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Pluralismo religioso e increencia en la Cuba republicana

Énfasis en el tema “Iglesia Católica y sociedad”

Mons. Carlos Manuel de Céspedes

Texto preparado para diversos encuentros a lo largo del año 2002, centenario de la instauración de la República en Cuba. El punto de partida inmediato es una exposición e intercambio subsiguiente sobre la presencia de lo religioso plural y de la increencia – con un énfasis en el tema “Iglesia Católica y Sociedad” - que tuvo lugar en una sesión del Instituto de Estudios Cubanos, Miami, 10 a 12 de Enero de 2002. Después, con variantes no sustanciales, dependientes del lugar, he leído este texto en el encuentro de Historia de la Iglesia en Camagüey, en un seminario en la Universidad Notre Dame (Indiana), en el Curso de Laicos de Pinar del Río, en el marco de una serie de encuentros organizados por la Comisión Diocesana de Cultura de Guantánamo y en el Curso de Verano de la Universidad Complutense (El Escorial).Trato de integrar en este texto algunas elaboraciones, ya más remotas en el tiempo, sobre ambas cuestiones, o sea: tanto sobre algunos aspectos de la presencia del pluralismo religioso en la Cuba republicana, cuanto sobre lo que considero un énfasis necesario, o sea, el tema “Iglesia Católica y sociedad” en la República. No se trata, en esta segunda referencia, de una mirada exclusivizante, sino de una apetencia de intelección objetiva de lo religioso y de la increencia en Cuba.

INTRODUCCIÓN GENERAL CON PARÁBOLAS COMO PÓRTICO.

-Los árboles nacionales de Cuba son la palma real y la ceiba. La primera es sumamente erguida. Los huracanes le arrancan las hojas o “pencas” con facilidad, pero difícilmente la quiebran. Sin embargo, si le cae un rayo, se seca irremisiblemente. La ceiba no es tan alta como la palma, pero es sumamente robusta. Los santeros la consideran un árbol sagrado y resulta difícil encontrar un leñador que se atreva a cortarla. Cuando le cae carcoma, el tronco es corroído en su interior pero no se percibe la enfermedad hasta que ya es demasiado tarde; entonces se seca y se desploma.

{-El corcho siempre sale a flote. En la década de los años veinte, el historiador y tantas otras cosas más Ramiro Guerra, llamó a Cuba “Isla de corcho”. La expresión tuvo fortuna y la seguimos llamando así.

-La ciguaraya es un árbol con muchas propiedades curativas. Lo que no cura su raíz, lo curan sus hojas, su flores o sus frutos. Además tiene la peculiaridad de ser sumamente flexible. Cuando los huracanes arrasan los bosques, quebrando los troncos de los árboles más robustos, las ciguarayas del lugar se doblan hasta el suelo, se recuestan sobre la tierra y, pasada la tormenta, se enderezan incólumes. Los santeros o creyentes sincréticos -interpretan esta flexibilidad de la ciguaraya en las grandes ventoleras como un beso a la madre tierra para que les conserve la vida. Los “santeros” consideran a la ciguaraya, también, como un árbol sagrado. No se puede tumbar si no median causas muy graves y siempre después de rezos y ceremonias de las que se pueda inferir que el permiso de los orishas ha sido otorgado. A Cuba la llaman también “El País de la ciguaraya”.

-El caimito, verde o morado, de fruto delicioso, y la umbrosa y ornamental yagruma, abundan en nuestros campos. En ambos árboles, varía el color del anverso y del reverso de sus hojas. En Cuba, a los simuladores, a los hipócritas y también a los volubles, se les suele decir que son como “hojas de caimito” u “hojas de yagruma”. Abundan esos árboles y esas personas.

-La masa carnosa del fruto del caimito tiene consistencia gelatinosa y, para algunos paladares, excesivamente dulce. Cuando está muy maduro es casi una baba y llega a empalagar. En Cuba, a las personas excesivamente adulonas o exageradas en materia de afectos, se les suele llamar babosos y empalagosos.

-La jutía es un mamífero roedor más bien feo y huidizo, pero tiene la gracia de los ratones. A los cobardes en Cuba se les llama “jutías”. Me parece que se trata de una comparación injusta. La jutía no es cobarde, es astuta y escapa y se esconde y deja de circular por los caminos del monte cuando se siente perseguida por quien puede dominarla, por quien es más fuerte que ella. Pero como su carne resulta sabrosa, los animales más grandes, incluyendo a los racionales, se empeñan en engañarlas, les dan caza y, como son frágiles, logran frecuentemente atraparlas. Si se trata de animales racionales, o sea, de personas, las guisan exquisitamente. ¡Pobres jutías de mi tierra: tan fácilmente terminan en las ollas! ¡Pobres los cubanos que se les asemejan: no tanto por ser cobardes, cuanto por ser frágiles, también terminan en las ollas de los más poderosos!

1.-En el ámbito de este texto es imposible incluir la referencia detallada a todos los hechos menudos relacionados con el tema. Mencionaré algunos que considero imprescindibles y que, quizás, no sean muy conocidos, pero prefiero detenerme solamente en las líneas generales de los diversos períodos y situaciones referidos, con el énfasis en los hechos y las líneas generales de los períodos más distantes en el tiempo. En primer lugar, porque supongo sean menos conocidos; en segundo lugar, porque son más “historia”. Los períodos más recientes son mejor conocidos y se prestan menos para hacer historia. El género científico-literario “historia” requiere un cierto distanciamiento, un reposo en el juicio que resulta muy difícil de alcanzar cuando quien escribe es testigo y participante. Al que se ha batido en el ruedo con los toros le resulta más fácil la crónica que la historia. Por otra parte, reconozco de entrada que mi interpretación de dichos períodos y situaciones no es compartida por todos los analistas. Además, me parece que no deberíamos hablar ni del pluralismo religioso, ni de la increencia, ni de la Iglesia Católica, en particular, o sea, como realidades aisladas. Para aproximarnos a la cuestión religiosa en Cuba – y en casi todas partes – es necesario interrelacionar. Además, si queremos ceñirnos a los cien años de régimen republicano, no podemos hacerlo si no desempolvamos algunos recuerdos de los antecedentes con relación a la cuestión religiosa, o sea, cómo era o estaba dicha cuestión en Cuba, el 20 de Mayo de 1902. Dudo, en este caso, cuál es el verbo castellano más correcto, si “ser” o si “estar”, para referirme al estreno republicano de la religiosidad plural y de la irreligiosidad en esta Isla de corcho, en la que casi todo, también la Iglesia Católica, participa en mayor o menor grado de una de la cualidades del corcho: la de hundirse y desaparecer temporalmente, para siempre salir a flote, aunque las aguas sean frecuentemente más procelosas de la cuenta y parecería que degluten definitivamente lo que navega en ellas. Pero esto, la ingestión definitiva, no suele ocurrir: después del paso de la ola más impresionante, en un rinconcito imprevisto del mar, reaparece, saltarín y entre blancas espumas, el objeto sólo temporalmente deglutido, dispuesto a continuar su carrera marina. No reaparece él solo; reaparecen también los otros objetos que ya creíamos fagocitados por los monstruos que habitan en las profundidades, no siempre bien conocidas, del mar insular. Casi todos los objetos, es decir, casi todas las situaciones, encarnadas en las mismas personas e instituciones o en otras de personalidad y máscara análogas, cuando se dejan ver de nuevo, están flotando y corriendo la misma carrera o una carrera parecida a la que ya les conocíamos antes de la inmersión. Y no olvidemos que estas personas y situaciones, en Cuba, además de participar de la condición del corcho, participan de la naturaleza de la ciguaraya, del caimito, de la yagruma y de la jutía, sin dejar de ser ceiba y palma real.

2.- En el tema que nos ocupa, los términos de la cuestión son: -a) las diversas formas de religiosidad presentes en Cuba, con un peso especial histórico de la Iglesia Católica, lo que no significa que ella tenga calificación de exclusividad. Bajo el acápite “formas de religiosidad”, además del mayoritario catolicismo, incluyo todas las comunidades eclesiales cristianas – algunas significativamente numerosas -, la amplia gama de formas religiosas –irreductibles a la unidad - en las que se sincretizan ingredientes provenientes del catolicismo, con los provenientes de diversas religiones africanas, y hasta con el espiritismo y alguna que otra creencia de origen chino. Haré alguna referencia breve a las Iglesias Orientales, al Judaísmo y al Islam, presentes en nuestro País, aunque carentes de peso social significativo en este momento; -b) la irreligiosidad en sus diversas formas (también la irreligiosidad es plural); -c) la realidad de la República que, más que escenario, es también parte de la realidad en cuestión. Para su comprensión mejor, la historia republicaba suele dividirse en períodos. Quienes prefieren atenerse a la vigencia de las constituciones efectivas durante un período significante, suelen hablar de: - Primera República, desde 1902 hasta 1940, aunque de hecho la Constitución de 1901 fue reformada durante el gobierno de Gerardo Machado y se dejó de aplicar durante casi todo el período que va desde 1933 hasta 1940, en el que el País fue regido por “leyes constitucionales” muy manipuladas en su aplicación desde el campamento militar de Columbia; -Segunda República, desde 1940 hasta 1959, con la contradicción de que la vigencia de la Constitución de 1940 quedó suspendida el 10 de Marzo de 1952; -Tercera República, desde el 1º de Enero de 1959 hasta nuestros días, o sea, a partir del inicio del “período revolucionario”, aunque de hecho la Constitución Socialista de la República inició su vigencia en 1976 y fue reformada en 1992. Debido a estas irregularidades en la vigencia de las constituciones republicanas, otros analistas prefieren simplemente designar cinco períodos significativos: -1º desde los inicios de la República hasta la caída del gobierno de Machado en 1933; -2º desde la caída de Machado hasta la vigencia de la Constitución de 1940; -3º desde 1940 hasta 1952, o sea, hasta el golpe de estado de Batista; -4º desde 1952 hasta 1959, o sea, hasta el inicio del Gobierno Revolucionario; -5º desde el 1º de enero de 1959 hasta nuestros días, es decir, el período actual.]

[LA REALIDAD SOCIORELIGIOSA Y ECLESIAL EN CUBA ANTES DE DESPUNTAR EL SIGLO XX, REALIDAD QUE SE FUE PRECISANDO A TRAVÉS DE LA HISTORIA PECULIAR DE ESTA ISLA, CUYOS ÁRBOLES NACIONALES SON LA FRONDOSA CEIBA Y LA SOBERBIA PALMA REAL, PERO NUNCA HA DEJADO DE SER DE CORCHO Y EN ELLA HAN HECHO PATRIA: LA CIGUARAYA DE USO MÚLTIPLE; EL CAIMITO Y LA YAGRUMA, DOTADOS DE HOJAS QUE TIENEN UN COLOR POR EL ANVERSO Y OTRO POR EL REVERSO Y CUYA PULPA ES “BABOSA”; TAMBIEN HA HECHO PATRIA EN LA ISLA LA HUIDIZA PERO FINALMENTE INDEFENSA Y FRÁGIL JUTIA.]

3.- Deberíamos siempre recordar, antes de cualquier análisis sobre realidades cubanas, que a pesar de ser un país latinoamericano, Cuba no es nación típicamente latinoamericana; a pesar de estar geográficamente situada entre América del Norte, América del Sur y América Central, entre el Golfo de México y el Mar Caribe y, por ende, ser geográficamente un país caribeño, Cuba no es un país típicamente caribeño. El por qué depende tanto de las razones étnicas, cuanto de las históricas en todas sus dimensiones.

[4.- Cuando llegaron nuestros antepasados españoles a fines del siglo XV y principios del XVI, no encontraron la Isla ni una población aborigen numerosa, ni una civilización aborigen desarrollada, como sí fue el caso de la mayor parte del Continente, en donde la presencia de lo aborigen, aún hoy, es patente y, en muchos casos, mayoritario y socialmente determinante. A causa de las nuevas condiciones de trabajo impuestas por los colonizadores y como consecuencia de la ausencia de anticuerpos para los virus europeos, la ya escasa población aborigen insular se vio rápidamente diezmada. Los sobrevivientes se mezclaron de tal manera con los españoles y con los negros africanos importados, casi todos, como esclavos, que ya a fines del siglo XVIII resultaba muy difícil encontrar aborígenes puros en la Isla. Hoy encontramos restos del mestizaje con la población indígena sólo en algunos lugares del extremo oriental, como p.e. en Yateras y, menos, en regiones aisladas de las montañas de Guantánamo y de Baracoa.]

5.- Hasta el siglo XVIII, Cuba fue solamente una factoría de paso entre España y el Continente americano. Durante los siglos XVI y XVII el interés económico estaba centrado en los metales preciosos que, en nuestra Isla, eran sumamente escasos. Valía la pena explotar solamente el cobre, de mucho menor interés. Sin embargo, la posición geográfica, los puertos amplios, las excelentes maderas y las posibilidades de carne y de pescado salados para las travesías, fueron suficientes razones para mantener la Isla dentro de las fronteras del Imperio y ponerla al servicio de las “flotas” en una y otra dirección, servicio necesario para la mejor organización de la explotación económica de las colonias continentales, pero no fueron suficientes razones para poblar la Isla abundantosamente y desarrollar las instituciones sociales, la Iglesia y la cultura en tal colonia insular de segunda categoría.

6.- En medio de aquellas limitaciones de los primeros siglos de la colonización, y más precisamente en los inicios del siglo XVII, debemos colocar uno de los hechos más enriquecedores de la historia religiosa de Cuba: el inicio del culto a la imagen de Nuestra Señora de la Caridad, en el poblado minero de El Cobre, junto a Santiago de Cuba. La devoción a esta advocación de la Virgen se extendió rápidamente por la región oriental de la Isla y más lentamente fue implantándose también en el centro y el occidente. Ya a inicios de la República, o sea, ya en el siglo XX, fue declarada Patrona de Cuba. El Santuario Basílica de Nuestra Señora de la Caridad constituye un punto de referencia religiosa insustituible y de tal modo se ha extendido la devoción a Nuestra Señora de la Caridad, más allá de las fronteras visibles de la Iglesia Católica e incluso imbricada en creencias sincréticas, que hoy se puede decir que el Santuario de El Cobre es el “corazón” del pueblo cubano y que esta devoción, como resulta frecuente con otras advocaciones marianas en Hispanoamérica, tiene connotaciones no solamente religiosas polisémicas, sino también connotaciones civiles profundamente “ecuménicas”. En los grupos religiosos sincréticos, hasta nuestros días, Nuestra Señora de la Caridad es sincretizada con el orisha Oshun, del panteón yoruba. Más o menos en la misma época en que empieza a desarrollarse la devoción a Nuestra Señora de la Caridad en el oriente de la Isla, en el occidente empiezan a hacerse presente el culto a Nuestra Señora de Regla, sincretizada con Yemayá, y a Nuestra Señora de la Merced, sincretizada con Obbatalá.

7.- La valoración de Cuba por parte de España cambió, cuando por diversas razones, se acrecentó el interés por la agricultura en el Imperio, de lo cual no fue ajeno el influjo de los fisiócratas de la Península. El azúcar, el tabaco y el café crecían muy bien en la Isla y fueron los productos privilegiados que determinaron el incremento de la atención sobre Cuba. A ello se unió el interés que demostraron tener algunos otros países del continente europeo. Inglaterra llegó a tomar La Habana y sus alrededores. En la segunda mitad del siglo XVIII, Cuba contaba ya con las instituciones necesarias para su desarrollo integral, tanto las nuevas, como p.e. la Universidad Pontificia de La Habana, la Sociedad Económica de Amigos del País, el Papel Periódico, teatros, imprentas, etc., cuanto las que ya existían pero renovadas entonces (hospitales, escuelas y los dos Reales y Conciliares Seminarios del País: San Basilio Magno en Santiago de Cuba, y San Carlos y San Ambrosio, en La Habana, llamados ambos a tener un gran peso en la evolución ulterior del País y en la gestación y desarrollo de la nacionalidad cubana. También por entonces fue erigida la Diócesis de La Habana y aumentaron rápidamente el número y las condiciones humanas verificables de la existencia sacerdotal en el País. Si los cálculos no nos engañan, ya a fines del siglo XVIII La Habana era la tercera ciudad del continente americano en cuanto a número de habitantes, después de México y de Lima.

8.- La consecuencia inmediata de la expansión de la agricultura cañera fue la enorme y paralela expansión de la esclavitud, desde los últimos años del siglo XVIII, hasta casi el final del siglo XIX, ya que la esclavitud fue abolida en Cuba en 1886 y aunque la trata había sido abolida en 1817, de hecho continuó realizándose de manera clandestina, ilegal, muy lucrativa, con la complicidad frecuente de las autoridades coloniales. La población negra y mestiza llegó a ser ya desde los primeros decenios del siglo XIX superior a la población blanca, a pesar de la numerosa inmigración española en ese siglo y en el primer tercio del siglo XX. La importación de esclavos y el nacimiento de hijos de negros y de mestizos superó los números de los blancos. Hoy no podemos precisar con exactitud las proporciones pues los últimos censos no dejan constancia de la raza. En general, los sociólogos estiman que, a nivel nacional, simplificando mucho los datos, los cubanos somos un tercio blancos, un tercio mestizos y un tercio negros. Las proporciones varían según las regiones del País.

9.- En la esclavitud de los negros africanos deben situarse las raíces de muchos de nuestros problemas sociales, pasados y presentes. Sin embargo, creo que se puede sostener la afirmación, con tal de que no se infle el significado, de que la presencia de los negros en Cuba ha traído consigo un enriquecimiento cultural y, probablemente, también biológico. Condeno la causa primordial de la presencia negra, o sea, la esclavitud, y considero que de la esclavitud, no de la negritud, se derivan los problemas sociales, de antaño y de hogaño, que deploramos. Y no olvido que de la esclavitud en Cuba somos responsables, en primer lugar, los blancos, españoles y criollos.

10.- Con la presencia africana se inicia el entrecruzamiento racial y cultural, o sea, el mestizaje, que no es una realidad estática, sino un proceso dinámico en constante evolución, progresiva unas veces, involutiva otras. Me parece que la expresión que más precisamente define la identidad cultural cubana, desde antes de la instauración de la República, es “mestizaje evolutivo”, siempre que no entendamos lo de “evolutivo” como una realidad mecánica o necesariamente orientada siempre en una dirección positiva. Una de las consecuencias inmediatas del mestizaje cultural, ha sido el surgimiento y los desarrollos ulteriores de las religiones que sincretizan componentes religiosos africanos, propios de las diversas etnias que llegaron a Cuba, con los componentes del catolicismo mal comprendido y peor asimilado, como consecuencia de una pésima evangelización de los negros esclavos. Es muy posible que llegaran a nuestras playas algunas formas de sincretismo católico-africano a través de los llamados “negros curros” que vinieron directamente de España, no de Africa. El fenómeno ha mantenido su vigencia religiosa, con repercusiones en muchos ámbitos de la sociedad que no se inscriben en lo propiamente religioso, a lo largo de todo el período colonial y del siglo de vida republicana. Hoy lo encontramos no solo en la marginalidad negra y mestiza, sino en todos los estratos y “colores” de la sociedad cubana. Con razón lamentamos la confusión religiosa creada por el sincretismo, así como las manifestaciones del mismo que mejor se deberían interpretar como pura magia y folklore y las manipulaciones a las que se presta este fenómeno social, no siempre de diáfano carácter religioso, que suele presentarse como la religión propia de nuestro pueblo en proceso de mestizaje creciente. Pero mejor haríamos si dejáramos ya a un lado los lamentos ante una realidad irreversible e invirtiéramos más y mejores esfuerzos por conocer bien esa compleja realidad y encararla con un discernimiento esclarecedor y evangelizador razonable. Además, si no debemos olvidar que de la esclavitud fuimos responsables los blancos criollos y españoles, de la mala evangelización de los negros también lo somos y precisamente en cuanto miembros de la Iglesia, que como tal tuvo y tiene a su cargo la evangelización de los blancos, de los negros y de los mestizos, así como de las “situaciones” creadas y sostenidas dentro del proceso de mestizaje que nos ha acompañado desde los inicios de la colonización.

[11.- Ya de la etapa inmediatamente anterior a la República, señalo que: a) Cuba y Puerto Rico fueron los únicos países iberoamericanos que vivieron el siglo XIX como parte del ámbito español, lo que significa que vivieron la “modernidad” bajo la influencia cultural y política, muy ajustadas, de España. –b) La Iglesia Católica en Cuba padeció, como la de España, las oleadas anticlericales y antirreligiosas desarrolladas en el marco del pensamiento liberal español del siglo XIX, así como la resaca opuesta, o sea, los afanes de manipulación, exitosa o no, de la religiosidad católica por parte de los gobiernos conservadores o de “restauración”. Y esta experiencia, tan española, se vivió en Cuba con casi igual intensidad que en la Península. –c) Las guerras independentistas en Cuba empezaron más tarde que las del Continente, su duración fue más prolongada y su carácter fue, probablemente, más sangriento que el de las guerras anteriores y mas breves que tuvieron lugar en el Continente. Los miembros del ejército español presentes en Cuba durante la última guerra (1895-98) fueron más numerosos que todos los que combatieron en el resto del Continente tomados en su conjunto..-d)Simultáneamente, el movimiento autonomista (con relación a España) y el movimiento anexionista (con relación a los Estados Unidos) tuvieron un Cuba más adeptos, en términos proporcionales, que los que tuvieron en los demás países y regiones del Continente. Durante los últimos cincuenta años de gobierno colonial español, ya el comercio de Cuba, en las dos direcciones, era más voluminoso con los Estados Unidos que con España; y el número de emigrados cubanos en los Estados Unidos era, proporcionalmente, más numeroso que el de cualquier país del Continente, salvo el caso de los mexicanos del Oeste, que no eran entonces precisamente emigrantes. Además, había más emigrantes cubanos en los Estados Unidos que en España. Inevitablemente, este conjunto de realidades dejó una huella en el pueblo cubano que condicionó el inicio de la vida republicana. Con ese pueblo y no con otro tuvo inicio la República de Cuba.]

12.- No se debe soslayar la hipoteca que significó, para la Iglesia Católica, la Ley de Patronato Regio, que convertía a la Iglesia Católica en uno de los componentes del estatuto colonial español. Es posible que su existencia se justificara en los inicios del proceso de colonización, pero ya a fines del siglo XIX resultaba anacrónica y servía de justificación legal para manipulaciones de la Iglesia Católica por parte de las autoridades españolas. La imagen de la misma resultaba empañada a los ojos del pueblo y ello incrementó las dificultades de la evangelización católica y facilitó la evangelización protestante, cuando ya ésta fue posible, durante la intervención norteamericana y a partir de los inicios de la República. Sin embargo, desde fines del siglo XVIII y a todo lo largo del siglo XIX y, posteriormente, en la República, a pesar de los aires anticlericales que nutrieron en buena medida su origen, la Nación ha estado acompañada por la sombra de algunas instituciones y personalidades católicas fundacionales y paradigmáticas, tanto en el orden estrictamente religioso, como en el cultural y en el sociopolítico. Pienso - y cito como ejemplos no exhaustivos - en instituciones como los Seminarios “San Basilio Magno” y “San Carlos y San Ambrosio” en los primeros decenios de su historia, [en el Padre Esteban Salas, primer exponente conocido de compositor y ejecutor de buena música en nuestro País,] y en el Padre de nuestra cultura, el sacerdote habanero y Siervo de Dios Félix Varela y Morales. Gracias, sobre todo, a la siembra de este último, el mismo proyecto de república democrática y de independencia política de España no podían aparecer como sustancialmente contradictorios con la existencia de la Iglesia Católica, y las ideas republicanas escaparon de la tentación de un liberalismo individualista extremista y han estado ungida, desde el siglo XIX hasta nuestros días, por un especial sensibilidad ética con relación a los derechos sociales de la persona humana, componente histórico de la enseñanza social de la Iglesia Católica.

13.- Para los interventores norteamericanos y para los cubanos que crearon la República, la libertad religiosa y las facilidades ofrecidas a la evangelización protestante constituían uno de los presupuestos del régimen democrático que se deseaba implantar pero, simultáneamente, fueron un medio de incrementar el distanciamiento con relación al peso evidente de “lo español” que, a veces muy superficialmente, se identificaba con “lo católico” en la realidad cubana. Ahora bien, de hecho, el estilo con el que los interventores norteamericanos implantaron su concepción de la libertad religiosa, la naturaleza de esta misma concepción en aquellos años y la coyuntura histórica en la se implantó, lo que lograron fue debilitar enormemente las posibilidades de proyección social de la Iglesia Católica en la Cuba republicana.

[¿QUÉ HA PASADO CON LA REPUBLICA, EN CUYO ENTRAMADO VARIOPINTO HEMOS VIVIDO, FLOTADO, ANDADO HACIA DELANTE Y HACIA ATRÁS; HEMOS SIDO LEONES Y HEMOS SIDO TAMBIÉN JUTÍAS; PALMAS REALES, PERO TAMBIÉN HOJAS DE CAIMITO Y DE YAGRUMA; NOS HEMOS ENFERMADO DE HASTÍO Y DESALIENTO, PERO HEMOS SIDO RESANADOS UNA Y OTRA VEZ, COMO SI ESTUVIÉRAMOS PERENNEMENTE INJERTADOS A UN PALO DE CIGUARAYA? Y, EN DEFINITIVA, ¿QUÉ HA PASADO CON LA RELIGIÓN EN EL SIGLO XX, NUESTRO PRIMER SIGLO REPUBLICANO, EN ESTE PUEBLO QUE IDENTIFICAMOS POR LAS PARÁBOLAS MENCIONADAS?]

14.- La suerte de “lo religioso” en el siglo republicano ha dependido de la naturaleza del pueblo, de sus virtudes y patologías, así como de la Historia en todas sus facetas, antes y después de los hechos de 1898 y de 1902. Con respecto a la historia anterior ya he hecho alusiones, con respecto a las virtudes y patologías que han afectado la evolución de “lo religioso”, me parece que no es éste el espacio para desarrollar un estudio de psicología social y/o de patologías sociales, en el que el sujeto fuese el pueblo cubano. Me remito a los estudios ya realizados, hace muchos decenios, por Fernando Ortiz y por Jorge Mañach y que han servido de armazón para casi todo lo que ha venido después en esta dirección. Sobre el tema que nos ocupa, me limito a señalar lo que Jorge Mañach calificó como “choteo” e identificó como característica del cubano medio y raíz de una buena parte de las calamidades históricas de nuestro pueblo en casi todos los ámbitos de la existencia. “Choteo” vendría a ser sinónimo de “relajo criollo”, de “superficialidad jocosa”, de “hurto del cuerpo” ante las realidades más comprometedoras, etc. Consiste fundamentalmente en ese no tomar la vida en serio, proyectado positivamente sobre realidades que no hay por qué tomar demasiado en serio, que no se deben dramatizar, ni deben engendrar fanatismos; su cara negativa reside en que, sin discernimiento responsable, el “choteo” o “relajo” se proyecta también sobre las realidades que sí se deberían tomar siempre muy en serio. Escojo la terminología de Mañach, tomada en préstamo de su ensayo “La indagación del choteo”, pues me parece, simultáneamente, precisa y sencilla, pero otras palabras serían posibles, y de hecho son las que han empleado otros autores para referirse a, más o menos, la misma característica negativa del cubano medio: p.e. superficialidad, oquedad ontológica, vacío existencial, vivir a la intemperie, etc.

15.- No todos los cubanos han sido o son así, portadores impenitentes del relajo. Ha habido y hay entre los cubanos personas que llevan siempre la luminosidad consigo y creo que, gracias a ellos, esta Isla ha logrado mantenerse a flote y la identidad cubana, más frágil y menos identidad que lo que solemos tener en cuenta, no se ha disuelto en aguas negras. Pero son seres de excepción. Con un gran peso específico, pero seres de excepción. La tónica, la media cubana está, lamentablemente en el no tomar en serio lo que sí se debe tomar en serio, llamémosle a esto choteo, relajo, superficialidad, oquedad ontológica, vacío existencial o vivir a la intemperie. Esta patología social no es republicana. Ya era bien conocida en los inicios del siglo XIX, si es que no andaba errática ya antes por estas tierras. Los pensadores del siglo XIX, incluyendo a los Obispos, aluden a ella con frecuencia. Sin embargo, también se refieren unos y otros a la capacidad de recuperación y a los hombres de luz que, de tanto en tanto, en determinadas coyunturas, logran la sanación. [Al parecer, al menos hasta ahora, en las recuperaciones no se trata de lo que en Derecho Canónico se denomina sanatio in radice, sanación en la raíz. Si de cura de la raíz se hubiese tratado, no aparecería de nuevo con tanta frecuencia y en tan variados ámbitos.

16.- La intervención norteamericana de 1898 a 1902 y la Enmienda Platt - que con mayor precisión que “enmienda” debería llamarse “apéndice” pues el texto constitucional no fue enmendado -, impuesta por el gobierno norteamericano a la primera Constitución republicana (1901), y que estuvo vigente hasta 1934, han sido fuente de frustraciones y de desalientos para muchos cubanos. No para todos. No podemos negarnos a nosotros mismos que hubo cubanos, mambises inclusive, que desearon la intervención y la Enmienda. Es más, entre los cubanos, ya lo he mencionado, no faltaron los anexionistas y el primer Presidente de la República, Don Tomás Estrada Palma, de quien Carlos Manuel de Céspedes tuvo muy mal juicio y José Martí lo tuvo espléndido, fue anexionista confeso y fue hombre de la Guerra de 1868 a 1878 y el Delegado del Partido Revolucionario Cubano por designación de José Martí.

17.- Como pasa a menudo con las realidades de orden político, vistas las cosas a distancia y con la cabeza fría, no todo lo que se derivó de la intervención y de la Enmienda es vituperable. Según mi entender discutible, vituperables fueron en sí mismas y vituperable que bajo el capote jurídico de una enmienda o, mejor, apéndice constitucional impuesto, los sucesivos gobiernos norteamericanos dictaminaran sobre asuntos cubanos, sin que fuera el interés de Cuba, sino “los intereses norteamericanos” los que orientaran tales dictámenes y los hechos que de ellos se derivaron. Personalmente, como la mayoría de los historiadores y de los cubanos que hoy pensamos con un cierto nivel de información sobre estas realidades, yo habría preferido que no hubiesen tenido lugar ni la intervención, ni la Enmienda. Pero, no dejo de preguntarme, ¿es cierto o no que la intervención aceleró el final de la Guerra de Independencia? ¿Estaban en condiciones Cuba y España de prolongar mucho más tiempo ese Guerra? ¿Cuál habría sido el desenlace si ambos grupos en pugna se hubiesen visto obligados a negociar? ¿Independencia política de España o amplia autonomía hasta que en alguna circunstancia posterior se hubiera obtenido la independencia? ¿Qué habría convenido más a Cuba en aquel marco geopolítico y económico de fines del siglo XIX? Las preguntas sin respuesta contundente podrían prolongarse. Los hechos fueron los que fueron, gústennos o no, y con ellos hubo que bregar. En materia religiosa, la intervención y la enmienda o apéndice significó el ya mencionado debilitamiento de la presencia social de la Iglesia Católica y el incremento vertiginoso de las comunidades eclesiales de carácter protestante norteamericano, así como a una relativización de lo religioso cristiano que, a la larga y a la no tan larga, conduce al agnosticismo y al indiferentismo, así como a un cierto ateísmo práctico.

18.- No podemos soslayar ni el pluralismo de opinión política de los cubanos de entonces y de los españoles que permanecieron en Cuba, ni el pro-norteamericanismo de la mayoría de los que estaban en condiciones de conducir la cosa pública en Cuba, como era el caso de Tomás Estrada Palma, Primer Presidente de la República. Se suele afirmar que la República que nació el 20 de Mayo de 1902 no fue la que soñaron los mambises. Esto es verdad sólo en cierta medida, pues aunque hubo patriotas que no desearon ni la intervención, ni la Enmienda, ni la anexión, muchos mambises sí pensaron tanto en la intervención norteamericana, para acelerar el fin de las guerras, cuanto en la posibilidad de otras intervenciones norteamericanas y hasta en la anexión política al país del norte. Sin que debiéramos olvidar que el autonomismo – con relación a España - era también una forma de patriotismo. Y esto ya era así desde los inicios del siglo XIX. El Padre Varela, en las décadas de 1820 a 1850, era un independentista y un antianexionista sostenido, mas reconoce sin embargo que su opinión no sólo es minoritaria, sino excepcional, pues la mayoría de los cubanos de la emigración soñaban entonces con la anexión a los Estados Unidos y la mayoría de los que estaban en Cuba, con la “reforma, en la línea de una mayor autonomía, no de independencia de España.

19.- Entre las consecuencias positivas de la intervención y de la Enmienda me parece que se podrían mencionar, a título de ejemplo: - a)una cierta apertura a la “modernidad” norteamericana, tanto en lo socio-político, cuanto en lo tecnológico; esto se hizo evidente en diversas realidades, pero sobre todo en la implementación de servicios públicos, desde la educación a la policía, pasando por la organización de la salud. Para los standards de América Latina en el momento, Cuba alcanzó en este ámbito un nivel más que aceptable en un período muy breve de tiempo; -b) el tránsito pacífico a la instauración de la República y un cierto cuidado, no sostenido, pero sí ocasionalmente presente, por parte de los políticos, en evitar fricciones que podían conducir a intervenciones norteamericanas; a veces ocurrieron inevitablemente, pero en ocasiones el temor a la intervención propició la mesa de negociaciones internas, lo cual fue positivo, y éstas lograron alejar las intervenciones, reducirlas al nivel de amenazas y, por último, la eliminación de la Enmienda; -c) el flujo de capital norteamericano privado, que se sentía protegido por la Enmienda, en un momento en que el País necesitaba con urgencia las inversiones extranjeras para echar a andar después de los desastres de la Guerra de 1895 a 1898, etc. La pregunta que siempre queda colgada es la de la balanza entre esas consecuencias positivas y las negativas acarreadas por la Enmienda.]

20.- En realidad, basta hurgar un poco en los archivos españoles, cubanos, norteamericanos y vaticanos, para establecer que cuando se abre el período de la intervención norteamericana, nadie sabía exactamente cuál sería el destino político final de Cuba, incluyendo en esta consideración a la Iglesia Católica. Los católicos criollos en su mayoría deseaban la sustitución de los Obispos españoles de La Habana y de Santiago de Cuba, designados al amparo de la Ley de Patronato Regio. Ambos habían sido enemigos tanto del proyecto independentista, cuanto del anexionista. En Santiago la sustitución de Mons. Francisco Sáenz de Urturi y Crespo, O.F.M. resultó fácil, pues el Arzobispo mismo la solicitó, no considerándose el hombre adecuado para el momento y él mismo también señaló quién entendía debería ser el sustituto, que era un sacerdote cubano ejemplar, identificado como independentista, Mons. Francisco de Paula Barnada y Aguilar. En La Habana, la solución resultó más ardua, pues el Obispo, Mons. Manuel Santander y Frutos no veía la conveniencia de su sustitución y deseaba permanecer en la Diócesis. Como ya Cuba era independiente de España, no se podía recurrir a la Nunciatura en Madrid para los asuntos eclesiales de la Isla. El responsable directo de timonear la situación eclesial era el Delegado Apostólico en Cuba, designado por S.S. León XIII el 16 de Septiembre de 1898, o sea, inmediatamente después de la derrota española. Se trataba de Mons. Placide Chapelle, Arzobispo de Nueva Orléans, francés de nacimiento y norteamericano por naturalización. La solución episcopal momentánea para La Habana fue Mons. Donato Sbarretti, italiano, Auditor de la Delegación Apostólica en Washington. O sea, ni español, ni cubano, ni norteamericano. Mons. Sbarretti mantenía buenas relaciones con los círculos gubernamentales norteamericanos, desconfiaba de la capacidad de los cubanos para gobernarse a sí mismos – fuese en el orden civil, fuese en el eclesiástico – y, al parecer, era anexionista. Cuando se definió el destino político de Cuba, fue sustituido por Mons. Pedro González Estrada, sacerdote cubano, bueno y discreto, quien durante el período de las luchas independentistas no se había identificado exteriormente con ninguna de las posiciones políticas presentes en el tablero criollo. Los criollos “patriotas” proponían otras posibles designaciones, pero la Santa Sede entendió que, por sus cualidades personales, esos candidatos no se equiparaban a Mons. Barnada, el propuesto para Santiago de Cuba, que sí fue aceptado por la Sede Apostólica.

21.- Antes de dejar Cuba definitivamente, Mons. Sbarretti, actuando de consuno con Mons. Barnada y asistido por su colaborador, el P. Buenaventura Broderick –que llegaría a ser Obispo Auxiliar de La Habana -, dejó encaminada la solución de la espinosa indemnización a la Iglesia por las propiedades incautadas a tenor de las llamadas “leyes de Mendizábal” o “leyes de desamortización”, en el siglo XIX. Gracias a esa indemnización, hecha efectiva a partir de 1908, pudo la Iglesia Católica tener un soporte económico en sus primeros pasos republicanos.

22.- Porque lo cierto es que el cuadro de la Iglesia Católica en aquellos inicios republicanos no podía ser peor. Templos escasos y, en las zonas rurales, casi todos o derruidos o en pésimas condiciones materiales; número insuficiente de sacerdotes y de religiosos y religiosas; nivel medio de formación más bien bajo, tanto en los sacerdotes y religiosos, como en los laicos; escasas instituciones eclesiásticas con un nivel aceptable de prestigio social y de eficacia evangelizadora; “mala fama” sociopolítica y cultural de la Iglesia Católica entre los criollos que tomaban las riendas de la cosa pública y se destacaban en el ámbito cultural. A pesar de que la mayoría del pueblo más sencillo mantenía un cierto nivel de vinculación con la Iglesia Católica, las simpatías emergentes iban en la dirección de la masonería, más o menos anticlerical, y del estilo norteamericano de religiosidad protestante. Paradójicamente, si las personas más sencillas y la población marginal, sobre todo, los de raza negra, mantenían ese grado de vinculación con el catolicismo raigal, esto se debía, por una parte a las formas sincréticas de religiosidad –que exigían esa vinculación con la Iglesia Católica -, y por otra al racismo explícito de la cultura norteamericana de entonces.

23.- En el ámbito cultural y educacional imperaba la autoridad de Enrique José Varona, una especie de “santo” agnóstico y anticlerical, venerado por una buena parte de la población y autor de los planes de estudio que estuvieron vigentes en el País hasta la década de los años cuarentas. Los maestros rápidamente formados en los años de la intervención norteamericana tuvieron el privilegio, desde el punto de vista pedagógico, de ser enviados a Boston que, por aquel entonces, era ciudad identificada como centro de la renovación de los métodos de enseñanza. Los contenidos eran, evidentemente, los propios de los ambientes intelectuales bostonianos de la época, o sea, una suerte de protestantismo liberal matrimoniado con la masonería y con el estilo norteamericano de democracia “laica”, lo que sintonizaba tanto con lo que primaba en los ámbitos pronorteamericanos de Cuba, cuanto con la esfera de influencia de Enrique José Varona. En este clima laicista, del que la dimensión religiosa de la persona quedaba excluída, fue el que reinó en Cuba desde los inicios de la República. Empero, el ateísmo militante y la increencia explícita fueron fenómenos de excepción durante los primeros decenios de la República. Las mujeres fácilmente se identificaban con la Iglesia católica o con alguna confesión religiosa de origen protestante, salvo los grupos minoritarios de “mujeres intelectuales” que solían militar en los grupos laicistas. Entre los hombres sobreabundaba, este laicismo, de tonalidad anticlerical no excesivamente violenta, unida a una especie de religiosidad difusa en la que podían entrar tanto los componentes católicos, como los protestantes y el espiritismo. De la “santería” o sea, de las religiones sincréticas, no se hablaba mucho, aunque secretamente era asumida por muchos, preferentemente entre la población socialmente marginada de origen africano. Desde un punto de vista teórico, esa vertiente del mestizaje cultural comenzó a ser estudiada por Fernando Ortiz y por Lydia Cabrera, ya a fines del primer decenio republicano.

24.- Afortunadamente, las leyes republicanas dejaban un margen suficiente para la organización de escuelas privadas, siempre que éstas asumieran los planes oficiales de estudio. Al calor de esta legislación educacional – que con ligeras variantes estuvo vigente en Cuba hasta mayo de 1961 –, desde los inicios republicanos, la Iglesia puso uno de sus énfasis primordiales en la educación católica explícita. Desde los primeros años del siglo XX se multiplicaron en nuestro País las escuelas católicas, tanto los grandes colegios, propios de las ciudades, capitales de provincia o no, cuanto las escuelas primarias más sencillas, que en la década de los cincuentas ya llegaron a estar presentes en casi todas las parroquias rurales del País. La primera universidad católica de nuevo cuño fue fundada varios decenios más tarde, en 1946. En materia educacional, casi todo el peso recaía sobre las órdenes y congregaciones religiosas. Algunas desempeñaban estas tareas ya desde los tiempos de la colonia – como p.e. la Compañía de Jesús, la Escuela Pía, las Damas del Sagrado Corazón y las Madres Ursulinas -, pero otras órdenes y congregaciones comenzaron a establecerse en los inicios del régimen republicano. Las pequeñas escuelas parroquiales rurales continuaron dependiendo casi exclusivamente de la misma red parroquial. Y así fue hasta 1961.

25.- Para valorar en sus justas dimensiones el esfuerzo de las instituciones de la Iglesia en materia educacional y de asistencia social, debemos recordar que el régimen laico implantado por la intervención norteamericana y por la República, impedía casi totalmente la ayuda oficial a instituciones de enseñanza o de beneficencia explícitamente católicas. Era la norma norteamericana, pero era aceptada de buen grado por los intelectuales criollos marcados por ella y por el liberalismo anticlerical de raíz española. Esto obligaba a mantener dichas instituciones o por la colaboración de los mismos beneficiarios o por la generosidad de las personas de recursos económicos más o menos abundantes. Esto dificultaba su extensión y les confería un carácter frecuentemente ambiguo que poco ayudaba a una genuina evangelización. A pesar de ello y sin dejar de percibir los inconvenientes, pero sin muchas alternativas económicas efectivas, pobre como era, la Iglesia Católica se dedicó desde los inicios de la República, a desarrollar estos servicios de enseñanza y de asistencia social, uniéndolos a los que sobrevivieron a la destrucción de la Guerra de Independencia, esforzándose por compensar con su presencia nueva, privada, la ausencia eclesial católica en los servicios estatales, de los que se había eliminado esta presencia, casi totalmente, desde los años de la intervención norteamericana. La Iglesia, desde siempre, en Cuba y en todas partes, ha contemplado esta presencia en el dominio de la enseñanza y de la asistencia social, como algo connatural, es decir, como una tarea derivada de su misma naturaleza. Hasta donde pudo, la Iglesia hizo presente la caridad evangélica con un número creciente de hogares y asilos de ancianos y de niños, así como con una apreciable red de escuelas de diverso tipo, incluyendo la formación tecnológica, casi siempre gratuitas, para niños y jóvenes de escasos recursos. Casi todas estas instituciones subsistieron, creciendo, hasta mayo de 1961.

26.- De los primeros años republicanos también habría que recordar los esfuerzos de la Iglesia Católica por implementar una efectiva pastoral vocacional, a partir de la reorganización de los seminarios. La hipoteca de la escasez de vocaciones nativas pesaba sobre la Iglesia desde mediados del siglo XIX y nunca ha sido superado este problema. La presencia de sacerdotes extranjeros, sobre todo españoles, en el amanecer de la República, resultaba inevitablemente ambigua a los ojos del pueblo, amén de que no por voluntad explícita en contrario, sino por el peso mismo de la realidad, dificultaba la inculturación de la Iglesia Católica en la Isla. Esto no siempre se apreció con clarividencia. Además, no se puede soslayar que no todas las órdenes y congregaciones se preocuparon por el cultivo de las vocaciones de cubanos. Todavía eran abundantes las vocaciones sacerdotales y religiosas en España. Lo fueron hasta la década de los sesentas. Algunas órdenes y congregaciones preferían “importar” sacerdotes y religiosos de la Madre Patria y canjearlos por ayudas económicas. Recuerdo que en una de las más importantes órdenes religiosas presentes en el País, sus miembros, con humor de pésimo gusto, se referían a este canje como “nuestra trata de blancos”.

27.- Otro énfasis de la época fundacional fue el esfuerzo por hacerse presente en el mundo de los medios de comunicación social, en el de la cultura y en el de la política, o sea, en lo que conocemos como “vida pública” o proyección social de la dimensión evangelizadora de la Iglesia. Era un esfuerzo contracorriente, de pasos muy pequeños y discretos. Apunto, como “signo” de lo que afirmo, que en todo nuestro primer siglo de historia republicana ningún Presidente de la República, durante el ejercicio de su cargo, ha sido católico practicante, comprometido con la Iglesia, y ni siquiera han sido identificados como católicos de la periferia. Han sido hombres bautizados en la Iglesia Católica; algunos han mantenido una real práctica religiosa católica durante la niñez y la primera juventud, pero en su edad adulta, cuando empezaron a manifestarse como “políticos”, ya no se han identificado con la Iglesia. Algunos han manifestado cercanía y la han apoyado en la medida en que las leyes vigentes lo han permitido y han participado en celebraciones religiosas muy especiales, pero no mucho más. Sin embargo, la mayoría han sido casados por la Iglesia y, hasta el actual período de “república socialista”, han educado a sus hijos en colegios católicos. Las esposas y una buena parte de la familia de algunos de ellos sí han sido miembros explícitos de la Iglesia. Algunos, en una etapa posterior, después de su gestión presidencial, ya al final de su vida, han regresado a la práctica religiosa católica. Entre los ministros de gobierno, altos funcionarios judiciales y miembros del poder legislativo ha habido algunos católicos diafanamente identificados como tales, pero nunca han sido mayoría en los cien años de República.

28.- Un hecho que mejoró de manera difícilmente calculable el clima sociocultural y político con relación a la Iglesia Católica, al menos en La Habana, fue la designación de Manuel Arteaga y Betancourt como Vicario General, por parte de Mons. Pedro González Estrada, Obispo de La Habana.[Tomó posesión como el 4 de Mayo de 1915. Era nieto de D. Juan de Arteaga y Agramonte, que tuvo que sufrir proceso judicial y exilio por haber participado en la revolución de Joaquín Agüero, en 1851. Todos sus hijos, excepto Ricardo, que era sacerdote, participaron en la Guerra de los Diez Años. El padre del nuevo Vicario General de La Habana era uno de ellos, D. Rosendo Arteaga, que combatió bajo las órdenes de Carlos Manuel de Céspedes y llegó a ser Comandante del Ejército Libertador. Después de la muerte de Carlos Manuel de Céspedes, se exiló en Jamaica, como muchos patriotas vinculados con el Padre de la Patria. La familia de su madre, Dña. Delia Betancourt había tenido una historia análoga. De hecho, Rosendo y Delia se conocieron en el exilio, en Kingston, y en su Iglesia Parroquial católica se casaron el 8 de agosto de 1877. D. Rosendo y Dña. Delia habían regresado a Puerto Príncipe después de la guerra y allí murió Rosendo en 1886. En 1892 pudo venir a Cuba temporalmente, a visitar a sus familiares, el Tío D. Ricardo Arteaga, el sacerdote, exilado en Venezuela. Cuando regresó a Caracas llevó consigo al sobrino Manuel, que había nacido en Puerto Príncipe el 28 de Diciembre de 1879. O sea, contaba trece años de edad cuando partió con su tío. Por esta razón había realizado sus estudios civiles y eclesiásticos y había iniciado su vida sacerdotal en Venezuela.

29.- En el momento en que Mons. Pedro González Estrada le propone ser su Vicario General, el Padre Manuel Arteaga era párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, en la ciudad de Puerto Príncipe, ya Camagüey, y había sido elegido Concejal, por el Partido Conservador, en las elecciones de Noviembre de 1912. No se nos escape el dato que entonces las mujeres no tenían derecho al voto, lo que hace más significativa la elección del Padre Arteaga, en un momento de escasísima presencia masculina en nuestros templos. A sus treinta y dos años y a pesar de haber vivido fuera de Cuba diecinueve de ellos, el joven sacerdote era ya apreciado no sólo como persona, sino también por su trabajo parroquial, y por su desempeño periodístico al frente del periódico católico La Opinión de Camagüey y de la revista Religión y Patria. Tuvo buen ojo el Padre Cándido Arbeloa S.J. cuando dirigió hacia el Padre Arteaga la atención de Mons. González Estrada, en búsqueda entonces de un Vicario General, porque el anterior, Mons. Saínz Vencomo, había sido designado Obispo de Matanzas.] Después de la dolorosa renuncia de Mons. Pedro González Estrada a la mitra de La Habana, Mons. Arteaga continúo siendo Vicario General durante todo el episcopado de Mons. Manuel Ruiz. A la muerte de éste fue elegido Vicario Capitular; luego designado Arzobispo de La Habana y el 24 de Febrero de 1942 fue consagrado como tal. En el primer Consistorio de Pío XII después de la II Guerra Mundial, fue designado Cardenal, recibiendo el Capelo en febrero de 1946.

30.- La presencia de Mons. Arteaga en La Habana desde 1915, permitió incrementar las relaciones de la Iglesia con los medios oficiales, políticos y culturales. Gracias a él se reinició la atención pastoral carcelaria que, con los años, se institucionalizó como “La Obra del Preso”, a cargo de las Hijas de la Caridad y de los Padres Paúles. Hizo lo que pudo por reiniciar también las capellanías militares, pero sólo consiguió que él personalmente pudiera celebrar Misa, confesar, predicar, etc. en los campamentos militares. Lo hizo mientras sus ocupaciones se lo permitieron. Llegó un momento en que ya no pudo continuar con esa labor que, en todo caso, muy probablemente, se habría visto interrumpida a partir del Gobierno de Gerardo Machado. Como ejemplo de su aceptación en medios culturales no católicos y de su apertura al tratamiento, inclusive, de temas entonces un tanto “escabrosos”, anoto que cuando en 1921 y gracias a la iniciativa de Don Fernando Ortiz y de Lydia Cabrera, se fundó la primera institución dedicada a la investigación de la “otra” raíz de nuestra cultura, la africana, en la presidencia del acto de constitución estaba Manuel Arteaga junto a los fundadores.

31.- A Mons. Arteaga se debe atribuir también, probablemente, la iniciativa y, seguramente, el patrocinio eclesiástico, de la creación de la Federación de Antiguos Alumnos de los Colegios Católicos. La fecha oficial de la fundación fue el 11 de febrero de 1928, o sea, ya dentro del gobierno episcopal de Mons. Manuel Ruiz, y en pleno “machadato. La idea era reagrupar y acompañar a los jóvenes y a las muchachas que iban terminando sus estudios en los colegios católicos, cuyo número se había incrementado sensiblemente desde el inicio de la República. Era una institución de carácter formativo y apostólico, en sentido amplio, pues incluía la educación de la responsabilidad social de los jóvenes católicos. Mons. Arteaga fue el primer asesor eclesiástico y su presencia mucho contribuyó a limpiar de sospechas extrañas el nacimiento de la institución. Con el tiempo, cuando los Obispos crearon la Acción Católica, la Federación se convirtió en las dos ramas juveniles.

[32.- En la época resultaba un tanto sorprendente la constatación de las diferencias políticas entre el Arzobispo, Mons. Ruiz, y su Vicario General, Mons. Arteaga. El primero era simpatizante del Partido Liberal y, por lo tanto, apoyaba al Presidente Machado que, sobre todo en su última etapa, adoptó un estilo personal de gobierno de mano dura, del que estuvieron ausentes casi todas las notas que permiten identificar una democracia. Por su parte, Mons. Arteaga simpatizaba con el Partido Conservador, que entonces formaba parte de la oposición. Esta diversidad en las simpatías políticas, al parecer, no creó quiebras sustanciales entre ambos y de hecho Mons. Arteaga continuó siendo Vicario general de Mons. Ruiz hasta que este falleció. Cuando se desplomó el gobierno del General Machado, el 12 de Agosto de 1933, hubo algunos días de descontrol ciudadano, de venganzas por mano propia y de saqueos en las casas de algunos de los que habían apoyado al General Machado. No faltaron entre los sectores izquierdistas y anticlericales de la oposición quienes recordaron las simpatías de Mons. Ruiz por el gobierno depuesto y quienes hasta citaron las alabanzas que muy poco tiempo atrás el Arzobispo de La Habana le había dedicado, lo que excitaba las iras de algunos grupos. Afortunadamente, tampoco faltaron quienes hicieron notar que su Vicario General era “antimachadista” y al parecer esto evitó reacciones negativas de importancia contra la Iglesia.

33.- Esa misma década de los años veintes vio la organización del Primer Partido de inspiración marxista en el País. Congregó un número no muy extenso de miembros, pero su influencia a lo largo de su historia, hasta la creación del nuevo partido comunista de Cuba, el actual (1965), siempre se extendió más allá del número de sus miembros. Fue una organización clave en la historia del movimiento obrero y logró atraer las simpatías de grupos muy significativos de artistas e intelectuales. Me parece, en honor a la verdad, que la difusión del socialismo desde el partido contribuyó al mantenimiento y desarrollo de las inquietudes sociales en el seno del pueblo y, probablemente, sirvieron también de estímulo a la Iglesia a tomar en serio la enseñanza social católica que entonces, en el mundo entero, vivía un período de enriquecimiento que no se ha detenido hasta nuestros días. Como era frecuente en los partidos comunistas de la época, entre los requisitos para ser incorporados al mismo no se incluía la profesión de “ateísmo militante”, lo que sí fue un requisito en el partido comunista actual, desde su fundación en 1965 hasta el IV Congreso en 1991. Entre los miembros de aquel partido hubo muchos ateos y agnósticos e indudablemente la dirección del partido estuvo siempre en manos de ellos, pero entre sus miembros de los niveles intermedios y de la base hubo muchos creyentes “independientes” y personas – casi siempre marginados socialmente - que en mayor o menor grado participaban en grupos sincréticos. No conocí católicos o protestantes, diafanamente identificados como tales, que fuesen miembros de aquel partido. Aunque la Iglesia y las comunidades eclesiales protestantes difundían un cristianismo social, la orientación era profundamente anticomunista, como lo era en casi todo el mundo, debido a las historias, difundidas por todas partes, acerca de la implantación del gobierno marxista en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, tanto durante el gobierno de Lenin, como en el de Stalin.]

34.- Resulta también digno de señalamiento que, después de la caída del gobierno de Machado, en el período de inestabilidad política que va de 1933 a 1940, o sea, hasta la elaboración y puesta en vigor de la nueva constitución republicana y la recuperación de una relativa estabilidad política, años en los que hacen crisis los partidos políticos tradicionales (conservador y liberal) y surgen varios partidos nuevos que cubrían una amplia gama ideológica, no surgió ningún partido de corte demócrata cristiano, como sí surgieron en otros países de Europa y de nuestro continente. Los católicos con vocación política militaban en todos los partidos, menos en el socialista, y el voto de los católicos se distribuía también entre todos los partidos. En más de una ocasión, siendo aún muy joven, escuché que los Obispos de la época no simpatizaban con la idea de un partido demócrata cristiano que, aunque oficialmente no fuese confesional, inevitablemente sería identificado con la Iglesia Católica. Los Obispos, en términos generales, al parecer, preferían la presencia de católicos en los partidos con diversas plataformas políticas, según las convicciones de cada uno, siempre que no estuviesen en contradicción con la ética católica. Otro tanto puede afirmarse de la militancia política de los protestantes a lo largo de todo el período republicano.

35.- Del General Batista siempre se dijo que era sincrético y en la loma de Regla se mostraba una casa más que aceptable de la que se afirmaba que pertenecía a su “brujo” y que el propio Batista se la había regalado. Su segunda esposa, y tengo entendido que también la primera, eran identificadas como católicas; sus hijos recibieron educación en colegios católicos y he oído decir que, después que se fue de Cuba el 1º de enero de 1959, el propio Ex - Presidente Fulgencio Batista iba a la iglesia con su esposa y murió con los sacramentos de la Iglesia. En los últimos años de su vida, en España, parece que un sacerdote de la Compañía de Jesús tuvo un fuerte ascendiente espiritual sobre él. En esto, pues, historia semejante a la de otros Presidentes de la República.

36.- En la década de los años treintas se fueron estableciendo las bases de lo que en los cuarentas y cincuentas sería uno de los movimientos culturales más interesantes y fecundos de nuestra historia republicana. Me refiero al llamado “Grupo Orígenes”, animado por el escritor católico José Lezama Lima y por el sacerdote Ángel Gaztelu. No fue un grupo confesional, pero los principios éticos y estéticos sobre los que se asentaba eran evidentemente católicos. No fue el único movimiento cultural significativo de la época, pero sí creo que fue el de mayor peso específico, el más abarcador y ecuménico y el que mejor sintonizó con la realidad nacional y, simultáneamente, con las ondas intelectuales y artísticas que recorrían el mundo occidental. Quienes se fueron separando de él, no dejaron de ostentar un cierto sello de “Orígenes” en sus avatares posteriores y los miembros que viven aún, son personas sumamente respetadas y a quienes se acude en demanda de luz. No debemos dejar de citar como astro independiente, con relaciones personales con muy diversos grupos, pero independiente de todos, a Dulce María Loynaz, de larguísima e internacionalmente reconocida carrera literaria, también identificada como católica desde sus primeros pasos literarios – sus primeros pasos en la poesía, todavía inmaduros, estuvieron dedicados la Eucaristía -, hasta el final reciente de sus días.

37.- Los años cuarentas y cincuentas fueron años sumamente ambiguos en nuestro período republicano. Cada una de las realidades positivas que se pueden objetivamente catalogar, presenta ángulos deplorables y viene acompañada por realidades negativas. Cito dos ejemplos que ilustran mi afirmación: -a) el crecimiento de la macroeconomía en la inmediata postguerra, estuvo acompañado por las escandalosas injusticias sociales nacidas de la exageradamente desigual distribución de los ingresos y de la corrupción administrativa y privada; -b) la aprobación del texto constitucional de 1940, no exento de defectos desde el punto de vista de la “técnica” jurídica, fue una fiesta nacional, pero con el discurrir de los años, en muy buena medida, no totalmente, dicho texto se redujo a un elenco de buenos deseos que no encontraron los canales jurídicos y administrativos necesarios para que los mismos fuesen llevados a vías de hecho.

[38.- Sólo por caminos zigzagueantes y andando muy lentamente se dieron pasos positivos que nos parecía aseguraban la institucionalidad democrática, aunque tan lentamente y con actores tan poco prestigiosos – debido a diversas causas, no siempre relacionadas directamente con la corrupción -, que cuando ocurrió la catástrofe del Golpe de Estado de 1952, casi todos los cubanos lo lamentamos pero, en el primer momento, casi ninguno movió un dedo para impedirlo. Tuvieron que ponerse en evidencia las consecuencias negativas del mismo para que, progresivamente, la mayor parte de los cubanos se fueran moviendo de manera efectiva, en mayor o menor grado, hacia la sustitución del General Batista por un gobierno más limpio y eficaz en el orden administrativo, que restaurase el orden democrático postulado por la Constitución de 1940. Al menos, esos eran los deseos de la mayor parte del pueblo y a la sombra de la restauración de la Constitución, de la reorganización de los partidos políticos y de la convocatoria a elecciones democráticas, fue ganando adeptos el movimiento revolucionario que encabezaba el Dr. Fidel Castro. Los intentos de diálogo político, que conducían a los mismos fines pero por vías de negociación, no de revolución violenta, fracasaron uno tras otro, tanto por la tozudez del General Batista y el apoyo de los gobiernos norteamericanos casi hasta la última hora, como por las divisiones entre los políticos y, en general, entre los hombres públicos o leaders sociales, que nunca acababan de ponerse totalmente de acuerdo en los pasos a dar en torno a la sustitución de Batista y la reorganización posterior del País.

39.- El fracaso de los intentos de sustitución por las vías de la negociación facilitó la dinámica adhesión a la vía de la revolución violenta. Este fue el camino que, en definitiva, se impuso. El Dr. Fidel Castro tomó el poder el 1º de Enero de 1959 y su estilo de gobierno evolucionó rápidamente hacia una radicalización de tipo socialista, explícita desde 1961, y de inspiración marxista-leninista, explícita desde 1965. Dichas “explicitaciones” tuvieron lugar con manifestaciones de aceptación mayoritaria del pueblo cubano. Bajo ese patrón, común en todas las repúblicas en las que ha estado vigente el llamado “socialismo real”, se organizó el Estado cubano, que encontró su legitimación en la Constitución de 1976, reformada en 1992 y todavía vigente. Creo que hoy se puede hablar de una tímida e insuficiente transición económica, sin que vaya acompañada, hasta el momento, por signos de una transición política. En ese sentido, la actitud del gobierno cubano podría homologarse con la de Viet Nam y con la de China, aunque en estos dos países la transición económica en curso es mucho más audaz y aparentemente mucho más eficaz que la que con trabajo se percibe en nuestro País. Corren rumores de pasos próximos más consistentes y articulados en Cuba con relación a la economía, pero eso no forma parte de la Historia, sino de la Futurología y no he realizado estudios en este ámbito…ni tengo bola de cristal, ni creo en los sistemas adivinatorios propios de las religiones sincréticas, relacionados con los caracoles!]

40.- Una de las ambigüedades de las décadas de los cuarentas y de los cincuentas y hasta más acá, hasta alcanzar el periodo posterior a la instalación del gobierno socialista-marxista-leninista, se me hace evidente en el terreno religioso. Si nos dejamos guiar por los números, por lo que la mayoría de los cubanos decía y hacía y por los signos de prestigio o, al menos, aceptación social, las décadas de los cuarentas y de los cincuentas fueron de un significativo crecimiento religioso cristiano, tanto católico como protestante, así como de los movimientos religiosos libres de corte pentecostal y adventista. El número de personas que se acercaba regularmente a los templos crecía, las instituciones de diversa índole aumentaban en cantidad y calidad, y era notablemente mayor el número de los cristianos de diversas confesiones –sobre todo católicos – que asumían responsabilidades sociales y culturales en diversos niveles y sectores, con un buen rango de aceptación en su desempeño público. No habían desaparecido las ventoleras de agnosticismo y de escepticismo, de anticlericalismo y hasta de ateísmo, pero la curva se inclinaba hacia la disminución. Si tuviera que mencionar un nombre, de este período, un solo nombre de un católico laico adulto, comprometido política y socialmente y diáfanamente comprometido con la Iglesia y que podría tipificar lo que quiero decir, escogería al Dr. Manuel Dorta Duque, prestigioso abogado y profesor universitario, constituyentista de 1940, Senador de la República, representante de nuestro País en más de una reunión internacional de importancia, difusor de la enseñanza social de la Iglesia –en estrecha unión con el Arzobispo de La Habana, el Cardenal Manuel Arteaga y Betancourt, con la Compañía de Jesús y con los Padres Dominicos –, cabeza de los Caballeros de Colón y, en todas las cosas, hombre integérrimo. Si con la misma finalidad tuviera que escoger a un joven de prematura vida pública e indiscutible leader universitario, escogería a José Antonio Echevarría, Presidente de la FEU, miembro de los Escuderos de Colón y católico practicante hasta el día de su muerte. Si tuviese que escoger una institución apostólica, escogería a la Acción Católica en todas sus ramas; si de publicaciones se tratase, escogería “La Quincena”; si de avanzadillas culturales fuese cuestión, hablaría del Centro Católico de Orientación Cinematográfica y de su revista Cine-Guía, así como de la no confesional, pero de inspiración católica y ya mencionada anteriormente, revista Orígenes, dirigida por José Lezama Lima y con la colaboración del Padre Angel Gaztelu; si de obras sociales, mencionaría la extensión del sistema educacional católico, la multiplicación de hogares de niños y de ancianos desamparados y la obra de asistencia a las prisiones. Ninguna de estas menciones tiene carácter de exclusividad, sino solamente de ejemplo indicativo.

41.- Las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en la Iglesia Católica y a la vida pastoral en las confesiones evangélicas tuvieron también un sólido incremento en estas décadas. Seguíamos considerándonos con razón un País necesitado de ayuda misionera para la expansión del Cristianismo, pero el aumento paulatino pero sostenido de los cubanos en esta vida consagrada a la misión y a la acción humanitaria de la Iglesia y de las demás confesiones cristianas parecía irreversible.

42.- Con relación a los diversos grupos de religiones sincréticas, las apariencias y lo que los mismos adeptos afirmaban, indicaban que el número de personas adscritas a esos grupos disminuía sensiblemente. En la medida en que negros y mestizos marginales y las escasas minorías blancas también marginales que participaban en estos ritos eran promovidos cultural y socialmente, abandonaban esas prácticas a favor de una religión socialmente aceptable, fuese el catolicismo –mayoritariamente – fuese alguna forma de cristianismo evangélico. Muy pocos cubanos que deseasen ser “socialmente bien vistos” confesaban tener prácticas sincréticas. Si las tenían, las ocultaban porque sabían que mayoritariamente eran consideradas “un atraso” cultural y una involución de la verdadera religión y, para muchos, hasta el caldo de cultivo de algunas formas de conducta delincuencial. Quienes éramos curiosos acerca de nuestra identidad integral, estudiábamos el fenómeno, leíamos a Fernando Ortiz y asistíamos a sus cursos libres en la Universidad y en alguna ocasión hasta mirábamos con distanciamiento algún “culto” sincrético, pero nada más! Sabíamos que continuaban estando vigentes estos ritos, más cercanos a la magia, el espiritismo y al folklore que a una verdadera religión vinculante, pero los considerábamos en recesión en el terreno religioso, mientras simultáneamente se incrementaba el reconocimiento y el estudio académico de los mismos como parte del sedimento africano, en el terreno cultural mestizo propio de Cuba.

[43.-La ya aludida designación como Cardenal, de quien era Arzobispo de La Habana desde el 24 de febrero de 1942, Mons. Manuel Arteaga y Betancourt, en el primer Consistorio posterior a la II Guerra Mundial, debe colocarse en este clima de crecimiento de la Iglesia Católica en Cuba. La decisión de Pío XII eran un signo y un estímulo. Ningún otro País de la zona geográfica de Cuba había recibido tal gesto de confianza. El anuncio tuvo lugar el 24 de Diciembre de 1945 y el Capelo le fue conferido en el Consistorio Público del 21 de febrero de 1946. Los que tenemos edad suficiente para recordarlo, nunca hemos olvidado el júbilo generalizado de católicos y de una cantidad significativa de no católicos: primero ante la noticia y, luego, el día del regreso a La Habana, el 27 de Abril del mismo año cuando desde la proa del Magallanes saludaba a la población congregada por miles en la Avenida del Puerto, multitud que inmediatamente lo acompañó a la Catedral para el solemne Te Deum.] Y si en esos años el Cardenal Arteaga nos estaba aportando su elegancia integral y su gallardía criolla, simultáneamente Mons. Enrique Pérez Serantes, primero en Camagüey y luego en Santiago de Cuba, sería la encarnación patente de una excepcional sensibilidad en el ámbito misionero y en el de la acción social de la Iglesia; Mons. Martínez Dalmau el testigo de una erudición poco frecuente al servicio de una cubanía irrenunciable; Mons. Alberto Martín Villaverde el portaestandarte de la sabiduría pastoral omnipresente y Mons. Evelio Díaz, en Pinar del Río y en La Habana, en los años más difíciles de la historia de la Iglesia en Cuba, el pastor de la serenidad, la confianza y el buen humor indeficiente.

44.- Los actos públicos masivos – Congresos Eucarísticos y Marianos, Misas en parques y plazas, procesiones, ceremonias de coronación de imágenes, etc. – se unían a las expresiones del crecimiento y la estabilidad de la Iglesia en hechos mencionados anteriormente (multiplicación de instituciones de beneficencia, escuelas, asociaciones de laicos, etc.). No sólo en La Habana, sino prácticamente en todas las Diócesis, y no sólo en el seno de la Iglesia Católica sino también, en naturalmente menor proporción, en las comunidades eclesiales surgidas de la reforma, que también experimentaron un significativo crecimiento en número y en aprecio social en este período. Hasta la mucho menos numerosa comunidad hebrea creció en estas décadas como consecuencia de la emigraciones de judíos de Europa Central con motivo primero del nazismo y después de las secuelas de la Guerra y el crecimiento fue también acompañado del éxito económico y del prestigio social Tengo entendido que en la década de los cincuentas la comunidad hebrea en Cuba contaba con más de 15.000 miembros, ubicados predominantemente en La Habana, pero con miembros en toda la Isla.

45.- Sin embargo, al menos con relación al Catolicismo, esta imagen color de rosa, al parecer, ocultaba una realidad diversa. ¿Simulación social, semejante a las hojas de yagruma y de caimito o a la palma real internamente partida por un rayo o a la ceiba carcomida? El discurso de Pío XII al Congreso Eucarístico Nacional de 1947, transmitido en directo en la mañana del 24 de Febrero de 1947, y las predicaciones y conferencias del P. Lombardi S.J., Director del Movimiento por un Mundo Mejor, muy pocos años después, señalaban una cierta inconsistencia del catolicismo cubano, al que encontraron poco sólido, distanciado de la práctica religiosa regular e inconsciente de los problemas socioeconómicos y políticos que minaban las raíces del País, simbolizado por una palma real en cuya base comenzaba a enroscarse una serpiente, en el discurso de S.S. Pío XII que nos estremeció a todos los que lo escuchamos. El Padre Lombardi, en su visita a Cuba y posteriormente, utilizó palabras aún más descarnadas.

46.- La encuesta realizada por la Agrupación Católica Universitaria en la década de los cincuentas ratifica esos criterios: el pueblo cubano se confiesa mayoritariamente religioso, pues casi todo el mundo “cree en algo”, y era entonces preponderantemente católico, pero muy distante de la práctica regular y de la frecuencia de los sacramentos y manifestaba en proporciones significativas criterios que no son los de la Iglesia en materias como p.e. el divorcio con disolución del vínculo, el celibato de los sacerdotes, etc. La proporción de los que se confesaron “protestantes” es muy reducida; más reducida aún la de los sincréticos y la de los no creyentes. La encuesta fue muy amplia, pero ateniéndome al tema religioso, la lectura de sus “signos” me lleva a la conclusión de que los cubanos en su mayoría eran religiosos, pero en realidad no católicos en el sentido íntegro, sino solamente en un sentido sumamente superficial o periférico, no comprometidos. Eran lo que suele decirse “católicos a su manera”. Sin embargo, dejo constancia de que para algunos exegetas de la Encuesta – como su Director José Ignacio Lasaga – esos “signos” eran suficientes como para catalogar al pueblo cubano como “un pueblo católico”. Es evidente que yo ni suscribía, ni suscribo esta afirmación, a no ser que la entendamos con un sentido más humilde, como S.S. Juan Pablo II en el discurso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana en enero de 1998, que se limitó a afirmar que el pueblo cubano conserva “su alma cristiana”.

47.- Pocos años después de la encuesta, tuvo lugar la instalación del poder revolucionario que tan rápidamente evolucionó hacia el socialismo marxista. En aquellos años y hasta 1991, o sea durante treinta años, hizo del ateísmo uno de los componentes de su ideología. Los mismo cubanos que siete años antes asistían al menos ocasionalmente a Misa y a las celebraciones religiosas populares –p.e, en Semana Santa o en honor de Ntra., Sra. de la Caridad -, que se confesaban católicos a los encuestadores de la ACU y bautizaban a sus hijos, aunque no fuesen a Misa todos los domingos y fiestas, aplaudieron la nacionalización de la enseñanza privada y la prohibición de la enseñanza religiosa en las escuelas, unida a la promoción de la enseñanza del ateísmo desde la escuela primaria; no se conmovieron ante la expulsión de sacerdotes y de religiosas; cohonestaron con su presencia las manifestaciones antirreligiosas reiteradas en torno a los edificios de culto; ni se enteraron de la inclusión de laicos católicos, de sacerdotes y de seminaristas en los campos de trabajo forzado que eufemísticamente se denominaron Unidades Militares de Ayuda a la Producción, etc. Sé que todo puede encontrar “explicaciones” en el difícil contexto de la época en la que coexistían, por una parte, el entusiasmo popular ante el carisma inicial del Dr. Fidel Castro y la creatividad de los primeros años de Gobierno Revolucionario y, por otra parte, el enfrentamiento, quizás inevitable, entre la Iglesia y el Estado Marxista. Ahora bien, “explicaciones” no equivale a “justificaciones” o “legitimaciones” y, en todo caso, dicha explicación contextualizada no me aporta razones suficientes que me ayuden a comprender el cambio brusco de actitud de la mayoría del pueblo, si tomamos en serio sus afirmaciones anteriores con relación a su catolicidad, hechas muy pocos años antes por el mismo pueblo que casi inmediatamente después no tenía escrúpulos de conciencia en firmar las planillas de solicitud de admisión a la Juventud Comunista o al Partido, en las que afirmaban que eran ateos. Una parte significativa de ese mismo pueblo entusiásticamente socialista, no muchos años después, ha emprendido el camino de la emigración a países no socialistas en los que satanizan el sistema de organización sociopolítica y económica al que antes adhirieron. Y una buena parte de ese mismo pueblo, de los que mayoritariamente permanecen en Cuba, ahora se acercan a alguno de los grupos religiosos presentes en el País, sea a la Iglesia Católica, sea a grupos sincréticos, sea a confesiones religiosas de tradición evangélica.

48.- Todo esto resulta inexplicable para quien tome en serio lo que el cubano medio - de antes, de entonces y de ahora -, dice que cree, que apoya o que rechaza, sea en el terreno puramente religioso, sea en cualquier otra de la dimensiones de la existencia. En el ámbito que ahora nos ocupa, o sea, el religioso y, dentro de él, la pertenencia a la Iglesia Católica, todo resulta bastante claro si aceptamos las reiteradas ambigüedades y simulaciones, de una buena parte de los cubanos, en el ser y en el decir; y, por lo tanto como expresé anteriormente, que aunque se decían católicos, en realidad, la mayoría de los cubanos no lo eran tanto, y ni siquiera eran creyentes en un Dios personal, a nivel medianamente profundo, capaz de comprometer éticamente a la persona humana. Entonces, me parece, todo nos resulta diáfano y se comprenden los cambios de actitud externa y las vueltas de la tuerca. Aunque no es lugar para desarrollar un argumento que he desarrollado en otros textos, tengo la impresión de que esa inconsistencia religiosa de la mayoría de los cubanos tampoco puede separarse de lo que nuestro Jorge Mañach llamaba “espíritu de choteo”, al que ya me he referido. De ese espíritu de choteo o del “relajo criollo”, o sea, de la falta de responsabilidad ante la existencia, sin discernimientos de sabiduría entre lo que es serio y lo que no lo es, nacen – a mi entender - la inconsistencia en materia religiosa, cultural, política, etc. Como consecuencia de esta dolorosa convicción, estimo que, tanto los responsables de la sociedad civil como los animadores de la vida eclesial, deberían trabajar de consuno para ayudar a nuestro pueblo a superar este relajo pluridimensional que resulta tan connatural a la mayoría de los cubanos, que ni siquiera lo perciben como la carcoma que nos destruye como Nación. Paulatina pero progresivamente. El temprano ensayo “El pueblo cubano”, de Don Fernando Ortiz, es mucho más desesperanzador con respecto a nuestro pueblo que lo que fue posteriormente Jorge Mañach y que lo que afirmo ahora en este texto. Yo no cierro las puertas que siempre me abre la Esperanza, hermana menor de las virtudes teologales, según del decir de Charles Péguy. No las cierro con relación a Cuba, ni con relación a ninguna otra realidad intramundana. “Contrimenos”, dirían los campesinos de mi tierra, con relación a las realidades trascendentes.

49.- Después de unos años de estupor y de aplastamiento ante lo que sucedía en el País, años de casi total silencio y de desconcierto ante la privación de los medios tradicionales de realización de su misión evangelizadora, años de muchas preguntas sin respuestas claras y unívocas ante sus propias responsabilidades históricas, años – en fin – de casi total incomunicación entre las autoridades de la Iglesia y quienes ostentaban - y en muchos casos todavía ostentan - las mayores responsabilidades políticas y administrativas, la Iglesia Católica comenzó un camino lento y discreto de reanimación, tomando como punto de partida para la misma la concentración en lo que era posible: la Liturgia y la formación de sus miembros en todos los niveles. De los inicios de este despertar azorado datan las dos cartas pastorales de 1969, en las que los Obispos reafirman la voluntad eclesial de continuar viviendo y sirviendo y de realizar su misión, con espíritu de diálogo, en el nuevo marco sociopolítico y económico creado por el movimiento revolucionario, armada por la confianza en Dios, en la intercesión maternal de Nuestra Señora de la Caridad y en la capacidad de buena voluntad de todos los ciudadanos de nuestro País, creyentes y no creyentes. De este despertar agradeceremos siempre el empeño lúcido de los Obispos del momento y de quien entonces ostentaba la representación de la Santa Sede en Cuba, Mons. Cesar Zacchi, que nunca nos olvidó y quiso bien a los cubanos hasta el final de sus días.

50.- Fueron los años espléndidos del Beato Juan XXIII y de Pablo VI, del Concilio Vaticano II (1962-65) y de Medellín (1968), los años del Congreso de Apostolado Seglar (1967) y del inmediato postconcilio. El clima de renovación en la Iglesia Universal coincidía con el cambio cultural de los sesentas en el mundo occidental. Y si estos cambios culturales facilitaron la instalación del movimiento revolucionario cubano en la iconografía de la época, la renovación eclesial estimuló el esfuerzo de la Iglesia en Cuba por “situarse” en la nueva realidad, sin quiebras en su identidad. Ya en un clima discretamente creciente de inserción y de mayor comunicación en ambas direcciones entre la Iglesia y el Estado en el interior del País, y de una mejor comunicación de la Iglesia en Cuba con las realidades del mundo exterior, eclesiales y seculares, llegamos al Pontificado de Juan Pablo II (1978), a Puebla (1979), a la cuidadosa preparación (Reflexión Eclesial Cubana – REC –1981 a 1985) y a la realización del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC, 1986), a las frecuentes “misiones populares” posteriores, al capelo cardenalicio de Mons. Jaime Ortega, nuestro segundo Cardenal Arzobispo de La Habana, y por último a la visita pastoral del Santo Padre a Cuba, verdaderos días de fiesta, en el sentido más integral de la palabra, para la Iglesia y para todo el pueblo, que durante cuatro días dejó a un lado muchas de sus tribulaciones y conflictos.

51.- A partir del ENEC y en torno a la visita del Santo Padre, la Iglesia Católica en Cuba pasó de ser una Iglesia de la conservación y de la defensiva con vistas a la supervivencia, a ser una Iglesia en estado de misión y crecimiento, no espectacular, pero sostenido. El fenómeno del éxodo iniciado en los primeros años de esta etapa de nuestra historia republicana, no ha desaparecido y continuamos formando buenos laicos católicos y protestantes para que la mayoría vaya a evangelizar en países extranjeros. La Iglesia Católica en Cuba es hoy como al parecer siempre ha sido y como describen las parábolas del Evangelio al referirse a la instauración del Reino de Dios: grano de mostaza y polvo de levadura. No más que éso, pero tampoco menos que eso.

52.- Lamentablemente también estos últimos años han sido testigos de un crecimiento desmesurado de los movimientos religiosos libres de corte pentecostal, desgajados del protestantismo histórico, así como de grupos de la vasta gama de religiosos sincréticos, con una tendencia hacia una mayor africanización o, más exactamente, paganización, con el concomitante debilitamiento del componente católico habitual e histórico de dichos grupos. Al parecer, esta tendencia se origina, en ocasiones, en la convicción de algunos etnólogos que tienen creencias sincréticas, pero no deja de presentar signos de una manipulación proveniente de convicciones de otra índole, ajenas a lo religioso. Utilizo a conciencia el adverbio “lamentablemente” para referirme a ambas situaciones porque entiendo que, salvo en casos que considero excepcionales, los exponentes de ambos grupos manifiestan signos de una realidad que dista mucho de ser una “religión” en el genuino sentido de la palabra, y ambas actitudes, tal y como se presentan en los años recientes, comportan rompimientos culturales de consecuencias deteriorantes de la cultura y la nacionalidad, ya precarias.

53.- Las relaciones con el Estado han logrado una mejor fluidez en las dos direcciones, aunque todavía insuficiente, también en ambas direcciones. De la agenda de la Iglesia en esa relación han desaparecido algunos temas, pero otros continúan estando presentes, como son, p.e. las deficiencias en la gestión oficial en detrimento del bienestar integral del pueblo y el acceso de la Iglesia a los grandes medios masivos de comunicación y a la educación. Las publicaciones eclesiales contemporáneas son un factor positivo, como lo son también las celebraciones religiosas fuera de los templos, tanto las masivas, como las de pequeño grupo, pero estos “espacios” de evangelización no compensan los espacios perdidos en los años sesenta y no satisfacen la vocación misionera, evangelizadora, de la Iglesia.

54.- No quiero dejar de mencionar la sensibilidad social de la mayor parte del pueblo cubano y, consecuentemente, de la Iglesia como porción católica del mismo. Esa tradición arranca desde nuestros balbuceos en la Historia, en el siglo XVI, encuentra una expresión sistemática en la generación áurea del Seminario “San Carlos y San Ambrosio”, se prolonga en los discípulos de esa generación y, ya en la República, se hace patente, de manera humilde, pero real y efectiva, en la Academia Católica de Ciencias Sociales de los Padres Dominicos, en la obra del Padre Foyaca S.J. asumida por la Compañía de Jesús y en la revista “La Quincena” de los Padres Franciscanos.

55.- Investigaciones sociológicas realizadas hace algunos años (1994-1996) por una institución gubernamental, antes de la visita de S.S.. Juan Pablo II, revelan que un 86% del pueblo cubano está abierto a la Trascendencia, o sea, que “creen en Algo más allá de nuestras realidades intramundanas”, aunque sólo un 15% tiene referencias explícitas con alguna religión institucionalizada. Sorprendente resultado después de más de treinta años de promoción oficial del ateísmo militante, pero que, a mi entender, reitera los resultados de la investigación de la Agrupación Católica Universitaria de los años cincuentas.

56.- Así, según las “parábolas” o comparaciones cubanas, un poco jutías y un poco caimitos y yagrumas, como somos, continuamos encontrando ciguarayas que nos sanen, volvemos a salir a flote, como el corcho, y mantenemos viva nuestra vocación de ceibas y de palmas reales. ¿La llegaremos a realizar en esta orilla de la Historia? Lo deseo, pero no apuesto. El “choteo” criollo, nuestra pandemia secular, continúa vigente, sean cuales sean los regímenes sociopolíticos y las coyunturas nacionales… Y yo [ya lo dije antes], no soy futurólogo, ni tengo bola de cristal, ni creo en los sistemas adivinatorios de las religiones sincréticas.