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El mensaje solidario del inmigrante hispano
“Disculpe, pero está
cometiendo una arbitrariedad”, dijo Luis, un peruano que
declaraba venir a los Estados Unidos en viaje de negocios.
“Usted no puede entrar”, reiteró el oficial con voz firme. Horas
después, recibí una llamada, y no me quedó más remedio que
contestar que el oficial estaba facultado para negar el ingreso
de cualquiera, basándose en una presunción. Luis, después de
pasar torturantes horas en un penumbroso cuarto, fue enviado a
Panamá, donde permaneció en una cárcel con delincuentes comunes
hasta que al fin ordenaron su retorno a Lima. Pero, ni bien pisó
tierra, fue esposado y sometido a un largo interrogatorio. “Lo
único que yo quería era reunirme con mi hijita en Miami”,
declaró luego en presencia de un fiscal, que lo había acusado de
“resistir a la autoridad”.
América Latina sufre un
proceso de migración masiva por diferentes razones: dictaduras,
injusticia social, desempleo, violencia, etc. La desesperanza es
lo común en estas personas que dejan su terruño en busca de
oportunidades que su sociedad no está en condiciones de
ofrecerles. Bajo esta perspectiva, los inmigrantes son vistos
como personas sufridas, víctimas de terribles circunstancias,
expuestas a dramáticas pruebas de vida, susceptibles de ser
vencidas por la amargura.
Un estudio del
Fondo Multilateral de Inversión del BID (Banco Interamericano de
Desarrollo) señala que los envíos monetarios a Latinoamérica se
han multiplicado sustancialmente (la región recibió el 31% de
los $103,000 millones girados en todo el mundo por inmigrantes
de países en vías de desarrollo). El 78% de las remesas
provienen de los Estados Unidos; México es el principal
beneficiario, con un ingreso de $10,500 millones (constituye la
segunda fuente de divisas). Lo percibido por Nicaragua equivale
al 30% de su ingreso nacional. En El Salvador, Guatemala y
Honduras, la cuarta parte de la población depende, para su
sustento, de estos envíos. El director del estudio, Sergio
Bendixen, señala que, “si se corta ese flujo, es difícil pensar
cómo podrían sobrevivir; irremediablemente en tres meses se
irían a la bancarrota”.
Mientras tanto, los
inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos se esfuerzan
para trabajar duro, pagar sus impuestos, sostener a su familia y
asistir a sus coterráneos, de tal forma, que su ayuda es
sustancial en la economía de sus empobrecidos países.
El estudio no sólo da caldo
para un análisis económico, sino también eucarístico. El
inmigrante latino está testimoniando su profunda vocación
cristiana, (recordemos que se formó culturalmente bajo valores
católicos), y da al mundo un testimonio práctico de su deseo de
vivir en paz y con dignidad.
Al respecto,
recordemos que Su Santidad Juan Pablo II ha afirmado que no
puede haber auténtica paz sin justicia y sin respeto a los
derechos humanos. Asimismo, el Sumo Pontífice ha señalado el
derecho del individuo a no tener que emigrar, sino a vivir en
paz y con dignidad en su territorio, y también el derecho a
emigrar, que se basa en el destino universal de los bienes y el
respeto por las leyes migratorias.
Si miramos dentro
de nosotros, encontraremos señales que nos recuerdan de dónde
venimos y a dónde vamos, y que reafirman esos valores cristianos
inculcados desde la niñez. Estos hombres y mujeres que
decidieron dejar su tierra en busca de un porvenir, son un
testimonio vivo de paz, solidaridad y dignidad.
Abogado y
periodista peruano
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