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Atropos, la parca impía

2 de noviembre: Día de los Fieles Difuntos

Eduardo Barrios S.J

¡Qué maleducada es Átropos, la parca de la muerte! Se presenta sin cita previa, y entra sin llamar a la puerta. Llega blandiendo su ensangrentada guadaña para ejecutar su única e inapelable misión, la de segar vidas. Lo mismo aparece en campos de batalla, que en aviones comerciales en picada, que en automóviles temerariamente acelerados por las autopistas, que a la cabecera de agonizantes en hospitales y hogares.

Cuenta la muerte con su censo exhaustivo de la raza humana, y tarde o temprano reclama la vida de cada habitante del planeta sin exonerar a nadie, ni dejarse conmover por credenciales de linaje, ciencia o poder. Nada tan absolutamente universal como la ineluctabilidad del morir.

Los humanos sabemos que nos acecha la muerte, pero procuramos auto-engañarnos haciendo nuestro el sentir de aquel iluso que definió la muerte como “algo que siempre le sucede a otros”.

Y cuando la muerte se lleva a “otros”, entonces las artes fúnebres se encargan de maquillarla para restarle fealdad. En los cementerios, por ejemplo, los dolientes ya no esperan a ver cómo las paletadas de tierra caen sobre el ataúd del finado. Ni siquiera se ve tierra, pues una alfombra de grama artificial oculta el montículo con el que se rellenará el sepulcro.

Por mucho que queramos ahuyentar el recuerdo de la muerte, un mayor ajetreo por iglesias y cementerios el 2 de noviembre, nos obliga a pensar que algún día dirán de nosotros “¡El pobre, qué bueno era!”. Para el ateo, nada más aterrador que la certeza de morir. Llegado a la existencia millones de años después que una supuesta explosión (big bang) diese origen al universo material, le llega la hora de otro ciego reventón (big bong) para sumergirlo en la inconciencia, la nada, el vacío, la oscuridad absoluta. ¡Qué triste es la muerte del ateo!

Pero tampoco pensemos que el creyente le sonría a la muerte, pues no la considera obra del Creador: “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser, pero por envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab. 2, 23-24). El morir, en cuanto ruptura traumática con el único modo de existir que conocemos, llegó con el pecado. San Pablo llama a la muerte “la última enemiga” (1Cor 15,26).

Precisamente Cristo vino a vencerla. Como ser humano sensible, Jesús participó de la repugnancia contra la muerte. Cuando Marta y María lo llevaban a ver la tumba de Lázaro en Betania, “Jesús comenzó a llorar” (Jn. 11, 35). Y pocos días después, mientras oraba por última vez en Getsemaní, “comenzó a sentir miedo”; y ahora bien, si es cierto que Jesús compartió el instinto de conservación común a todos, también es verdad que aceptó la muerte y que a punto de expirar no se vio ante un abismo de oscuridad, sino ante un abismo de amor personal. Sus últimas palabras fueron: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23,46). Tres días después completaría su triunfo sobre la muerte con la gloriosa resurrección.

Jesús “gustó la muerte” (Heb. 2,9), pero como “hora de dejar este mundo para ir al Padre” (Jn. 13,1).

Su triunfo no es una victoria exclusivamente personal. Resucitó como “primer fruto” (1Cor. 15, 20). Al cristiano se le predica esta esperanza. Se le exhorta, además, a no tener miedo a la muerte. “No teman a los que matan el cuerpo y no pueden hacer nada más” (Lc. 12,4). Sólo se debe temer al pecado justamente. Sin embargo, a la mayoría de los creyentes les cuesta mucho morir. Al moribundo se le suele ocultar su gravedad. Saben los familiares que el paciente no podría soportar la fatídica noticia.

Siempre hay excepciones. El caso más clamoroso es el de los mártires. Documentos históricos atestiguan cómo muchos mártires iban cantando al patíbulo. Santo Tomás Moro incluso le hizo un chiste al verdugo encargado de decapitarlo: “No me cortes la barba; ella no ha cometido alta traición”.

También hay enfermos que hablan de su inminente muerte con paz, y apropiándose las palabras del salmista: “¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!” (Sal. 122)

Cuando veamos que alguien se enfrenta así a la muerte, es decir,  con serenidad y poniéndose en las manos de Dios, asombrémonos, pues nos encontramos ante un milagro de la gracia divina: Se habrá dado una vez más sobre la tierra el milagro de la fe.