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“Como un verdadero hombre de Eucaristía”

¡Mi alma glorifica al Señor!

En esta catedral dedicada a Santa María, los saludo como el obispo “más nuevo” de toda la Iglesia Católica. Doy gracias a cada uno de ustedes por estar aquí, y también a quienes nos acompañan gracias a Radio Peace y Radio Paz, y a los demás servicios informativos.

Así es la gratitud reverente que siento, primero, hacia mi amada Santísima Trinidad, fuente y suma de todas las gracias; hacia la Iglesia que amo; hacia Su Santidad Juan Pablo II, por su confianza al otorgarme el servicio apostólico; hacia el Arzobispo de Miami, John Clement Favalora, por hacer de esta ordenación un evento tan personal y feliz, pleno de hospitalidad cristiana; hacia los obispos de la Florida, que me han recibido con los brazos abiertos, y especialmente hacia aquellos obispos que, respondiendo a la invitación del Arzobispo, hicieron una pausa en su retiro anual de Palm Beach para unirse a nosotros, manifestando su afectuosa colegialidad mediante la imposición de manos. Hermanos obispos, presentes aquí hoy: Paz.

A tantos de ustedes, que han recorrido largas distancias para estar presentes; a todos ustedes: gracias mil.

Gracias, P. Terence Hogan, coordinador del comité organizador de la ordenación; a usted y a todos los que colaboraron recorriendo largas distancias –mucho más largas aún en Miami– para preparar este evento en menos de cuatro semanas de trabajo, en plenas Navidades y en temporada festiva. Que Dios se lo pague… y se lo pague con creces.

 

Gratitud a la Arquidiócesis de Miami

La iglesia local de Miami se ha destacado en la atención pastoral a los refugiados, a los exiliados políticos y a los inmigrantes. Yo soy un símbolo de esta historia, reiterada con frecuencia. Hace 43 años, Caridades Católicas me acogió cuando era un adolescente que acababa de llegar, solo, al Aeropuerto de Miami, y me ofreció albergue, enseñanza y seguridad. También hizo posible la reunificación de mi familia en menos de un año en Ft. Wayne, Indiana. Me tomó muchos años darme cuenta del heroico sacrificio y del arrojo de todos los que participaron en aquella amplia red nacional e internacional por amor a la libertad. Tengo la fortuna de que esta familia esté aquí unida hoy, habiendo venido desde muchos estados a esta ciudad, la primera que nos dio la bienvenida. 

 

A la Iglesia en Cuba y en la diáspora

Esta tarde siento la cercanía de mis tantos familiares, amigos y comunidades de fe en mi país de origen, Cuba, que tendrán la oportunidad de oír estas palabras. Cuánto le gustaba al Venerable Padre Felix Varela, el poema de Pastor Fido: …Die natura al nascimento umano, verso el caro paese ováltri e nato ..un no so che di inteso affeto, che sempre vive et non invecchia mai. “Siente uno por la tierra en que uno nace, un afecto intenso que siempre perdura y no envejece nunca” (Introducción a El Habanero). Cuánto le debo al testimonio y a las enseñanzas de un padre-obispo modelo, Mons. Agustín Román, por transmitirnos esta fidelidad a las raíces enlazadas en la historia de la fe. ¿Cómo podré olvidar el legado de Mons. Boza Mazvidal o el testimonio de Mirta Montero?

Hoy me es tan grato celebrar el hecho tan especial que sea el Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Pedro Meurice Estiú, quien acompañe al Obispo de Phoenix, Arizona, mi amigo entrañable, Mons. Thomas J.  Olmsted, en la antiquísima costumbre  de servir como consagradores. Esta sede de Santiago de Cuba, a la que esta tierra de la Florida le reconoce juridiscción y coordinación de siglos de evangelizacion, de martirio y de inmensos logros pastorales. Saludo también a los otros prelados cubanos, sacerdotes, religiosos y laicos que nos honran con su presencia de comunión y de afecto. Pido a mi  Señor, que no olvidemos el mensaje de Juan Pablo II: que seamos firmes en la esperanza. El sol sale también para nuestra amada Patria, a cuya nación le deseamos tiempos más justos, más libres, con todos y para el bien de todos, especialmente para los más sufridos.

 

A la juventud comprometida

Finalmente, mi corazón se vuelve hacia todos los seminaristas, hacia todos los jóvenes y adultos jóvenes –hombres y mujeres– que han escogido una vida de servicio total en la Iglesia. Quiero saludarlos hoy muy especialmente. Tengo una gran esperanza en su disposición para discernir el llamado del Señor. Busquen con sincera voluntad el camino de la santidad, una vida intachable en el privilegio de servir al pueblo de Dios. Como señala Nuestro Santo Padre, la búsqueda de la santidad es la más importante de las prioridades pastorales en el ministerio.

Los tiempos son difíciles. Ciertamente, voy a necesitar la fortaleza conferida por las Sagradas Órdenes que acabo de recibir en esta hermosa y sagrada consagración. Ciertamente, voy a necesitar sus frecuentes oraciones, su apoyo fraternal, para amar al rebaño plenamente, con fe absoluta hasta el final, a la manera del Buen Pastor, que da la vida por sus amigos, como un verdadero hombre de Eucaristía.

Santa María, Madre de Dios, protege a tu santo pueblo en sus primeros pasos en el camino de este nuevo año.

Mons. Felipe de Jesús Estévez
7 de enero de 2004
Catedral St. Mary, Miami, Florida