo podrá participar en las angustias y los
sufrimientos del Pueblo de Dios, al que no sólo debe guiar y
alentar, sino con el cual debe ser solidario, compartiendo sus
problemas y alentando su esperanza.
Llevará a cabo este servicio con eficacia si su vida es sencilla,
sobria y, a la vez, activa y generosa, y si pone en el centro de
la comunidad cristiana, y no al margen, a quienes son considerados
como los últimos de nuestra sociedad.88 Debe favorecer casi de
modo natural la «fantasía de la caridad», que pondrá de relieve,
más que la eficacia de las ayudas prestadas, la capacidad de
compartir de manera fraterna. En efecto, en la Iglesia apostólica,
como atestiguan abundantemente los Hechos, la pobreza de algunos
provocaba la solidaridad de los otros con el resultado
sorprendente de que «no había entre ellos ningún necesitado» (Hch
4, 34). La Iglesia es deudora de esta profecía a un mundo
angustiado por los problemas del hambre y de la desigualdad entre
los pueblos. En esta perspectiva de compartir y de sencillez, el
Obispo administra los bienes de la Iglesia como el «buen padre de
familia» y vigila que sean empleados según los fines propios de la
Iglesia: el culto de Dios, la manutención de sus ministros, las
obras de apostolado y las iniciativas de caridad con los pobres.
Procurator pauperum ha sido siempre un
título de los pastores de la Iglesia y debe serlo también hoy de
manera concreta, para hacer presente y elocuente el mensaje del
Evangelio de Jesucristo como fundamento de la esperanza de todos,
pero especialmente de los que sólo pueden esperar de Dios una vida
más digna y un futuro mejor. Atraídas por el ejemplo de los
Pastores, la Iglesia y las Iglesias han de poner en práctica la «opción
preferencial por los pobres», que he indicado como programa para
el tercer milenio.89
Con la castidad al servicio de una Iglesia que refleja la pureza
de Cristo
21. «Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la
Iglesia, Esposa santa de Dios». Con estas palabras del Pontifical
Romano de la Ordenación,90 se invita al Obispo a tomar conciencia
de que asume el compromiso de reflejar en sí mismo el amor
virginal de Cristo por todos sus fieles. Está llamado ante todo a
suscitar entre ellos relaciones recíprocas inspiradas en el
respeto y la estima propias de una familia donde florece el amor
en el sentido de la exhortación del apóstol Pedro: «Amaos unos a
otros de corazón e intensamente. Mirad que habéis vuelto a nacer,
y no de un padre mortal, sino de uno inmortal, por medio de la
Palabra de Dios viva y duradera» (1 P 1, 22).
Mientras con su ejemplo y su palabra exhorta a los cristianos a
ofrecer sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios
(cf. Rm 12, 1), recuerda a todos que «la apariencia de este
mundo pasa» (1 Co 7, 31), y por esto se debe vivir «aguardando
la feliz esperanza» del retorno glorioso de Cristo (cf. Tt
2, 13). En particular, en su solicitud pastoral está cercano con
su afecto paterno a cuantos han abrazado la vida religiosa con la
profesión de los consejos evangélicos y ofrecen su precioso
servicio a la Iglesia. Además, sostiene y anima a los sacerdotes
que, llamados por la divina gracia, han asumido libremente el
compromiso del celibato por el Reino de los cielos, recordándoles
a ellos y a sí mismo las motivaciones evangélicas y espirituales
de dicha opción, tan importante para el servicio del Pueblo de
Dios. En la Iglesia actual y en el mundo, el testimonio del amor
casto es, por un lado, una especie de terapia espiritual para la
humanidad y, por otro, una denuncia de la idolatría del instinto
sexual.
En el contexto social actual, el Obispo debe estar particularmente
cercano a su grey, y ante todo a sus sacerdotes, atento
paternalmente a sus dificultades ascéticas y espirituales,
dándoles el apoyo oportuno para favorecer su fidelidad a la
vocación y a las exigencias de una ejemplar santidad de vida en el
ejercicio del ministerio. Además, en los casos de faltas graves y
sobre todo de delitos que perjudican el testimonio mismo del
Evangelio, especialmente por parte de los ministros de la Iglesia,
el Obispo ha de ser firme y decidido, justo y sereno. Debe
intervenir en seguida, según establecen las normas canónicas,
tanto para la corrección y el bien espiritual del ministro sagrado,
como para la reparación del escándalo y el restablecimiento de la
justicia, así como por lo que concierne a la protección y ayuda de
las víctimas.
Con su palabra y su actuación atenta y paternal, el Obispo cumple
el compromiso de ofrecer al mundo la verdad de una Iglesia santa y
casta en sus ministros y en sus fieles. Actuando de este modo, el
pastor va delante de su grey como hizo Cristo, el Esposo, que
entregó su vida por nosotros y dejó a todos el ejemplo de un amor
puro y virginal y, por eso mismo, también fecundo y universal.
Animador de una espiritualidad de comunión y de misión
22. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he
subrayado la necesidad de «hacer de la Iglesia la casa y la
escuela de la comunión».91 Esta observación ha tenido amplio eco y
ha sido recogida en la Asamblea sinodal. Obviamente, el Obispo es
el primero que, en su camino espiritual, tiene el cometido de ser
promotor y animador de una espiritualidad de comunión,
esforzándose incansablemente para que ésta sea uno de los
principios educativos de fondo en todos los ámbitos en que se
modela al hombre y al cristiano: en la parroquia, asociaciones
católicas, movimientos eclesiales, escuelas católicas o los
oratorios. De modo particular el Obispo ha de cuidar que la
espiritualidad de comunión se favorezca y desarrolle donde se
educan los futuros presbíteros, es decir, en los seminarios, así
como en los noviciados y casas religiosas, en los Institutos y en
las Facultades teológicas.
Los puntos más importantes de esta promoción de la espiritualidad
de comunión los he indicado sintéticamente en la misma Carta
apostólica. Ahora es suficiente añadir que el Obispo ha de
alentarla de manera especial en su presbiterio, como también entre
los diáconos, los consagrados y las consagradas. Lo ha de hacer en
el diálogo y encuentro personal, pero también en encuentros
comunitarios, por lo que debe favorecer en la propia Iglesia
particular momentos especiales para disponerse mejor a la escucha
de «lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2, 7.11,
etc.). Así ocurre en los retiros, ejercicios espirituales y
jornadas de espiritualidad, como también con el uso prudente de
los nuevos instrumentos de comunicación social, si eso fuere
oportuno para una mayor eficacia.
Para un Obispo, cultivar una espiritualidad de comunión quiere
decir también alimentar la comunión con el Romano Pontífice y con
los demás hermanos Obispos, especialmente dentro de la misma
Conferencia Episcopal y Provincia eclesiástica. Además, para
superar el riesgo de la soledad y el desaliento ante la magnitud y
la desproporción de los problemas, el Obispo necesita recurrir de
buen grado, no sólo a la oración, sino también a la amistad y
comunión fraterna con sus Hermanos en el episcopado.
Tanto en su fuente como en su modelo trinitario, la comunión se
manifiesta siempre en la misión, que es su fruto y consecuencia
lógica. Se favorece el dinamismo de comunión cuando se abre al
horizonte y a las urgencias de la misión, garantizando siempre el
testimonio de la unidad para que el mundo crea y ampliando la
perspectiva del amor para que todos alcancen la comunión
trinitaria, de la cual proceden y a la cual están destinados.
Cuanto más intensa es la comunión, tanto más se favorece la misión,
especialmente cuando se vive en la pobreza del amor, que es la
capacidad de ir al encuentro de cada persona, grupo y cultura sólo
con la fuerza de la Cruz, spes unica y testimonio supremo
del amor de Dios, que se manifiesta también como amor de
fraternidad universal.
Caminar en lo cotidiano
23. El realismo espiritual lleva a reconocer que el Obispo ha de
vivir la propia vocación a la santidad en el contexto de
dificultades externas e internas, de debilidades propias y ajenas,
de imprevistos cotidianos, de problemas personales e
institucionales. Ésta es una situación constante en la vida de los
pastores, de la que san Gregorio Magno da testimonio cuando
constata con dolor: «Desde que he cargado sobre mis hombros la
responsabilidad, me es imposible guardar el recogimiento que yo
querría, solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en
efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas
Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la
vida y actuación de los individuos en particular [...]. Estando mi
espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo
voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la
predicación y al ministerio de la palabra? [...] ¿Qué soy yo, por
tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis
obras, en lo alto de la montaña?».92
Para contrarrestar las tendencias dispersivas que intentan
fragmentar la unidad interior, el Obispo necesita cultivar un
ritmo de vida sereno, que favorezca el equilibrio mental,
psicológico y afectivo, y lo haga capaz de estar abierto para
acoger a las personas y sus interrogantes, en un contexto de
auténtica participación en las situaciones más diversas, alegres o
tristes. El cuidado de la propia salud en todas sus dimensiones es
también para el Obispo un acto de amor a los fieles y una garantía
de mayor apertura y disponibilidad a las mociones del Espíritu. A
este respecto, son conocidas las recomendaciones de san Carlos
Borromeo, brillante figura de pastor, en el discurso que pronunció
en su último Sínodo: «¿Ejerces la cura de almas? No por ello
olvides la cura de ti mismo, ni te entregues tan pródigamente a
los demás que no quede para ti nada de ti mismo; porque es
necesario, ciertamente, que te acuerdes de las almas a cuyo frente
estás, pero no de manera que te olvides de ti».93
El Obispo debe afrontar, pues, con equilibrio los múltiples
compromisos armonizándolos entre sí: la celebración de los
misterios divinos y la oración privada, el estudio personal y la
programación pastoral, el recogimiento y el descanso necesario.
Con la ayuda de estos medios para su vida espiritual, encontrará
la paz del corazón experimentando la profundidad de la comunión
con la Trinidad, que lo ha elegido y consagrado. Con la gracia que
Dios le concede, debe desempeñar cada día su ministerio, atento a
las necesidades de la Iglesia y del mundo, como testigo de la
esperanza.
Formación permanente del Obispo
24. En estrecha relación con el deber del Obispo de seguir
incansablemente la vía de la santidad viviendo una espiritualidad
cristocéntrica y eclesial, la Asamblea sinodal planteó también la
cuestión de su formación permanente. Ésta, necesaria para todos
los fieles, como se subrayó en los Sínodos anteriores y recordaron
las sucesivas Exhortaciones apostólicas Christifideles laici,
Pastores dabo vobis y Vita consecrata, debe
considerarse necesaria especialmente para el Obispo, que tiene la
responsabilidad del progreso común y concorde de la Iglesia.
Como en el caso de los sacerdotes y las personas de vida
consagrada, la formación permanente es también para el Obispo una
exigencia intrínseca de su vocación y misión. En efecto, le
permite discernir mejor las nuevas indicaciones con las que Dios
precisa y actualiza la llamada inicial. El apóstol Pedro, después
del «sígueme» del primer encuentro con Cristo (cf. Mt 4,
19), volvió a oír que el Resucitado, antes de dejar la tierra, le
repetía la misma invitación, anunciándole las fatigas y
tribulaciones del futuro ministerio, añadiendo: «Tú, sígueme» (Jn
21, 22). «Por tanto, hay un 'sígueme' que acompaña toda la
vida y la misión del apóstol. Es un 'sígueme' que atestigua la
llamada y la exigencia de fidelidad hasta a la muerte (cf. ibíd.),
un 'sígueme' que puede significar una sequela Christi con
el don total de sí en el martirio».94 Evidentemente, no se trata
sólo de una adecuada puesta al día, como exige un conocimiento
realista de la situación de la Iglesia y del mundo, que capacite
al Pastor a vivir el presente con mente abierta y corazón
compasivo. A esta buena razón para una formación permanente
actualizada, se añaden otros motivos tanto de índole antropológica,
derivados del hecho de que la vida misma es un incesante camino
hacia la madurez, como de índole teológica, vinculados
profundamente a la naturaleza sacramental. En efecto, el Obispo
debe «custodiar con amor vigilante el 'misterio' del que es
portador para el bien de la Iglesia y de la humanidad».95
Para una puesta al día periódica, especialmente sobre algunos
temas de gran importancia, se requieren tiempos sosegados de
escucha atenta, comunión y diálogo con personas expertas –Obispos,
sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos–, en un intercambio de
experiencias pastorales, conocimientos doctrinales y recursos
espirituales que proporcionarán un auténtico enriquecimiento
personal. Para ello, los Padres sinodales subrayaron la utilidad
de cursos especiales de formación para los Obispos, como los
encuentros anuales promovidos por la Congregación para los Obispos
o por la de la Evangelización de los Pueblos, para los Obispos
ordenados recientemente. Al mismo tiempo, se estimó conveniente
que los Sínodos patriarcales, las Conferencias nacionales y
regionales, e incluso las Asambleas continentales de Obispos
organicen breves cursos de formación o jornadas de estudio, o de
actualización, así como también de ejercicios espirituales para
los Obispos.
Convendrá que la misma Presidencia de la Conferencia episcopal
asuma la tarea de preparar y realizar dichos programas de
formación permanente, animando a los Obispos a participar en estos
cursos, a fin de alcanzar también de este modo una más estrecha
comunión entre los Pastores, con vistas a una mayor eficacia
pastoral en cada diócesis.96
En cualquier caso, es evidente que, como la vida de la Iglesia, el
estilo de actuar, las iniciativas pastorales y las formas del
ministerio del Obispo evolucionan con el tiempo. Desde este punto
de vista se necesitaría también una actualización, en conformidad
con las disposiciones del Código de Derecho Canónico y en relación
con los nuevos desafíos y compromisos de la Iglesia en la sociedad.
En este contexto, la Asamblea sinodal propuso que se revisara el
Directorio Ecclesiae imago, publicado ya por la
Congregación para los Obispos el 22 de febrero de 1973,
adaptándolo a las nuevas exigencias de los tiempos y a los cambios
producidos en la Iglesia y en la vida pastoral.97
El ejemplo de los Obispos santos
25. Los Obispos encuentran siempre aliento en el ejemplo de
Pastores santos, tanto para su vida y su ministerio como para la
propia espiritualidad y su esfuerzo por adaptar la acción
apostólica. En la homilía de la Celebración eucarística de
clausura del Sínodo, yo mismo propuse la figura de santos Pastores,
canonizados durante el último siglo, como testimonio de una gracia
del Espíritu que nunca ha faltado y jamás faltará a la Iglesia.98
La historia de la Iglesia, ya desde los Apóstoles, está plagada de
Pastores cuya doctrina y santidad, pueden iluminar y orientar el
camino espiritual de los Obispos del tercer milenio. Los
testimonios gloriosos de los grandes Pastores de los primeros
siglos de la Iglesia, los Fundadores de Iglesias particulares, los
confesores de la fe y los mártires que han dado la vida por Cristo
en tiempos de persecución, siguen siendo punto de referencia
luminoso para los Obispos de nuestro tiempo y en los que pueden
encontrar indicaciones y estímulos en su servicio al Evangelio.
En particular, muchos de ellos han sido ejemplares en la virtud de
la esperanza, cuando han alentado a su pueblo en tiempos difíciles,
han reconstruido las iglesias tras épocas de persecución y
calamidad, edificado hospicios para acoger a peregrinos y
menesterosos, abierto hospitales donde atender a enfermos y
ancianos. Muchos Obispos han sido guías clarividentes, que han
abierto nuevos derroteros para su pueblo; con la mirada fija en
Cristo crucificado y resucitado, esperanza nuestra, han dado
respuestas positivas y creativas a los desafíos del momento
durante tiempos difíciles. Al principio del tercer milenio hay
también Pastores como éstos, que tienen una historia que contar,
hecha de fe anclada firmemente en la Cruz. Pastores que saben
percibir las aspiraciones humanas, asumirlas, purificarlas e
interpretarlas a la luz del Evangelio y que, por tanto, tienen
también una historia que construir junto con todo el pueblo
confiado a ellos.
Por eso, cada Iglesia particular procurará celebrar a sus propios
santos Obispos y recordar también a los Pastores que han dejado en
el pueblo una huella especial de admiración y cariño por su vida
santa y su preclara doctrina. Ellos son los vigías espirituales
que desde el cielo orientan el camino de la Iglesia peregrina en
el tiempo. Por eso la Asamblea sinodal, para que se conserve
siempre viva la memoria de la fidelidad de los Obispos eminentes
en el ejercicio de su ministerio, recomendó que las Iglesias
particulares o, según el caso, las Conferencias episcopales, se
preocupasen de dar a conocer su figura a los fieles con biografías
actualizadas y, en los casos oportunos, tomen en consideración la
conveniencia de introducir sus causas de canonización.99
El testimonio de una vida espiritual y apostólica plenamente
realizada sigue siendo hoy la gran prueba de la fuerza del
Evangelio para transformar a las personas y comunidades, dando
entrada en el mundo y en la historia a la santidad misma de Dios.
Esto es también un motivo de esperanza, especialmente para las
nuevas generaciones, que esperan de la Iglesia propuestas
estimulantes en las cuales inspirarse para el compromiso de
renovar en Cristo a la sociedad de nuestro tiempo.
CAPÍTULO III
MAESTRO DE LA FE Y HERALDO DE LA PALABRA
«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva»
(Mc 16, 15)
26. Jesús resucitado confió a sus apóstoles la misión de «hacer
discípulos» a todas las gentes, enseñándoles a guardar todo lo que
Él mismo había mandado. Así pues, se ha encomendado solemnemente a
la Iglesia, comunidad de los discípulos del Señor crucificado y
resucitado, la tarea de predicar el Evangelio a todas las
criaturas. Es un cometido que durará hasta al final de los tiempos.
Desde aquel primer momento, ya no es posible pensar en la Iglesia
sin esta misión evangelizadora. Es una convicción que el apóstol
Pablo expresó con las conocidas palabras: «Predicar el Evangelio
no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me
incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co
9, 16).
Aunque el deber de anunciar el Evangelio es propio de toda la
Iglesia y de cada uno de sus hijos, lo es por un título especial
de los Obispos que, en el día de la sagrada Ordenación, la cual
los introduce en la sucesión apostólica, asumen como compromiso
principal predicar el Evangelio a los hombres y hacerlo «invitándoles
a creer por la fuerza del Espíritu o confirmándolos en la fe
viva».100
La actividad evangelizadora del Obispo, orientada a conducir a los
hombres a la fe o robustecerlos en ella, es una manifestación
preeminente de su paternidad. Por tanto, puede repetir con Pablo:
«Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis
tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os
engendré en Cristo Jesús» (1 Co 4, 15). Precisamente por
este dinamismo generador de vida nueva según el Espíritu, el
ministerio episcopal se manifiesta en el mundo como un signo de
esperanza para los pueblos y para cada persona.
Por eso, los Padres sinodales recordaron muy oportunamente que el
anuncio de Cristo ocupa siempre el primer lugar y que el Obispo es
el primer predicador del Evangelio con la palabra y con el
testimonio de vida. Debe ser consciente de los desafíos que el
momento actual lleva consigo y tener la valentía de afrontarlos.
Todos los Obispos, como ministros de la verdad, han de cumplir
este cometido con vigor y confianza.101
Cristo, en el corazón del Evangelio y del hombre
27. El tema del anuncio del Evangelio predominó en las
intervenciones de los Padres sinodales, que en repetidas ocasiones
y de varios modos afirmaron cómo el centro vivo del anuncio del
Evangelio es Cristo crucificado y resucitado para la salvación de
todos los hombres.102
En efecto, Cristo es el corazón de la evangelización, cuyo
programa «se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay
que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y
transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la
Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los
tiempos y las culturas, aunque tiene en cuenta el tiempo y la
cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este
programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio».103
De Cristo, corazón del Evangelio, arrancan todas las demás
verdades de la fe y se irradia también la esperanza para todos los
seres humanos. En efecto, es la luz que ilumina a todo hombre y
quien es regenerado en Él recibe las primicias del Espíritu, que
le hace capaz de cumplir la ley nueva del amor.104
Por eso el Obispo, en virtud de su misión apostólica, está
capacitado para introducir a su pueblo en el corazón del misterio
de la fe, donde podrá encontrar a la persona viva de Jesucristo.
Los fieles comprenderán así que toda la experiencia cristiana
tiene su fuente y su punto de referencia ineludible en la Pascua
de Jesús, vencedor del pecado y de la muerte.105
El anuncio de la muerte y resurrección del Señor «no puede por
menos de incluir el anuncio profético de un más allá, vocación
profunda y definitiva del hombre, en continuidad y discontinuidad
a la vez con la situación presente: más allá del tiempo y de la
historia, más allá de la realidad de este mundo, cuya imagen pasa
[...]. La evangelización comprende además la predicación de la
esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva
alianza en Jesucristo».106
El Obispo, oyente y custodio de la Palabra
28. El Concilio Vaticano II, siguiendo la línea indicada por la
tradición de la Iglesia, afirma que la misión de enseñar propia de
los Obispos consiste en conservar santamente y anunciar con
audacia la fe.107
Desde este punto de vista se manifiesta toda la riqueza del gesto
previsto en el Rito Romano de Ordenación episcopal, cuando se pone
el Evangeliario abierto sobre la cabeza del electo. Con ello se
quiere expresar, de una parte, que la Palabra arropa y protege el
ministerio del Obispo y, de otra, que ha de vivir completamente
sumiso a la Palabra de Dios mediante la dedicación cotidiana a la
predicación del Evangelio con toda paciencia y doctrina (cf. 2
Tm 4, 2). Los Padres sinodales recordaron también varias veces
que el Obispo es quien conserva con amor la Palabra de Dios y la
defiende con valor, testimoniando su mensaje de salvación.
Efectivamente, el sentido del munus docendi episcopal surge
de la naturaleza misma de lo que se debe custodiar, esto es, el
depósito de la fe.
En la Sagrada Escritura de ambos Testamentos y en la Tradición,
nuestro Señor Jesucristo confió a su Iglesia el único depósito de
la Revelación divina, que es como «el espejo en que la Iglesia
peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día
en que llegue a verlo cara a cara, como Él es».108 Esto es lo que
ha ocurrido a lo largo de los siglos hasta hoy: las diversas
comunidades, acogiendo la Palabra siempre nueva y eficaz a través
de los tiempos, han escuchado dócilmente la voz del Espíritu
Santo, comprometiéndose a hacerla viva y activa en cada uno de los
períodos de la historia. Así, la Palabra transmitida, la Tradición,
se ha hecho cada vez más conscientemente Palabra de vida y, entre
tanto, la tarea de anunciarla y custodiarla se ha realizado
progresivamente, bajo la guía y la asistencia del Espíritu de
Verdad, como una transmisión incesante de todo lo que la Iglesia
es y de todo lo que ella cree.109
Esta Tradición, que tiene su origen en los Apóstoles, progresa en
la vida de la Iglesia, como ha enseñado el Concilio Vaticano II.
De modo similar crece y se desarrolla la comprensión de las cosas
y las palabras transmitidas, de manera que al creer, practicar y
profesar la fe transmitida, se establece una maravillosa concordia
entre Obispos y fieles.110 Así pues, en la búsqueda de la
fidelidad al Espíritu, que habla en la Iglesia, fieles y pastores
se encuentran y establecen los vínculos profundos de fe que son el
primer momento del sensus fidei. A este respecto, es útil
oír de nuevo las palabras del Concilio: «La totalidad de los
fieles que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20 y 27)
no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya,
tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el
pueblo: cuando 'desde los obispos hasta el último de los laicos
cristianos' muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de
fe y de moral».111
Por eso, para el Obispo, la vida de la Iglesia y la vida
en la Iglesia es una condición para el ejercicio de su misión
de enseñar. El Obispo tiene su identidad y su puesto dentro de la
comunidad de los discípulos del Señor, donde ha recibido el don de
la vida divina y la primera enseñanza de la fe. Todo Obispo,
especialmente cuando desde su Cátedra episcopal ejerce ante la
asamblea de los fieles su función de maestro en la Iglesia, debe
poder decir como san Agustín: «considerando el puesto que ocupamos,
somos vuestros maestros, pero respecto al único maestro, somos con
vosotros condiscípulos en la misma escuela».112 En la Iglesia,
escuela del Dios vivo, Obispos y fieles son todos condiscípulos y
todos necesitan ser instruidos por el Espíritu.
El Espíritu imparte su enseñanza interior de muchas maneras. En el
corazón de cada uno, ante todo, en la vida de las Iglesias
particulares, donde surgen y se hacen oír las diversas necesidades
de las personas y de las varias comunidades eclesiales, mediante
lenguajes conocidos, pero también diversos y nuevos.
También se escucha al Espíritu cuando suscita en la Iglesia
diferentes formas de carismas y servicios. Por este motivo, en el
Aula sinodal se pronunciaron reiteradamente palabras que
exhortaban al Obispo al encuentro directo y al contacto personal
con los fieles de las comunidades confiadas a su cuidado pastoral,
siguiendo el modelo del Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las
llama a cada una por su nombre. En efecto, el encuentro frecuente
del Obispo con sus presbíteros, en primer lugar, con los diáconos,
los consagrados y sus comunidades, con los fieles laicos, tanto
personalmente como en las diversas asociaciones, tiene gran
importancia para el ejercicio de un ministerio eficaz entre el
Pueblo de Dios.
El servicio auténtico y autorizado de la Palabra
29. Con la Ordenación episcopal cada Obispo ha recibido la misión
fundamental de anunciar autorizadamente la Palabra. El Obispo, en
virtud de la sagrada Ordenación, es maestro auténtico que predica
al pueblo a él confiado la fe que se ha de creer y aplicar a la
vida moral. Eso quiere decir que los Obispos están revestidos de
la autoridad misma de Cristo y que, por esta razón fundamental, «cuando
enseñan en comunión con el Romano Pontífice, merecen el respeto de
todos, pues son los testigos de la verdad divina y católica. Los
fieles, por su parte, deben adherirse a la decisión que sobre
materia de fe y costumbres ha tomado su Obispo en nombre de Cristo
y aceptarla con espíritu de obediencia religiosa».113 En este
servicio a la Verdad, el Obispo se sitúa ante la comunidad
y es para ella, a la cual orienta su solicitud pastoral y
por la cual eleva insistentemente sus plegarias a Dios.
Así pues, el Obispo transmite a sus hermanos, a los que cuida como
el Buen Pastor, lo que escucha y recibe del corazón de la Iglesia.
En él se completa el sensus fidei. En efecto, el Concilio
Vaticano II enseña: «El Espíritu de la verdad suscita y sostiene
ese sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección
del magisterio al que obedece con fidelidad, recibe, no ya una
simple palabra humana, sino la palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,
13). Así se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los
santos de una vez para siempre (Judas 3), la profundiza con
un juicio recto y la aplica cada día más plenamente a la vida».114
Es, pues, una palabra que, en el seno de la comunidad y ante ella,
ya no es simplemente palabra del Obispo como persona privada, sino
del Pastor que confirma en la fe, reúne en torno al misterio de
Dios y engendra vida.
Los fieles necesitan la palabra de su Obispo; necesitan confirmar
y purificar su fe. La Asamblea sinodal subrayó esto, indicando
algunos ámbitos específicos en los que más se advierte esta
necesidad. Uno de ellos es el primer anuncio o kerygma,
siempre necesario para suscitar la obediencia de la fe, pero que
es más urgente aún en la situación actual, caracterizada por la
indiferencia y la ignorancia religiosa de muchos cristianos.115
También es evidente que, en el ámbito de la catequesis, el Obispo
es el catequista por excelencia. La gran influencia que han tenido
grandes y santos Obispos, cuyos textos catequéticos se consultan
aún hoy con admiración, es un motivo más para subrayar que la
tarea del Obispo de asumir la alta dirección de la catequesis es
siempre actual. En este cometido, debe referirse al Catecismo
de la Iglesia Católica.
Por esto sigue siendo válido lo que escribí en la Exhortación
apostólica Catechesi tradendae: «En el campo de la
catequesis tenéis vosotros, queridísimos Hermanos [Obispos], una
misión particular en vuestras Iglesias: en ellas sois los primeros
responsables de la catequesis».116 Por eso el Obispo debe ocuparse
de que la propia Iglesia particular dé prioridad efectiva a una
catequesis activa y eficaz. Más aún, él mismo ha de ejercer su
solicitud mediante intervenciones directas que susciten y
conserven también una auténtica pasión por la catequesis.117
Consciente de su responsabilidad en la transmisión y educación de
la fe, el Obispo se ha de esforzar para que tengan una disposición
similar cuantos, por su vocación y misión, están llamados a
transmitir la fe. Se trata de los sacerdotes y diáconos, personas
consagradas, padres y madres de familia, agentes pastorales y,
especialmente los catequistas, así como los profesores de teología
y de ciencias eclesiásticas, o los que imparten clases de religión
católica.118 Por eso, el Obispo cuidará la formación inicial y
permanente de todos ellos.
Para este cometido resulta especialmente útil el diálogo abierto y
la colaboración con los teólogos, a los que corresponde
profundizar con métodos apropiados la insondable riqueza del
misterio de Cristo. El Obispo ha de ofrecerles aliento y apoyo,
tanto a ellos como a las instituciones escolares y académicas en
que trabajan, para que desempeñen su tarea al servicio del Pueblo
de Dios con fidelidad a la Tradición y teniendo en cuenta las
cuestiones actuales.119 Cuando se vea oportuno, los Obispos deben
defender con firmeza la unidad y la integridad de la fe, juzgando
con autoridad lo que está o no conforme con la Palabra de Dios.120
Los Padres sinodales llamaron también la atención de los Obispos
sobre su responsabilidad magisterial en materia de moral. Las
normas que propone la Iglesia reflejan los mandamientos divinos,
que se sintetizan y culminan en el mandamiento evangélico de la
caridad. Toda norma divina tiende al mayor bien del ser humano, y
hoy vale también la recomendación del Deuteronomio: «Seguid en
todo el camino que el Señor vuestro Dios os ha trazado: así
viviréis, seréis felices» (5, 33). Por otro lado, no se ha de
olvidar que los mandamientos del Decálogo tienen un firme arraigo
en la naturaleza humana misma y que, por tanto, los valores que
defienden tienen validez universal. Esto vale especialmente por lo
que se refiere a la vida humana, que se ha de proteger desde la
concepción hasta a su término con la muerte natural, la libertad
de las personas y de las naciones, la justicia social y las
estructuras para ponerla en práctica.121
Ministerio episcopal e inculturación del Evangelio
30. La evangelización de la cultura y la inculturación del
Evangelio forman parte de la nueva evangelización y, por tanto,
son un cometido propio de la función episcopal. A este respecto,
tomando algunas de mis expresiones anteriores, el Sínodo repitió:
«Una fe que no se convierte en cultura, es una fe no acogida, no
totalmente pensada, no fielmente vivida».122
En realidad, éste es un cometido antiguo y siempre nuevo, que
tiene su origen en el misterio mismo de la Encarnación y su razón
de ser en la capacidad intrínseca del Evangelio para arraigar,
impregnar y promover toda cultura, purificándola y abriéndola a la
plenitud de la verdad y la vida que se ha realizado en Cristo
Jesús. A este tema se ha prestado mucha atención durante los
Sínodos continentales, que han dado valiosas indicaciones. Yo
mismo me he referido a él en varias ocasiones.
Por tanto, considerando los valores culturales del territorio en
que vive su Iglesia particular, el Obispo ha de esforzarse para
que se anuncie el Evangelio en su integridad, de modo que llegue a
modelar el corazón de los hombres y las costumbres de los pueblos.
En esta empresa evangelizadora puede ser preciosa la contribución
de los teólogos, así como la de los expertos en el patrimonio
cultural, artístico e histórico de la diócesis, que tanto en la
antigua como en la nueva evangelización, es un instrumento
pastoral eficaz.123
Los medios de comunicación social tienen también gran importancia
para transmitir la fe y anunciar el Evangelio en los «nuevos
areópagos»; los Padres sinodales pusieron su atención en ello y
alentaron a los Obispos para que haya una mayor colaboración entre
las Conferencias episcopales, tanto en el ámbito nacional como
internacional, con el fin de que se llegue a una actividad de
mayor cualidad en este delicado y precioso ámbito de la vida
social.124
En realidad, cuando se trata del anuncio del Evangelio, es
importante preocuparse de que la propuesta, además de ortodoxa,
sea incisiva y promueva su escucha y acogida. Evidentemente, esto
comporta el compromiso de dedicar, especialmente en los Seminarios,
un espacio adecuado para la formación de los candidatos al
sacerdocio sobre el empleo de los medios de comunicación social,
de manera que los evangelizadores sean buenos predicadores y
buenos comunicadores.
Predicar con la palabra y el ejemplo
31. El ministerio del Obispo, como pregonero del Evangelio y
custodio de la fe en el Pueblo de Dios, no quedaría completamente
descrito si faltara una referencia al deber de la coherencia
personal: su enseñanza ha de proseguir con el testimonio y con el
ejemplo de una auténtica vida de fe. Si el Obispo, que enseña a la
comunidad la Palabra escuchada con una autoridad ejercida en el
nombre de Jesucristo,125 no vive lo que enseña, transmite a la
comunidad misma un mensaje contradictorio.
Así resulta claro que todas las actividades del Obispo deben
orientarse a proclamar el Evangelio, «que es una fuerza de Dios
para la salvación de todo el que cree» (Rm 1, 16). Su
cometido esencial es ayudar al Pueblo de Dios a que corresponda a
la Revelación con la obediencia de la fe (cf. Rm 1, 5) y
abrace íntegramente la enseñanza de Cristo. Podría decirse que, en
el Obispo, misión y vida se unen de tal de manera que no se puede
pensar en ellas como si fueran dos cosas distintas: Nosotros,
Obispos, somos nuestra propia misión. Si no la realizáramos,
no seríamos nosotros mismos. Con el testimonio de la propia fe
nuestra vida se convierte en signo visible de la presencia de
Cristo en nuestras comunidades.
El testimonio de vida es para el Obispo como un nuevo título de
autoridad, que se añade al título objetivo recibido en la
consagración. A la autoridad se une el prestigio. Ambos son
necesarios. En efecto, de una se deriva la exigencia objetiva de
la adhesión de los fieles a la enseñanza auténtica del Obispo; por
el otro se facilita la confianza en su mensaje. A este respecto,
parece oportuno recordar las palabras escritas por un gran Obispo
de la Iglesia antigua, san Hilario de Poitiers: «El bienaventurado
apóstol Pablo, queriendo definir el tipo ideal de Obispo y formar
con su enseñanza un hombre de Iglesia completamente nuevo, explicó
lo que, por decirlo así, debía ser su máxima perfección. Dijo que
debía profesar una doctrina segura, acorde con la enseñanza, de
tal modo que pudiera exhortar a la sana doctrina y refutar a
quienes la contradijeran [...]. Por un lado, un ministro de vida
irreprochable, si no es culto, conseguirá sólo ayudarse a sí mismo;
por otro, un ministro culto pierde la autoridad que proviene de su
cultura si su vida no es irreprensible».126
El apóstol Pablo nos indica una vez más la conducta a seguir con
estas palabras: «Muéstrate dechado de buenas obras: pureza de
doctrina, dignidad, palabra sana, intachable, para que el
adversario se avergüence, no teniendo nada malo que decir de
nosotros» (Tt 2, 7-8).
CAPÍTULO IV
MINISTRO DE LA GRACIA
DEL SUPREMO SACERDOCIO
«Santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos»
(1 Co 1, 2)
32. Al tratar sobre una de las funciones primeras y fundamentales
del Obispo, el ministerio de la santificación, pienso en las
palabras que el apóstol Pablo dirigió a los fieles de Corinto,
como poniendo ante sus ojos el misterio de su vocación: «Santificados
en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier
lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro» (1 Co
1, 2). La santificación del cristiano se realiza en el baño
bautismal, se corrobora en el sacramento de la Confirmación y de
la Reconciliación, y se alimenta con la Eucaristía, el bien más
precioso de la Iglesia, el sacramento que la edifica
constantemente como Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del
Espíritu Santo.127
El Obispo es ministro de esta santificación, que se difunde en la
vida de la Iglesia, sobre todo a través de la santa liturgia. De
ésta, y especialmente de la celebración eucarística, se dice que
es «cumbre y fuente de la vida de la Iglesia».128 Es una
afirmación que se corresponde en cierto modo con el ministerio
litúrgico del Obispo, que es el centro de su actividad dirigida a
la santificación del Pueblo de Dios.
De esto se desprende claramente la importancia de la vida
litúrgica en la Iglesia particular, en la que el Obispo ejerce su
ministerio de santificación proclamando y predicando la Palabra de
Dios, dirigiendo la oración por su pueblo y con su
pueblo, presidiendo la celebración de los Sacramentos. Por esta
razón, la Constitución dogmática Lumen gentium aplica al
Obispo un bello título, tomado de la oración de consagración
episcopal en el ritual bizantino, es decir, el de «administrador
de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía
que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia
crece y se desarrolla sin cesar».129
Hay una íntima correspondencia entre el ministerio de la
santificación y los otros dos, el de la palabra y de gobierno. En
efecto, la predicación se ordena a la participación de la vida
divina en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Esta vida se
desarrolla y manifiesta en la existencia cotidiana de los fieles,
puesto que todos están llamados a plasmar en el comportamiento lo
que han recibido en la fe.130 A su vez, el ministerio de gobierno
se expresa en funciones y actos que, como las de Jesús, Buen
Pastor, tienden a suscitar en la comunidad de los fieles la
plenitud de vida en la caridad, para gloria de la Santa Trinidad y
testimonio de su amorosa presencia en el mundo.
Todo Obispo, pues, cuando ejerce el ministerio de la santificación
(munus sanctificandi), pone en práctica lo que se propone
el ministerio de enseñar (munus docendi) y, al mismo tiempo,
obtiene la gracia para el ministerio de gobernar (munus regendi),
modelando sus actitudes a imagen de Cristo Sumo Sacerdote, de
manera que todo se ordene a la edificación de la Iglesia y a la
gloria de la Trinidad Santa.
Fuente y cumbre de la Iglesia particular
33. El Obispo ejerce el ministerio de la santificación a través de
la celebración de la Eucaristía y de los demás Sacramentos, la
alabanza divina de la Liturgia de las Horas, la presidencia de los
otros ritos sagrados y también mediante la promoción de la vida
litúrgica y de la auténtica piedad popular. Entre las
celebraciones presididas por el Obispo destacan especialmente
aquellas en las que se manifiesta la peculiaridad del ministerio
episcopal como plenitud del sacerdocio. Así sucede en la
administración del sacramento de la Confirmación, de las Órdenes
sagradas, en la celebración solemne de la Eucaristía en que el
Obispo está rodeado de su presbiterio y de los otros ministros –como
en la liturgia de la Misa crismal–, en la dedicación de las
iglesias y de los altares, en la consagración de las vírgenes, así
como en otros ritos importantes para la vida de la Iglesia
particular. Se presenta visiblemente en estas celebraciones como
el padre y pastor de los fieles, el «Sumo Sacerdote» de su pueblo
(cf. Hb 10, 21), que ora y enseña a orar, intercede por sus
hermanos y, junto con el pueblo, implora y da gracias a Dios,
resaltando la primacía de Dios y de su gloria.
En estas ocasiones brota, como de una fuente, la gracia divina que
inunda toda la vida de los hijos de Dios durante su peregrinación
terrena, encaminándola hacia su culminación y plenitud en la
patria celestial. Por eso, el ministerio de la santificación es
fundamental para la promoción de la esperanza cristiana. El Obispo
no sólo anuncia con la predicación de la palabra las promesas de
Dios y abre caminos hacia al futuro, sino que anima al Pueblo de
Dios en su camino terreno y, mediante la celebración de los
sacramentos, prenda de la gloria futura, le hace pregustar su
destino final, en comunión con la Virgen María y los Santos, en la
certeza inquebrantable de la victoria definitiva de Cristo sobre
el pecado y sobre la muerte, así como de su venida gloriosa.
Importancia de la iglesia catedral
34. Aunque el Obispo ejerce su ministerio de santificación en toda
la diócesis, éste tiene su centro en la iglesia catedral, que es
como la iglesia madre y el punto de convergencia de la Iglesia
particular.
En efecto, la catedral es el lugar donde el Obispo tiene su
Cátedra, desde la cual educa y hace crecer a su pueblo por la
predicación, y donde preside las principales celebraciones del año
litúrgico y de los sacramentos. Precisamente cuando está sentado
en su Cátedra, el Obispo se muestra ante la asamblea de los fieles
como quien preside in loco Dei Patris; por eso, como ya he
recordado, según una antiquísima tradición, tanto de oriente como
de occidente, solamente el Obispo puede sentarse en la Cátedra
episcopal. Precisamente la presencia de ésta hace de la iglesia
catedral el centro material y espiritual de unidad y comunión para
el presbiterio diocesano y para todo el Pueblo santo de Dios.
No se ha de olvidar a este propósito la enseñanza del Concilio
Vaticano II sobre la gran importancia que todos deben dar «a la
vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la
iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de
la Iglesia tiene lugar en la participación plena y activa de todo
el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas,
especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto
a un único altar, que el obispo preside rodeado por su presbiterio
y sus ministros».131 En la catedral, pues, donde se realiza lo más
alto de la vida de la Iglesia, se ejerce también el acto más
excelso y sagrado del munus sanctificandi del Obispo, que
comporta a la vez, como la liturgia misma que él preside, la
santificación de las personas y el culto y la gloria de Dios.
Algunas celebraciones particulares manifiestan de manera especial
este misterio de la Iglesia. Entre ellas, recuerdo la liturgia
anual de la Misa crismal, que «ha de ser tenida como una de las
principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y
un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».132
Durante esta celebración, junto con el Óleo de los enfermos y el
de los catecúmenos, se bendice el santo Crisma, signo sacramental
de salvación y vida perfecta para todos los renacidos por el agua
y el Espíritu Santo. También se han de citar entre las liturgias
más solemnes aquéllas en que se confieren las sagradas Órdenes,
cuyos ritos tienen en la iglesia catedral su lugar propio y
normal.133 A estos casos se han de añadir algunas otras
circunstancias, como la celebración del aniversario de su
dedicación y las fiestas de los santos Patronos de la diócesis.
Éstas y otras ocasiones, según el calendario litúrgico de cada
diócesis, son circunstancias preciosas para consolidar los
vínculos de comunión con los presbíteros, las personas consagradas
y los fieles laicos, así como para dar nuevo impulso a la misión
de todos los miembros de la Iglesia particular. Por eso el
Caeremoniale Episcoporum destaca la importancia de la iglesia
catedral y de las celebraciones que se desarrollan en ella para el
bien y el ejemplo de toda la Iglesia particular.134
Moderador de la liturgia como pedagogía de la fe
35. En las actuales circunstancias, los Padres sinodales han
querido llamar la atención sobre la importancia del ministerio de
la santificación que se ejerce en la Liturgia, la cual debe
celebrarse de tal modo que haga efectiva su fuerza didáctica y
educativa.135 Esto requiere que las celebraciones litúrgicas sean
verdaderamente epifanía del misterio. Deberán expresar con
claridad, pues, la naturaleza del culto divino, reflejando el
sentido genuino de la Iglesia que ora y celebra los misterios
divinos. Además, si todos participan convenientemente en la
liturgia, según los diversos ministerios, ésta resplandecerá por
su dignidad y belleza.
En el ejercicio de mi ministerio, yo mismo he querido dar una
prioridad a las celebraciones litúrgicas, tanto en Roma como
durante mis viajes apostólicos en los diferentes continentes y
naciones. Haciendo brillar la belleza y la dignidad de la liturgia
cristiana en todas sus expresiones he tratado promover el
auténtico sentido de la santificación del nombre de Dios, con el
fin de educar el sentimiento religioso de los fieles y abrirlo a
la trascendencia.
Exhorto, pues, a mis hermanos Obispos, a que, como maestros de la
fe y partícipes del supremo sacerdocio de Cristo, procuren con
todas sus fuerzas promover auténticamente la liturgia. Ésta exige
que por la manera en que se celebra anuncie con claridad la verdad
revelada, transmita fielmente la vida divina y exprese sin
ambigüedad la auténtica naturaleza de la Iglesia. Todos han de ser
conscientes de la importancia de las sagradas celebraciones de los
misterios de la fe católica. La verdad de la fe y de la vida
cristiana no se transmite sólo con palabras, sino también con
signos sacramentales y el conjunto de ritos litúrgicos. Es bien
conocido, a este propósito, el antiguo axioma que vincula
estrechamente la lex credendi a la lex orandi.136
Por tanto, todo Obispo ha de ser ejemplar en el arte del presidir,
consciente de tractare mysteria. Debe tener también una
vida teologal profunda que inspire su comportamiento en cada
contacto con el Pueblo santo de Dios. Debe ser capaz de transmitir
el sentido sobrenatural de las palabras, oraciones y ritos, de
modo que implique a todos en la participación en los santos
misterios. Además, por medio de una adecuada y concreta promoción
de la pastoral litúrgica en la diócesis, ha de procurar que los
ministros y el pueblo adquieran una auténtica comprensión y
experiencia de la liturgia, de modo los fieles lleguen a la plena,
consciente, activa y fructuosa participación en los santos
misterios, como propuso el Vaticano II.137
De este modo, las celebraciones litúrgicas, especialmente las que
son presididas por el Obispo en su catedral, serán proclamaciones
diáfanas de la fe de la Iglesia, momentos privilegiados en que el
Pastor presenta el misterio de Cristo a los fieles y los ayuda a
entrar progresivamente en él, para que se convierta en una gozosa
experiencia, que han de testimoniar después con las obras de
caridad (cf. Ga 5, 6).
Dada la importancia que tiene la correcta transmisión de la fe en
la santa liturgia de la Iglesia, el Obispo deberá vigilar
atentamente, por el bien de los fieles, que se observen siempre,
por todos y en todas partes, las normas litúrgicas vigentes. Esto
comporta también corregir firme y tempestivamente los abusos, así
como excluir cualquier arbitrariedad en el campo litúrgico. Además,
el Obispo mismo debe estar atento, en lo que de él depende o en
colaboración con las Conferencias episcopales y las Comisiones
litúrgicas pertinentes, a que se observe esa misma dignidad y
autenticidad de los actos litúrgicos en los programas radiofónicos
y televisivos.
Carácter central del Día del Señor y del año litúrgico
36. La vida y el ministerio del Obispo han de estar impregnados de
la presencia del Señor y de su misterio. En efecto, la promoción
en toda la diócesis de la convicción de que la liturgia es el
centro espiritual, catequético y pastoral depende en buena medida
del ejemplo del Obispo.
La celebración del misterio pascual de Cristo en el Día del Señor
o domingo ocupa el centro de este ministerio. Como he repetido
varias veces, algunas recientemente, para remarcar la identidad
cristiana en nuestro tiempo hace falta dar renovada centralidad a
la celebración del Día del Señor y, en él, a la celebración de la
Eucaristía. Debe sentirse el domingo como «día especial de la fe,
día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua
de la semana».138
La presencia del Obispo que el domingo, día también de la Iglesia,
preside la Eucaristía en su catedral o en las parroquias de la
diócesis, puede ser un signo ejemplar de fidelidad al misterio de
la Resurrección y un motivo de esperanza para el Pueblo de Dios en
su peregrinación, de domingo en domingo, hasta el octavo día, día
que no conoce ocaso, de la Pascua eterna.139
Durante el año litúrgico la Iglesia revive todo el misterio de
Cristo, desde la Encarnación y el Nacimiento del Señor hasta la
Ascensión y el día de Pentecostés, a la espera de su venida
gloriosa.140 Naturalmente, el Obispo dará especial importancia a
la preparación y celebración del Triduo Pascual, corazón de todo
el año litúrgico, con la solemne Vigilia pascual y su prolongación
durante los cincuenta días del tiempo pascual.
El año litúrgico, con su cadencia cíclica, puede ser valorizado
con una programación pastoral de la vida de la diócesis en torno
al misterio de Cristo. En cuanto itinerario de fe, la Iglesia es
alentada por la memoria de la Virgen María que, «glorificada ya en
los cielos en cuerpo y alma [...], brilla ante el Pueblo de Dios
en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo».141 Es
una espera sustentada también con la memoria de los mártires y
demás santos que, «llevados a la perfección por medio de la
multiforme gracia de Dios y habiendo alcanzado ya la salvación
eterna, entonan la perfecta alabanza a Dios en los cielos e
interceden por nosotros».142
Ministro de la celebración eucarística
37. En el centro del munus sanctificandi del Obispo está la
Eucaristía, que él mismo ofrece o encarga ofrecer, y en la que se
manifiesta especialmente su función de «ecónomo» o ministro de la
gracia del supremo sacerdocio.143
El Obispo contribuye a la edificación de la Iglesia, misterio de
comunión y misión, sobre
todo presidiendo la asamblea eucarística. En efecto, la Eucaristía
no sólo es el principio esencial de la vida cada fiel, sino
también de la comunidad misma en Cristo. Reunidos por la
predicación del Evangelio, los fieles forman comunidades en las
que está realmente presente la Iglesia de Cristo, y eso se pone de
manifiesto particularmente en la celebración misma del Sacrificio
eucarístico.144 Es conocido a este respecto lo que enseña el
Concilio: «En toda comunidad en torno al altar, presidida por el
ministerio sagrado del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquel
gran amor y de 'la unidad del cuerpo místico sin la que no puede
uno salvarse'. En estas comunidades, aunque muchas veces sean
pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo, quien
con su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y
apostólica. En efecto, 'la participación en el cuerpo y la sangre
de Cristo hace precisamente que nos convirtamos en aquello que
recibimos'».145
Además, de la celebración eucarística, que es «la fuente y la
cumbre de toda evangelización»,146 brota todo compromiso misionero
de la Iglesia, que tiende a manifestar a otros, con el testimonio
de vida, el misterio vivido en la fe.
El deber de celebrar la Eucaristía es el cometido principal y más
apremiante del ministerio pastoral del Obispo. A él corresponde
también, como una de sus principales tareas, procurar que los
fieles tengan la posibilidad de acceder a la mesa del Señor, sobre
todo el domingo que, como acabamos de recordar, es el día en que
la Iglesia, comunidad y familia de los hijos de Dios, expresa su
específica identidad cristiana en torno a sus propios
presbíteros.147
No obstante, bien por falta de sacerdotes, bien por otras razones
graves y persistentes, puede ser que en ciertas regiones no sea
posible celebrar la Eucaristía con la debida regularidad. Esta
eventualidad agudiza el deber del Obispo, como padre de familia y
ministro de la gracia, de estar siempre atento para discernir las
necesidades efectivas y la gravedad de las situaciones. Así, será
preciso recurrir a una mejor distribución de los miembros del
presbiterio, de modo que, incluso en casos semejantes, las
comunidades no se vean privadas de la celebración eucarística
durante demasiado tiempo.
A falta de la Santa Misa, el Obispo ha de procurar que la
comunidad, aun estando siempre en espera de la plenitud del
encuentro con Cristo en la celebración del Misterio pascual, pueda
tener una celebración especial al menos los domingos y días
festivos. En estos casos los fieles, presididos por ministros
responsables, pueden beneficiarse del don de la Palabra proclamada
y de la comunión eucarística mediante celebraciones de asambleas
dominicales, previstas y adecuadas, en ausencia de un
presbítero.148
Responsable de la iniciación cristiana
38. En las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo,
tanto en las Iglesias jóvenes como en los Países donde el
cristianismo se ha establecido desde siglos, resulta providencial
la recuperación, sobre todo para los adultos, de la gran tradición
de la disciplina sobre la iniciación cristiana. Ésta ha sido una
disposición oportuna del Concilio Vaticano II,149 que de este modo
quiso ofrecer un camino de encuentro con Cristo y con la Iglesia a
muchos hombres y mujeres tocados por la gracia del Espíritu y
deseosos de entrar en comunión con el misterio de la salvación en
Cristo, muerto y resucitado por nosotros.
Mediante el itinerario de la iniciación cristiana se introduce
progresivamente a los catecúmenos en el conocimiento del misterio
de Cristo y de la Iglesia, análogamente a lo que ocurre en el
origen, desarrollo y maduración de la vida natural. En efecto, por
el Bautismo los fieles renacen y participan del sacerdocio real.
Por la Confirmación, cuyo ministro originario es el Obispo, se
corrobora su fe y reciben una especial efusión de los dones del
Espíritu. Al participar de la Eucaristía, se alimentan con el
manjar de vida eterna y se insertan plenamente en la Iglesia,
Cuerpo místico de Cristo. De este modo, «por medio de estos
sacramentos de la iniciación cristiana, están en disposición de
gustar cada vez más y mejor los tesoros de la vida divina y
progresar hasta la consecución de la perfección de la caridad».150
Así pues, los Obispos, teniendo en cuenta las circunstancias
actuales han de poner en práctica las prescripciones del Rito
de la iniciación cristiana de adultos. Por tanto, han de
procurar que en cada diócesis existan las estructuras y agentes de
pastoral necesarios para asegurar de la manera más digna y eficaz
la observancia de las disposiciones y disciplina litúrgica,
catequética y pastoral de la iniciación cristiana, adaptada a las
necesidades de nuestros tiempos.
Por su propia naturaleza de inserción progresiva en el misterio de
Cristo y de la Iglesia, misterio que vive y actúa en cada Iglesia
particular, el itinerario de la iniciación cristiana requiere la
presencia y el ministerio del Obispo diocesano, especialmente en
su fase final, es decir, en la administración de los sacramentos
del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía, como tiene
lugar normalmente en la Vigilia pascual.
El Obispo debe regular también, según las leyes de la Iglesia, lo
que se refiere a la iniciación cristiana de los niños y jóvenes,
dando disposiciones sobre su apropiada preparación catequética y
su compromiso gradual en la vida de la comunidad. Además, ha de
estar atento a que eventuales itinerarios de catecumenado, de
recuperación y fortalecimiento del camino de la iniciación
cristiana o de acercamiento a los fieles que se han alejado de la
vida normal de fe comunitaria, se desarrollen según las normas de
la Iglesia y en plena sintonía con la vida de las comunidades
parroquiales en la diócesis.
Finalmente, el Obispo, ministro originario del Sacramento de la
Confirmación, ha de ser quien lo administre normalmente. Su
presencia en la comunidad parroquial que, por la pila bautismal y
la Mesa eucarística, es el ambiente natural y ordinario del camino
de la iniciación cristiana, evoca eficazmente el misterio de
Pentecostés y se demuestra sumamente útil para consolidar los
vínculos de comunión eclesial entre el pastor y los fieles.
Responsabilidad del Obispo en la disciplina penitencial
39. En sus intervenciones, los Padres sinodales pusieron especial
atención en la disciplina penitencial, subrayando su importancia y
el cuidado especial que los Obispos, como sucesores de los
Apóstoles, deben prestar a la pastoral y a la disciplina del
sacramento de la Penitencia. Me complace haber oído de ellos lo
que es una profunda convicción mía, esto es, que se ha de poner
sumo interés en la pastoral de este sacramento de la Iglesia,
fuente de reconciliación, de paz y alegría para todos nosotros,
necesitados de la misericordia del Señor y de la curación de las
heridas del pecado.
Como primer responsable de la disciplina penitencial en su Iglesia
particular, corresponde ante todo al Obispo dirigir una invitación
kerygmatica a la conversión y a la penitencia. Tiene el
deber de proclamar con libertad evangélica la presencia triste y
dañosa del pecado en la vida de los hombres y en la historia de
las comunidades. Al mismo tiempo, ha de anunciar el misterio
insondable de la misericordia que Dios nos ha prodigado en la Cruz
y en la Resurrección de su Hijo, Jesucristo, y en la efusión del
Espíritu, para la remisión de los pecados. Este anuncio,
invitación a la reconciliación y llamada a la esperanza, está en
el corazón del Evangelio. Es el primer anuncio de los Apóstoles el
día del Pentecostés, anuncio en que se revela el sentido mismo de
la gracia y de la salvación comunicada por los Sacramentos.
El Obispo ha de ser un ministro ejemplar del sacramento de la
Penitencia y debe recurrir asidua y fielmente al mismo. No se
cansará de exhortar a sus sacerdotes a que tengan en gran estima
el ministerio de la reconciliación recibido en la Ordenación
sacerdotal, animándolos a ejercerlo con generosidad y sentido
sobrenatural, imitando al Padre que acoge a los que vuelven a la
casa paterna y a Cristo, Buen Pastor, que lleva sobre sus hombros
a la oveja extraviada.151
La responsabilidad del Obispo incluye también el deber de velar
para que la absolución general no se imparta más allá de las
normas del derecho. A este respecto, en el Motu proprio
Misericordia Dei he subrayado que los Obispos han de insistir
en la disciplina vigente, según la cual la confesión, individual e
íntegra, y la absolución son el único modo ordinario por el que el
fiel consciente de pecado grave se reconcilia con Dios y con la
Iglesia. Sólo una imposibilidad física o moral dispensa de este
modo ordinario, en cuyo caso la reconciliación se puede obtener de
otras maneras. Además, el Obispo ha de recordar a todos los que
por oficio tienen cura de almas el deber de brindar a los fieles
la oportunidad de acudir a la confesión individual.152 Y se
cuidará de verificar que se den a los fieles las máximas
facilidades para poder confesarse.
Considerada a la luz de la Tradición y del Magisterio de la
Iglesia la íntima unión entre el sacramento de la Reconciliación y
la participación en la Eucaristía, es cada vez más necesario
formar la conciencia de los fieles para que participen digna y
fructuosamente en el Banquete eucarístico en estado de gracia.153
Es útil recordar también que corresponde al Obispo el cometido de
reglamentar, convenientemente y con una cuidadosa elección de los
ministros adecuados, la disciplina sobre el ejercicio de los
exorcismos y de las celebraciones de oración para obtener
curaciones, respetando los recientes documentos de la Santa
Sede.154
Cuidado de la piedad popular
40. Los Padres sinodales confirmaron la importancia de la piedad
popular en la transmisión y el desarrollo de la fe. En efecto,
como dijo mi predecesor Pablo VI, ésta piedad comporta grandes
valores, tanto respecto a Dios como a los hermanos,155 llegando a
constituir así un verdadero tesoro de espiritualidad en la vida de
las comunidades cristianas.
En nuestro tiempo, en que se nota una gran sed de espiritualidad,
que a veces induce a muchos a hacerse adeptos de sectas religiosas
o de otras formas vagas de espiritualismo, los Obispos han de
discernir y favorecer también los valores y las formas de la
auténtica piedad popular.
Sigue siendo actual lo que se dice en la Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi: «La caridad pastoral debe dictar, a
cuantos el Señor ha colocado como jefes de las comunidades
eclesiales, las normas de conducta con respecto a esta realidad, a
la vez tan rica y tan amenazada. Ante todo hay que ser sensibles a
ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores
innegables, estar dispuestos a ayudarla a superar sus riesgos de
desviación. Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser
cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero
encuentro con Dios en Jesucristo».156
Es preciso, pues, orientar esta religiosidad, purificando
eventualmente sus formas expresivas según los principios de la fe
y de la vida cristiana. Por medio de la piedad popular, se ha de
conducir a los fieles al encuentro personal con Cristo, a la
comunión con la Santísima Virgen María y los Santos, mediante la
escucha de la palabra de Dios, la vida de oración, la
participación en los sacramentos, el testimonio de la caridad y de
las obras de misericordia.157
Para una reflexión más amplia a este respecto, me complace indicar
los documentos emanados por esta Sede Apostólica, en los que,
además de contener valiosas sugerencias teológicas, pastorales y
espirituales, se recuerda que todas las manifestaciones de piedad
popular están bajo la responsabilidad del Obispo, en su propia
diócesis. A él compete regularlas, animarlas en su función de
ayuda a los fieles para la vida cristiana, purificarlas en lo que
fuere necesario y evangelizarlas.158
Promover la santidad de todos los fieles
41. La santidad del pueblo de Dios, a la cual se ordena el
ministerio de santificación del Obispo, es don de la gracia divina
y manifestación de la primacía de Dios en la vida de la Iglesia.
Por eso, en su ministerio debe promover incansablemente una
auténtica pastoral y pedagogía de la santidad, para realizar así
el programa propuesto en el capítulo quinto de la Constitución
Lumen gentium sobre la vocación universal a la santidad.
Yo mismo he propuesto este programa a toda la Iglesia al principio
del tercer milenio como prioridad pastoral y fruto del gran
Jubileo de la Encarnación.159 En efecto, también hoy la santidad
es un signo de los tiempos, una prueba de la verdad del
cristianismo que brilla en sus mejores fieles, tanto en los muchos
que han sido elevados al honor de los altares como en aquellos,
más numerosos aún, que calladamente han vivificado y vivifican la
historia humana con la humilde y gozosa santidad cotidiana. De
hecho, en nuestro tiempo hay también testimonios preciosos de
santidad personal y comunitaria que son para todos, incluidas las
nuevas generaciones, un signo de esperanza.
Así pues, para resaltar el testimonio de la santidad, exhorto a
mis Hermanos Obispos a buscar y destacar los signos de santidad y
virtudes heroicas que también hoy se dan, sobre todo cuando se
refieren a fieles laicos de sus diócesis y, especialmente, a
esposos cristianos. En los casos en que se considere
verdaderamente oportuno, les animo a promover los correspondientes
procesos de canonización.160 Eso sería para todos un signo de
esperanza y un impulso en el camino del Pueblo de Dios, un motivo
que estimula su testimonio de la perenne presencia de la gracia en
las vicisitudes humanas, ante al mundo.
CAPÍTULO V
GOBIERNO PASTORAL DEL OBISPO
«Os he dado ejemplo...»
(Jn 13, 15)
42. El Concilio Vaticano II, al tratar del deber de gobernar la
familia de Dios y de cuidar habitual y cotidianamente la grey del
Señor Jesús, explica que los Obispos, en el ejercicio de su
ministerio de padres y pastores de sus fieles, han de comportarse
como «quien sirve», inspirándose siempre en el ejemplo del Buen
Pastor, que vino no para ser servido sino para servir y dar su
vida por las ovejas (cf. Mt 20, 28; Mc 10, 45; Lc
22, 26-27; Jn 10, 11).161
Esta imagen de Jesús, modelo supremo para el Obispo, tiene una
elocuente expresión en el gesto del lavatorio de los pies, narrado
en el Evangelio según san Juan: «Antes de la fiesta de la Pascua,
sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo. Estaban cenando... se levanta de la cena, se
quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua
en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos,
secándoselos con la toalla que se había ceñido... Cuando acabó de
lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo...
os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros,
vosotros también lo hagáis» (Jn 13, 1-15).
Contemplemos, pues, a Jesús en este gesto que parece darnos la
clave para comprender su propio ser y su misión, su vida y su
muerte. Contemplemos además el amor de Jesús, que se traduce en
acción, en gestos concretos. Contemplemos a Jesús que asume
totalmente, con radicalidad absoluta, la forma de siervo (cf.
Flp 2, 7). Él, el Maestro y Señor, que ha recibido todo del
Padre, nos ha amado hasta al final, hasta ponerse enteramente en
manos de los hombres, aceptando todo lo que después harían con Él.
El gesto de Jesús indica un amor completo, en el contexto de la
institución de la Eucaristía y en la clara perspectiva de su
pasión y muerte. Un gesto que revela el sentido de la Encarnación
y, más aún, de la esencia misma de Dios. Dios es amor y por eso ha
asumido la condición de siervo: Dios se pone al servicio del
hombre para llevar al hombre a la plena comunión con Él.
Por tanto, si éste es el Maestro y Señor, el sentido del
ministerio y del ser mismo de quien, como los Doce, ha sido
llamado a tener mayor intimidad con Jesús, debe consistir en la
disponibilidad entera e incondicional para con los demás, tanto
para con los que ya son parte de la grey como los que todavía no
lo son (cf. Jn 10, 16).
Autoridad del servicio pastoral del Obispo
43. El Obispo es enviado como pastor, en nombre de Cristo, para
cuidar de una porción del Pueblo de Dios. Por medio del Evangelio
y la Eucaristía debe hacerla crecer como una realidad de comunión
en el Espíritu Santo.162 De esto se deriva que el Obispo
representa y gobierna la Iglesia confiada a él, con la potestad
necesaria para ejercer el ministerio pastoral sacramentalmente
recibido («munus pastorale»), que es participación en la
misma consagración y misión de Cristo.163 Por eso, los Obispos «como
vicarios y legados de Cristo gobiernan las Iglesias particulares
que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus
consejos y con sus ejemplos, sino también con su autoridad y
potestad sagrada, que ejercen, sin embargo, únicamente para
construir su rebaño en la verdad y santidad, recordando que el
mayor debe hacerse como el menor y el superior como el servidor
(cf. Lc 22, 26-27)».164
Este texto conciliar sintetiza admirablemente la doctrina católica
sobre el gobierno pastoral del Obispo, que se encuentra también en
el rito de la Ordenación episcopal: «El episcopado es un servicio,
no un honor [...]. El que es mayor, según el mandato del Señor,
debe aparecer como el más pequeño, y el que preside, como quien
sirve».165 Se aplica, pues, el principio fundamental según el cual,
como afirma san Pablo, la autoridad en la Iglesia tiene como
objeto la edificación del Pueblo de Dios, no su ruina (cf. 2 Co
10, 8). Como se repitió varias veces en el Aula sinodal, la
edificación de la grey de Cristo en la verdad y la santidad exige
ciertas cualidades del Obispo, como una vida ejemplar, capacidad
de relación auténtica y constructiva con las personas, aptitud
para impulsar y desarrollar la colaboración, bondad de ánimo y
paciencia, comprensión y compasión ante las miserias del alma y
del cuerpo, indulgencia y perdón. En efecto, se trata de expresar
del mejor modo posible el modelo supremo, que es Jesús, Buen
Pastor.
El Obispo tiene una verdadera potestad, pero una potestad
iluminada por la luz del Buen Pastor y forjada según este modelo.
Se ejerce en nombre de Cristo y «es propia, ordinaria e inmediata.
Su ejercicio, sin embargo, está regulado en último término por la
suprema autoridad de la Iglesia, que puede ponerle ciertos límites
con vistas al bien común de la Iglesia o de los fieles. En virtud
de esta potestad, los obispos tienen el sagrado derecho y el deber
ante Dios de dar leyes a sus súbditos, de juzgarlos y de regular
todo lo referente al culto y al apostolado».166 El Obispo, pues,
en virtud del oficio recibido, tiene una potestad jurídica
objetiva que tiende a manifestarse en los actos potestativos
mediante los cuales ejerce el ministerio de gobierno («munus
pastorale») recibido en el Sacramento.
No obstante, el gobierno del Obispo será pastoralmente eficaz –conviene
recordarlo también en este caso– si se apoya en la autoridad moral
que le da su santidad de vida. Ésta dispondrá los ánimos para
acoger el Evangelio que proclama en su Iglesia, así como las
normas que establezca para el bien del Pueblo de Dios. Por eso
advertía san Ambrosio: «No se busca en los sacerdotes nada de
vulgar, nada propio de las aspiraciones, las costumbres o los
modales de la gente grosera. La dignidad sacerdotal requiere una
compostura que se aleja de los alborotos, una vida austera y una
especial autoridad moral».167
El ejercicio de la autoridad en la Iglesia no se puede entender
como algo impersonal y burocrático, precisamente porque se trata
de una autoridad que nace del testimonio. Todo lo que dice y hace
el Obispo ha de revelar la autoridad de la palabra y los gestos de
Cristo. Si faltara la ascendencia de la santidad de vida del
Obispo, es decir, su testimonio de fe, esperanza y caridad, el
Pueblo de Dios acogería difícilmente su gobierno como
manifestación de la presencia activa de Cristo en su Iglesia.
Al ser ministros de la apostolicidad de la Iglesia por voluntad
del Señor y revestidos del poder del Espíritu del Padre, que rige
y guía (Spiritus principalis), los Obispos son sucesores de
los Apóstoles no sólo en la autoridad y en la potestad sagrada,
sino también en la forma de vida apostólica, en saber sufrir por
anunciar y difundir el Evangelio, en cuidar con ternura y
misericordia de los fieles a él confiados, en la defensa de los
débiles y en la constante dedicación al Pueblo de Dios.
En el Aula sinodal se recordó que, después del Concilio Vaticano
II, con frecuencia resulta difícil ejercer la autoridad en la
Iglesia. Es una situación que aún perdura, aunque algunas de las
mayores dificultades parecen haberse superado. Así pues, se
plantea la cuestión de cómo conseguir que el servicio necesario de
la autoridad se comprenda mejor, se acepte y se cumpla. A este
respecto, una primera respuesta proviene de la naturaleza misma de
la autoridad eclesial: es –y así ha de manifestarse lo más
claramente posible– participación en la misión de Cristo, que se
ha de vivir y ejercer con humildad, dedicación y servicio.
El valor de la autoridad del Obispo no se manifiesta en las
apariencias, sino profundizando el sentido teológico, espiritual y
moral de su ministerio, fundado en el carisma de la apostolicidad.
Lo que se dijo en el aula sinodal sobre el gesto del lavatorio de
los pies y la conexión que se estableció en dicho contexto entre
la figura del siervo y la del pastor, da a entender que el
episcopado es realmente un honor cuando es servicio. Por tanto,
todo Obispo debe aplicarse a sí mismo las palabras de Jesús: «Sabéis
que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan
como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder.
Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera
llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el
que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos,
que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 42-
45). Recordando estas palabras del Señor, el Obispo gobierna con
el corazón propio del siervo humilde y del pastor afectuoso que
guía su rebaño buscando la gloria de Dios y la salvación de las
almas (cf. Lc 22, 26-27). Vivida así, la forma de gobierno
del Obispo es verdaderamente única en el mundo.
Se ha recordado ya el texto de la Lumen gentium donde se
afirma que los Obispos rigen las Iglesias particulares confiadas a
ellos como vicarios y legados de Cristo, «con sus proyectos, con
sus consejos y con sus ejemplos».168 Eso no contradice las
palabras que siguen, cuando el Concilio añade que los Obispos
gobiernan ciertamente «con sus proyectos, con sus consejos y con
sus ejemplos», pero «también con autoridad y potestad sagrada».169
En efecto, se trata de una "potestad sagrada" que hunde sus raíces
en la autoridad moral que le da al Obispo su santidad de vida.
Precisamente ésta facilita la recepción de toda su acción de
gobierno y hace que sea eficaz.
Estilo pastoral de gobierno y comunión diocesana
44. La comunión eclesial vivida llevará al Obispo a un estilo
pastoral cada vez más abierto a la colaboración de todos. Hay una
cierta interrelación entre lo que el Obispo debe decidir bajo su
responsabilidad personal para el bien de la Iglesia confiada a sus
cuidados y la aportación que los fieles pueden ofrecerle a través
de los órganos consultivos, como el sínodo diocesano, el consejo
presbiteral, el consejo episcopal y el consejo pastoral.170
Los Padres sinodales se refirieron a esta modalidad de ejercer el
gobierno episcopal mediante la cual se organiza la actividad
pastoral en la diócesis.171 En efecto, la Iglesia particular hace
referencia no sólo al triple oficio episcopal (munus episcopale),
sino también a la triple función profética, sacerdotal y real de
todo el Pueblo de Dios.
En virtud del Bautismo todos los fieles participan, del modo que
les es propio, del triple munus de Cristo. Por su igualdad
real en la dignidad y en el actuar están llamados a cooperar en la
edificación del Cuerpo de Cristo y, por tanto, a realizar la
misión que Dios ha confiado a la Iglesia en el mundo, cada uno
según su propia condición y sus propios cometidos.172
Cualquier forma de diferenciación entre los fieles, basada en los
diversos carismas, funciones o ministerios, está ordenada al
servicio de los otros miembros del Pueblo de Dios. La
diferenciación ontológica y funcional que sitúa al Obispo «ante»
los demás fieles, sobre la base de la plenitud del sacramento del
Orden que ha recibido, consiste en ser para los otros
fieles, que no lo desarraiga de su ser con ellos.
La Iglesia es una comunión orgánica que se realiza coordinando los
diversos carismas, ministerios y servicios para la consecución del
fin común que es la salvación. El Obispo es responsable de lograr
esta unidad en la diversidad, favoreciendo, como se dijo en la
Asamblea sinodal, la sinergia de los diferentes agentes, de tal
modo que sea posible recorrer juntos el camino común de fe y
misión.173
Una vez dicho esto, es necesario añadir que el ministerio del
Obispo en modo alguno se puede reducir al de un simple moderador.
Por su naturaleza, el munus episcopale implica un claro e
inequívoco derecho y deber de gobierno, que incluye también el
aspecto jurisdiccional. Los Pastores son testigos públicos y su
potestas testandi fidem alcanza su plenitud en la potestas
iudicandi: el Obispo no sólo está llamado a testimoniar la fe,
sino también a examinarla y disciplinar sus manifestaciones en los
creyentes confiados a su cuidado pastoral. Al cumplir este
cometido, hará todo lo posible para suscitar el consenso de sus
fieles, pero al final debe saber asumir la responsabilidad de las
decisiones que, en su conciencia de pastor, vea necesarias,
preocupado sobre todo del juicio futuro de Dios.
La comunión eclesial en su organicidad requiere la responsabilidad
personal del Obispo, pero supone también la participación de todas
las categorías de fieles, en cuanto corresponsables del bien de la
Iglesia particular, de la cual ellos mismos forman parte. Lo que
garantiza la autenticidad de esta comunión orgánica es la acción
del Espíritu, que actúa tanto en la responsabilidad personal del
Obispo como en la participación de los fieles en ella. En efecto,
es el Espíritu quien, dando origen tanto a la igualdad bautismal
de todos los fieles como a la diversidad carismática y ministerial
de cada uno, es capaz de realizar eficazmente la comunión. En base
a estos principios se regulan los Sínodos diocesanos, cuyos
aspectos canónicos, establecidos por los cc. 460-468 del Código de
Derecho Canónico, han sido precisados por la instrucción
interdicasterial del 19 de marzo de 1997.174 Al sentido de estas
normas han de atenerse también las demás asambleas diocesanas, que
ha de presidir el Obispo sin abdicar nunca de su responsabilidad
específica.
Si en el Bautismo todo cristiano recibe el amor de Dios por la
efusión del Espíritu Santo, el Obispo –recordó oportunamente la
Asamblea sinodal– recibe en su corazón la caridad pastoral de
Cristo por el sacramento del Orden. Esta caridad pastoral tiene
como finalidad crear comunión.175 Antes de concretar este
amor-comunión en líneas de acción, el Obispo ha de hacerlo
presente en su propio corazón y en el corazón de la Iglesia
mediante una vida auténticamente espiritual.
Puesto que la comunión expresa la esencia de la Iglesia, es normal
que la espiritualidad de comunión tienda a manifestarse tanto en
el ámbito personal como comunitario, suscitando siempre nuevas
formas de participación y corresponsabilidad en las diversas
categorías de fieles. Por tanto, el Obispo debe esforzarse en
suscitar en su Iglesia particular estructuras de comunión y
participación que permitan escuchar al Espíritu que habla y vive
en los fieles, para impulsarlos a poner en práctica lo que el
mismo Espíritu sugiere para el auténtico bien de la Iglesia.
Estructuras de la Iglesia particular
45. Muchas intervenciones de los Padres sinodales se refirieron a
varios aspectos y momentos de la vida de la diócesis. Así, se
prestó la debida atención a la Curia diocesana como estructura de
la cual se sirve el Obispo para expresar la propia caridad
pastoral en sus diversos aspectos.176 Se volvió a subrayar la
conveniencia de que la administración económica de la diócesis se
confíe a personas que, además de honestas, sean competentes, de
manera que sea ejemplo de trasparencia para las demás
instituciones eclesiásticas análogas. Si en la diócesis se vive
una espiritualidad de comunión se prestará una atención
privilegiada a las parroquias y comunidades más pobres, haciendo
además lo posible para destinar parte de las disponibilidades
económicas para las Iglesias más indigentes, especialmente en
tierras de misión y migración.177
No obstante, lo que más centró la atención de los Padres sinodales
fue la parroquia, recordando que el Obispo es responsable de esta
comunidad, eminente entre todas las demás en la diócesis. Por
tanto, debe cuidarse sobre todo de ella.178 En efecto –como muchos
dijeron–, la parroquia sigue siendo el núcleo fundamental en la
vida cotidiana de la diócesis.
La visita pastoral
46. Precisamente en esta perspectiva resalta la importancia de la
visita pastoral, auténtico tiempo de gracia y momento especial,
más aún, único, para el encuentro y diálogo del Obispo con los
fieles.179 El Obispo Bartolomeu dos Mártires, que yo mismo
beatifiqué a los pocos días de concluir el Sínodo, en su obra
clásica Stimulus Pastorum, muy estimada también por san
Carlos Borromeo, define la visita pastoral quasi anima
episcopalis regiminis y la describe elocuentemente como una
expansión de la presencia espiritual del Obispo entre sus
fieles.180
En su visita pastoral a la parroquia, dejando a otros delegados el
examen de las cuestiones de tipo administrativo, el Obispo ha de
dar prioridad al encuentro con las personas, empezando por el
párroco y los demás sacerdotes. Es el momento en que ejerce más
cerca de su pueblo el ministerio de la palabra, la santificación y
la guía pastoral, en contacto más directo con las angustias y las
preocupaciones, las alegrías y las expectativas de la gente, con
la posibilidad de exhortar a todos a la esperanza. En esta ocasión,
el Obispo tiene sobre todo un contacto directo con las personas
más pobres, los ancianos y los enfermos. Realizada así, la visita
pastoral muestra lo que es, un signo de la presencia del Señor que
visita a su pueblo en la paz.
El Obispo con su presbiterio
47. Al describir la Iglesia particular, el decreto conciliar
Christus Dominus la define con razón como comunidad de fieles
confiada a la cura pastoral del Obispo «cum cooperatione
presbyterii».181 En efecto, entre el Obispo y los presbíteros
hay una communio sacramentalis en virtud del sacerdocio
ministerial o jerárquico, que es participación en el único
sacerdocio de Cristo y, por tanto, aunque en grado diferente, en
virtud del único ministerio eclesial ordenado y de la única misión
apostólica.
Los presbíteros, y especialmente los párrocos, son pues los más
estrechos colaboradores del ministerio del Obispo. Los Padres
sinodales renovaron las recomendaciones y exhortaciones sobre la
relación especial entre el Obispo y sus presbíteros, que ya habían
hecho los documentos conciliares y reiterado más recientemente la
Exhortación apostólica Pastores dabo vobis.182 El Obispo ha
de tratar de comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y
hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su
colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano,
espiritual, ministerial y económico.183
El afecto especial del Obispo por sus sacerdotes se manifiesta
como acompañamiento paternal y fraterno en las etapas
fundamentales de su vida ministerial, comenzando ya en los
primeros pasos de su ministerio pastoral. Es fundamental la
formación permanente de los presbíteros, que para todos ellos es
una «vocación en la vocación», puesto que, con la variedad y
complementariedad de los aspectos que abarca, tiende a ayudarles a
ser y actuar como sacerdotes al estilo de Jesús.
Uno de los primeros deberes del Obispo diocesano es la atención
espiritual a su presbiterio: «El gesto del sacerdote que, el día
de la ordenación presbiteral, pone sus manos en las manos del
obispo prometiéndole 'respeto y obediencia filial', puede parecer
a primera vista un gesto con sentido único. En realidad, el gesto
compromete a ambos: al sacerdote y al obispo. El joven presbítero
decide encomendarse al obispo y, por su parte, el obispo se
compromete a custodiar esas manos».184
En otros dos momentos, quisiera añadir, el presbítero puede
esperar razonablemente una muestra de especial cercanía de su
Obispo. El primero, al confiarle una misión pastoral, tanto si es
la primera, como en el caso del sacerdote recién ordenado, como si
se trata de un cambio o la encomienda de un nuevo encargo
pastoral. La asignación de una misión pastoral es para el Obispo
mismo una muestra significativa de responsabilidad paterna para
con uno de sus presbíteros. Bien se pueden aplicar a esto aquellas
palabras de san Jerónimo: «Sabemos que la misma relación que había
entre Aarón y sus hijos se da también entre el Obispo y sus
sacerdotes. Hay un sólo Señor, un único templo: haya pues unidad
en el ministerio [...]. ¿Acaso no es orgullo de padre tener un
hijo sabio? Felicítese el Obispo por haber tenido acierto al
elegir sacerdotes así para Cristo».185
El otro momento es aquel en que un sacerdote deja por motivos de
edad la dirección pastoral efectiva de una comunidad o los cargos
con responsabilidad directa. En ésta, como en otras circunstancias
análogas, el Obispo debe hacer presente al sacerdote tanto la
gratitud de la Iglesia particular por los trabajos apostólicos
realizados hasta entonces como la dimensión específica de su nueva
condición en el presbiterio diocesano. En efecto, en esta nueva
situación no sólo se mantienen sino que aumentan sus posibilidades
de contribuir a la edificación de la Iglesia mediante el
testimonio ejemplar de una oración más asidua y una disponibilidad
generosa para ayudar a los hermanos más jóvenes con la experiencia
adquirida. El Obispo ha de mostrar también su cercanía fraterna a
los que se encuentran en la misma situación por enfermedad grave u
otras formas persistentes de debilidad, ayudándolos a «mantener
vivo el convencimiento que ellos mismos han inculcado en los
fieles, a saber, la convicción de seguir siendo miembros activos
en la edificación de la Iglesia, especialmente en virtud de su
unión con Jesucristo doliente y con tantos hermanos y hermanas que
en la Iglesia participan de la Pasión del Señor».186
Asimismo, el Obispo debe seguir de cerca, con la oración y una
caridad efectiva, a los sacerdotes que por cualquier motivo dudan
en su vocación y su fidelidad a la llamada del Señor, y de algún
modo han faltado a sus deberes.187
Finalmente, no debe dejar de examinar los signos de virtudes
heroicas que eventualmente se hubieren dado entre los sacerdotes
diocesanos y, cuando lo crea oportuno, proceder a su
reconocimiento público, dando los pasos necesarios para introducir
la causa de canonización.188
Formación de los candidatos al presbiterado
48. Al profundizar el tema del ministerio de los presbíteros, los
Padres sinodales centraron su atención en la formación de los
candidatos al sacerdocio, que se desarrolla en el Seminario.189
Esta formación, con todo lo que conlleva de oración, dedicación y
esfuerzo, es una preocupación de importancia capital para el
Obispo. Los Padres sinodales, a este respecto, sabiendo bien que
el Seminario es uno de los bienes más preciosos para la diócesis,
trataron con detenimiento del mismo, reafirmando la necesidad
indiscutible del Seminario Mayor, sin descuidar la relevancia que
tiene también el Menor para la transmisión de los valores
cristianos con vistas al seguimiento de Cristo.190
Por tanto, el Obispo debe manifestar su solicitud, ante todo,
eligiendo con el máximo cuidado a los educadores de los futuros
presbíteros y determinando el modo más oportuno y apropiado para
que reciban la preparación que necesitan para desempeñar este
ministerio en un ámbito tan fundamental para la vida de la
comunidad cristiana. Asimismo, ha de visitar con frecuencia el
Seminario, aun cuando las circunstancias concretas le hubieran
hecho optar junto con otros Obispos por un Seminario
interdiocesano, en muchos casos necesario e incluso preferible.191
El conocimiento personal y profundo de los candidatos al
presbiterado en la propia Iglesia particular es un elemento del
cual el Obispo no puede prescindir. En base a dichos contactos
directos se ha de esforzar para que en los Seminarios se forme una
personalidad madura y equilibrada, capaz de establecer relaciones
humanas y pastorales sólidas, teológicamente competente, con honda
vida espiritual y amante de la Iglesia. También ha de ocuparse de
promover y alentar iniciativas de carácter económico para el
sustentamiento y la ayuda a los jóvenes candidatos al presbiterado.
Es evidente, sin embargo, que la fuerza para suscitar y formar
vocaciones está ante todo en la oración. Las vocaciones necesitan
una amplia red de intercesores ante el «Dueño de la mies». Cuanto
más se afronte el problema de la vocación en el contexto de la
oración, tanto más la oración ayudará al elegido a escuchar la voz
de Aquél que lo llama.
Llegado el momento de conferir las Órdenes sagradas, el Obispo
hará el escrutinio prescrito.192 A este respecto, consciente de su
grave responsabilidad al conferir el Orden presbiteral, sólo
acogerá en su propia diócesis candidatos procedentes de otra o de
un Instituto religioso después de una cuidadosa investigación y
una amplia consulta, según las normas del derecho.193
El Obispo y los diáconos permanentes
49. Como dispensadores de las sagradas Órdenes, los Obispos tienen
también una responsabilidad directa respecto a los Diáconos
permanentes, que la Asamblea sinodal reconoce como auténticos
dones de Dios para anunciar el Evangelio, instruir a las
comunidades cristianas y promover el servicio de la caridad en la
familia de Dios.194
Por tanto, el Obispo debe cuidar de estas vocaciones, de cuyo
discernimiento y formación es el último responsable. Aunque
normalmente tenga que ejercer esta responsabilidad a través de
colaboradores de su total confianza, comprometidos en actuar
conforme a las disposiciones de la Santa Sede,195 el Obispo ha de
tratar en lo posible de conocer personalmente a cuantos se
preparan para el Diaconado. Después de haberlos ordenado, seguirá
siendo para ellos un verdadero padre, animándolos al amor del
Cuerpo y la Sangre de Cristo, de los que son ministros, y a la
Santa Iglesia que han aceptado servir; a los que estén casados,
les exhortará a una vida familiar ejemplar.
Solicitud para con las personas de vida consagrada
50. La Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata
ya subrayó la importancia que tiene la vida consagrada en el
ministerio del Obispo. Apoyándose en aquel testo, los Padres
recordaron en este último Sínodo que, en la Iglesia como comunión,
el Obispo ha de estimar y promover la vocación y misión
específicas de la vida consagrada, que pertenece estable y
firmemente a la vida y a la santidad de la Iglesia.196
También en la Iglesia particular ha de ser presencia ejemplar y
ejercer una misión carismática. Por tanto, el Obispo ha de
comprobar cuidadosamente si hay personas consagradas que hayan
vivido en la diócesis y dado muestras de un ejercicio heroico de
las virtudes y, si lo cree oportuno, proceder a iniciar el proceso
de canonización.
En su atenta solicitud por todas las formas de vida consagrada,
que se expresa tanto en la animación como en la vigilancia, el
Obispo ha de tener una consideración especial con la vida
contemplativa. A su vez, los consagrados, deben acoger
cordialmente las indicaciones pastorales del Obispo, con vistas a
una comunión plena con la vida y la misión de la Iglesia
particular en la que se encuentran. En efecto, el Obispo es el
responsable de la actividad pastoral en la diócesis: con él han de
colaborar los consagrados y consagradas para enriquecer, con su
presencia y su ministerio, la comunión eclesial. A este propósito,
se ha de tener presente el documento Mutuae relationes y
todo lo que concierne al derecho vigente.
También se recomendó un cuidado particular con los Institutos de
derecho diocesano, sobre todo con los que se encuentran en serias
dificultades: el Obispo ha de tener con ellos una especial
atención paterna. En fin, en el iter para aprobar nuevos
Institutos nacidos en su diócesis, el Obispo ha de esmerarse en
proceder según lo indicado y prescrito en la Exhortación Vita
consecrata y en las otras instrucciones de los Dicasterios
competentes de la Santa Sede.197
Los fieles laicos en el cuidado pastoral del Obispo
51. En los fieles laicos, que son la mayoría del Pueblo de Dios,
debe sobresalir la fuerza misionera del Bautismo. Para ello
necesitan el apoyo, aliento y ayuda de sus Obispos, que los lleven
a desarrollar el apostolado según su propia índole secular,
basándose en la gracia de los sacramentos del Bautismo y de la
Confirmación. Por eso es necesario promover programas específicos
de formación que los capaciten para asumir responsabilidades en la
Iglesia dentro de las estructuras de participación diocesana y
parroquial, así como en los diversos servicios de animación
litúrgica, catequesis, enseñanza de la religión católica en las
escuelas, etc.
Corresponde sobre todo a los laicos –y se les debe alentar en este
sentido– la evangelización de las culturas, la inserción de la
fuerza del Evangelio en la familia, el trabajo, los medios de
comunicación social, el deporte y el tiempo libre, así como la
animación cristiana del orden social y de la vida pública nacional
e internacional. En efecto, al estar en el mundo, los fieles
laicos pueden ejercer una gran influencia en los ambientes de su
entorno, ampliando las perspectivas del horizonte de la esperanza
a muchos hombres y mujeres. Por otra parte, ocupados por su opción
de vida en las realidades temporales, los fieles laicos están
llamados, como corresponde a su condición secular específica, a
dar cuenta de la esperanza (cf. 1 Pe 3, 15) en sus
respectivos campos de trabajo, cultivando en el corazón la «espera
de una tierra nueva».198 Los Obispos, por su parte, han de estar
cerca de los fieles laicos que, insertos directamente en el
torbellino de los complejos problemas del mundo, están
particularmente expuestos a la desorientación y al sufrimiento, y
los deben de apoyar para que sean cristianos de firme esperanza,
anclados sólidamente en la seguridad de que Dios está siempre con
sus hijos.
Se debe tener en cuenta también la importancia del apostolado
laical, tanto el de antigua tradición como el de los nuevos
movimientos eclesiales. Todas estas realidades asociativas
enriquecen a la Iglesia, pero necesitan siempre de una labor de
discernimiento que es propia del Obispo, a cuya misión pastoral
corresponde favorecer la complementariedad entre movimientos de
diversa inspiración, velando por su desarrollo, la formación
teológica y espiritual de sus animadores, su inserción en la
comunidad diocesana y en las parroquias, de las cuales no deben
separarse.199 El Obispo ha de procurar también que las
asociaciones laicales apoyen la pastoral vocacional en la diócesis,
favoreciendo la acogida de todas las vocaciones, especialmente al
ministerio ordenado, la vida consagrada y el compromiso
misionero.200
Solicitud por la familia
52. Los Padres sinodales hablaron muchas veces en favor de la
familia, llamada justamente «iglesia doméstica», espacio abierto a
la presencia del Señor Jesús, santuario de la vida. Fundada en el
sacramento del Matrimonio, es una comunidad de primordial
importancia, pues en ella tanto los esposos como sus hijos viven
su propia vocación y se perfeccionan en la caridad. La familia
cristiana –se subrayó en el Sínodo– es comunidad apostólica,
abierta a la misión.201
Es cometido del Obispo preocuparse de que en la sociedad civil se
defiendan y apoyen los valores del matrimonio mediante opciones
políticas y económicas apropiadas. En el seno de la comunidad
cristiana ha de impulsar la preparación de los novios al
matrimonio, el acompañamiento de los jóvenes esposos, así como la
formación de grupos de familias que apoyen la pastoral familiar y
estén dispuestas a ayudar a las familias en dificultad. La
cercanía del Obispo a los esposos y a sus hijos, incluso mediante
iniciativas diocesanas de diverso tipo, será un gran apoyo para
ellos.
Refiriéndose a las tareas educativas de la familia, los Padres
sinodales reconocieron unánimemente el valor de las escuelas
católicas para la formación integral de las nuevas generaciones,
la inculturación de la fe y el diálogo entre las diversas culturas.
Por tanto, es necesario que el Obispo apoye y ponga de relieve la
obra de las escuelas católicas, promoviendo su constitución donde
no existan y urgiendo, en lo que de él dependa, a las
instituciones civiles para que favorezcan una efectiva libertad de
enseñanza en el País.202
Los jóvenes, una prioridad pastoral de cara al futuro
53. El Obispo, pastor y padre de la comunidad cristiana, ha de
prestar una atención particular a la evangelización y
acompañamiento espiritual de los jóvenes. Un ministerio de
esperanza no puede dejar de construir el futuro junto con aquellos
a quienes está confiado el porvenir, es decir, los jóvenes. Como «centinelas
de la mañana», esperan la aurora de un mundo nuevo. La experiencia
de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que los Obispos apoyan
con entusiasmo, nos enseña cuántos jóvenes están dispuestos a
comprometerse en la Iglesia y en el mundo si se les propone una
auténtica responsabilidad y se les ofrece una formación cristiana
integral.
En esta perspectiva, haciéndome intérprete del pensamiento de los
Padres sinodales, hago un llamamiento especial a las personas
consagradas de los numerosos Institutos empeñados en la formación
y educación de los niños y jóvenes para que no se desanimen ante
las dificultades del momento y no cejen en su benemérita obra,
sino que la intensifiquen dando cada vez mayor calidad a sus
esfuerzos.203
Mediante una relación personal con sus pastores y formadores, se
ha de impulsar a los jóvenes a crecer en la caridad, educándolos
para una vida generosa, disponible al servicio de los otros, sobre
todo de los necesitados y enfermos. Así es más fácil hablarles
también de las otras virtudes cristianas, especialmente de la
castidad. De este modo llegarán a entender que una vida es «bella»
cuando se entrega, a ejemplo de Jesús. Y estarán en condiciones de
hacer opciones responsables y definitivas, tanto respecto al
matrimonio como al ministerio sagrado o la vida consagrada.
Pastoral vocacional
54. Es preciso promover una cultura vocacional en su más amplio
sentido, es decir, hay que educar a los jóvenes a descubrir la
vida misma como vocación. Por tanto, conviene que el Obispo inste
a las familias, comunidades parroquiales e institutos educativos
para que ayuden a los jóvenes a descubrir el proyecto de Dios
sobre su vida, acogiendo la llamada a la santidad que Dios dirige
a cada uno de manera original.204
A este propósito, es muy importante fortalecer la dimensión
vocacional de toda la acción pastoral. Por eso, el Obispo ha de
procurar que se confíe la pastoral juvenil y vocacional a
sacerdotes y personas capaces de transmitir, con entusiasmo y con
el ejemplo de su vida, el amor a Jesús. Su cometido es acompañar a
los jóvenes mediante una relación personal de amistad y, si es
posible, de dirección espiritual, para ayudarlos a percibir los
signos de la llamada de Dios y buscar la fuerza necesaria para
corresponder a ella con la gracia de los Sacramentos y la vida de
oración, que es ante todo escuchar a Dios que habla.
Estos son algunos de los ámbitos en los que el Obispo ejerce su
ministerio de gobierno y manifiesta a la porción del Pueblo de
Dios que le ha sido confiada la caridad pastoral que lo anima. Una
de las formas características de dicha caridad es la compasión,
a imitación de Cristo, Sumo Sacerdote, el cual supo compadecerse
de las flaquezas, puesto que él mismo fue probado en todo igual
que nosotros, aunque, a diferencia nuestra, no en el pecado (cf.
Hb 4, 15). Dicha compasión está siempre unida a la
responsabilidad que el Obispo ha asumido ante Dios y la Iglesia.
De este modo realiza las promesas y los deberes asumidos el día de
su Ordenación episcopal, cuando ha dado su libre consentimiento a
la llamada de la Iglesia para que cuide, con amor de padre, del
Pueblo santo de Dios y lo guíe por la vía de la salvación; para
que sea siempre acogedor y misericordioso, en nombre de Dios, para
con los pobres, los enfermos y todos los que necesitan consuelo y
ayuda, y esté dispuesto también, como buen pastor, a ir en busca
de las ovejas extraviadas para devolverlas al redil del Señor.205
CAPÍTULO VI
EN LA COMUNIÓN DE LAS IGLESIAS
«La preocupación por todas las Iglesias»
(2 Co 11, 28)
55. Escribiendo a los cristianos de Corinto, el apóstol Pablo
recuerda cuánto ha sufrido por el Evangelio: «Viajes frecuentes;
peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi
raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en
despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos;
trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed;
muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas,
mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias»
(2 Co 11, 26-28). De esto saca una conclusión apasionada:
«¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo
sin que yo me abrase?» (2 Co 11, 29). Este mismo
interrogante interpela la conciencia de cada Obispo en cuanto
miembro del Colegio episcopal.
Lo recuerda expresamente el Concilio Vaticano II cuando afirma que
todos los Obispos, en cuanto miembros del Colegio episcopal y
legítimos sucesores de los Apóstoles por institución y mandato de
Cristo, han de extender su preocupación a toda la Iglesia. «Todos
los Obispos, en efecto, deben impulsar y defender la unidad de la
fe y la disciplina común de toda la Iglesia y enseñar a todos los
fieles a amar a todo el Cuerpo místico de Cristo, sobre todo a los
pobres, a los que sufren y a los perseguidos a causa de la
justicia (cf. Mt 5, 10). Finalmente han de promover todas
las actividades comunes a toda la Iglesia, sobre todo para que la
fe se extienda y brille para todos la luz de la verdad plena. Por
lo demás, queda como principio sagrado que, dirigiendo bien su
propia Iglesia, como porción de la Iglesia universal, contribuyen
eficazmente al bien de todo el Cuerpo místico, que también es el
cuerpo de las Iglesias».206
Así, cada Obispo está simultáneamente en relación con su Iglesia
particular y con la Iglesia universal. En efecto, el mismo Obispo
que es principio visible y fundamento de la unidad en la propia
Iglesia particular, es también el vínculo visible de la comunión
eclesial entre su Iglesia particular y la Iglesia universal. Por
tanto, todos los Obispos, residiendo en sus Iglesias particulares
repartidas por el mundo, pero manteniendo siempre la comunión
jerárquica con la Cabeza del Colegio episcopal y con el mismo
Colegio, dan consistencia y expresan la catolicidad de la Iglesia,
al mismo tiempo que dan a su Iglesia particular este carácter de
catolicidad. De este modo, cada Obispo es como el punto de engarce
de su Iglesia particular con la Iglesia universal y testimonio
visible de la presencia de la única Iglesia de Cristo en su
Iglesia particular. Por tanto, en la comunión de las Iglesias el
Obispo representa a su Iglesia particular y, en ésta, representa
la comunión de las Iglesias. En efecto, mediante el ministerio
episcopal, las portiones Ecclesiae participan en la
totalidad de la Una y Santa, mientras que ésta, siempre mediante
dicho ministerio, se hace presente en cada Ecclesiae portio.207
La dimensión universal del ministerio episcopal se manifiesta y
realiza plenamente cuando todos los Obispos, en comunión
jerárquica con el Romano Pontífice, actúan como Colegio. Reunidos
solemnemente en un Concilio Ecuménico o esparcidos por el mundo,
pero siempre en comunión jerárquica con el Romano Pontífice,
constituyen la continuidad del Colegio apostólico.208 No obstante,
todos los Obispos colaboran entre sí y con el Romano Pontífice
in bonum totius Ecclesiae también de otras maneras, y esto se
hace, sobre todo, para que el Evangelio se anuncie en toda la
tierra, así como para afrontar los diversos problemas que pesan
sobre muchas Iglesias particulares. Al mismo tiempo, tanto el
ejercicio del ministerio del Sucesor de Pedro para el bien de toda
la Iglesia y de cada Iglesia particular, como la acción del
Colegio en cuanto tal, son una valiosa ayuda para que se
salvaguarden la unidad de la fe y la disciplina común a toda la
Iglesia en las Iglesias particulares confiadas a la atención de
cada uno de los Obispos diocesanos. Los Obispos, sea
individualmente que unidos entre sí como Colegio, tienen en la
Cátedra de Pedro el principio y fundamento perpetuo y visible de
la unidad de la fe y de la comunión.209
El Obispo diocesano en relación con la Autoridad suprema
56. El Concilio Vaticano II enseña que «los Obispos, como
sucesores de los Apóstoles, tienen de por sí, en las diócesis que
les han sido encomendadas, toda la potestad ordinaria, propia e
inmediata que se requiere para el ejercicio de su función pastoral
sin perjuicio de la potestad que tiene el Romano Pontífice, en
virtud de su función, de reservar algunas causas para sí o para
otra autoridad».210
En el Aula sinodal alguno planteó la cuestión sobre la posibilidad
de tratar la relación entre el Obispo y la Autoridad suprema a la
luz del principio de subsidiaridad, especialmente en lo que se
refiere a las relaciones entre el Obispo y la Curia romana,
expresando el deseo de que dichas relaciones, en línea con una
eclesiología de comunión, se desarrollen en el respeto de las
competencias de cada uno y, por lo tanto, llevando a cabo una
mayor descentralización. Se pidió también que se estudie la
posibilidad de aplicar dicho principio a la vida de la Iglesia,
quedando firme en todo caso que el principio constitutivo para el
ejercicio de la autoridad episcopal es la comunión jerárquica de
cada Obispo con el Romano Pontífice y con el Colegio episcopal.
Como es sabido, el principio de subsidiaridad fue formulado por mi
predecesor de venerada memoria Pío XI para la sociedad civil.211
El Concilio Vaticano II, que nunca usó el término «subsidiaridad»,
impulsó no obstante la participación entre los organismos de la
Iglesia, desarrollando una nueva reflexión sobre la teología del
episcopado que está dando sus frutos en la aplicación concreta del
principio de colegialidad en la comunión eclesial. Los Padres
sinodales estimaron que, por lo que concierne al ejercicio de la
autoridad episcopal, el concepto de subsidiaridad resulta ambiguo,
e insistieron en profundizar teológicamente la naturaleza de la
autoridad episcopal a la luz del principio de comunión.212
En la Asamblea sinodal se habló varias veces del principio de
comunión.213 Se trata de una comunión orgánica, que se inspira en
la imagen del Cuerpo de Cristo de la que habla el apóstol Pablo
cuando subraya las funciones de complementariedad y ayuda mutua
entre los diversos miembros del único cuerpo (cf. 1 Co 12,
12-31).
Por tanto, para recurrir correcta y eficazmente al principio de
comunión, son indispensables algunos puntos de referencia. Ante
todo, se ha de tener en cuenta que el Obispo diocesano, en su
Iglesia particular, posee toda la potestad ordinaria, propia e
inmediata necesaria para cumplir su ministerio pastoral. Le
compete, por tanto, un ámbito propio, reconocido y tutelado por la
legislación universal, en que ejerce autónomamente dicha
autoridad.214 Por otro lado, la potestad del Obispo coexiste con
la potestad suprema del Romano Pontífice, también episcopal,
ordinaria e inmediata sobre todas y cada una de Iglesias, las
agrupaciones de las mismas y sobre todos los pastores y fieles.215
Se ha de tener presente otro punto firme: la unidad de la Iglesia
radica en la unidad del episcopado, el cual, para ser uno,
necesita una Cabeza del Colegio. Análogamente, la Iglesia, para
ser una, exige tener una Iglesia como Cabeza de las Iglesias, que
es la de Roma, cuyo Obispo, Sucesor de Pedro, es la Cabeza del
Colegio.216 Por tanto, «para que cada Iglesia particular sea
plenamente Iglesia, es decir, presencia particular de la Iglesia
universal con todos sus elementos esenciales, y por lo tanto
constituida a imagen de la Iglesia universal, debe hallarse
presente en ella, como elemento propio, la suprema autoridad de la
Iglesia [...]. El Primado del Obispo de Roma y el Colegio
episcopal son elementos propios de la Iglesia universal 'no
derivados de la particularidad de las Iglesias', pero interiores a
cada Iglesia particular [...]. Que el ministerio del Sucesor de
Pedro sea interior a cada Iglesia particular es expresión
necesaria de aquella fundamental mutua interioridad entre Iglesia
universal e Iglesia particular».217
La Iglesia de Cristo, por su catolicidad, se realiza plenamente en
cada Iglesia particular, la cual recibe todos los medios naturales
y sobrenaturales para llevar a término la misión que Dios le ha
encomendado a la Iglesia llevar a cabo en el mundo. Uno de ellos
es la potestad ordinaria, propia e inmediata del Obispo, requerida
para cumplir su ministerio pastoral (munus pastorale), pero
cuyo ejercicio está sometido a las leyes universales y a lo que el
derecho o un decreto del Sumo Pontífice reserve a la suprema
autoridad o a otra autoridad eclesiástica.218
La capacidad del propio gobierno, que incluye también el ejercicio
del magisterio auténtico,219 que pertenece intrínsecamente al
Obispo en su diócesis, se encuentra dentro de esa realidad
mistérica de la Iglesia, por la cual en la Iglesia particular está
inmanente la Iglesia universal, que hace presente la suprema
autoridad, es decir, el Romano Pontífice y el Colegio de los
Obispos con su potestad suprema, plena, ordinaria e inmediata
sobre todos los fieles y pastores.220
En conformidad con la doctrina del Concilio Vaticano II, se debe
afirmar que la función de enseñar (munus docendi) y la de
gobernar (munus regendi) –y por tanto la respectiva
potestad de magisterio y gobierno– son ejercidas en la Iglesia
particular por cada Obispo diocesano, por su naturaleza en
comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio y con el Colegio
mismo.221 Esto no debilita la autoridad episcopal sino que más
bien la refuerza, en cuanto los lazos de comunión jerárquica que
unen a los Obispos con la Sede Apostólica requieren una necesaria
coordinación, exigida por la naturaleza misma de la Iglesia, entre
la responsabilidad del Obispo diocesano y la de la suprema
autoridad. El derecho divino mismo es quien pone los límites al
ejercicio de una y de otra. Por eso, la potestad de los Obispos
«no queda suprimida por el poder supremo y universal, sino, al
contrario, afirmada, consolidada y protegida, ya que el Espíritu
Santo, en efecto, conserva indefectiblemente la forma de gobierno
establecida por Cristo en su Iglesia».222
A este respecto, se expresó bien el Papa Pablo VI cuando en la
apertura del tercer período del Concilio Vaticano II, afirmó: «Viviendo
en diversas partes del mundo, para realizar y mostrar la verdadera
catolicidad de la Iglesia, necesitáis absolutamente de un centro y
un principio de fe y de comunión que tenéis en esta Cátedra de
Pedro. De la misma manera, Nos siempre buscamos, a través de
vuestra actividad, que el rostro de la Sede Apostólica
resplandezca y no carezca de su fuerza e importancia humana
histórica, más aún, para que su fe se conserve en armonía, para
que sus deberes se realicen de manera ejemplar, para encontrar
consuelo en las penas».223
La realidad de la comunión, que es la base de todas las relaciones
intraeclesiales 224 y que se destacó también en la discusión
sinodal, es una relación de reciprocidad entre el Romano Pontífice
y los Obispos. En efecto, si por un lado el Obispo, para expresar
en plenitud su propio oficio y fundar la catolicidad de su
Iglesia, tiene que ejercer la potestad de gobierno que le es
propia (munus regendi) en comunión jerárquica con el Romano
Pontífice y con el Colegio episcopal, de otro lado, el Romano
Pontífice, Cabeza del Colegio, en el ejercicio de su ministerio de
pastor supremo de la Iglesia (munus supremi Ecclesiae pastoris),
actúa siempre en comunión con todos los demás Obispos, más aún,
con toda la Iglesia.225 En la comunión eclesial, pues, así como el
Obispo no está solo, sino en continua relación con el Colegio y su
Cabeza, y sostenido por ellos, tampoco el Romano Pontífice está
solo, sino siempre en relación con los Obispos y sostenido por
ellos. Ésta es otra de las razones por las que el ejercicio de la
potestad suprema del Romano Pontífice no anula, sino que afirma,
corrobora y protege la potestad ordinaria misma, propia e
inmediata del Obispo en su Iglesia particular.
Visitas «ad limina Apostolorum»
57. Las visitas ad limina Apostolorum son a la vez una
manifestación y un medio de comunión entre los Obispos y la
Cátedra de Pedro.226 En efecto, constan de tres momentos
principales, cada uno con su significado propio.227 Ante todo la
peregrinación a la tumba de los príncipes de los Apóstoles Pedro y
Pablo, que indica la referencia a la única fe, de la cual ambos
dieron testimonio en Roma con su martirio.
El encuentro con el Sucesor de Pedro está en relación con este
momento. Efectivamente, con ocasión de la visita ad limina
los Obispos se reúnen en torno a él y, según el principio de
catolicidad, realizan una comunicación de dones entre todos los
bienes que, por obra del Espíritu, hay en la Iglesia, tanto en
ámbito particular y local como universal.228 Lo que entonces se
produce no es una simple información recíproca, sino, sobre todo,
la afirmación y consolidación de la colegialidad (collegialis
confirmatio) del cuerpo de la Iglesia, por la que se obtiene
la unidad en la diversidad, dando lugar a una especie de «perichoresis»
entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, que se
puede comparar al flujo de la sangre, que parte del corazón hacia
las extremidades del cuerpo y de ellas vuelve al corazón.229 La
savia vital que viene de Cristo une todas las partes como la savia
de la vid que llega a los sarmientos (cf. Jn 15, 5). Esto
se pone de manifiesto particularmente en la Celebración
eucarística de los Obispos con el Papa. En efecto, cada Eucaristía
se celebra en comunión con el propio Obispo, con el Romano
Pontífice y con el Colegio Episcopal y, a través de ellos, con los
fieles de cada Iglesia particular y de toda la Iglesia, de modo
que la Iglesia universal está presente en la particular y ésta se
inserta, junto con las demás Iglesias particulares, en la comunión
de la Iglesia universal.
Ya desde los primeros siglos la referencia última de la comunión
está en la Iglesia de Roma, donde Pedro y Pablo dieron su
testimonio de fe. En efecto, por su posición preeminente, es
necesario que cada una de las Iglesias concuerde con ella, porque
es la garantía última de la integridad de la tradición transmitida
por los Apóstoles.230 La Iglesia de Roma preside la comunión
universal en la caridad,231 tutela las legítimas diversidades y,
al mismo tiempo, vigila para que la particularidad no sólo no dañe
a la unidad, sino que la sirva.232 Todo eso comporta la necesidad
de la comunión de las diversas Iglesias con la Iglesia de Roma,
para que todas se puedan encontrar en la integridad de la
Tradición apostólica y en la unidad de la disciplina canónica para
la salvaguardia de la fe, de los Sacramentos y del camino concreto
hacia la santidad. Dicha comunión de las Iglesias se expresa por
la comunión jerárquica entre cada Obispo y el Romano Pontífice.233
De la comunión de todos los Obispos cum Petro et sub Petro,
realizada en la caridad, surge el deber de que todos ellos
colaboren con el Sucesor de Pedro para el bien de la Iglesia
entera y, por tanto, de cada Iglesia particular. La visita ad
limina tiene precisamente esta finalidad.
El tercer aspecto de las visitas ad limina es el encuentro
con los responsables de los Dicasterios de la Curia romana.
Tratando con ellos, los Obispos tienen un contacto directo con los
problemas que competen a cada Dicasterio, siendo de este modo
introducidos en los diversos aspectos de la común solicitud
pastoral. A este respecto, los Padres sinodales pidieron que, en
el contexto del conocimiento y confianza mutua, fueran más
frecuentes las relaciones entre Obispos, individualmente o unidos
en las Conferencias episcopales, y los Dicasterios de la Curia
romana,234 de manera que éstos, informados directamente de los
problemas concretos de las Iglesias, puedan desempeñar mejor su
servicio universal.
Sin duda, las visitas ad limina, junto con las relaciones
quinquenales sobre la situación de las diócesis,235 son medios
eficaces para cumplir con la exigencia de conocimiento recíproco
que surge de la comunión entre los Obispos y el Romano Pontífice.
Además, la presencia de los Obispos en Roma para la visita puede
ser una ocasión oportuna, de una parte, para acelerar la respuesta
a las cuestiones que han presentado a los Dicasterios y, de otra,
para favorecer, de acuerdo con los deseos manifestados, una
consulta individual o colectiva con vistas a la preparación de
documentos de cierta importancia general; puede ser también una
ocasión para ilustrar oportunamente a los Obispos sobre eventuales
documentos que la Santa Sede tuviera intención de dirigir a la
Iglesia en su conjunto, o específicamente a sus Iglesias
particulares, antes de su publicación.
El Sínodo de los Obispos
58. Según una experiencia ya consolidada, cada Asamblea General
del Sínodo de los Obispos, que de algún modo es expresión del
episcopado, muestra de manera peculiar el espíritu de comunión que
une a los Obispos con el Romano Pontífice y a los Obispos entre sí,
dando la oportunidad de expresar un juicio eclesial profundo, bajo
la acción del Espíritu, sobre los diversos problemas que afectan a
la vida de la Iglesia.236
Como es sabido, durante el Concilio Vaticano II se manifestó la
exigencia de que los Obispos pudieran ayudar mejor al Romano
Pontífice en el ejercicio de su función. Precisamente en
consideración de esto, mi predecesor de venerada memoria Pablo VI
instituyó el Sínodo de los Obispos,237 aún teniendo en cuenta la
aportación que el Colegio de los Cardenales ya proporcionaba al
Romano Pontífice. Así, mediante el nuevo organismo se podía
expresar más eficazmente el afecto colegial y la solicitud de los
Obispos por el bien de toda la Iglesia.
Los años transcurridos han mostrado cómo los Obispos, en unión de
fe y caridad, pueden prestar con sus consejos una valiosa ayuda al
Romano Pontífice en el ejercicio de su ministerio apostólico,
tanto para la salvaguardia de la fe y de las costumbres, como para
la observancia de la disciplina eclesiástica. En efecto, el
intercambio de información sobre las Iglesias particulares, al
facilitar la concordancia de juicio incluso sobre cuestiones
doctrinales, es un modo eficaz para reforzar la comunión.238
Cada Asamblea General del Sínodo de los Obispos es una experiencia
eclesial intensa, aunque sigue siendo perfectible en lo que se
refiere a las modalidades de sus procedimientos.239 Los Obispos
reunidos en el Sínodo representan, ante todo, a sus propias
Iglesias, pero tienen presente también la aportación de las
Conferencias episcopales que los han designado y son portadores de
su parecer sobre las cuestiones a tratar. Expresan así el voto del
Cuerpo jerárquico de la Iglesia y, en cierto modo, el del pueblo
cristiano, del cual son sus pastores.
El Sínodo es un acontecimiento en el que resulta evidente de
manera especial que el Sucesor de Pedro, en el cumplimiento de su
misión, está siempre unido en comunión con los demás Obispos y con
toda la Iglesia.240 «Corresponde al Sínodo de los Obispos –establece
el Código de Derecho Canónico– debatir las cuestiones que han de
ser tratadas, y manifestar su parecer pero no dirimir esas
cuestiones ni dar decretos acerca de ellas, a no ser que en casos
determinados le haya sido otorgada potestad deliberativa por el
Romano Pontífice, a quien compete en este caso ratificar las
decisiones del Sínodo».241 El hecho de que el Sínodo tenga
normalmente sólo una función consultiva no disminuye su
importancia. En efecto, en la Iglesia, el objetivo de cualquier
órgano colegial, sea consultivo o deliberativo, es siempre la
búsqueda de la verdad o del bien de la Iglesia. Además, cuando se
trata de verificar la fe misma, el consensus Ecclesiae no
se da por el cómputo de los votos, sino que es el resultado de la
acción del Espíritu, alma de la única Iglesia de Cristo.
Precisamente porque el Sínodo está al servicio de la verdad y de
la Iglesia, como expresión de la verdadera corresponsabilidad en
el bien de la Iglesia por parte de todo el episcopado en unión con
su Cabeza, los Obispos, al emitir el voto consultivo o
deliberativo, expresan en todo caso, junto con los demás miembros
del Sínodo, la participación en el gobierno de la Iglesia
universal. Como mi predecesor de venerada memoria Pablo VI,
también yo he recibido siempre las propuestas y opiniones
expresadas por los Padres sinodales, incluyéndolas en el proceso
de elaboración del documento que recoge los resultados del Sínodo
y que, precisamente por ello, me complace denominar «postsinodal».
Comunión entre los Obispos y entre las Iglesias en el ámbito local
59. Además del ámbito universal, hay muchas y variadas formas en
que se puede expresar, y de hecho se expresa, la comunión
episcopal y, por tanto, la solicitud por todas las Iglesias
hermanas. Asimismo, las relaciones recíprocas entre los Obispos
van mucho más allá de sus encuentros institucionales. El ser bien
conscientes de la dimensión colegial del ministerio que les ha
sido conferido ha de impulsarlos a practicar entre ellos, sobre
todo en el seno de la propia Conferencia episcopal, de su
Provincia y Región eclesiástica, las diversas formas de hermandad
sacramental, que van desde la acogida y consideración recíprocas
hasta las atenciones de caridad y la colaboración concreta.
Como he escrito anteriormente, «se ha hecho mucho, desde el
Concilio Vaticano II, en lo que se refiere a la reforma de la
Curia romana, la organización de los Sínodos y el funcionamiento
de las Conferencias Episcopales. Pero queda ciertamente aún mucho
por hacer para expresar de la mejor manera las potencialidades de
estos instrumentos de la comunión, particularmente necesarios hoy
ante la exigencia de responder con prontitud y eficacia a los
problemas que la Iglesia tiene que afrontar en los cambios rápidos
de nuestro tiempo».242 En el nuevo siglo, pues, todos hemos de
comprometernos más que nunca en valorar y desarrollar los ámbitos
y los instrumentos que sirven para asegurar y garantizar la
comunión entre los Obispos y entre las Iglesias.
Toda acción del Obispo realizada en el ejercicio del propio
ministerio pastoral es siempre una acción realizada en el
Colegio. Sea que se trate del ministerio de la Palabra o del
gobierno de la propia Iglesia particular, o bien de una decisión
tomada con los demás Hermanos en el episcopado sobre las otras
Iglesias particulares de la misma Conferencia episcopal, en el
ámbito provincial o regional, siempre será una acción en el
Colegio, porque, además de empeñar la propia responsabilidad
pastoral, se lleva a cabo manteniendo la comunión con los demás
Obispos y con la Cabeza del Colegio. Todo esto obedece no tanto a
una conveniencia humana de coordinación, sino a una preocupación
por las demás Iglesias, que se deriva de que cada Obispo está
integrado y forma parte de un Cuerpo o Colegio. En efecto, cada
Obispo es simultáneamente responsable, aunque de modos diversos,
de la Iglesia particular, de las Iglesias hermanas más cercanas y
de la Iglesia universal.
Los Padres sinodales reiteraron oportunamente que «viviendo la
comunión episcopal, cada Obispo ha de sentir como propias las
dificultades y los sufrimientos de sus Hermanos en el episcopado.
Para reforzar esta comunión episcopal y hacerla cada vez más
consistente, cada uno de los Obispos y las Conferencias
episcopales han de examinar cuidadosamente las posibilidades que
tienen sus Iglesias de ayudar a las más pobres».243 Sabemos que
dicha pobreza puede consistir tanto en una seria escasez de
sacerdotes u otros agentes pastorales como en una grave carencia
de medios materiales. En uno u otro caso, lo que se resiente es el
anuncio del Evangelio. Por eso, siguiendo la exhortación que ya
hiciera el Concilio Vaticano II,244 asumo la consideración de los
Padres sinodales en su deseo de que se favorezcan las relaciones
de solidaridad fraterna entre las Iglesias de antigua
evangelización y las llamadas «Iglesias jóvenes», estableciendo
incluso «hermanamientos» que se concreticen en la comunicación de
experiencias y de agentes pastorales, además de ayudas económicas.
En efecto, eso confirma la imagen de la Iglesia como «familia de
Dios», en la que los más fuertes sustentan a los más débiles para
el bien de todos.245
De este modo, la comunión de los Obispos se traduce en comunión de
las Iglesias, que se manifiesta también en atenciones cordiales
respecto a aquellos Pastores que, más que otros Hermanos, han
sufrido o, lamentablemente, sufren aún, la mayor parte de las
veces al compartir las dificultades de sus fieles. Un grupo de
Pastores que merece una particular atención, por su creciente
número, es la de los Obispos eméritos. Los he recordado yo mismo,
junto con los Padres sinodales, en la Liturgia conclusiva de la X
Asamblea General Ordinaria. Toda la Iglesia tiene en gran
consideración a estos queridos Hermanos, que siguen siendo
miembros importantes del Colegio episcopal, y les queda reconocida
por el servicio pastoral que han desarrollado y todavía realizan,
poniendo su sabiduría y experiencia a disposición de la comunidad.
La autoridad competente ha de valorar este patrimonio espiritual
personal, en el que se ha depositado una parte preciosa de la
memoria de las Iglesias que han presidido durante años. Resulta
obligado poner todo cuidado para asegurarles condiciones de
serenidad espiritual y económica, en el contexto humano que
razonablemente deseen. Además, se ha de estudiar la posibilidad de
que sus competencias sean aprovechadas aún en el ámbito de los
diversos organismos de las Conferencias episcopales.246
Las Iglesias católicas orientales
60. En la misma perspectiva de la comunión entre los Obispos y
entre las Iglesias, los Padres sinodales prestaron una atención
del todo particular a las Iglesias católicas orientales, volviendo
a considerar las venerables y antiguas riquezas de sus tradiciones,
que son un tesoro vivo que coexiste con expresiones análogas de la
Iglesia latina. Desde ambas se ilumina mejor la unidad católica
del Pueblo santo de Dios.247
Además, no cabe duda de que las Iglesias católicas de Oriente, por
su afinidad espiritual, histórica, teológica, litúrgica y
disciplinar con las Iglesias ortodoxas y las otras Iglesias
orientales que aún no están en plena comunión con la Iglesia
católica, tienen un papel muy especial en la promoción de la
unidad de los cristianos, sobre todo en Oriente. Deben
desempeñarlo, como todas las Iglesias, con la oración y con una
vida cristiana ejemplar; asimismo, como una contribución
específicamente suya, están llamadas a aportar su religiosa
fidelidad a las antiguas tradiciones orientales.248
Las Iglesias patriarcales y su Sínodo
61. Entre las instituciones propias de las Iglesias católicas
orientales destacan las Iglesias patriarcales. Pertenecen a esas
agrupaciones de Iglesias que, como afirma el Concilio Vaticano
II,249 por divina Providencia, a lo largo del tiempo se han
constituido orgánicamente y gozan tanto de una disciplina y
costumbres litúrgicas propias como de un patrimonio teológico y
espiritual común, conservando siempre la unidad de la fe y la
única constitución divina de la Iglesia universal. Su dignidad
particular proviene de que, como matrices de fe, han dado origen a
otras Iglesias, las cuales son como hijas suyas y, por tanto,
vinculadas a ellas hasta nuestros tiempos por lazos más estrechos
de caridad en la vida sacramental y en el mutuo respeto de
derechos y deberes.
La institución patriarcal es muy antigua en la Iglesia. De ella da
testimonio ya el primer Concilio ecuménico de Nicea, fue
reconocida por los primeros Concilios ecuménicos y aún hoy es la
forma tradicional de gobierno en las Iglesias orientales.250 Por
tanto, en su origen y estructura particular, es de institución
eclesiástica. Precisamente por eso el Concilio ecuménico Vaticano
II ha manifestado el deseo de que «donde sea necesario, se erijan
nuevos patriarcados, cuya constitución se reserva al Sínodo
ecuménico o al Romano Pontífice».251 Todo aquel que ejerce una
potestad supraepiscopal y supralocal en las Iglesias Orientales –como
los Patriarcas y los Sínodos de los Obispos de las Iglesias
patriarcales– participa de la autoridad suprema que el Sucesor de
Pedro tiene sobre toda la Iglesia y ejerce dicha potestad
respetando, además del Primado del Romano Pontífice,252 la función
de cada Obispo, sin invadir el campo de su competencia ni limitar
el libre ejercicio de sus propias funciones.
En efecto, las relaciones entre los Obispos de una Iglesia
patriarcal y el Patriarca, que a su vez es el Obispo de la
eparquía patriarcal, se desarrollan sobre la base establecida ya
antigüamente en los Cánones de los Apóstoles: «Es necesario que
los Obispos de cada nación sepan quién es el primero entre ellos y
lo consideren como jefe suyo, y no hagan nada importante sin su
consentimiento; cada uno se ocupará de lo que concierne a su
demarcación y al territorio que depende de ella; pero tampoco él
haga nada sin el consentimiento de todos; así reinará la concordia
y Dios será glorificado, por Cristo en el Espíritu Santo».253 Este
canon expresa la antigua praxis de la sinodalidad en las Iglesias
de Oriente, ofreciendo al mismo tiempo su fundamento teológico y
el significado doxológico, pues se afirma claramente que la acción
sinodal de los Obispos en la concordia ofrece culto y gloria a
Dios Uno y Trino.
Se debe reconocer, pues, en la vida sinodal de las Iglesias
patriarcales, una realización efectiva de la dimensión colegial
del ministerio episcopal. Todos los Obispos legítimamente
consagrados participan en el Sínodo de su Iglesia patriarcal como
pastores de una porción del Pueblo de Dios. Sin embargo, se
reconoce el papel del primero, esto es, el Patriarca, como un
elemento a su manera constitutivo de la acción colegial. En efecto,
no se da acción colegial alguna sin un «primero» reconocido como
tal. Por otro lado, la sinodalidad no anula ni disminuye la
autonomía legítima de cada Obispo en el gobierno de su propia
Iglesia; afirma, sin embargo, el afecto colegial de los Obispos,
corresponsables de todas las Iglesias particulares que abarca el
Patriarcado.
Al Sínodo patriarcal se le reconoce una verdadera potestad de
gobierno. En efecto, elige al Patriarca y a los Obispos para las
funciones dentro del territorio de la Iglesia patriarcal, así como
a los candidatos al episcopado para las funciones fuera de los
confines de la Iglesia patriarcal, que han de ser propuestos al
Santo Padre para su nombramiento.254 Además del consentimiento o
parecer necesarios para la validez de ciertos actos de competencia
del Patriarca, corresponde al Sínodo emanar leyes que tienen vigor
dentro de los confines de la Iglesia patriarcal y, en el caso de
leyes litúrgicas, también fuera de ellos.255 Asimismo, el Sínodo,
respetando la competencia de la Sede Apostólica, es el tribunal
superior dentro de los confines de la propia Iglesia
patriarcal.256 Por lo demás, el Patriarca y también el Sínodo
patriarcal se sirven de la colaboración consultiva de la asamblea
patriarcal, que el Patriarca convoca al menos cada cinco años,
para la gestión de los asuntos más importantes, especialmente los
que conciernen la actualización de las formas y de los modos de
apostolado y de la disciplina eclesiástica.257
La organización metropolitana y de las Provincias eclesiásticas
62. Un modo concreto de favorecer la comunión entre los Obispos y
la solidaridad entre las Iglesias es dar nueva vitalidad a la
antiquísima institución de las Provincias eclesiásticas, donde los
Arzobispos son instrumento y signo tanto de la hermandad entre los
Obispos de la Provincia como de su comunión con el Romano
Pontífice.258 En efecto, dada la similitud de los problemas que
debe afrontar cada Obispo, así como el hecho de que un número
limitado facilita un consenso mayor y más efectivo, se puede
ciertamente programar un trabajo pastoral común en las asambleas
de los Obispos de la misma Provincia y, sobre todo, en los
Concilios provinciales.
Donde, por el bien común, se crea conveniente la erección de
Regiones eclesiásticas, una función semejante puede ser
desarrollada por las asambleas de los Obispos de la misma Región
o, en todo caso, por los Concilios plenarios. A este respecto, se
ha de recordar lo que ya dijo el Concilio Vaticano II: «Las
venerables instituciones de los Sínodos y de los Concilios
florezcan con nuevo vigor. Así se procurará más adecuada y
eficazmente el crecimiento de la fe y la conservación de la
disciplina en las diversas Iglesias, según las circunstancias de
la época».259 En ellos, los Obispos podrán actuar no sólo
manifestando la comunión entre sí, sino también con todos los
miembros de la porción de Pueblo de Dios que se les ha confiado;
dichos miembros serán representados en los Concilios según las
normas del derecho.
En efecto, en los Concilios particulares, precisamente porque en
ellos participan también, presbíteros, diáconos, religiosos,
religiosas y laicos, aunque sea sólo con voto consultivo, se
manifiesta de modo inmediato no sólo la comunión entre los Obispos,
sino también entre las Iglesias. Además, como momento eclesial
solemne, los Concilios particulares requieren una cuidadosa
reflexión en su preparación, que implica a todas las categorías de
fieles, haciendo que dichos Concilios sean momento adecuado para
las decisiones más importantes, especialmente las que se refieren
a la fe. Por eso, las Conferencias Episcopales no pueden ocupar el
puesto de los Concilios particulares, como puntualiza el mismo
Concilio Vaticano II cuando desea que éstos adquieran nuevo vigor.
Las Conferencias episcopales, sin embargo, pueden ser un
instrumento valioso para la preparación de los Concilios
plenarios.260
Las Conferencias episcopales
63. En modo alguno se pretende con esto disminuir la importancia y
la utilidad de las Conferencias de los Obispos, cuya configuración
institucional fue trazada ya en el último Concilio y precisada
ulteriormente en el Código de Derecho Canónico y en el reciente
Motu proprio Apostolos suos.261 En las Iglesias católicas
orientales existen Instituciones análogas, como las Asambleas de
los Jerarcas de diversas Iglesias sui iuris, previstas por
el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales «a fin de que,
comunicándose las luces de prudencia y experiencia e
intercambiando pareceres, se obtenga una santa cooperación de
fuerzas para el bien común de las Iglesias, mediante la cual se
fomente la unidad de acción, se apoyen obras comunes, se promueva
mejor el bien de la religión y se observe más eficazmente la
disciplina eclesiástica».262
Estas asambleas de Obispos son hoy, como decían también los Padres
sinodales, un instrumento válido para expresar y poner en práctica
el espíritu colegial de los Obispos. Por eso se han de revalorizar
aún más las Conferencias episcopales en todas sus
potencialidades.263 En efecto, éstas «se han desarrollado
notablemente y han asumido el papel de órgano preferido por los
Obispos de una nación o de un determinado territorio para el
intercambio de puntos de vista, la consulta recíproca y la
colaboración en favor del bien común de la Iglesia: 'se han
constituido en estos años en una realidad concreta, viva y
eficiente en todas las partes del mundo'. Su importancia obedece
al hecho de que contribuye eficazmente a la unidad entre los
Obispos y, por tanto, a la unidad de la Iglesia, al ser un
instrumento muy válido para afianzar la comunión eclesial».264
Dado que las Conferencias episcopales están formadas sólo por los
Obispos y los que por derecho son equiparados a ellos, aunque no
tengan carácter episcopal,265 su fundamento teológico, a
diferencia de los Concilios particulares, reside directamente en
la dimensión colegial de la responsabilidad del gobierno episcopal.
Sólo indirectamente lo es la comunión entre las Iglesias.
En todo caso, siendo las Conferencias episcopales un órgano
permanente que se reúne periódicamente, su función será eficaz si
se la considera una ayuda auxiliar a la función que cada Obispo
desarrolla por derecho divino en su propia Iglesia. En efecto, en
cada Iglesia el Obispo diocesano apacienta en nombre del Señor la
grey que se le ha confiado, como pastor propio, ordinario e
inmediato, y su actuación es estrictamente personal, no colegial,
aunque esté animado por el espíritu de comunión. Por tanto, por lo
que se refiere a las agrupaciones de Iglesias particulares por
zonas geográficas (nación, región, etc.), los Obispos que presiden
las Iglesias no ejercen conjuntamente su solicitud pastoral con
actos colegiales iguales a los del Colegio episcopal, el cual,
como sujeto teológico, es indivisible.266 Por eso, los Obispos de
cada Conferencia episcopal, reunidos en Asamblea, ejercen
conjuntamente para el bien de sus fieles y en los límites de las
competencias que les otorgan el derecho o un mandato de la Sede
Apostólica, sólo algunas de las funciones que se desprenden de su
ministerio pastoral (munus pastorale).267
Es verdad que las Conferencias episcopales más numerosas requieren
una organización compleja, precisamente para ofrecer su servicio a
cada uno de los Obispos que forman parte de ella, y por tanto a
cada Iglesia. No obstante, se ha de evitar «la burocratización de
los oficios y de las comisiones que actúan entre las reuniones
plenarias».268 En efecto, las Conferencias episcopales «con sus
comisiones y oficios existen para ayudar a los Obispos y no para
sustituirlos».269 Y, menos aún, para constituir una estructura
intermedia entre la Sede Apostólica y cada uno de los Obispos. Las
Conferencias episcopales pueden ofrecer una ayuda válida a la Sede
Apostólica expresando su parecer sobre problemas específicos de
carácter más general.270
Las Conferencias episcopales expresan y ponen en práctica el
espíritu colegial que une a los Obispos y, por consiguiente, la
comunión entre las diversas Iglesias, estableciendo entre ellas,
especialmente entre las más cercanas, estrechas relaciones para
buscar un bien mayor.271 Esto puede hacerse de varias formas,
mediante consejos, simposios o federaciones. Las reuniones
continentales de los Obispos tienen una importancia notable,
aunque nunca asumen las competencias que se reconocen a las
Conferencias episcopales. Dichas reuniones ayudan mucho a fomentar
entre las Conferencias episcopales de las diversas naciones esa
colaboración que, en este tiempo de «globalización», resulta tan
necesaria para afrontar sus desafíos y poner en marcha una
verdadera «globalización de la solidaridad».272
Unidad de la Iglesia y diálogo ecuménico
64. La oración del Señor Jesús por la unidad entre todos sus
discípulos (ut unum sint: Jn 17, 21) es una llamada
apremiante a cada Obispo para un deber apostólico específico. No
puede esperarse que dicha unidad sea fruto de nuestros esfuerzos;
es sobre todo un don de la Trinidad Santa a la Iglesia. No
obstante, eso no exime a los cristianos de hacer todo esfuerzo
para ello, comenzando por la oración, para acelerar el camino
hacia la unidad plena. Como respuesta a las oraciones e
intenciones del Señor, y a su oblación en la Cruz para reunir a
los hijos extraviados (cf. Jn 11, 52), la Iglesia católica
se siente comprometida irreversiblemente en el diálogo ecuménico,
cuya eficacia depende de su testimonio en el mundo. Hace falta,
pues, perseverar en la vía del diálogo de la verdad y del amor.
Muchos Padres sinodales se refirieron a la vocación específica que
tiene todo Obispo de promover en la propia diócesis este diálogo y
llevarlo adelante in veritate et caritate (cf. Ef 4,
15). En efecto, el escándalo de la división entre los cristianos
es percibido por todos como un signo contrario a la esperanza
cristiana. Como formas concretas para promover el diálogo
ecuménico se indicaron un mejor conocimiento recíproco entre la
Iglesia católica y las otras Iglesias y Comunidades eclesiales que
no están en plena comunión con ella; encuentros e iniciativas
apropiadas y, sobre todo, el testimonio de la caridad.
Efectivamente, existe un ecumenismo de la vida cotidiana, hecho de
acogida recíproca, escucha y colaboración, que tiene una poderosa
eficacia.
Por otro lado, los Padres sinodales advirtieron sobre el riesgo de
gestos poco ponderados, signos de un «ecumenismo impaciente», que
pueden dañar el proceso actual hacia la plena unidad. Por eso, es
muy importante que todos acepten y pongan en práctica los rectos
principios del diálogo ecuménico, y que se insista sobre ellos en
los seminarios con los candidatos al ministerio sagrado, en las
parroquias y en las otras estructuras eclesiales. Por lo demás, la
misma vida interior de la Iglesia ha de dar testimonio de unidad,
respetando y ampliando cada vez más los ámbitos en que se acojan y
desarrollen las grandes riquezas de las diversas tradiciones
teológicas, espirituales, litúrgicas y disciplinares.273
Índole misionera del ministerio episcopal
65. Los Obispos, como miembros del Colegio episcopal, no sólo son
consagrados para una diócesis, sino para la salvación de todos los
hombres.274 Los Padres sinodales volvieron a recordar esta
doctrina expuesta en el Concilio Vaticano II para destacar que
cada Obispo ha de ser consciente de la índole misionera del propio
ministerio pastoral. Toda su acción pastoral, pues, debe estar
caracterizada por un espíritu misionero, para suscitar y conservar
en el ánimo de los fieles el ardor por la difusión del Evangelio.
Por eso es tarea del Obispo suscitar, promover y dirigir en la
propia diócesis actividades e iniciativas misioneras, incluso bajo
el aspecto económico.275
Además, como se ha afirmado en el Sínodo, es sumamente importante
animar la dimensión misionera en la propia Iglesia particular
promoviendo, según las diversas situaciones, valores fundamentales
tales como el reconocimiento del prójimo, el respeto de la
diversidad cultural y una sana interacción entre culturas
diferentes. Por otro lado, el carácter cada vez más multicultural
de las ciudades y grupos sociales, sobre todo como resultado de la
emigración internacional, crea situaciones nuevas en las que surge
un desafío misionero peculiar.
En el Aula sinodal hubo también intervenciones que pusieron de
relieve algunas cuestiones sobre la relación entre los Obispos
diocesanos y las Congregaciones religiosas misioneras, subrayando
la necesidad de un reflexión más profunda al respecto. Al mismo
tiempo, se reconoció la gran aportación de experiencia que puede
recibir una Iglesia particular de las Congregaciones de vida
consagradas para mantener viva entre los fieles la dimensión
misionera.
El Obispo ha de mostrarse en este aspecto como siervo y testigo de
la esperanza. En efecto, la misión es sin duda el indicador exacto
de la fe en Cristo y en su amor por nosotros: 276 ella mueve al
hombre de todos los tiempos hacia una vida nueva, animada por la
esperanza. Al anunciar a Cristo resucitado, los cristianos
presentan a Aquél que inaugura un nueva era de la historia y
proclaman al mundo la buena noticia de una salvación integral y
universal, que contiene en sí la prenda de un mundo nuevo, donde
el dolor y la injusticia darán paso a la alegría y a la belleza.
Al principio de un nuevo milenio, cuando la conciencia de la
universalidad de la salvación se ha acentuado y se comprueba que
se debe renovar cada día el anuncio del Evangelio, la Asamblea
sinodal lanza una invitación a no disminuir el compromiso
misionero, sino más bien a ampliarlo en una cooperación misionera
cada vez más profunda.
CAPÍTULO VII
EL OBISPO
ANTE LOS RETOS ACTUALES
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo»
(Jn 16, 33)
66. En la Sagrada Escritura la Iglesia se compara a un rebaño, «cuyo
pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció. Aunque son
pastores humanos quienes gobiernan las ovejas, sin embargo es
Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen
Pastor y Cabeza de los pastores».277 ¿Acaso no es Jesús mismo
quien llama a sus discípulos pusillus grex y les exhorta a
no tener miedo, sino a cultivar la esperanza? (cf. Lc 12,
32).
Jesús repitió varias veces esta exhortación a sus discípulos: «En
el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al
mundo» (Jn 16, 33). Cuando estaba para volver al Padre,
después de lavar los pies a los Apóstoles, les dijo: «No se turbe
vuestro corazón», y añadió, «yo soy el Camino [...]. Nadie va al
Padre sino por mí» (Jn 14, 1-6). El pequeño rebaño, la
Iglesia, ha emprendido este Camino, que es Cristo, y guiada por Él,
el Buen Pastor que «cuando ha sacado todas las suyas, va delante
de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz» (Jn
10, 4).
A imagen de Jesucristo y siguiendo sus huellas, el Obispo sale
también a anunciarlo al mundo como Salvador del hombre, de todos
los hombres. Como misionero del Evangelio, actúa en nombre de la
Iglesia, experta en humanidad y cercana a los hombres de nuestro
tiempo. Por eso, afianzado en el radicalismo evangélico, tiene
además el deber de desenmascarar las falsas antropologías,
rescatar los valores despreciados por los procesos ideológicos y
discernir la verdad. Sabe que puede repetir con el Apóstol: «Si
nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en
Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, principalmente
de los creyentes» (1 Tm 4, 10).
La labor del Obispo se ha de caracterizar, pues, por la
parresía, que es fruto de la acción del Espíritu (cf. Hch
4, 31). De este modo, saliendo de sí mismo para anunciar a
Jesucristo, el Obispo asume con confianza y valentía su misión,
factus pontifex, convertido realmente en «puente» tendido a
todo ser humano. Con pasión de pastor, sale a buscar las ovejas,
siguiendo a Jesús, que dice: «También tengo otras ovejas, que no
son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y
escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn
10, 16).
Artífice de justicia y de paz
67. En este ámbito de espíritu misionero, los Padres sinodales se
refirieron al Obispo como profeta de justicia. Hoy más que ayer,
la guerra de los poderosos contra los débiles ha abierto profundas
divisiones entre ricos y pobres. ¡Los pobres son legión! En el
seno de un sistema económico injusto, con disonancias
estructurales muy fuertes, la situación de los marginados se
agrava de día en día. En la actualidad hay hambre en muchas partes
de la tierra, mientras en otras hay opulencia. Las víctimas de
estas dramáticas desigualdades son sobre todo los pobres, los
jóvenes, los refugiados. En muchos lugares, también la mujer es
envilecida en su dignidad de persona, víctima de una cultura
hedonista y materialista.
Ante estas situaciones de injusticia, y muchas veces sumidos en
ellas, que abren inevitablemente la puerta a conflictos y a la
muerte, el Obispo es defensor de los derechos del hombre, creado a
imagen y semejanza de Dios. Predica la doctrina moral de la
Iglesia, defiende el derecho a la vida desde la concepción hasta
su término natural; predica la doctrina social de la Iglesia,
fundada en el Evangelio, y asume la defensa de los débiles,
haciéndose la voz de quien no tiene voz para hacer valer sus
derechos. No cabe duda de que la doctrina social de la Iglesia es
capaz de suscitar esperanza incluso en las situaciones más
difíciles, porque, si no hay esperanza para los pobres, no la
habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos.
Los Obispos condenaron enérgicamente el terrorismo y el genocidio,
y levantaron su voz por los que lloran a causa de injusticias,
sufren persecución, están sin trabajo; por los niños ultrajados de
innumerables y gravísimas maneras. Como la santa Iglesia, que en
el mundo es sacramento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano,278 el Obispo es también defensor y padre
de los pobres, se preocupa por la justicia y los derechos humanos,
es portador de esperanza.279
La palabra de los Padres sinodales, junto con la mía, fue
explícita y fuerte. «No hemos podido cerrar nuestros oídos al eco
de tantos otros dramas colectivos [...]. Se impone un cambio de
orden moral [...]. Algunos males endémicos, sub- estimados durante
mucho tiempo, pueden conducir a la desesperación de poblaciones
enteras. ¿Cómo callarse frente al drama persistente del hambre y
la pobreza extrema en una época en la cual la humanidad posee como
nunca los medios para un reparto equitativo? No podemos dejar de
expresar nuestra solidaridad con la masa de refugiados e
inmigrantes que, como consecuencia de la guerra, de la opresión
política o de la discriminación económica, se ven forzados a
abandonar su tierra, en busca de un trabajo y con la esperanza de
paz. Los estragos del paludismo, la expansión del sida, el
analfabetismo, la falta de porvenir para tantos niños y jóvenes
abandonados en la calle, la explotación de mujeres, la pornografía,
la intolerancia, la instrumentalización inaceptable de la religión
para fines violentos, el tráfico de droga y el comercio de las
armas,... ¡La lista no es exhaustiva! Sin embargo, en medio de
todas estas calamidades, los humildes levantan la cabeza. El Señor
los mira y los apoya: "Por la opresión del humilde y el gemido del
pobre me levantaré, dice el Señor" (Sal 12, 6)».280
Es obvio que, ante este cuadro dramático, resulta urgente un
llamamiento a la paz y un compromiso en favor suyo. En efecto,
siguen aún activos los focos de conflicto heredados del siglo
anterior y de todo el milenio. Tampoco faltan conflictos locales
que crean heridas profundas entre culturas y nacionalidades. Y, ¿cómo
callar sobre los fundamentalismos religiosos, siempre enemigos del
diálogo y de la paz? En muchas regiones del mundo la tierra se
parece a un polvorín a punto de explotar y diseminar sobre la
familia humana enormes sufrimientos.
En esta situación la Iglesia sigue anunciando la paz de Cristo,
que en el sermón de la montaña ha proclamado bienaventurados a
«los que trabajan por la paz» (Mt 5, 9). La paz es una
responsabilidad universal que pasa por los mil pequeños actos de
la vida cotidiana. Espera en sus profetas y artífices, que no han
de faltar, sobre todo en las comunidades eclesiales, de las que el
Obispo es pastor. A ejemplo de Jesús, que ha venido para anunciar
la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor
(cf. Lc 4, 16-21), estará siempre dispuesto para enseñar
que la esperanza cristiana está íntimamente unida al celo por la
promoción integral del hombre y la sociedad, como enseña la
doctrina social de la Iglesia.
Por lo demás, el Obispo, cuando se encuentra en una eventual
situación de conflicto armado, que lamentablemente no faltan, aun
cuando exhorte al pueblo a defender sus derechos, debe advertir
siempre que todo cristiano tiene la obligación de excluir la
venganza y estar dispuesto al perdón y al amor de los enemigos.281
En efecto, no hay justicia sin perdón. Por más que sea difícil de
aceptar, ésta es una afirmación que cualquier persona sensata da
por descontada: una verdadera paz sólo es posible por el
perdón.282
El diálogo interreligioso, sobre todo en favor de la paz en el
mundo
68. Como he repetido en otras circunstancias, el diálogo entre las
religiones debe estar al servicio de la paz entre los pueblos. En
efecto, las tradiciones religiosas tienen recursos necesarios para
superar rupturas y favorecer la amistad recíproca y el respeto
entre los pueblos. El Sínodo hizo un llamamiento para que los
Obispos fueran promotores de encuentros con los representantes de
los pueblos para reflexionar atentamente sobre las discordias y
las guerras que laceran el mundo, con el fin de encontrar los
caminos posibles para un compromiso común de justicia, concordia y
paz.
Los Padres sinodales resaltaron la importancia del diálogo
interreligioso para la paz y pidieron a los Obispos que se
comprometieran en este sentido en las respetivas diócesis. Pueden
abrirse nuevas perspectivas de paz con la afirmación de la
libertad religiosa, de la que habló el Concilio Vaticano II en el
Decreto Dignitatis humanae, como también mediante la labor
educativa de las nuevas generaciones y el empleo correcto de los
medios de comunicación social.283
No obstante, la perspectiva del diálogo interreligioso es
indudablemente más amplia y, por eso, los Padres sinodales
reiteraron que éste forma parte de la nueva evangelización, sobre
todo en estos tiempos en que, más que en el pasado, conviven en
una misma región, ciudad, puesto de trabajo y ambiente cotidiano
personas pertenecientes a religiones diversas. Por tanto, el
diálogo interreligioso es necesario en la vida cotidiana de muchas
familias cristianas y, por eso mismo, también para los Obispos que,
como maestros de la fe y pastores del Pueblo de Dios, deben
prestar una adecuada atención a este aspecto.
De este contexto de convivencia con personas de otras religiones
surge para el cristiano un deber especial de dar testimonio de la
unidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo y,
consecuentemente, de la necesidad de la Iglesia como instrumento
de salvación para toda la humanidad. «Esta verdad de fe no quita
nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo
con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad
indiferentista marcada por un relativismo religioso que termina
por pensar que 'una religión es tan buena como otra'».284 Resulta
claro, pues, que el diálogo inter- religioso nunca puede sustituir
el anuncio y la propagación de la fe, que son la finalidad
prioritaria de la predicación, de la catequesis y de la misión de
la Iglesia.
Afirmar con franqueza y sin ambigüedad que la salvación del hombre
depende de la redención de Cristo no impide el diálogo con las
otras religiones. Además, en la perspectiva de la profesión de la
esperanza cristiana no se puede olvidar que precisamente ésta es
la que funda el diálogo interreligioso. En efecto, como dice la
Declaración conciliar Nostra aetate, «todos los pueblos
forman una única comunidad y tienen un mismo origen, puesto que
Dios hizo habitar a todo género humano sobre la entera faz de la
tierra;
tienen también un único fin último, Dios, cuya providencia,
testimonio de bondad y designios de salvación se extienden a todos
hasta que los elegidos se unan en la Ciudad Santa, que el
resplandor de Dios iluminará y en la que los pueblos caminarán a
su luz».285
La vida civil, social y económica
69. En la acción pastoral del Obispo no ha de faltar una atención
especial a las exigencias de amor y justicia que se derivan de las
condiciones sociales y económicas de las personas más pobres,
abandonadas, maltratadas, en las que el creyente percibe
particulares imágenes de Jesús. Su presencia en las comunidades
eclesiales y civiles pone a prueba la autenticidad de nuestra fe
cristiana.
Deseo referirme brevemente también al complejo fenómeno de la
llamada globalización, una de las características del mundo
actual. En efecto, existe una «globalización» de la economía, las
finanzas y también de la cultura, que se impone progresivamente
por efecto de los rápidos progresos vinculados a las tecnologías
informáticas. Como he tenido ocasión de decir en otras
circunstancias, la globalización requiere un discernimiento atento
para identificar sus aspectos positivos y negativos, así como las
consecuencias que pueden derivarse para la Iglesia y para todo el
género humano. En dicha tarea es importante la aportación de los
Obispos, los cuales han de insistir siempre en la necesidad
urgente de que se logre una globalización en la caridad y sin
marginaciones. También los Padres sinodales volvieron a indicar el
deber de promover una «globalización de la caridad», examinando en
este contexto las cuestiones relativas a la remisión de la deuda
externa, que compromete la economía de poblaciones enteras,
frenando su progreso social y político.286
Sin afrontar de nuevo una problemática tan grave, reitero sólo
algunos puntos fundamentales expuestos ya en otros lugares: la
visión de la Iglesia en esta materia tiene tres puntos de
referencia esenciales y concomitantes, que son la dignidad de la
persona humana, la solidaridad y la subsidiaridad. Por tanto, «la
economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios
de la justicia social, respetando la opción preferencial por los
pobres, que han de ser capacitados para protegerse en una economía
globalizada, y ante las exigencias del bien común
internacional».287 Inserta en el dinamismo de la solidaridad, la
globalización ya no es causa de marginación. La globalización de
la solidaridad, en efecto, es consecuencia directa de esa caridad
universal que es el alma del Evangelio.
Respeto del ambiente y salvaguardia de la creación
70. Los Padres sinodales recordaron además los aspectos éticos de
la cuestión ecológica.288 Efectivamente, el sentido profundo del
llamamiento a globalizar la solidaridad incluye también, y con
urgencia, la cuestión de la creación y de los recursos de la
tierra. El «gemido de la creación» al que alude el apóstol (cf.
Rm 8, 22) parece presentarse hoy en una perspectiva inversa,
pues no se trata ya de una tensión escatológica en espera de la
revelación de los hijo de Dios (cf. Rm 8, 19), sino más
bien de un espasmo de muerte que tiende a atrapar al hombre mismo
para destruirlo.
Efectivamente, en esto se manifiesta en su forma más insidiosa y
perversa la cuestión ecológica. Pues «el signo más profundo y
grave de las implicaciones morales, inherentes a la cuestión
ecológica, es la falta de respeto a la vida, como se ve en muchos
comportamientos contaminantes. Las razones de producción
prevalecen a menudo sobre la dignidad del trabajador, y los
intereses económicos se anteponen al bien de cada persona, o
incluso al de poblaciones enteras. En estos casos, la
contaminación o la destrucción del ambiente son fruto de una
visión reductiva y antinatural, que configura a veces un verdadero
y propio desprecio del hombre».289
Evidentemente, no sólo está en juego una ecología física, es decir,
preocupada por la tutela del hábitat de los diversos seres
vivientes, sino también una ecología humana, que proteja el
bien radical de la vida en todas sus manifestaciones y prepare a
las generaciones futuras un entorno que se acerque lo más posible
al proyecto del Creador. Se necesita, pues, una conversión
ecológica, a la cual los Obispos darán su propia contribución
enseñando la relación correcta del hombre con la naturaleza. Esta
relación, a la luz de la doctrina sobre Dios Padre, creador del
cielo y de la tierra, es de tipo «ministerial». En efecto, el
hombre ha sido puesto en el centro de la creación como ministro
del Creador.
Ministerio del Obispo respecto a la salud
71. La preocupación por el hombre impulsa al Obispo a imitar a
Jesús, el auténtico «buen Samaritano», lleno de compasión y
misericordia, que cuida del hombre sin discriminación alguna. El
cuidado de la salud ocupa un lugar relevante entre los desafíos
actuales. Por desgracia hay todavía muchas formas de enfermedad en
las diversas partes del mundo y, aunque la ciencia humana progrese
de manera exponencial en la investigación de nuevas soluciones o
ayudas para afrontarlas mejor, siempre aparecen nuevas situaciones
que socavan la salud física y psíquica.
En el ámbito de su diócesis, el Obispo, con ayuda de personas
cualificadas, ha de esforzarse por anunciar integralmente el
«Evangelio de la vida». El compromiso por humanizar la medicina y
la asistencia a los enfermos por parte de cristianos que dan
testimonio de la propia cercanía a los que sufren, despierta en el
ánimo de cada uno la figura de Jesús, médico de los cuerpos y de
las almas. Entre las instrucciones a sus apóstoles, no dejó de
incluir la exhortación de curar a los enfermos (cf. Mt 10,
8).290 Por tanto, la organización y promoción de un adecuada
pastoral para los agentes sanitarios merecen ser una auténtica
prioridad en el corazón del Obispo.
Los Padres sinodales sintieron la necesidad de resaltar
especialmente su preocupación por promover una auténtica «cultura
de la vida» en la sociedad contemporánea: «Quizá lo que más
lastima nuestro corazón de pastores es el desprecio de la vida,
desde su concepción hasta su término, y la disgregación de la
familia. El no de la Iglesia al aborto y a la eutanasia es
un sí a la vida, un sí a la bondad radical de la
creación, un sí que puede alcanzar a todo ser humano en el
santuario de su conciencia, un sí a la familia, primera
célula de esperanza, en la que Dios se complace hasta llamarla a
convertirse en "iglesia doméstica"».291
Atención pastoral del Obispo a los emigrantes
72. Los movimientos de población han adquirido hoy proporciones
inéditas y se presentan como movimientos de masa que afectan a un
gran número de personas. Muchas de ellas han sido desalojadas o
huyen del propio país a causa de conflictos armados, precarias
condiciones económicas, catástrofes naturales o enfrentamientos
políticos, étnicos y sociales. Aunque las situaciones sean
diversas, todas estas migraciones plantean serios interrogativos a
nuestras comunidades por lo que se refiere a problemas pastorales,
como la evangelización y el diálogo interreligioso.
Por tanto, es oportuno que se procure instituir estructuras
pastorales adecuadas para la acogida y la atención pastoral
apropiada de estas personas en las diócesis, según las diversas
condiciones en que se encuentran. Hace falta favorecer también la
colaboración entre diócesis limítrofes, para garantizar un
servicio más eficaz y competente, preocupándose incluso de formar
sacerdotes y agentes laicos particularmente generosos y
disponibles para este laborioso servicio, sobre todo en lo que
refiere a los problemas de naturaleza legal que pueden surgir en
la inserción de estas personas en el nuevo ambiente social.292
En este contexto, los Padres sinodales procedentes de las Iglesias
católicas orientales replantearon el problema de la emigración de
los fieles de sus Comunidades, nuevo en algunos aspectos y con
graves consecuencias para la vida concreta. En efecto, un
relevante número de fieles procedentes de las Iglesias católicas
orientales residen habitual y establemente fuera de las tierras de
origen y de las sedes de las Jerarquías orientales. Como es
comprensible, se trata de una situación que interpela
cotidianamente la responsabilidad de los Pastores.
Por eso, el Sínodo de los Obispos creyó necesario también estudiar
más profundamente la manera en que las Iglesias católicas, tanto
Orientales como Occidentales, puedan establecer estructuras
pastorales adecuadas y oportunas capaces de dar cauce a las
exigencias de estos fieles en condición de «diáspora».293 En todo
caso, es siempre un deber para los Obispos del lugar, aunque de
rito diverso, ser verdaderos padres para estos fieles de rito
oriental, garantizando en su atención pastoral la salvaguardia de
los valores religiosos y culturales específicos en que han nacido
y recibido su formación cristiana inicial.
Estos son algunos campos en que el testimonio cristiano y el
ministerio episcopal están implicados con especial urgencia.
Asumir responsabilidades ante el mundo, sus problemas, sus
desafíos y sus esperanzas, forma parte del compromiso de anunciar
el Evangelio de la esperanza. En efecto, siempre está en juego el
futuro del hombre en cuanto «ser de esperanza».
Es comprensible que, ante la acumulación de retos a los que la
esperanza está expuesta, surja la tentación del escepticismo y la
desconfianza. Pero el cristiano sabe que puede afrontar incluso
las situaciones más difíciles, porque el fundamento de su
esperanza es el misterio de la cruz y la resurrección del Señor.
Solamente en Él puede encontrar fuerzas para ponerse y permanecer
al servicio de Dios, que quiere la salvación y la liberación
integral del hombre.
CONCLUSIÓN
73. Ante un panorama tan complejo humanamente para el anuncio del
Evangelio, viene a la memoria, casi espontáneamente, el episodio
de la multiplicación de los panes narrado en los Evangelios. Los
discípulos exponen a Jesús su perplejidad ante la muchedumbre que,
hambrienta de su palabra, lo ha seguido hasta el desierto, y le
proponen: «Dimitte turbas... Despide a la gente» (Lc
9, 12). Quizás tienen miedo y verdaderamente no saben cómo saciar
a un número tan grande de personas.
Una actitud análoga podría surgir en nuestro ánimo, como
desalentado ante la magnitud de los problemas que interpelan a las
Iglesias y a nosotros, los Obispos, personalmente. En este caso,
hay que recurrir a esa nueva fantasía de la caridad que ha
de promover no tanto y no sólo la eficacia de la ayuda prestada
sino la capacidad de hacerse cercano a quien está necesitado, de
modo que los pobres se sientan en cada comunidad cristiana como en
su propia casa.294
No obstante, Jesús tiene su propia manera de solucionar los
problemas. Como provocando a los Apóstoles, les dice: «Dadles
vosotros de comer» (Lc 9, 13). Conocemos bien la conclusión
del episodio: «Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los
trozos que les habían sobrado: doce canastos» (Lc 9, 17).
¡Quedan todavía muchas de aquellas sobras en la vida de la
Iglesia!
Se pide a los Obispos del tercer milenio que hagan lo que muchos
Obispos santos supieron hacer a lo largo de la historia hasta a
hoy. Como san Basilio, por ejemplo, que quiso incluso construir a
las puertas de Cesarea una vasta estructura de acogida para los
pobres, una verdadera ciudadela de la caridad, que en su nombre se
llamó Basiliade. En eso se ve claramente que «la caridad de las
obras corrobora la caridad de las palabras».295 También nosotros
hemos de seguir este camino: el Buen Pastor ha confiado su grey a
cada Obispo para que la alimente con la palabra y la forme con el
ejemplo.
Así pues, nosotros, los Obispos, ¿de dónde sacaremos el pan
necesario para responder a tantas cuestiones dentro y fuera de las
Iglesias y de la Iglesia? Podríamos lamentarnos, como los
Apóstoles con Jesús: «¿Cómo hacernos en un desierto con pan
suficiente para saciar a una multitud tan grande?» (Mt 15,
33). ¿En qué «sitios» encontraremos los recursos? Podemos insinuar
al menos algunas respuestas fundamentales.
Nuestro primer y trascendental recurso es la caridad de Dios
infundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha
sido dado (cf. Rm 5, 5). El amor con que Dios nos ha amado
es tan grande que siempre nos puede ayudar a encontrar el modo
apropiado para llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. En
cada instante el Señor, con la fuerza de su Espíritu, nos da la
capacidad de amar y de inventar formas más justas y hermosas de
amar. Llamados a ser servidores del Evangelio para la esperanza
del mundo, sabemos que esta esperanza no proviene de nosotros sino
del Espíritu Santo, que «no deja de ser el custodio de la
esperanza en el corazón del hombre: la esperanza de todas las
criaturas humanas y, especialmente, de aquellas que 'poseen las
primicias del Espíritu' y 'esperan la redención de su cuerpo'».296
Otro recurso que tenemos es la Iglesia, en la que estamos
insertados por el Bautismo junto con tantos otros hermanos y
hermanas nuestros, con los cuales confesamos al único Padre
celeste y nos alimentamos del único Espíritu de santidad.297 La
situación presente nos invita, si queremos responder a las
esperanzas del mundo, a comprometernos a hacer de la Iglesia «la
casa y la escuela de la comunión».298
También nuestra comunión en el cuerpo episcopal, del que formamos
parte por la consagración, es una formidable riqueza, puesto que
es una ayuda inapreciable para leer con atención los signos de los
tiempos y discernir con claridad lo que el Espíritu dice a las
Iglesias. En el corazón del Colegio de los Obispos está el apoyo y
la solidaridad del Sucesor del apóstol Pedro, cuya potestad
suprema y universal no anula, sino que afirma, refuerza y protege
la potestad de los Obispos, sucesores de los Apóstoles. En esta
perspectiva, es importante potenciar los instrumentos de comunión,
siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II. En efecto, no
cabe duda de que hay circunstancias –y hoy abundan– en que una
Iglesia particular por sí sola, o incluso varias Iglesias
colindantes, se ven incapaces o prácticamente imposibilitadas para
intervenir adecuadamente sobre problemas de la mayor importancia.
Sobre todo en dichas circunstancias es cuando puede ser una
auténtica ayuda recurrir a los instrumentos de la comunión
episcopal.
Por último, un recurso inmediato para un Obispo que busca el «pan»
para saciar el hambre de sus hermanos es la propia Iglesia
particular, en la medida en que la espiritualidad de la comunión
se consolide en ella como «principio educativo en todos los
lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan
los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes
pastorales, donde se construyen las familias y las
comunidades».299 En este punto se manifiesta nuevamente la
conexión entre la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos y las otras tres Asambleas generales que la han precedido.
Pues un Obispo nunca está solo: no lo está en el Iglesia universal
y tampoco en su Iglesia particular.
74. Queda delineado así el compromiso del Obispo al principio de
un nuevo milenio. Es el de siempre: anunciar el Evangelio de
Cristo, salvación para mundo. Pero es un compromiso caracterizado
por novedades que urgen, que exigen la dedicación concorde de
todos los miembros del Pueblo de Dios. El Obispo debe poder contar
con miembros del presbiterio diocesano y con los diáconos,
ministros de la sangre de Cristo y de la caridad; con las hermanas
y hermanos consagrados, llamados a ser en la Iglesia y en el mundo
testigos elocuentes de la primacía de Dios en la vida cristiana y
del poder de su amor en la fragilidad de la condición humana; en
fin, con los fieles laicos, que son para los Pastores una fuente
particular de apoyo y un motivo especial de aliento.
Al término de las reflexiones expuestas en estas páginas nos damos
cuenta de cómo el tema de la X Asamblea General Ordinaria del
Sínodo nos conduce a nosotros, Obispos, hacia todos nuestros
hermanos y hermanas en la Iglesia y hacia todos los hombres y
mujeres del mundo. A ellos nos envía Cristo, como un día envió a
los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20). Nuestro cometido es ser
para cada persona, de manera eminente y visible, un signo vivo de
Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor.300
Cristo Jesús, pues, es el icono al que, venerados Hermanos en el
episcopado, dirigimos la mirada para realizar nuestro ministerio
de heraldos de esperanza. Como Él, también nosotros hemos de saber
ofrecer nuestra existencia por la salvación de los que nos han
sido confiados, anunciando y celebrando la victoria del amor
misericordioso de Dios sobre el pecado y la muerte.
Invocamos sobre esta nuestra tarea la intercesión de la Virgen
María, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles. Que Ella, que
mantuvo la oración del Colegio apostólico en el Cenáculo, nos
alcance la gracia de no frustrar jamás la entrega de amor que
Cristo nos ha confiado. Como testigo de la verdadera vida, María,
«hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios
en marcha –y especialmente ante nosotros, sus Pastores– como señal
de esperanza cierta y de consuelo».301
Roma, junto a San Pedro, 16 de octubre del año 2003, vigésimo
quinto aniversario de mi elección al Pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II
______________________________________________________
1Ordenación episcopal: Oración consecratoria.
2Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 18.
3S. Tomás de Aquino, Super Ev. Joh., X, 3.
4Homilía durante la Misa de clausura de la X Asamblea
general ordinaria del Sínodo de los Obispos (27 octubre 2001), 3:
AAS 94 (2002), 114.
5Discurso a los Cardenales, Arzobispos y Obispos de Italia
(6 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 68.
6Propositio 3.
7Cf. Oración al final de la audiencia general (11
septiembre 2001): L'Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española (14 septiembre 2001), p. 12.
8Sínodo de los Obispos, X Asamblea General Ordinaria, Mensaje
(25 octubre 2001), 8: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española (2 noviembre 2001), p. 9; cf. Pablo VI, Carta
ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 41: AAS 63
(1971), 429-430.
9Cf. Propositio 6.
10Cf. Propositio 1.
11Cf. Optato de Milevi, Contra Parmenianum donat. 2,2:
PL 11, 947; S. Ignacio de Antioquía, A los Romanos, 1,
1: PG 5, 685.
12Homilía en la Misa de apertura de la X Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos (30 septiembre 2001), 6:
AAS 94 (2002), 111-112.
13Cf. Misal Romano, Prefacio de los santos pastores.
14S. Agustín, Sermo 340/A,9: PLS 2, 644.
15Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 3.
16Cf. Ireneo, Contra las herejías. III, 2,2; III, 3,1:
PG 7, 847-848; Propositio 2.
17Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 21; 27.
18Cf. A los Magnesios, 6,1: PG 5,764; A los
Trallanos, 3,1: PG 5,780; A los Esmirniotas,
8,1: PG 5,852.
19Cf. Pontifical Romano, Ordenación Episcopal: Examen.
20Cf. Didascalia Apostolorum, II, 33, 1: ed.
F.X. Funk, I, 115.
21Cf. Propositio 6.
22Cf. Pontifical Romano, Ordenación Episcopal: Alocución.
23N. 19.
24Cf. ibíd., 22; Código de Derecho Canónico, c. 330;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 42.
25Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22; Código de Derecho Canónico, c. 336;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 49.
26Cf. Propositio 20; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 21; Código de Derecho
Canónico, c. 375 § 2.
27Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 23; Decr. Christus Dominus, sobre la
función pastoral de los Obispos, 3; 5; 6; Juan Pablo II, Motu
proprio Apostolos suos (21 mayo 1998), 13: AAS 90
(1998), 650-651.
28Cf. Const. ap. Pastor Bonus (28 junio 1988), Adnexum I,
4: AAS 80 (1988), 914-915; Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22; Código de Derecho Canónico, c. 337 §§
1,2; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, c.
50 §§ 1,2.
29Cf. Alocución al final de la VII Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos (29 octubre 1987): AAS
80 (1988), 610; Const. ap.
Pastor Bonus, Adnexum I
(28 junio 1988): AAS 80 (1988) 915-916; Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 22.
30Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22.
31 Ibíd.
32Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998), 8: AAS
90 (1998), 647.
33Cf. Sacramentario de Agulema, In dedicatione basilicae novae:
«Dirige, Domine, ecclesiam tuam dispensatione cælesti, ut, quae
ante mundi principium in tua semper est praesentia præparata,
usque ad plenitudinem gloriamque promissam te moderante perveniat»:
CCSL 159, rubr.
1851; Catecismo de la Iglesia Católica, 758-760.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Comunionis notio
(28 mayo 1992), 9: AAS 85 (1993), 843.
34Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 23.
35Cf. Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998),12: AAS
90 (1998), 649-650.
36Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 5.
37Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22.
38Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998), 12: AAS
90 (1998), 650.
39Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22.
40Cf. Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998), 12:
AAS 90 (1998), 649-650.
41Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Christus Dominus, sobre la función pastoral de los Obispos, 25-26.
42Cf. Propositio 33.
43Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 21, 27; Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes
(8 abril 1979), 3: AAS 71 (1979), 397.
44Cf. In Io tract. 123, 5: PL 35,1967.
45Sermo 340,1: PL 38, 1483: «Vobis enim sum
episcopus; vobiscum sum christianus».
46Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10.
47Ibíd., 32.
48Cf. Propositio 8.
49Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 30:
AAS 93 (2001), 287.
50Oración II, n. 71: PG 35, 479.
51Cf. Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001),
15.31: AAS 93 (2001), 276.288.
52N. 5: AAS 94 (2002), 111.
53Sacramentarium Serapionis, 28: ed.
F.X. Funk, II, 191.
54Homilía en la Misa de apertura de la X Asamblea general
ordinaria del Sínodo de los Obispos (30 septiembre 2001), 5:
AAS 94 (2002), 111.
55Código de Derecho Canónico, c. 387; cf. Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, c. 197.
56Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 40.
57Sermo 340, 1: PL 38, 1483.
58Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1804.1839.
59Cf. Propositio 7.
60S. Cipriano, De oratione dominica, 23: PL 4,553;
cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia,
4.
61Ordenación Episcopal: imposición de la mitra.
62Cf. Propositio 7.
63Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 41.
64Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia.
Principios y orientaciones, (17 diciembre 2001), 184.
65Cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002),
43: AAS 95 (2003), 35-36.
66Cf. Propositio 8.
67Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8
diciembre 1975), 59: AAS 68 (1976), 50.
68A los Filadelfios, 5: PG 5, 700.
69Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17; cf. Conc. Ecum.
Vat.
II, Cost. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 25.
70Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Marialis cultus (2 febrero
1974), 17: AAS 66 (1974), 128.
71Cf. S. Agustín, Sermo 179, 1: PL 38, 966.
72Homilías sobre Lev., VI: PG 12, 474 C.
73N. 39: AAS 93 (2001), 294.
74Cf. Pseudo Dionisio Areopagita, Sobre la jerarquía
eclesiástica, III: PG 3, 512; S. Tomás de Aquino, S.
Th. II-II, q. 184, a. 5.
75Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 34: AAS 93
(2001), 290.
76S. Th. II-II, q. 17, a. 2.
77Ordenación episcopal: examen.
78Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
84-85.
79Const. ap. Laudis canticum (1 noviembre 1970): AAS
63 (1971), 532.
80Cf. Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo
1996), 20-21: AAS 88 (1996), 393-395.
81Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo
1992), 27: AAS 84 (1992), 701.
82Cf. n. 28: l.c., 701-703.
83Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 18.
84Cf. ibíd., 27.37.
85Cf. Propositio 10
86A Policarpo, IV: PG 5, 721.
87 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 8.
88Cf. Propositio 9.
89Cf. Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 49:
AAS 93 (2001), 302.
90Ordenación episcopal: Imposición del anillo.
91N. 43: AAS 93 (2001), 296.
92Hom. in Ez., I, 11: PL 76, 908.
93Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán, 1599, p. 1178.
94Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo
1992), 70: AAS 84 (1992), 781.
95Ibíd., 72: l.c. 787.
96Cf. Propositio 12.
97Cf. Propositio 13.
98Cf. n. 6: AAS 94 (2002), 116.
99Cf. Propositio 11.
100Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, sobre la
función pastoral de los Obispos, 12; cf. Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 25.
101Cf. Propositiones 14 y 15.
102Cf. Propositio 14.
103Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 29:
AAS 93 (2001), 285-286.
104Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
105Cf. Propositio 15.
106Pablo VI, Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi
(8 diciembre 1975), 28: AAS
68 (1976), 24.
107Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 25; Const. dogm. Dei Verbum, sobre la
divina revelación, 10; Código de Derecho Canónico, c. 747 §
1; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 595
§ 1.
108Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la
divina revelación, 7.
109Cf. ibíd., 8.
110Cf. ibíd., 10.
111Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 12.
112En.
In Ps.
126, 3: PL 37,1669.
113Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 25.
114Ibíd., 12.
115Cf. Propositio 15.
116N. 63: AAS 71 (1979), 1329.
117Cf. Congregación para el Clero, Directorio General para la
Catequesis (15 agosto 1997), 233: Ench. Vat. 16,1065.
118Cf. Propositio 15.
119Cf. Propositio 47.
120Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum
veritatis (24 mayo 1990), 19; Código de Derecho Canónico,
c. 386 § 2; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
c. 196 § 2.
121Cf. Propositio 16.
122Discurso a los participantes en el I Congreso nacional
italiano del Movimiento eclesial de Compromiso Cultural (16 enero
1982), 2: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española (2 mayo 1982), p. 19; cf. Propositio 64.
123Cf. Propositio 65.
124Cf. Propositio 66.
125Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina revelación, 10.
126De Trinitate, VIII,1: PL 10,236.
127Cf. Carta Enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003),
22-24: AAS 95 (2003), 448-449.
128Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 10.
129N. 26.
130Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 10.
131Ibíd., 41.
132Pontifical Romano, Bendición de los óleos, Premisas, 1.
133Cf. ibíd., Ordenación del Obispo, de los Presbíteros
y de los Diáconos, Premisas, 21, 120, 202.
134Cf. nn. 42-54.
135Cf. Propositio 17.
136«Legem credendi lex statuat supplicandi»: S. Celestino,
Ad Galliarum episcopos, 12: PL 45, 1759.
137Cf. Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada
liturgia, 11.14.
138Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 35:
AAS 93 (2001), 291.
139Cf. Propositio 17.
140Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 102.
141Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 68.
142Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 104.
143Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 26.
144Cf. Carta Enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003),
21: AAS 95 (2003), 447-448.
145Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 26.
146Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis,
sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.
147Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 28; Juan Pablo II, Carta Enc. Ecclesia de
Eucharistia (17 abril 2003), 41-42: AAS 95 (2003),
460-461.
148Cf. Congregación para el Clero (et aliae), Instr.
interdicasterial Ecclesiae de mysterio, sobre algunas
cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el
sagrado ministerio de los sacerdotes (15 agosto 1997),
«Disposiciones prácticas», art. 7: AAS 89 (1997), 869-870.
149Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 64.
150Pablo VI, Const. ap. Divinae consortium naturae (15
agosto 1971): AAS 63 (1971), 657.
151Cf. Propositio 18.
152Cf. Motu proprio Misericordia Dei (7 abril 2002), 1:
AAS 94 (2002), 453-454.
153Cf. Propositio 18.
154Cf. Ritual Romano, Rito de los exorcismos (22 noviembre
1998); Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción
sobre las oraciones para obtener de Dios la curación (14
septiembre 2000): L'Osservatore Romano, ed. semanal en
lengua española (1 diciembre 2001), pp. 17-19.
155Cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975),
48: AAS 68 (1976), 37-38.
156Ibíd.
157Cf. propositio 19.
158Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia
(17 diciembre 2001), 21.
159Cf. Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), nn.
29-41: AAS 93 (2001), 285-295.
160Cf. propositio 48.
161Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 27; Decr. Christus Dominus, sobre la
función pastoral de los Obispos, 16.
162Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, sobre
la función pastoral de los Obispos, 11; Código de Derecho
Canónico, c. 369; Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, c. 177 § 1.
163Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 27; Decr. Christus Dominus, sobre la
función pastoral de los Obispos, 18; Código de Derecho Canónico,
c. 381 § 1; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
c. 178.
164Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 27.
165Pontifical Romano, Ordenación Episcopal: Alocución.
166Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 27; cf. Código de Derecho Canónico, c. 381 § 1;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 178.
167S. Ambrosio, Epistulae, Ad Ireneum, lib. I, ep
VI: Sancti Ambrosii episcopi Mediolanensis opera,
Milano-Roma 1988, 19, p. 66.
168N. 27.
169Ibíd.
170Cf. Código de Derecho Canónico, cc. 204 § 1; 208; 212 §§
2,3; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, cc 7
§ 1; 11; 15 §§ 2,3.
171Cf. Propositio 35.
172Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 32; Código de Derecho Canónico, cc. 204 §
1; 208.
173Cf. Propositio 35.
174Cf. AAS 89 (1997), 706-727. Una consideración análoga se
debe hacer respecto a las Asambleas eparchiales, de las que tratan
los cc. 235-242 del Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales.
175Cf. Propositio 35.
176Cf. Propositio 36.
177Cf. Propositio 39.
178Cf. Propositio 37.
179Cf. ibíd.
180Cf. Romae 1572, p. 52 v.
181N. 11.
182Cf. nn. 16-17: AAS 84 (1992), 681-684.
183Cf. Propositio 40.
184Discurso a un grupo de obispos recientemente nombrados
(23 septiembre 2002), 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española (27 septiembre 2002), p. 5.
185Ep. ad Nepotianum presb., LII, 7: PL 22, 534.
186 Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo
1992), 77: AAS 84 (1992), 795.
187Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Christus Dominus,
sobre la función pastoral de los Obispos, 16.
188Cf. Propositio 40.
189Cf. Propositio 41.
190Cf. ibíd.; Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo
vobis (25 marzo 1992), 60-63: AAS 84 (1992), 762-769.
191Cf. Ibíd., 65: l.c., 771-772.
192Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1051.
193Cf. Propositio 41.
194Cf. Propositio 42.
195Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio
fundamentalis institutionis Diaconorum permanentium (22
febrero 1998): AAS 90 (1998), 843-879; Congregación para el
Clero, Directorium pro ministerio et vita Diaconorum
permanentium (22 febrero 1998): AAS 90 (1998),879-926.
196Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 44.
197Cf. Propositio 43.
198Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 39.
199Cf. Propositiones 45, 46 y 49.
200Cf. Propositio 52.
201Cf. Propositio 51.
202Cf. ibíd.
203Cf. Propositio 53.
204Cf. Propositio 52.
205Cf. Pontifical Romano, Ordenación Episcopal: Examen.
206Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
207Cf. Pablo VI, Discurso en la apertura de la tercera
sesión del Concilio (14 septiembre 1964): AAS 56 (1964),
813; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis
notio (28 mayo 1992), 9. 11-14: AAS 85 (1993), 843-845.
208Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22; Código de Derecho Canónico, cc. 337;
749 § 2; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
cc. 50; 597 § 2.
209Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 23.
210Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, sobre la
función pastoral de los Obispos en la Iglesia, 8.
211Cf. Carta enc. Quadragesimo anno (15 mayo 1931): AAS
23 (1931), 203.
212Cf. Propositio 20.
213Cf. Relatio post disceptationem, 15-16: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española (14 octubre 2001), p 4;
Propositio 20.
214Cf. Código de Derecho Canónico, can. 381 § 1; Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 178.
215Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22; Código de Derecho Canónico, cc. 331;
333; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, cc.
43; 45 § 1.
216Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta
Communionis notio (28 mayo 1992),12: AAS 85 (1993),
845-846.
217Ibíd., 13: l.c., 846.
218Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 27; Decr. Christus Dominus, sobre la
función pastoral de los Obispos en la Iglesia, 8; Código de
Derecho Canónico, c. 381 § 1; Código de los Cánones de las
Iglesias Orientales, c. 178.
219Cf. Código de Derecho Canónico, c. 753; Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, c. 600.
220Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 22; Código de Derecho Canónico, cc. 333 §
1; 336; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
cc. 43; 45 § 1, 49.
221Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 21; Código de Derecho Canónico, c. 375 §
2.
222Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 27; Código de Derecho Canónico, c. 333 § 1;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 45 § 1.
223Pablo VI, Discurso en la apertura de la tercera sesión
del Concilio (14 septiembre 1964): AAS 56 (1964), 813.
224Cf. Sínodo de los Obispos, II Asamblea General Extraordinaria,
Relación final Exeunte coetu (7 diciembre 1985), C. 1:
L'Osservatore Romano (10 dicembre 1985), 7.
225Cf. Código de Derecho Canónico, c. 333 § 2; Código de
los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 45 § 2.
226Cf. Propositio 27.
227Cf. Const. ap. Pastor Bonus (28 junio 1988) art. 31:
AAS 80 (1988), 868; Adnexum I, 6: ibíd.,
916-917; Código de Derecho Canónico, c. 400 § 1; Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 208.
228Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 13.
229Cf.
Const. ap. Pastor Bonus, Adnexum (28 junio 1988) I, 2; I,
5: AAS 80 (1988), 913; 915.
230Cf. S. Ireneo, Contra las herejías, 3, 3, 2: PG 7,
848.
231Cf. S. Ignacio de Antioquía, A los Romanos, 1,1: PG
5, 685.
232Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 13.
233Cf. ibíd., 21-22; Decr. Christus Dominus, sobre
la función pastoral de los Obispos, 4.
234Cf. Propositiones 26 y 27.
235Cf. Código de Derecho Canónico, c. 399; Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, c. 206.
236Cf. Propositio 25.
237Cf. Motu proprio Apostolica sollicitudo (15 septiembre
1965): AAS 57 (1965), 775-780; Conc. Ecum. Vat. II., Decr.
Christus Dominus, sobre la función pastoral de los Obispos, 5.
238Cf. Paolo VI, Motu proprio Apostolica sollicitudo (15
septiembre 1965), II: AAS 57 (1965), 776-777; Alocución
a los Padres sinodales (30 septiembre 1967): AAS 59
(1967), 970- 971.
239Cf. Propositio 25.
240Cf. Código de Derecho Canónico, c. 333 § 2; Código de
los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 45 § 2.
241C. 343.
242Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 44:
AAS 93 (2001), 298.
243Propositio 31; cf. Motu proprio Apostolos suos
(21 mayo 1998), 13: AAS 90 (1998), 650-651.
244Cf. Decr. Christus Dominus, sobre la función pastoral de
los Obispos, 6.
245Cf. Propositio 32.
246Cf. Propositio 33.
247Cf. Propositio 21.
248Cf. Propositio 22.
249Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23;
Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias
orientales católicas, 11.
250Cf. Const. ap. Sacri canones (18 octubre 1990): AAS
82 (1990) 1037.
251Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias
orientales católicas, 11.
252Cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
cc. 76; 77.
253Cf. Canones Apostolorum, VIII, 47, 34: ed. F.X. Funk, I,
572-574.
254Cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
cc. 110 § 3; 149.
255Cf. ibid., cc. 110 § 1; 150 §§ 2,3.
256Cf. ibid., cc. 110 § 2; 1062.
257Cf. ibid., cc. 140-143.
258Cf. Propositio 28; Código de Derecho Canónico, c.
437 § 1; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
c. 156 § 1.
259Decr. Christus Dominus, sobre la función pastoral de los
Obispos, 36.
260Cf. Código de Derecho Canónico, cc. 441; 443.
261Cf. AAS 90 (1998), 641-658.
262C. 322.
263Cf. Propositiones 29 y 30.
264Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998), 6: AAS
90 (1998), 645-646.
265Cf. Código de Derecho Canónico, c. 450.
266Cf. Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998), 10.12:
AAS 90 (1998), 648-650.
267Cf. ibíd., nn. 12; 13; 19: l.c., 649-651.653-654;
Código de Derecho Canónico, cc. 381 § 1; 447; 455 § 1.
268Motu proprio Apostolos suos (21 mayo 1998), 18: AAS
90 (1998), 653.
269Ibíd.
270Cf. Propositio 25.
271Cf. Código de Derecho Canónico, c. 459 § 1.
272Cf. Propositio 30.
273Cf. Propositio 60.
274Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 38.
275Cf. Propositio 63.
276Cf. Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990),
11: AAS 83 (1991), 259-260.
277Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 6.
278Cf. ibíd., 1.
279Cf. Propositiones 54-55.
280Sínodo de los Obispos, X Asamblea General Ordinaria, Mensaje
(25 octubre 2001), 10-11: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española (2 noviembre 2001), p. 9.
281Cf. Propositio 55.
282Cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz 2002 (8
diciembre 2001), 8: AAS 94 (2002), 137.
283Cf. Propositiones 61 y 62.
284Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus
(6 agosto 2000), 22: AAS 92 (2000), 763.
285N. 1.
286Cf. Propositio 56.
287Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22 enero
1999), 55: AAS 91 (1999), 790-791.
288Cf. Propositio 56.
289Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990 (8
diciembre 1989), 7: AAS 82 (1990), 150.
290 Cf. Propositio 57.
291Sínodo de los Obispos, X Asamblea General Ordinaria, Mensaje
(25 octubre 2001), 12: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española (2 noviembre 2001), p. 9.
292Cf. Propositio 58.
293Cf. Propositio 23.
294Cf. Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 50:
AAS 93 (2001), 303.
295Cf. ibíd.
296Carta enc. Dominum et Vivificantem (18 mayo 1986), 67:
AAS 78 (1986), 898.
297Cf. Tertuliano, Apologeticum, 39, 9: CCL 1, 151.
298Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 43:
AAS 93 (2001), 296.
299Ibíd.
300Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 21.
301Ibíd., 68.
Envía esta noticia a un amigo
|