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San Celestino V,
el Papa Angélico
Un ermitaño que renunció a la sede de Pedro
El ascenso al monte Murrone se ha hecho áspero y fatigoso para
aquel solemne grupo de clérigos y cardenales, poco habituados a
estos inhóspitos y solitarios parajes.
La encomienda que los lleva cuesta arriba, por aquel sendero de
cabras, no les permite tomar respiro, ni sentarse a disfrutar el
frescor de la mañana, y mucho menos apreciar el espléndido
paisaje de los Abruzos, que se abre suavemente al cálido sol del
Mar Mediterráneo.
Han pasado dos años de la muerte de Nicolás II y la sede de
Pedro sigue vacante. Roma vive momentos de convulsión e
inseguridad, cubierta de sangre por las reyertas entre los
Orsini y los Colonna, y el sacro colegio se ha reunido
finalmente en el palacio del Obispo de Perugia para elegir al
nuevo papa. Todos los candidatos propuestos fueron objetados por
cada uno de los 11 purpurados que forman el cónclave, hasta que,
por decisión unánime, deciden elegir a un monje, al ermitaño
Pietro de Murrone, cuya fama de santidad y de obrar milagros era
conocida por todos en Italia: se necesitaba un papa santo, un
papa “angélico” que desde la luz de su estilo de vida pudiese
renovar a la Iglesia con la fuerza de su ejemplo.
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Celestino V, llamado “el Papa
Angélico”, que abdicó a la sede pontificia cuando comprendió
que la piedad y la buena voluntad no bastan para gobernar la
Iglesia. |
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El entramado de influencias y luchas políticas había demorado
durante 27 meses la elección del sucesor de Pedro, pero
finalmente la cristiandad tendría papa, y papa santo, porque los
señores cardenales han elegido como soberano pontífice a un
pobrísimo y sencillo monje con reconocida fama de santidad.
Pero no será fácil dar con él. Pedro de Murrone vive casi
extraviado en aquellas montañas en donde, en total austeridad,
conviven pequeños grupos de ermitaños, discípulos y seguidores
suyos. Ha fundado más de 14 cenobios empinados en aislados
vericuetos entre cimas y cuevas, donde los monjes viven alejados
de los caminos, en soledad, penitencia y oración.
Soledad y silencio que cada vez se hacen más difíciles de
conservar, porque la fama de santidad del ermitaño de Murrone
atrae a peregrinos de todas partes, que vienen en busca de
consejo, instrucción y consuelo; quieren oír sus palabras, sanar
su alma y aprender a llevar una vida semejante a la de él. Son
tantos que llegarán a formar una nueva familia religiosa, los “celestinos”,
cuyas comunidades extendidas por los más recónditos lugares de
los Abruzos, recibirían en 1274 la aprobación del Papa Gregorio
XI, como familia de vida contemplativa.
El sosiego de su mínima celda se rompe cuando Pedro contempla,
entre confuso y temeroso, al cardenal que se inclina con humilde
reverencia ante él.
La propuesta que escucha lo llena de un paralizante temor:
“¿Aceptas ser el sucesor de Pedro, la Cabeza visible de la
Iglesia, el Patriarca de Occidente y Obispo de Roma?”
El viejo ermitaño se echa a llorar y se desmaya del susto. Ya ha
cumplido 80 años y la mayor parte de su vida la ha pasado
alejado totalmente del mundo, y no les será fácil a los
eminentes cardenales convencerlo. El obispo de Lyon sólo pudo
conseguir su aceptación cuando afirmó con todo el peso de su
convicción, que negarse a ser coronado como sumo pontífice de la
Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, sería cometer
un gravísimo pecado de horribles consecuencias para toda la
cristiandad.
Entre lágrimas y sollozos, a Pedro de Murrone no le queda otro
remedio que aceptar tan grave responsabilidad; será papa y
reinará como Celestino V.
Al estilo de San Francisco
El 29 de agosto llega a Aquila: allí quiere ser coronado a la
vista de sus queridos montes.
Entra cabalgando en un manso borrico, sumido en una profunda e
intensa oración que conmueve a la muchedumbre.
Más de 200,000 personas se han agolpado a lo largo del camino
que lleva a la catedral, y el cortejo avanza con lenta
dificultad.
Carlos de Anjou, rey de Nápoles, y su hijo Carlos Martel, rey de
Hungría, llevan devotamente las riendas de la cabalgadura del
santo recién elegido papa y del que todos quieren recibir la
bendición. El pueblo ha alfombrado el camino de mantos y capas
que se convierten en reliquia al paso de la cabalgadura papal.
Mucho influía en aquel delirante entusiasmo que gran parte de
los presentes creían ver realizadas en ese momento las profecías
del abad Joaquín de Fiore, un hombre santo fallecido a
principios del siglo XIII, y que anunció una tercera edad del
mundo, el Reino total de Jesucristo, iniciada por un papa
angélico, sencillo y pobre al estilo de Francisco de Asís.
Como Celestino V no quiere ir a Roma, el Rey Carlos de Anjou lo
convence fácilmente de trasladar su residencia a Nápoles. Allí,
en medio del palacio apostólico, se hizo construir una celda de
monje, para poder retirarse tranquilamente a la oración. En
aquella pobre celda pasará muchas horas en meditación y silencio,
que sólo interrumpirá para bendecir a las multitudes que
constantemente se agolpan frente al balcón principal del palacio.
Cuando la piedad no basta
La Iglesia tenía un papa santo, pero no tenía nadie que
atendiera los asuntos urgentes e importantes que se acumulaban
en las oficinas papales.
Aquel tosco hombre de las montañas se da cuenta de su
inhabilidad para entender las intrigas de los diplomáticos y de
los políticos que vienen a plantearle sus problemas y a pedirle
favores. Los sencillos monjes celestinos y los franciscanos
llamados “espirituales” que conforman el séquito del papa
anacoreta, no son los más adecuados consejeros que Celestino
necesita, y cada vez se siente más confundido e incapaz de
entender y atender los muchos y complicados asuntos en los que
debe dar su parecer. Desconoce las leyes y no sabe nada de
derecho canónico; apenas entiende un poco del latín en el que se
redactan todos los documentos eclesiásticos, y no está seguro de
lo que sancionan los decretos que él debe firmar con su sagrada
autoridad.
Por creer demasiado en la bondad y buena intención de todos los
que lo rodean, deja que éstos se aprovechen de su “simple”
inocencia. Hasta llega a nombrar a tres personas diferentes para
un mismo cargo, y cuando el Rey Carlos lo sugiere, crea de un
golpe 12 nuevos cardenales; siete de ellos franceses, algunos de
los cuales son parientes y amigos del monarca, y otros, monjes
de su propia congregación.
Pronto comprende Celestino V que la piedad y la buena voluntad
no bastan para gobernar a la Iglesia de Cristo, y decide
prudentemente consultar el parecer de los expertos.
Llama al Cardenal Benedicto Caetani, un jurista, el más
reconocido conocedor del derecho de la Iglesia, quien busca los
argumentos legales y redacta la bula de dimisión que el papa
firmará.
El 13 de diciembre de 1294, apenas a cinco meses de su elección,
Celestino V convoca al colegio de cardenales y al pueblo.
Lentamente, y con convicción, “el Papa Angélico” da lectura al
Breve pontificio que contiene su renuncia, y uno a uno se
despoja de todos los ornamentos, vestiduras y símbolos
pontificales.
En busca de la paz
Vestido nuevamente con su simple sayal de monje, se sentó en
medio de su pueblo y, poco después, partió de regreso a su
querido lugar en las montañas.
Sin embargo, poco le duró la paz. Su sucesor, Bonifacio VIII lo
llamó de regreso a Roma, para que calmara los ánimos de un grupo
fuerte y poderoso que no reconocía su renuncia y quería la
vuelta de Celestino al trono de Pedro.
El viejo ermitaño decidió alejarse lo más posible de todo aquel
enredo y marchó lejos, a Dalmacia. Pero la situación con los
partidarios del papa dimitente fue tal, que Bonifacio VIII
decidió hacerlo traer para recluirlo en el castillo de Monte
Fumone, en Agnani, donde Pedro Celestino permaneció hasta su
muerte, en mayo de 1296.
Cuando sus visitantes se quejaban de verlo encerrado, les decía:
“Yo siempre deseé tener una celda llena de silencio y de
apartamiento de todo para poder dedicarme a la oración y a la
meditación. Y esa celda me la han dado aquí. ¿Qué más puedo
pedir?”
Celestino V, el papa santo que renunció, fue canonizado por
Clemente V en 1313 y, en contraste con la pobreza con que vivió,
se le erigió un magnífico sepulcro en la Iglesia de Santa María
di Collemaggio, en Aquila.
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