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Abstinencia o
protección
Recientemente, un estudio presentado en la Conferencia Nacional
para la Prevención de Enfermedades Venéreas demostró que la
incidencia de estas enfermedades en los jóvenes que han hecho
una promesa de castidad, es casi igual que entre los jóvenes
que no han hecho tal compromiso. Esto ha dado pie para que los
defensores de la educación sexual enfocada a enseñar a los
jóvenes cómo protegerse al sostener relaciones sexuales,
confirmen su posición contra los que apoyan una educación para
la abstinencia.
Los autores del estudio –Peter Bearman, de Columbia University,
y Hannah Brucker, de Yale– entrevistaron hace seis años a 12,000
jóvenes entre las edades de 12 y18 años, y ahora los volvieron a
contactar como adultos. En aquel entonces comenzaban a
implementarse programas sobre la abstinencia en las escuelas y,
sobre todo, en las iglesias, entre ellos el que adoptó la
Iglesia Católica: “El Verdadero Amor Espera.” Como parte de los
programas de abstinencia, los jóvenes firmaban una promesa de
castidad o de reservar las relaciones sexuales para el
matrimonio. Evidentemente no todos guardaron su promesa. Pero, ¿qué
conclusiones podemos extraer de este hecho?
Primero que todo, hay que reconocer el logro de que –según el
estudio– al menos 12% de los que se comprometieron a guardar la
castidad, fueron fieles. Solamente el 1% de los que no hicieron
tal compromiso fueron capaces de esperar al matrimonio. En
segundo lugar, el estudio nos muestra que los programas de
educación para la abstinencia no se pueden reducir a una
conferencia de un día, o a un fin de semana que concluya con la
firma del compromiso. El ambiente en que se mueven los jóvenes,
los medios de comunicación, los modelos familiares, les
bombardean con mensajes contrarios. Por tanto, si no se rodean
de amigos que compartan esos mismos valores, si no viven ese
compromiso dentro de una comunidad que les apoye, si no
encuentran medios de reafirmar y alimentar la fe que fundamenta
esos valores morales, difícilmente llegarán a su meta.
Concluir que la única manera de que nuestros jóvenes prevengan
enfermedades es enseñarles cómo protegerse en las relaciones
sexuales, es una triste conclusión que les oculta que, en
realidad, esa protección frecuentemente no funciona y les da una
falsa seguridad. Pero, sobre todo, esconde una comprensión de la
persona humana que se acerca más a la de un animal incontrolable,
que al ser humano, creado libre y racional por Dios.
En la raíz de esta postura está la confusión entre la felicidad
y el placer, el amor y el sexo. El ser humano ha sido creado
para la felicidad. La felicidad es la satisfacción profunda y
duradera de quien se siente realizado en su proyecto
fundamental. Esto incluye poder disfrutar de las cosas y la vida,
pero no se reduce a ello. Cuando se confunde felicidad y placer,
se deja de buscar la felicidad o por lo menos de buscarla donde
se encuentra, y se buscan fugaces gratificaciones que siempre
dejan insatisfacción. El ansia de disfrute, de diversión y
placer que vemos en nuestra sociedad, es un reflejo del vacío
que inútilmente tratamos de llenar. Igual de peligrosa es la
confusión entre amor y sexo.
El ser humano ha sido creado para el amor. El deseo de ser
amados explica por qué muchos jóvenes se involucran sexualmente,
al no saber distinguir sus verdaderas necesidades. Lo peor es
que tampoco encontrarán por ahí lo que sus corazones anhelan.
Posponer la actividad sexual para el matrimonio les permite
ejercitarse en el amor. El amor es lo que requiere práctica y
aprendizaje y también lo que aporta, realmente, la plenitud. Los
ejemplos nos tendrían que convencer: las personas que viven en
la entrega y el amor, como Teresa de Calcuta, irradian paz y
alegría; sin embargo, es patente la tristeza y el vacío de los
que viven sumidos en la promiscuidad sexual.
La educación para la abstinencia debe ir acompañada de una
verdadera denuncia de las grandes mentiras que fundamentan la
filosofía de la vida que se respira en nuestra sociedad, y de
una clarificación de estos conceptos. Hemos de educar para la
felicidad y para el amor, y enseñar a los jóvenes dónde y cómo
encontrarlos. Sospecho que el fracaso de los programas de
abstinencia ha estado en tratar de enseñarles simplemente a
“decir no.” Rechazo la opción de una educación sexual que admite
la victoria del poder del mal sobre las personas porque cree que
es imposible que los jóvenes tengan control de sí mismos.Yo sigo
creyendo, con la Iglesia, en la juventud y en su capacidad de
vivir según los valores de Jesús.
ondina@claretiansisters.org
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