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Carta de Juan Pablo II sobre la Inquisición
Dirigida al cardenal Roger Etchegaray con motivo de la
publicación de las Actas del Simposio Internacional
“La Inquisición”.
Al venerado
hermano señor cardenal Roger Etchegaray, antiguo presidente del
Comité para el gran jubileo del año 2000.
1. He recibido
con vivo aprecio el volumen que recoge las “Actas” del simposio
internacional sobre la Inquisición, organizado en el Vaticano
entre los días 29 y 31 de octubre de 1998 por la Comisión
histórico-teológica del Comité para el gran jubileo del año
2000.
Este simposio
respondía al deseo que expresé en la carta apostólica Tertio
millennio adveniente: “Es justo que... la Iglesia asuma con
una conciencia más viva el pecado de sus hijos recordando todas
las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han
alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al
mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los
valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que
eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo” (n.
33).
Ante la opinión
pública la imagen de la Inquisición representa de alguna forma
el símbolo de este antitestimonio y escándalo. ¿En qué medida
esta imagen es fiel a la realidad? Antes de pedir perdón es
necesario conocer exactamente los hechos y reconocer las
carencias ante las exigencias evangélicas en los casos en que
sea así. Este es el motivo por el que el Comité pidió la
consulta de historiadores, cuya competencia científica es
universalmente reconocida.
2. La
insustituible contribución de los historiadores constituye, para
los teólogos, una invitación a reflexionar sobre las condiciones
de vida del Pueblo de Dios en su camino histórico.
Una distinción
debe guiar la reflexión crítica de los teólogos: la distinción
entre el auténtico sensus fidei y la mentalidad dominante
en una determinada época, que puede haber influido en su
opinión.
Hay que recurrir
al sensus fidei para encontrar los criterios de un juicio
justo sobre el pasado de la vida de la Iglesia.
3. Este
discernimiento es posible precisamente porque con el paso del
tiempo la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, percibe con
conciencia cada vez más viva cuáles son las exigencias de su
conformación con el Esposo. De este modo, el Concilio Vaticano
II ha querido expresar la «regla de oro» que orienta la defensa
de la verdad, tarea que corresponde a la misión del Magisterio:
“la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la
misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas” (Dignitatis
humanae, 1. Se cita esta afirmación en Tertio millennio
adveniente, n. 35).
La institución de
la Inquisición ha sido abolida. Como dije a los participantes en
el Simposio, los hijos de la Iglesia deben revisar con espíritu
arrepentido “la aquiescencia manifestada, especialmente en
algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de
violencia en el servicio a la verdad” (Tertio millennio
adveniente, n. 35).
Este espíritu de
arrepentimiento comporta el firme propósito de buscar en el
futuro caminos de testimonio evangélico de la verdad.
4. El 12 de marzo
de 2000, con motivo de la celebración litúrgica que caracterizó
la Jornada del Perdón, se pidió perdón por los errores cometidos
en el servicio a la verdad recurriendo a métodos no evangélicos.
La Iglesia debe realizar este servicio imitando a su Señor,
manso y humilde de corazón. La oración que dirigí entonces a
Dios contiene los motivos de una petición de perdón, que es
válida tanto para los dramas ligados a la Inquisición como para
las heridas en la memoria que han provocado: “Señor, Dios de
todos los hombres, en algunas épocas de la historia los
cristianos a veces han transigido con métodos de intolerancia y
no han seguido el gran mandamiento del amor, desfigurando así el
rostro de la Iglesia, tu Esposa. Ten misericordia de tus hijos
pecadores y acepta nuestro propósito de buscar y promover la
verdad en la dulzura de la caridad, conscientes de que la verdad
sólo se impone con la fuerza de la verdad misma. Por Cristo
nuestro Señor”.
El bello volumen
de las Actas del simposio se enmarca en el espíritu de
esta petición de perdón. Dando las gracias a todos los
participantes, invoco sobre ellos la bendición divina.
Vaticano, 15 de
junio de 2004

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