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¡Ha resucitado!
Mel Gibson, al final de su filme La Pasión del Cristo,
nos deja entrever la Resurrección del Señor a través de la
imagen de los lienzos del sudario, plegados y vacíos del cuerpo
que habían envuelto. Esta breve secuencia cinematográfica parece
participar de la misma limitación que experimentaron los autores
de los relatos evangélicos, que quisieron explicar y expresar
fielmente algo que sobrepasa la limitada comprensión humana.
Para la comunidad apostólica, la experiencia de la Resurrección
del Señor fue el detonante que transformó la orientación de
todas sus vidas. Testigos de este misterio, nos lo quisieron
decir en el lenguaje del testimonio y de la fe. Una fe que da
fuerzas para vivir humanamente, plenos de verdad y de alegría.
Una fe que nos aparta del mundo en que el Señor Resucitado nos
envía a ser sus testigos. Para los evangelistas, la Resurrección
es un hecho único, original, sin antecedentes, porque es la más
importante y decisiva acción de Dios en la historia humana. En
el antiguo y nuevo Testamento se nos cuentan las historias de
muchos muertos que volvieron a la vida. Eliseo “resucita” al
hijo de la sunamita; Lázaro o el joven Naím regresan, por la
palabra de Jesús, a la vida biológica anterior a su muerte; en
la Resurrección de Cristo no ha sucedido, como en estos casos,
la reanimación de un cadáver, sino la completa y absoluta
transformación de todas sus posibilidades, en la que ha pasado a
una nueva y definitiva forma de existir y de ser, una nueva
forma de vivir donde son superadas todas las fronteras del
tiempo y del espacio, en la que se adelanta a una persona la
resurrección que se anuncia a los discípulos al final de los
tiempos.
Cuando los escritores sagrados intentan narrar este
acontecimiento límite de la historia y del obrar de Dios, se ven
impelidos a emplear un lenguaje indirecto, alegórico, lleno de
semejanzas y con la voluntad de expresar lo que humanamente era
imposible de describir. Al narrar no intentarán dar a conocer
cómo ocurrió la Resurrección, sino sobre todo dejarnos entrever
lo que significó para ellos aquella increíble experiencia.
El día primero de una nueva creación
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“Este es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en
recuerdo mío” (Lc. 22,19).
La Pasión del Cristo,
Icon Films |
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No es una tumba vacía la que fundamenta la fe en la Resurrección,
sino que esta tumba es más bien su signo. Mateo nos cuenta que
ha pasado el sábado cuando las mujeres se encaminan al sepulcro.
Piadosas observantes de la Ley judía, han esperado a ver en el
cielo la tímida estrella que indica el comienzo del primer día
de la semana. Concluye el Sábado, el día de reposo que el Señor
mandó santificar y hacer recuerdo, memoria, de los grandes
acontecimientos pascuales, para traer al corazón y a la mente la
vocación de Israel a la libertad y a la vida. Unas pocas mujeres
se encaminan al sepulcro en plena oscuridad de la noche; todo
huele a comienzo y hay un ambiente que trae a la mente el relato
del Génesis, cuando las tinieblas dejaron paso a la luz
provocada por la Palabra. Mateo indica que la acción sucede el
primer día de la semana, para dar la medida de un tiempo nuevo:
el día primero de una nueva creación y de una alianza nueva. Ha
pasado el Sábado con todo lo que significaba y representaba,
porque ha llegado finalmente a su cumplimiento. En la noche
cerrada, y con el corazón lleno de dolor, las mujeres van
recordando las largas noches de tinieblas con que el Señor
enmarcó los grandes momentos de la historia de la salvación: la
noche de la promesa, cuando Dios retó a Abram para que contara
su descendencia en las estrellas, la noche terrible cuando el
patriarca subió al monte para ofrecer la vida de Isaac, la noche
en que desde la libertad del amanecer Moisés vio a los enemigos
de su pueblo ahogados en la orilla del mar de las cañas. Sin
saberlo, “María Magdalena y la otra María” se acercan y asisten
al acontecimiento más grande de la historia humana. Cuando aún
reinaba la oscuridad se han puesto en camino hacia la gran
manifestación del poder de Dios, realización de todas las
esperanzas de su pueblo y de toda la humanidad, que espera día a
día el triunfo de la luz sobre las tinieblas. Valientemente
solas se encaminan al sepulcro. A pesar de las pretensiones de
los jefes religiosos, Jesús no tuvo el destino de los malditos
condenados a no tener sepultura, sino que su muerte fue la del
“Siervo de Yahvé” que tuvo su tumba entre los ricos, una tumba
excavada en la piedra sólida y cerrada con una pesada roca.
Un ángel resplandeciente
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“Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por
ustedes” (Lc. 22, 20).
La Pasión del Cristo,
Icon Films |
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Como una trompeta, un terremoto parece evocar la experiencia del
Sinaí. Como un relámpago, la visión de un ángel resplandeciente
ha removido la pesada losa para sentarse vencedor sobre ella.
Junto a la tumba, signo del lugar donde dominaba la muerte, sólo
Dios puede hacer un anuncio de resurrección y vida. Mucho más
allá de la realidad histórica, al decir que el ángel del Señor
removió la piedra y se sentó sobre ella, Mateo está evocando la
imagen del rey victorioso del Oriente antiguo, donde el signo
del triunfo real era su efigie sentada sobre los enemigos o las
ciudades vencidas. Como la puerta que separaba el mundo de los
vivos del de los muertos, la piedra, símbolo de la muerte, ha
sido derribada como signo de la victoria de Cristo sobre ella.
Ya no hay que buscar al cadáver del crucificado, sino que
debemos salir de prisa a anunciar que está vivo y nos precede en
el camino. De prisa, porque la celeridad es un signo de la fe
del que ha descubierto a Cristo y no puede guardar para sí la
noticia, sino que sale corriendo a llevar esta alegría a todos
los que están encerrados por sus dudas y temores.
Con la Resurrección de Jesús comenzó ya el fin del mundo, donde
todo lo viejo puede convertirse en nuevo si se deja tocar por el
Resucitado, porque Él es la total realización de todas y cada
una de las posibilidades que Dios puso en el interior de la
existencia humana.
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