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¿Por qué hablar
ahora sobre la Eucaristía?
Arzobispo John C. Favalora
Estas páginas
especiales de The Florida Catholic y La Voz Católica
se presentan por varias razones.
En primer lugar,
el Santo Padre ha escrito una encíclica, Ecclesia de
Eucharistia, sobre la Sagrada Eucaristía y las disposiciones
necesarias para recibir la Sagrada Comunión.
En segundo lugar,
el Santo Padre ha convocado a un Sínodo Mundial de Obispos en
2005, que tratará sobre la Sagrada Eucaristía como la fuente y
la cumbre de la vida cristiana. Además, ha declarado este año (octubre
de 2004 a octubre de 2005) como el Año de la Eucaristía.
En tercer lugar,
la recepción apropiada de la Sagrada Eucaristía se ha convertido
en una cuestión debatida en los medios informativos durante los
últimos meses, debido a que en las elecciones nacionales algunos
candidatos católicos se han manifestado públicamente a favor de
la opción [por el aborto], a la vez que han seguido recibiendo
la Sagrada Comunión.
En esta sección
especial, tengo la esperanza de aclarar todas estas cuestiones
como parte de mi responsabilidad magisterial como arzobispo. Me
ocuparé de la teología de la Eucaristía, de sus efectos
redentores y de sus efectos espirituales sobre la persona, de la
relación entre el pecado personal y la recepción de la Sagrada
Comunión, y de la formación de una conciencia bien fundamentada.
También me ocuparé
de la cuestión de los católicos en la vida política. Los obispos
de los Estados Unidos están preparando un documento más completo
sobre esto. Fundamentalmente, en ese documento se enseñará lo
que la Iglesia ha enseñado siempre, es decir, que nadie que
tenga conciencia de haber cometido un pecado grave (mortal) debe
presentarse para recibir la Sagrada Comunión sin antes confesar
dicho pecado y arrepentirse de él. Habrá más que decir sobre el
futuro documento cuando se concluya su redacción y sea dado a
conocer, pero eso no ocurrirá antes de las elecciones de
noviembre.
La cuestión del
aborto forma parte de las actuales preocupaciones de muchas
personas. El aborto directo, según las enseñanzas de la Iglesia,
es siempre maligno y moralmente pecaminoso por parte de quienes
lo procuran, de quienes lo realizan y de quienes lo apoyan.
Nadie puede justificar nunca su conciencia en este asunto. Por
lo tanto, tales personas no deben presentarse nunca a recibir la
Sagrada Comunión, a menos que hayan confesado sus acciones y se
hayan arrepentido de ellas.
Esto se aplica a
todos nosotros, incluyendo a quienes ocupan cargos públicos.
Nadie puede participar, a sabiendas, en la maldad moral. La
cooperación con la maldad moral es, en sí misma, una grave
maldad. Los responsables del bien común tienen siempre la
obligación de proteger a la sociedad de maldades morales como el
asesinato, la violación, la corrupción y la explotación de los
pobres. La maldad del aborto debe incluirse, sin duda alguna,
entre tales maldades contra nuestra sociedad.
Las siguientes
preguntas y respuestas sobre esta cuestión son el resultado de
una entrevista que tuve con The Florida Catholic. Como
pastor principal de la Arquidiócesis de Miami, les ofrezco este
documento para la edificación de la fe común.
Rezo para que la
Sagrada Eucaristía sea siempre una fuente de conversión y de
sanación, de alimento y de iluminación espirituales para todos
los católicos. La oración final de Nuestro Señor en la Última
Cena fue por la unidad, y para que la recepción apropiada de la
Sagrada Eucaristía fuera la señal de esa unidad.
La Eucaristía es
el corazón del misterio de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II
afirma:
“En la Sagrada
Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo
y en la sangre del Señor, [la Iglesia] se alegra de esta
presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés,
la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su
peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha
marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza” (Ecclesia
de Eucharistia).
Que el Señor les
siga bendiciendo abundantemente, a ustedes y a sus seres
queridos, con la misma confiada esperanza.
El Arzobispo habla sobre la Eucaristía, la conciencia y los
políticos
Mucho se ha dicho durante este pasado año sobre los políticos
católicos, sus votaciones sobre el aborto, y sobre la negativa
de algunos obispos a darles la Comunión a aquellos cuyas
votaciones sean contrarias a las enseñanzas de la Iglesia.
En la siguiente entrevista, el Arzobispo John C. Favalora habla
sobre estas cuestiones dentro del contexto del “Año de la
Eucaristía”, que comenzó el 10 de octubre con el Congreso
Eucarístico de Guadalajara, México, y que concluirá el 29 de
octubre de 2005 con el Sínodo de Obispos sobre la Eucaristía que
tendrá lugar en Roma.
Durante los dos últimos años, el Vaticano ha dado a conocer dos
documentos sobre la Eucaristía. Uno es la encíclica papal
Ecclesia de Eucharistia, de 2003, y el otro es la
consiguiente instrucción Redemptionis Sacramentum: Sobre
algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la
Santísima Eucaristía, de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos. ¿Por qué se hace este
énfasis en la Eucaristía en estos momentos?
La Eucaristía es vital, porque es la fuente y la culminación de
todo lo que somos y de lo que nos hace ser católicos. Es muy
importante que tengamos una clara comprensión de la Eucaristía,
del poder de la Eucaristía, de la importancia de la Eucaristía
en la vida de la Iglesia y en la vida de cada individuo.
Cuando los católicos oyen la palabra “Eucaristía”, algunos
escuchan “Sagrada Comunión”. Y, por supuesto, está la Eucaristía
como celebración de la Misa.
Pienso que, en bien de esta exposición, debemos establecer la
distinción. Primero, la Eucaristía es la celebración de la
Liturgia de la Eucaristía, que es la Liturgia de la Palabra y la
liturgia del sacramento, a la que llamamos Misa.
A la Eucaristía también es posible referirse como Sagrada
Comunión. Cuando hablamos de la Sagrada Comunión, o de la
recepción de la Sagrada Comunión, o de la disposición que
debemos tener para recibir la Sagrada Comunión, hablamos de esa
parte de la Misa en que se distribuye la Eucaristía. Es una
comunión, es una unión con Dios, porque recibimos el precioso
cuerpo y la preciosa sangre del Señor Jesús. Es recibir al
Señor. “Comunión” significa “en unión con el Señor”, el preciso
momento en que recibimos la Eucaristía.
Por lo tanto, el sínodo lo va a abarcar todo, desde la Misa
hasta todo lo que tiene que ver con la Comunión.
En efecto. En el sínodo se va a hablar de lo que es el
sacramento de la Eucaristía. Se va a hablar de la Eucaristía
desde el punto de vista histórico: lo que Jesús hizo en la
Ultima Cena. Se va a hablar de la Eucaristía desde el punto de
vista de lo que la Iglesia ha enseñado siempre. Se va a citar a
todos los Padres de la Iglesia, las enseñanzas del Magisterio,
varios concilios y otros documentos que tienen que ver con esto.
El sínodo se va a ocupar de la liturgia actual, el rito
litúrgico de la Misa que celebramos cada domingo, cada día en
nuestras iglesias, y de sus diversos aspectos. Después se va a
hablar de la relación entre la Eucaristía y la misión de la
Iglesia, y también de la Eucaristía como devoción. Por lo tanto,
se va a analizar cada aspecto.
Considero que esto es muy importante, porque –aunque hay algunas
personas que efectivamente entienden lo que significa asistir a
Misa– el decir que tienen una comprensión completa de la Misa,
de la celebración de la Eucaristía y de todos sus aspectos, me
parece que es algo que tenemos que renovar y que enseñar
constantemente. Porque, si perdemos la comprensión de lo que es
la Eucaristía, de lo que hacemos en la Eucaristía, y de lo que
se supone que tenga lugar como resultado de la Eucaristía,
entonces ésta se convierte en un ritual vacío. Eso nunca puede
suceder, porque si la Eucaristía es “la fuente y la culminación
de la vida de la Iglesia”, como proclamó el Concilio Vaticano
Segundo, entonces es mucho más que una obligación el ir a Misa
los domingos. La esperanza es que el sínodo profundice la
comprensión que cada persona tiene de la Eucaristía.
¿Existe la sensación de que la gente ha comenzado a ver la Misa
como un ritual más o menos vacío, de que ya no hay tanta
devoción como antes?
Tratándose de un ritual, existe siempre el peligro de que éste
se haga tan rutinario que uno pueda olvidar fácilmente lo que
está sucediendo. También existe el peligro de que, debido a la
falta de la instrucción apropiada, uno no comprenda realmente, y
desde el principio, el sentido del ritual. Una de las
preocupaciones que se expresan en la encíclica que el Papa
escribió recientemente sobre la Eucaristía, es la de que, debido
a ciertos abusos, se llegue a malinterpretar el sentido de la
Misa.
He aquí un pequeño ejemplo: existe actualmente una pugna entre
quienes ven la Eucaristía como un sacrificio y quienes la ven
como un banquete. La verdad está en el hecho de que, aunque un
grupo o el otro enfatice un determinado aspecto –el sacrificio
sobre el banquete, o el banquete sobre el sacrificio– la
Eucaristía no consiste en una de estas cosas con exclusión de la
otra, sino en la unión de ambas. Y ésta ha sido la enseñanza
constante de la Iglesia.
Es el sacrificio del Calvario representado bajo las especies del
pan y el vino. Es la muerte de Jesús re-presentada para
nosotros. No es sólo un servicio de conmemoración. Es, real y
verdaderamente, el sacrificio del Calvario, re-presentado
una vez más. El sacrificio real de Jesús en la cruz es esa misma
muerte celebrada místicamente en la Misa.
También es la mesa del Señor, porque Él dice: “Tomad y comed”.
Hizo esto en la Última Cena. “Tomad y comed, éste es mi cuerpo.
Tomad y bebed, éste es el cáliz de mi sangre”. De modo que se
trata de una cena. Ése es el contexto en el que el Señor
estableció este gran sacramento, el contexto de la cena pascual.
El cordero pascual, para los judíos, era el medio que propició
su liberación de los egipcios. Y Cristo, el nuevo Cordero
Pascual, mediante su sufrimiento y su muerte, mediante su
sangre, nos ha liberado, no de la esclavitud de los egipcios,
sino de la esclavitud del pecado y la muerte.
De esto se trata la Eucaristía. Ahora bien, ¿cuántas personas
entienden esto en un momento determinado dentro de una
congregación en la Iglesia? Eso depende de cuán bien se les haya
enseñado.
¿Se solía destacar antes el sacrificio sobre la cena, y, después
del Vaticano II, se comenzó a destacar la cena sobre el
sacrificio?
Hay quienes dicen que eso es parte del problema. Sin embargo,
siempre existe el peligro de que cualquiera de las enseñanzas de
la Iglesia se interprete “a gusto del consumidor”. Si me gusta
la forma en que “suena” una determinada cosa, y la otra no me
atrae, pues enfatizo la que me gusta. Según lo que cada cual
prefiera, será posible sacar eso fuera de contexto y destacarlo
exageradamente, en perjuicio del otro aspecto de la cuestión. De
modo que siempre hay que tener cuidado. Es necesario que
nuestras enseñanzas sean muy equilibradas, con el fin de evitar
este riesgo.
Comencemos por lo fundamental: ¿qué es la Comunión?
El sacramento de la sagrada Eucaristía tiene lugar cuando
nuestro Señor se da a nosotros de tal manera que Él pueda ser
parte de nosotros, y nosotros parte de Él, en la misma forma en
que Él se dio a nosotros cuando sufrió y murió en la cruz. Hizo
esto para que todos pudiéramos convertirnos en hijos de Dios
otra vez. Jesús resolvió el problema del pecado que nos separaba
de nuestro Padre, el pecado original de Adán y Eva. Mediante su
muerte, Jesús nos restauró, y logró que este pecado fuera
perdonado por el Padre, de modo que pudiéramos disfrutar de la
condición de hijos e hijas de Dios. De esto se trata la sagrada
Eucaristía.
Jesús nos dejó la Eucaristía en la Última Cena mediante el
sencillo ritual que llamamos Misa. Es durante la Misa cuando
recibimos el cuerpo y la sangre de Jesús, que se sacrificó por
nosotros en la cruz, de tal modo que, cuando comemos su carne y
bebemos su sangre, Él se convierte en parte de nosotros –tal
como cualquier otro alimento se convierte en parte de nosotros–
y nosotros nos convertimos en parte de él. Se convirtió en parte
de nosotros cuando nació y tomó nuestra carne. En la sagrada
Comunión, se convierte en parte de nuestra carne y nosotros nos
convertimos en parte de él. De esto se trata la Comunión.
No comprendemos todos los aspectos de esto, porque es el
misterio del amor de Dios por nosotros. Pero lo que sí
comprendemos es que el momento de recibir la Comunión es
altamente sagrado. Todo debe ponerse a un lado en ese momento,
de modo que podamos comprender la grandeza de ese momento en
nuestras vidas, y reflexionar sobre lo que está ocurriendo.
El tercer mandamiento es observar el Sabbath, o sea, santificar
las Fiestas sagradas. De aquí proviene la obligación de asistir
a Misa. Pero, según lo que usted dice, si yo quiero ser parte de
Jesús, debo sentir el deseo de ir a Misa. Debo ir a Misa con
tanta frecuencia como me sea posible, no sólo los domingos. De
modo que es algo más que una obligación.
Efectivamente. Mientras mejor comprendemos lo que es la
Eucaristía, mejor apreciamos el valor de la Eucaristía en
nuestras vidas. Si comprendemos, real y verdaderamente, lo que
es la Eucaristía, debemos desear ir a ella y formar parte de
ella todos los días. En la Eucaristía, la muerte de Jesús en la
cruz ocurre por amor a toda la comunidad, no sólo por mí o por
ti, sino por todos nosotros.
De modo que la Eucaristía presenta un aspecto comunitario que es
muy importante. A saber: que esta comunidad es el pueblo de
Dios, haciendo en memoria suya lo que Él nos pidió que
hiciéramos. El acto de la cruz, que Él sacramentalizó en la
Última Cena, significa para nosotros dar gracias a Dios por
liberarnos de la desobediencia del pecado original y llamarnos a
la obediencia de Jesús, de modo que, en cuanto individuos,
podamos vivir como parte de su pueblo santo.
El otro peligro del que debemos estar conscientes es el de ver
la Sagrada Eucaristía como un evento individual, personal. La
liturgia de la Iglesia es siempre una tarea de todos. Es todo el
pueblo, congregado para alabar a Dios por su amor, su
misericordia y su perdón. La celebración de la Misa es, en
primerísimo lugar, una celebración comunitaria. Esto es un
problema para algunas personas que quieren ir a la Misa como si
se tratara de una devoción personal. No quieren cantar. No
quieren estrecharse las manos con los demás. Esta actitud es
errónea. Esta es la razón de los cambios sustanciales que
ocurrieron en la liturgia a partir del Concilio Vaticano II.
Pero hay otro aspecto del que siempre debemos preocuparnos:
¿cómo podemos lograr que la Misa sea comunitaria y realizarla de
una manera digna, sin que parezca como un circo? ¿Cómo podemos
celebrar el misterio de la salvación eterna de una manera llena
de regocijo, y al mismo tiempo seria? Esta es la razón por la
cual, en la liturgia, hay momentos en los que se canta, y hay
momentos en los que no se canta. Hay momentos en los que el
sacerdote habla, y hay momentos en los que el lector lee. Hay un
proceso de dar y tomar en todo esto. Hay momentos en los que
debemos cantar con una gran animación, al expresar nuestra
alabanza. Pero hay un momento solemne, en el que escuchamos en
silencio, o en el que una campana tañe para reclamar nuestra
atención. Hay un momento en que debemos observar un gran
silencio. La Comunión, por ejemplo, es un momento personal en la
celebración de la actividad comunitaria. Por esto es por lo que
se sugiere, por ejemplo, que haya un período de silencio después
de la Comunión, de modo que las personas puedan reflexionar
sobre lo que ha ocurrido en ese momento.
¿Cómo se debe preparar la gente para la Misa?
La preparación
mejor y más importante, por supuesto, es la preparación
espiritual. Esto incluye confesarse cada vez que se haya
cometido un pecado grave guardar el domingo como día del Señor
y, como tal, abstenerse de trabajar –si es posible– y dedicar
ese tiempo al descanso y la reflexión. Es muy importante que las
familias vayan juntas a la Misa, e incluso que pasen el día
juntas, poniendo a un lado sus exigentes obligaciones
cotidianas. También animo a todas las personas a que, durante la
semana, lean las Escrituras del domingo siguiente, y oren acerca
de ellas. Esto es lo que hacen los sacerdotes y los diáconos
para preparar sus homilías.
Otro factor de la
preparación consiste en comprender que nuestra disposición
exterior debe reflejar el momento sagrado que es la Misa. Al
decir esto, pienso en un atuendo apropiado para la Misa, en
dejar el teléfono celular o el localizador electrónico (beeper)
en la casa o en el auto, y –es necesario decirlo– en abstenerse
de la goma de mascar dentro de la iglesia (algo que veo con
demasiada frecuencia, y de lo que he hablado en columnas
anteriores en este periódico).
Desafortunadamente, con demasiada frecuencia veo gente en la
Misa vestida más para un picnic o un evento deportivo que para
encontrarse con el Señor. Por otra parte, cuando visito una
parroquia haitiana o afroamericana, veo a católicos que se han
vestido con sus mejores ropas domingueras para ir a Misa. Aunque
algunas personas de la comunidad pueden ser materialmente
pobres, la forma en que se visten y su reverente comportamiento
en la Misa demuestran su plena conciencia de que están en
presencia del Señor en la Eucaristía. He aprendido mucho del
buen ejemplo dado por estas personas, y aplaudo a los padres que
se esfuerzan por establecer los mismos valores y prácticas entre
sus hijos. Tal vez en este año de la Eucaristía, podríamos sacar
de aquí una importante lección, y reflexionar sobre nuestro
decoro personal en la Misa.
Hay muchas cuestiones relacionadas con el tema de quiénes pueden
recibir la Sagrada Comunión en la Misa. ¿A cuál de ellas se
referiría usted primero?
Debemos establecer una distinción entre quiénes pueden ir a
Misa, o quiénes deben ir a Misa, y quiénes pueden recibir la
Comunión. Todos los católicos están sujetos al mandamiento de
honrar y alabar a Dios el domingo, y deben ir a Misa a menos de
que exista una excusa razonable.
La excusa es razonable, por supuesto, si usted tiene que
trabajar el domingo durante todo el día, o si ocurre una
emergencia en su familia. En cierta época, esto solía ser una
situación más difícil, porque sólo había Misa en la mañana, de
modo que si pasaba algo en la familia, si había alguien enfermo
y usted tenía que cuidarlo, usted tenía que faltar a la Misa.
Pero ya no ocurre así. Hay Misas de vigilia los sábados, y Misas
los domingos por la tarde y por la noche. De modo que hay muy
poca excusa para faltar a la Misa del domingo. Todo católico
debe ir a Misa los domingos.
Hasta quienes se han divorciado y vuelto a casar fuera de la
Iglesia y, de acuerdo a nuestras enseñanzas y prácticas, no
pueden recibir la Sagrada Comunión. La enseñanza y la visión de
la Iglesia sobre esto, es que deben ir a Misa. Si pueden ir a
comulgar o no, es otra cuestión. Siempre pueden realizar una
Comunión espiritual. Siempre pueden expresar ante el Señor su
deseo de recibir la Comunión si pudieran hacerlo.
Esto se refiere no a quienes únicamente se han divorciado, sino
a quienes se han divorciado y se han vuelto a casar fuera de la
Iglesia.
En efecto: a quienes se han divorciado y se han vuelto a casar
fuera de la Iglesia. Una persona que se ha divorciado y no se ha
vuelto a casar fuera de la Iglesia, puede comulgar.
El principal obstáculo para recibir la Comunión es el pecado
grave. Por lo tanto, nadie que esté en pecado grave puede
recibir la Sagrada Comunión. ¿Por qué? Porque no debemos
atrevernos a recibir en nuestros cuerpos la sagrada presencia de
Dios, si estamos conscientemente en pecado grave. Dios y el
pecado grave no pueden mezclarse.
La Iglesia enseña que, cuando tengamos conciencia de haber
cometido pecados graves, vayamos a confesarnos, pidamos perdón
al Señor y nos preparemos para recibir el cuerpo y la sangre del
Señor Jesús. De modo que la confesión es una parte muy
importante de la preparación apropiada para la Comunión.
Cuando usted habla de pecado grave, pecado mortal, ¿existe una
definición más detallada de lo que eso es?
Obviamente, aquí se aplican los mandamientos. Y la enseñanza
sobre los mandamientos, el Catecismo, sería un punto de partida
muy importante. Pero cualquier pecado que rompa nuestra relación
básica con Dios y con los demás es considerado como un pecado
mortal, un pecado grave, y por lo tanto nos impide recibir la
Sagrada Comunión.
Matar a alguien, salvo en defensa propia, es un pecado grave. El
adulterio es absolutamente opuesto al sacramento del matrimonio,
y a lo que es el matrimonio. Cualquier clase de pecado sexual
grave es una violación del poder de la sexualidad humana que el
Señor nos ha dado. Eso viola el templo del Espíritu Santo que
somos nosotros.
Robar injustificadamente los fondos de una persona o de un grupo
de personas, o las propiedades de alguien, es una ruptura grave.
El odio es una violación, una violación grave, del mandamiento
de amar a Dios y al prójimo.
El pecado grave puede impedir la Comunión de muchas maneras. La
confesión es el remedio para esto.
Es decir, admitir el problema
Correcto. No significa que el problema vaya a desaparecer de la
noche a la mañana. Pero sí significa que hay que esforzarse por
resolverlo. Cada vez que tengamos conciencia de haber pecado,
tenemos la obligación de arrancar el pecado de raíz, mediante la
gracia de Dios. Parte de esa gracia proviene de la confesión.
Parte de esa gracia proviene de la Sagrada Comunión. La Sagrada
Comunión nos ayuda en el viaje para tratar de vencer el pecado
en nuestras vidas, mientras aún estamos en la tierra. ¿Qué mejor
manera de volvernos cada vez más semejantes a Dios, que pedirle
perdón a Dios por nuestros pecados, graves o no tan graves, y
que recibir el cuerpo y la sangre del Señor Jesús, que se hizo
como nosotros para que nosotros pudiéramos volvernos como Él?
¿Existe alguna ley o regulación de la Iglesia que establezca el
número de veces que es preciso confesarse?
La ley de la Iglesia dice que hay que confesarse cada vez que se
tenga conciencia de haber cometido un pecado grave, o, al menos,
una vez al año.
Hay quienes dicen: no he matado a nadie últimamente, de modo que
no tengo que confesarme.
Cada vez que tengamos conciencia de haber cometido un pecado
grave, tenemos la obligación de confesarnos. Pero éstas no son
las únicas ocasiones en que debemos confesarnos. Si nos
proponemos entender la relación entre la Sagrada Comunión y el
pecado, me parece que tenemos que tener una comprensión cabal
del sacramento de la confesión. Es aquí donde entablamos combate
con nuestra condición de pecadores. A menos que lo hagamos así,
de modo sincero, no entendemos lo que es el pecado. Y si uno no
entiende lo que es el pecado, entonces tampoco entiende el
sentido de la Misa. No se trata de un ritual en el que la gente
se reúne los domingos para cantar. Esto es un aspecto de la
celebración, pero no es el único. Lo más importante que
celebramos, es nuestra liberación del pecado. Si no tenemos
ningún pecado, o si vivimos como si no tuviéramos ningún pecado
del cual liberarnos, entonces la celebración del domingo no
significa nada.
Es interesante el hecho de que los grandes santos, que tuvieron
la mayor devoción por la Sagrada Eucaristía, se vieron a sí
mismos como pecadores, Tuvieron conciencia de que debemos
abrirnos a la santidad de Dios tanto como sea posible en
nuestras vidas. La falta más ligera puede interferir en esto.
Por ello existe la confesión de necesidad, cuando se comete un
pecado grave; y también la confesión devocional, que nos ayuda
mucho.
Yo diría que es una buena práctica confesarse una vez al mes,
una vez cada dos semanas, si se aspira realmente a buscar la
santidad de la vida; y tan pronto como sea posible, si se tiene
conciencia de haber cometido un pecado grave.
¿Es un pecado grave faltar a la Misa sin una buena razón para
ello?
Nuestro catecismo enseña eso muy claramente. Como pueblo de
Dios, tenemos la obligación de alabar al Señor todos los
domingos. De modo que sí: es un pecado serio y no debe ser
tomado a la ligera, especialmente con todas las comodidades de
horarios que tenemos en estos tiempos. Si una persona falta a
Misa, debe confesarlo antes de recibir la Sagrada Comunión. Esto
ha sido una enseñanza constante.
Hay alguna manera de que la Iglesia, o la persona que da la
Comunión, sepa si alguien está en la disposición correcta para
recibirla?
Estamos hablando de la conciencia de la persona, de si una
persona es consciente de un pecado grave o no. Es
responsabilidad del individuo saber si él o ella merece, en un
determinado momento, recibir la Sagrada Comunión. Por esto es
importante saber lo que la Iglesia enseña, y examinarse uno a la
luz de esta enseñanza. No puede haber un doble estándar, de modo
que uno vaya a la Iglesia pero, al mismo tiempo, viva de manera
totalmente opuesta a lo que dice creer.
Se supone que recibir al Señor en nuestra vida, en nuestro
cuerpo, en nuestra alma, nos haga más semejantes a Dios, Si esto
no sucede, algo está mal, ya sea con nuestra forma de entender
la Comunión, de entender el pecado, o de entender el llamado
bautismal a vivir una vida de santidad.
Todo esto es parte de la formación de nuestra conciencia, que es
la obra del Espíritu Santo en el individuo, avisándole que no
está preparado, en un determinado momento, para recibir la
Comunión, o que sí lo está. Esto exige una gran dosis de
reflexión interior. No se trata de algo automático: todos los
feligreses se levantan a comulgar, y yo me voy a comulgar. Esto
no es lo que han dicho nuestras enseñanzas, ni lo que dicen en
el momento actual.
¿Es apropiado que la persona que distribuye la Comunión, o el
sacerdote, se niegue a darle la Comunión a alguien?
En primer lugar, cualquier católico que esté en la disposición
correcta de acuerdo a su conciencia, tiene el derecho de recibir
la Sagrada Comunión. Esta es la ley de la Iglesia, Canon 912.
Todo católico bautizado y en la disposición apropiada, tiene el
derecho de recibir la Comunión.
En segundo lugar, las personas que distribuyen la Comunión no
deben ser quienes tomen la decisión de quién puede recibirla o
no. ¿Cómo se puede juzgar la conciencia de otra persona, a menos
que se trate de un caso proclamado públicamente? Por ejemplo, el
de alguien que haya sido excomulgado públicamente; en este caso,
la situación es diferente. Pero ésta no es la situación normal.
No nos es posible conocer la disposición interna de una persona,
y no podemos suponerla.
Algunas personas pueden estar en desacuerdo con algunos aspectos
muy importantes de las enseñazas de la Iglesia, y, por las
razones que sea, sentirse justificadas para recibir la Comunión.
La cuestión no es si esto resulta apropiado o no. La cuestión es
que estas personas tomaron la decisión de comulgar, y están en
la obligación de conformar su conciencia de manera apropiada. Si
no lo hacen así, incurren en una situación de ignorancia. Si son
o no responsables de esta ignorancia, es otra cuestión. Pero es
posible estar en completa ignorancia de una cosa, y no saber
realmente lo que enseña la Iglesia al respecto. Por lo tanto,
usted no estaría obligado por esa enseñanza, pues no la conoce.
Pero sí está obligado a enterarse de cuáles son las enseñanzas.
Cuando se ven las estadísticas, por ejemplo, el porcentaje de
católicos que emplean medios artificiales para controlar la
natalidad, y se compara con el porcentaje de católicos que
comulga durante la Misa dominical, hay que pensar que, para
verificar quién puede o no comulgar, tal vez habría que comenzar
con esa situación.
La cuestión no es verificar. La cuestión es garantizar que la
enseñanza se escuche. Enseñar. Nuestra obligación como Iglesia,
como pastores de almas, es enseñar lo que la Iglesia enseña, y
garantizar que la gente entienda. Uno no puede enseñar lo que le
gusta y dejar de enseñar lo que no le gusta. Para ser fiel a la
Iglesia y a las enseñanzas de la Iglesia, hay que enseñarlo
todo, le guste o no a la gente. Lo que hagan con eso, es
responsabilidad de ellos. Tendrán que responderle a Dios de eso,
y nosotros no debemos ser los jueces. A menos que uno se
encuentre en una posición donde tenga que ver con una situación
pública que ya sea conocida.
¿Podría dar un ejemplo de esto?
Uno de los ejemplos es una persona que podría estar en algún
puesto público de importancia, y que se hubiera divorciado y
vuelto a casar fuera de la Iglesia. Creo que éste fue el caso de
uno de los gobernadores. Si esa persona sigue yendo a recibir la
Comunión, el obispo tendría la obligación de decirle a esa
persona: usted está violando la ley de la Iglesia, y no puede
hacerlo. Si usted viene a recibir la Comunión, yo no voy a
dársela, porque usted se encuentra en una situación claramente
contradictoria.
¿Se consideraría excomulgada a una persona que se hubiera
divorciado y vuelto a casar fuera de la Iglesia?
No. La persona está impedida de recibir la Sagrada Comunión
debido a su violación de la ley sobre el divorcio y el volverse
a casar. Esto no es excomunión.
¿Qué significa estar excomulgado? ¿Existe una definición clara,
algún proceso legal por el que haya que pasar?
Sí, lo hay. En la ley de la Iglesia se define claramente este
proceso. El obispo es el encargado de ejecutar el decreto de
excomunión. Hay ciertas estipulaciones en la sección de
penalidades de la ley de la Iglesia. La excomunión es una
penalidad. Es la proclamación pública de que una determinada
persona se ha excluido a sí misma de la vida de la Iglesia.
Existen otras penalidades que pueden imponerse. Todas están en
la ley de la Iglesia.
Entremos en la cuestión de los políticos. Los obispos
estadounidenses han dicho que le compete a cada obispo,
pastoralmente, dentro de su propia diócesis, decidir si se le
dará o no la Comunión a una figura pública o a un político que
vote en favor del aborto.
Aquí, la cuestión es de escándalo: ¿cómo se puede justificar una
posición personal, diciendo “yo, personalmente, no creo en esto,
pero no puedo imponer mis creencias a nadie”; o “yo,
personalmente, no creo en esto, pero, como funcionario público,
tengo que atenerme a la ley, y la ley dice esto”? La persona
puede ser muy sincera diciendo “yo no creo en esto, yo no
votaría a favor de esto”, y en su conciencia se sentiría
justificada para seguir recibiendo la Sagrada Comunión.
La pregunta, ahora, sería: ¿es esto un escándalo para la gente?
La tarea del obispo es decidir y seguir el procedimiento. El
procedimiento normal para ocuparse de esto sería el contacto
personal con el individuo, tratar de disuadir o de persuadir a
la persona para que cambie su actitud.
Si usted dice: “pienso que el aborto es maligno”, entonces usted
tiene la obligación de apartarse de ese mal tanto como le sea
posible. Usted está en el derecho y bajo la expectativa de
tratar de desarraigar ese mal tanto como le sea posible. Es por
esto que, en Evangelium Vitae, el Santo Padre dice
claramente que es comprensible que una persona, en la vida
pública, pueda votar por una medida que incluya algo que sea
objetivamente pecaminoso o maligno, siempre que esa medida sea
un mal menor. En otras palabras, uno tiene que esforzarse
constantemente por lograr que ese mal sea menor que el que había
antes en la ley. Usted tiene que tratar de remediar el mal, para
que su posición personal sea sincera.
Si usted dice, una y otra vez: “pienso que esto es incorrecto,
pienso que esto es maligno”, pero nunca trata de hacer nada para
remediarlo, entonces hay que cuestionarse su sinceridad. Si hay
algo que usted pudiera hacer, y no lo hace, entonces usted se
está asociando con el mal.
¿Qué se supone que haga un obispo ante esta situación?
Pienso que el documento interino que fue aprobado por los
obispos en la reunión de junio indica que, primero que todo,
debemos enseñar claramente. Tenemos que hacer todo lo posible
por ser tan persuasivos como podamos en nuestras enseñanzas,
respecto de los individuos que gozan de la confianza pública y
de la responsabilidad pública, y que son católicos. En otras
palabras, nuestro papel principal es enseñar.
Después, el obispo tiene que realizar una valoración para saber
si la gente está escuchando o no las enseñanzas de la Iglesia, y
haciendo que estas enseñanzas sean parte de su examen de
conciencia.
La otra cuestión que el obispo tiene que valorar es si el
escándalo causado por una determinada situación es un mal
superior al que acarrearía el decirle al individuo que no debe
recibir la Sagrada Comunión. El canon que se ocupa de esto en la
ley de la Iglesia, es muy claro, muy específico, y exige una
aplicación muy cuidadosa de esa ley antes de tomar una medida
pública.
¿Puede el obispo hacer algo privadamente? ¿Puede llamar aparte a
un político católico y decirle: “no debes recibir la Comunión”?
Eso es lo que siempre deberíamos hacer, tratar de trabajar
privadamente con cada individuo, tal como se hace en otras
situaciones. Eso es lo que uno hace en la confesión. Eso es lo
que se hace como consejero: tratar una y otra vez de explicar
las cosas, de persuadir a la gente, de estimularla, de orar
sobre estas cosas, de modo que haya una conversión interna. Este
es siempre el objetivo de la Iglesia: una conversión de corazón.
Todo lo que hacemos en la Iglesia mediante la enseñanza, es
transformar los corazones, hacer que la gente abandone una
inclinación hacia el mal por una inclinación hacia la santidad.
Es por esto que el Santo Padre, al anunciar los nuevos Misterios
Luminosos del rosario, calificó al tercero de llamado a la
conversión. Eso fue lo que Jesús hizo. Sanó a la gente, pero le
decía: “Vete, y no peques más”, llamándolos siempre a una
conversión de corazón. La Buena Nueva es que podemos vivir como
hijos de la luz. Podemos vivir como hijos de Dios.
Muchas personas consideran escandaloso que un político católico
vote a favor del aborto. Pero, para otros, podría ser un
escándalo mayor que un político católico votara por la pena de
muerte, o que votara contra alguna ley a favor del medio
ambiente. Entonces, por qué el escándalo está únicamente en el
aborto?
Primero que todo, no estoy seguro de que esto último
–dependiendo de la cuestión en específico– no resultara también
escandaloso. Tenemos la obligación de ser coherentes al sostener
las enseñanzas de la Iglesia. Al mismo tiempo, hay que decir que
el aborto es maligno porque niega el derecho más fundamental que
todo hijo o hija de Dios debe tener: la vida. Si no hay vida,
los demás derechos no importan. Hay un derecho natural a la
vida, dado por Dios. Una vez que se tiene la vida, todo lo demás
ocupa el lugar que le corresponde según su importancia.
De modo que, aunque los otros casos no sean iguales, pueden
resultar muy serios. Por ejemplo, la pena de muerte o el negarse
deliberadamente a dar atención médica, pueden ser cosas muy
serias. Eso no es lo que nuestra Iglesia enseña. Esto no es lo
que nuestra Iglesia quiere para las personas. Pero, si se les
impide nacer mediante el aborto, las demás cuestiones carecen de
significación para ellas.
A veces, es muy difícil llegar a juicios prácticos y prudentes
sobre las leyes que están siendo aprobadas. Uno va a votar por
una determinada persona que va a votar de tal manera sobre tal
cuestión, y de otra manera sobre otra cuestión. Uno quisiera
estar seguro –sean políticos católicos o no– de que son personas
apropiadas para lo que uno piensa que deben hacer. Pero
raramente se encuentra a un político que se ajuste a esto. Es
muy propio de los políticos el establecer compromisos.
En mi opinión personal, aunque le daría prioridad a la cuestión
de la vida, tendría que decir que ésta no es la única que se
debe considerar. Puede ser la más importante, pero no es la
única. Como el Cardenal Joseph Ratzinger –prefecto de la
Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe– declaró en un
memorando al Cardenal Theodore McCarrick, Presidente del Equipo
de Trabajo sobre los Obispos Católicos y los Políticos
Católicos:
“Un católico sería culpable de cooperación formal con el mal, y
por lo tanto indigno de presentarse a recibir la Sagrada
Comunión, si deliberadamente votara por un candidato debido,
precisamente, a la posición tolerante del candidato ante el
aborto. Cuando un católico no comparte la posición de un
candidato ante el aborto y/o la eutanasia, pero vota por ese
candidato por otras razone, se considera cooperación material
remota, que puede permitirse en presencia de razones
proporcionales”.
De modo que estas cuestiones no pueden verse en blanco y negro.
Pueden ser muy complejas.
El Cardenal McCarrick dijo que nunca había querido hacer de la
Comunión un punto de conflicto. ¿Cuál es su opinión sobre esto?
Creo que es absolutamente correcto. La Sagrada Comunión no
debería estar en juego cuando se consideran todas estas cosas.
La forma en que los obispos y las personas deben ocuparse de
estas cuestiones, es la enseñanza; la enseñanza persistente y
persuasiva, y no, en mi opinión, negarle a la gente la Sagrada
Comunión. A menos que exista una seria razón pastoral para
hacerlo, y entonces el proceso debe desarrollarse de una manera
muy cuidadosa. Habrá más información sobre esto después de la
reunión de los obispos estadounidenses en noviembre, cuando se
apruebe el documento final.
¿Politiza esta controversia la Eucaristía?
La usa, la usa equivocadamente, y abusa de ella.
Pero algunas personas podrían decir que, si la Iglesia cree que
algo es incorrecto, debe atenerse a sus enseñanzas y hacer lo
que sea necesario.
Parte de sus enseñanzas consiste en la conciencia. Se supone que
la persona es quien debe determinar si merece recibir la
Comunión. Ahora bien, la persona tiene la obligación de
asegurarse de que su conciencia está bien informada. Esa es
nuestra responsabilidad. No es la de hacer juicios sobre la
conciencia ajena. Quiero decir, ¿cómo puede uno determinar
cuáles de las personas que se ponen en fila para recibir la
Comunión durante una Misa dominical, son dignas de ella? Nunca
hemos hecho nada semejante.
Para terminar, deseo recordar la parábola de Jesús acerca del
trigo y la cizaña. Hay que tener mucho cuidado al aplicarle
sanciones a la gente, porque se puede causar más daño que no
haciendo nada. El Señor dice claramente: no traten de sacar toda
la cizaña del sembrado de trigo, porque pueden dañar el trigo.
Al final, el dueño arrancará la cizaña y la echará al fuego. Es
el Maestro quien conoce los corazones de cada uno.
Yo no pretendo saber lo que hay en el corazón de una persona;
cuáles son sus luchas; con cuánta fuerza desean recibir al Señor
y estar con el Señor; o con cuánta fuerza desean superar algo,
pero son incapaces de lograrlo, ya sea por debilidad o cualquier
otra causa. Nunca podría decir que alguien está haciendo algo
deliberadamente; no tendría manera de juzgarlo.
Cuando escucho confesiones, recibo lo que la gente me dice como
expresión sincera de su corazón. Si tengo algún motivo para
dudarlo, puedo hacer alguna pregunta. Pero tengo que aceptar lo
que me dicen en la confesión. Tal vez no sean sinceros; pero eso
es entre ellos y el Señor, y tengo la conciencia muy limpia
acerca de eso.
Pienso que debemos tomar a las personas por lo que son. A menos
que se tenga un motivo para pensar de otra manera, uno acepta lo
que la gente le dice en la confesión como salido de su corazón.
Hacerlo de otro modo podría ser espiritualmente muy peligroso.
Al final, cada uno de nosotros tendrá que rendir cuentas de sus
acciones al Señor, como dice San Pablo en su epístola a los
romanos. De aquí nuestra creencia en el juicio final a cargo de
Dios.
Lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica
sobre la Comunión
Los siguientes párrafos están tomados del
Catecismo de la Iglesia Católica, Segunda Parte, Artículo 3, El
Sacramento de la Eucaristía Nos. 1322-1419. El Catecismo se
puede comprar en cualquier librería católica, también se puede
leer en la página web de la Santa Sede
http://www.vatican.va/archive
1324
La Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG
11). “Los demás sacramentos, como también todos los ministerios
eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la
Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto,
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua” (PO 5).
1355
En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la
fracción del pan, los fieles reciben “el pan del cielo” y “el
cáliz de la salvación”, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se
entregó “para la vida del mundo” (Jn 6,51):
Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua
“eucaristizados”, “llamamos a este alimento Eucaristía y nadie
puede tomar parte en él s i no cree en la verdad de lo que se
enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón
de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los
preceptos de Cristo” (S. Justino, apol. 1, 66,1-2).
1385
Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este
momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de
conciencia: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor
indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del
cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y
bebe su propio castigo” ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia
de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la
Reconciliación antes de acercarse a comulgar.
1386
Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir
humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf Mt
8,8): “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una
palabra tuya bastará para sanarme”.
1389
La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días
de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a recibir al menos
una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual,
preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la
Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa
Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más
frecuencia aún, incluso todos los días.
1408
La celebración eucarística comprende siempre: la proclamación de
la Palabra de Dios, la acción de gracias a Dios Padre por todos
sus beneficios, sobre todo por el don de su Hijo, la
consagración del pan y del vino y la participación en el
banquete litúrgico por la recepción del Cuerpo y de la Sangre
del Señor: estos elementos constituyen un solo y mismo acto de
culto.
1413
Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y
del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo las especies
consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso,
está presente de manera verdadera, real y substancial, con su
Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad (cf Cc. de Trento: DS
1640; 1651).
1415
El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe
hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber
pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber
recibido previamente la absolución en el sacramento de la
Penitencia.
1416
La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo
acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los
pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los
lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la
recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia,
Cuerpo místico de Cristo.
1418
Puesto que Cristo mismo está presente en el Sacramento del Altar
es preciso honrarlo con culto de adoración. “La visita al
Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor
y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor” (MF).
Lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de la
Conciencia
Los siguientes párrafos están tomados del Catecismo de la
Iglesia Católica, Tercera Parte, La vida en Cristo, Artículo 6,
La Conciencia Moral. Nos. 1776-182
1777
Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral (cf Rm
2, 14-16) le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y
evitar el mal. Juzga también las opciones concretas aprobando
las que son buenas y denunciando las que son malas (cf Rm 1,
32). Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien
supremo por el cual la persona humana se siente atraída y cuyos
mandamientos acoge. El hombre prudente, cuando escucha la
conciencia moral, puede oír a Dios que le habla.
1795
“La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del
hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más
íntimo de ella” (GS 16).
1796
La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la
persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto.
1797
Para el hombre que ha cometido el mal, el veredicto de su
conciencia constituye una garantía de conversión y de esperanza.
1798
Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus
juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por
la sabiduría del Creador. Cada cual debe poner los medios para
formar su conciencia.
1799
Ante una decisión moral, la conciencia puede formar un juicio
recto de acuerdo con la razón y la ley divina o, al contrario,
un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1800
El ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su
conciencia.
1801
La conciencia moral puede permanecer en la ignorancia o formar
juicios erróneos. Estas ignorancias y estos errores no están
siempre exentos de culpabilidad.
1802
La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso
que la asimilemos en la fe y en la oración, y la pongamos en
práctica. Así se forma la conciencia moral.
Lo que dice el Código de Derecho Canónico acerca de la Comunión
y la Confesión
Canon 898
Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima
Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del
Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento
frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma
adoración; los pastores de almas, al exponer la doctrina sobre
este sacramento, inculquen diligentemente a los fieles esta
obligación.
Canon 899
La celebración eucarística es una acción del mismo Cristo y de
la Iglesia, en la cual Cristo Nuestro Señor, substancialmente
presente bajo las especies del pan y del vino, por el ministerio
del sacerdote, se ofrece a sí mismo a Dios Padre, y se da como
alimento espiritual a los fieles unidos a su oblación.
Canon 912
Todo bautizado a quien el derecho no se lo prohíba, puede y debe
ser admitido a la Sagrada Comunión.
Canon 915
No deben ser admitidos a la Sagrada Comunión los excomulgados y
los que están en entredicho después de la imposición o
declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un
manifiesto pecado grave.
Canon 916
Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre
la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la
confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y
no haya oportunidad de confesarse; y en este caso, tenga
presente que está obligado a hacer un acto de contrición
perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.
Canon 919
Quien vaya a recibir la Santísima Eucaristía, ha de abstenerse
de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora
antes de la Sagrada Comunión, a excepción sólo del agua y de las
medicinas.
Canon 920
Todo fiel, después de la primera Comunión, esta obligado a
comulgar por lo menos una vez al año.
Canon 988
El fiel está obligado a confesar según su especie y número todos
los pecados graves cometidos después del bautismo y aún no
perdonados directamente por la potestad de las llaves de la
Iglesia ni acusados en confesión individual, de los cuales tenga
conciencia después de un examen diligente.
Se recomienda a los fieles que confiesen también los pecados
veniales.
Canon 989
Todo fiel que haya llegado al uso de razón, está obligado a
confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año.
Para más información sobre el Código de Derecho Canónico:
http://www.vatican.va/archive/cdc/index_sp.htm
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