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Por el camino
de Jesús con María
“Cristo, Jesús, fuego que abrasa, que las tinieblas en mí no
tengan voz. Cristo, Jesús, visita mis sombras y que en mí sólo
hable tu amor.
(Canto de Taizé)
Hay dos escenas de La Pasión del Cristo, de Mel Gibson,
que me han acompañado toda la Cuaresma; primero me impresionaron
mucho y después me di cuenta de que esos pasajes en la vida de
Cristo reclamaban tiempo de reflexión y oración. Una es la
agonía en el Jardín de Getsemaní y la otra es el camino hacia la
crucifixión. En ambas escenas aparece la figura seductora de
Satanás.
En Getsemaní Jesús tiene miedo; sabe el horror que le espera.
Les ha pedido a sus discípulos que vigilen y oren en esa hora
decisiva, pero lo dejan solo. A este Jesús, verdadero hombre, le
acosa la duda; ¿podrá él cargar sobre sus hombros todo el pecado
del mundo? ¿Remidir a toda la humanidad? ¿Por qué él? “¿Quién es
tu Padre?”, le pregunta Satanás, que lo tienta probando su fe.
La escena de los latigazos es a su cuerpo, lo que la agonía en
el huerto a su espíritu. Jesús tiembla, ruega, se lamenta; es
tal su sufrimiento que suda sangre, mientras Satanás se le va
acercando, ya en forma de serpiente, creyéndolo rendido. Y
entonces llega el momento cumbre, en que el rostro de Jesús se
ilumina con una gran paz al conocer y aceptar la voluntad de su
Padre. Se ha acabado la lucha interior, la duda, el tormento.
Cristo aplasta a la serpiente.
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La Pasión del Cristo, Icon Films |
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Nos vienen a la mente otro jardín y otra serpiente. Éste es el
nuevo Adán, que destruye el pecado y la muerte. Éste es el nuevo
Adán de cuyo costado brotará sangre y agua –la Eucaristía y el
Bautismo– que, como nueva Eva, será la Iglesia.
Las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y
de la muerte parecen contradecir la Buena Nueva; pueden
estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.
Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe:
Abraham, que creyó, “esperando contra toda esperanza” (Rm 4,
18); la Virgen María que, en “la peregrinación de la fe”, llegó
hasta la “noche de la fe” participando en el sufrimiento de su
Hijo y en la noche de su sepulcro. (Juan Pablo II,
Redemptoris Mater, 18).
La segunda escena de mi meditación de este tiempo es la Vía
Dolorosa. ¡Cómo me ha ayudado ver a la Virgen acompañar a su
Hijo en todo momento, su mirada y su corazón traspasado fijos en
él. Ella es quien le da la fuerza para seguir cargando su cruz
hasta el final. La agonía física de Jesús y la desolación de la
Virgen María nos estremecen en lo más hondo. Padeciendo el
sufrimiento mayor que se pueda soportar, María comprende la
divinidad de Cristo y acepta verlo sufrir. Ella sólo quiere
acercarse a él, estar a su lado, pero la turba, por donde se
pasea Satanás, se lo impide. Cuando por fin logra llegar a él,
aplastado en el suelo por el peso de la cruz, es Jesús entonces
quien le da la fuerza: “¿Ves, Madre? Hago todas las cosas nuevas”,
le dice el Hijo amado.
¿Qué nos enseña esta inolvidable escena? Debemos examinar la
cuestión del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en
el que es su único Vencedor, Cristo Jesús. Es, más que un error,
una peligrosa tentación fijar nuestra mirada en el mal.
“Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque
de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por
causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase
de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será
grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben
que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de
ustedes.
(Mateo 5, 10-12).
Stabat Mater Dolorosa.
Al final somos testigos de esa poderosa imagen que trasciende
todo lenguaje: María con su Hijo muerto en los brazos nos mira a
nosotros, los espectadores.
Y llenándonos de fuerza, nos enseña qué hacer.
damador@miamiarch.org
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