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Abril 21 de 2011
Agradezco a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires
honrarme con la invitación a ocupar esta tribuna el día de la
inauguración. He tenido ya ocasión de participar en ella hace
algunos años y me alegra saber que ha ido creciendo y atrayendo cada
vez a más editores, libreros y lectores hasta convertirse en una de
las ferias del libro más importantes en todo el ámbito de nuestra
lengua.
No me extraña nada que haya ocurrido así. Desde la primera vez que
pisé Buenos Aires, hace de esto cerca de medio siglo, advertí que
esta ciudad y los libros tenían una afinidad recóndita, comparable a
la que sólo había advertido antes en París, y que, al igual que esta
última, Buenos Aires era una ciudad de librerías —modernas y
anticuarias—, de cafés literarios, de escribidores y lectores, donde
todo letra herido se sentía inmediatamente en su casa. No es por eso
nada raro que uno de los más grandes creadores de nuestro tiempo,
Jorge Luis Borges, fuera un porteño y que se pueda decir de su
extraordinaria obra que toda ella es como la exhalación imaginaria
emanada de una biblioteca, institución en la que Borges, recordemos,
en uno de sus más bellos textos, materializó el Paraíso.
Agradezco a los organizadores de este certamen haber resistido las
presiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas
para desinvitarme. Y extiendo mi agradecimiento a la Presidenta,
señora Cristina Fernández de Kirchner, cuya oportuna intervención
atajó aquel intento de veto. Ojalá esta toma de posición en favor de
la libertad de expresión de la mandataria argentina se contagie a
todos sus partidarios y guíe su propia conducta de gobernante. Este
episodio, me parece, más allá de lo anecdótico, plantea un asunto
interesante y actual que no me parece inadecuado abordar en el marco
de este certamen con una breve exposición que se podría titular: "La
libertad y los libros".
Manuscritos, impresos y, ahora, digitales, los libros representan la
diversidad humana (mientras no sean expurgados, claro está). A
condición de que puedan participar en ella sin discriminación,
cortes, sin censura, los libros de una Feria del Libro son, en
pequeño formato, la humanidad viviente, con lo mejor y lo peor que
ella tiene: sus creencias, sus fantasías, sus conocimientos, sus
sueños, sus amores y sus odios, sus prejuicios, sus pequeñeces y
grandezas. Ningún espejo retrata mejor a esa colectividad de hombres
y mujeres que conforman las diversas tradiciones, culturas, etnias,
lenguajes, mitos, costumbres, modos y modas del fenómeno humano. Esa
extraordinaria variedad desaparece cuando, abandonando la
superficie, gracias a los libros nos sumergimos en lo profundo hasta
llegar a aquellas raíces o denominadores comunes de la especie, pues
allí descubrimos lo que hay de solidario y semejante por debajo de
aquella frondosa variedad: una condición, unos sentimientos, unos
anhelos, unas alegrías y unos miedos que establecen una identidad
recóndita sobre las diferencias y distancias que la historia ha ido
forjando entre razas, pueblos y culturas a lo largo de los siglos.
Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos,
religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas y a
descubrir que, por encima o por debajo de las fronteras regionales y
nacionales, somos iguales en el fondo, que los "otros" somos en
verdad "nosotros" mismos. Gracias a los libros viajamos en el
espacio y en el tiempo, como hizo Julio Cortázar en La vuelta al día
en ochenta mundos sin salir de su biblioteca, y comprobamos que, con
todos sus matices y variantes, la humanidad es una sola y
compartida.
Podemos comparar el mundo de los libros que en estos momentos nos
rodea con un bosque encantado. Ellos están allí, quietos, inertes,
silenciosos, como los árboles y las plantas de las fantásticas
historias infantiles, esperando la varita mágica que los anime.
Basta que los abramos y celebremos con sus páginas esa operación
mágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos convocada
por la hechicería de sus letras y palabras, y un surtidor de ideas,
imágenes y sugestiones se eleve del papel hacia nosotros, nos
impregne, arrebate y traslade a otra vida, a menudo más rica,
coherente, intensa y entretenida que la vida verdadera, en la que a
menudo las rutinas embrutecedoras cotidianas nos dejan apenas
resquicios para la exaltación y la felicidad.
La vida de los libros nos enriquece y nos transforma. Nos hace más
sensibles, más imaginativos y, sobre todo, más libres. Más críticos
del mundo tal como es y más empeñados en que cambie también él y se
vaya acercando a los mundos que inventamos a imagen y semejanza de
nuestros deseos y sueños.
Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y
deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a
crear mundos de fantasías y a volcarlos en ficciones para poder
tener aquello que la vida que vivimos no nos da. El viaje al corazón
de ese bosque encantado de los libros no es gratuito, un paseo
divertido y sin secuelas. Es un viaje que deja huellas en el
sentimiento y la inteligencia del lector, la comprobación de que el
mundo real está mal hecho, pues no basta para colmar nuestros
anhelos. ¿Para qué inventaríamos otros mundos si con éste nos
bastara? Es imposible no salir de un buen libro sin la extraña
insatisfacción de estar abandonando algo perfecto para volver a lo
imperfecto y empezar a mirar el entorno con cierto desánimo y
frustración. Nada ha hecho que el mundo progrese tanto desde los
tiempos de la caverna primitiva hasta la era de la globalización
como ese viaje a lo imaginario que acompaña a hombres y mujeres
desde su más remoto pasado y del que da testimonio inequívoco el
mundo vertiginoso y laberíntico de los libros.
No es sorprendente, por ello, que los libros hayan despertado, a lo
largo de la historia, la desconfianza, el recelo y el temor de los
enemigos de la libertad, de quienes se creen dueños de las verdades
absolutas, de todos los dogmáticos y fanáticos que han sembrado de
odio y violencia zigzagueante el curso de la civilización.
La Inquisición lo vio clarísimo: los libros deben ser examinados y
purgados por censores estrictos para asegurar que sus contenidos se
ajusten a la ortodoxia y no se deslicen en ellos apostasías y
desviaciones de la doctrina verdadera. Dejarlos prosperar sin esa
camisa de fuerza de la censura previa sería poblar el mundo de
heterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y desafíos
múltiples a las verdades canónicas. Esta mentalidad llevó a decidir
que todo un género literario —la novela— fuera prohibida durante los
tres siglos que duró la colonia en todas las posesiones españolas de
América. Durante trescientos años no se pudo editar ni importar
ficciones en las colonias americanas. El contrabando se encargó de
que muchas novelas circularan en nuestras tierras, felizmente. Pero
una de las perversas —o tal vez felices— consecuencias de esta
prohibición fue que, en América latina, como la ficción fue
reprimida en el género que la expresaba mejor —las novelas— y como
los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se la
arreglaron para contaminarlo todo —la religión, desde luego, pero
también las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la
filosofía y, por supuesto, la política—, con el previsible resultado
de que, todavía en nuestros días, los latinoamericanos tengamos
grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y lo que
es realidad. Eso ha sido muy beneficioso en los dominios del arte y
la literatura, pero bastante catastrófico en otros, en los que sin
una buena dosis de pragmatismo y de realismo —saber diferenciar el
suelo firme de las nubes— un país puede estancarse o irse a pique.
Los comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los
inquisidores de antaño.
Vez que se ha apoderado de un gobierno un fanático religioso,
ideológico o un caudillo megalómano que se cree dueño de la verdad
absoluta, los libros se han visto sometidos a purgas, recortes y
vejaciones para tratar de evitar que lo que ellos encarnan mejor que
nadie —la diversidad humana, la variedad de ideas, creencias, puntos
de vista, costumbres y tradiciones— se divulgue y contradiga la
visión dogmática, excluyente y autoritaria entronizada. Nazis,
fascistas, comunistas, caudillos militares o civiles enceguecidos
por los espejismos de las verdades absolutas han tratado a lo largo
de toda la historia y en todas las geografías del planeta de
domesticar y embridar el espíritu creativo, insumiso y crítico —que
ha sido siempre el motor del cambio—, pero, por fortuna, siempre han
fracasado. Dejando, eso sí, en el camino una miríada de víctimas
—torturados, encarcelados y asesinados— que, pese a la represión y a
las persecuciones, mantuvieron siempre viva aquella llama de
libertad que anida, como un alma secreta, en el corazón de los
libros.
Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir
los libros que queremos leer y que los libros puedan escribirse e
imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que
encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la
vida. Defender el derecho de los libros a ser libres es defender
nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza,
mantiene y renueva.
Una de las mejores tradiciones de la Argentina ha sido ser un país
de libros, escritores y lectores. Yo lo recuerdo muy bien, pues mi
infancia y mi adolescencia se nutrieron de revistas y libros (y,
añadiré, películas y canciones) que se producían y editaban en este
país y se difundían por todos los rincones de América. Por ejemplo,
llegaban puntualmente a Cochabamba, la ciudad boliviana donde viví
hasta los diez años. Recuerdo muy bien la llegada periódica de
Leoplán para el abuelo, el Para Ti que leían mi madre y m abuela y
el Billiken que yo esperaba como maná del cielo. Más tarde, de
universitario en San Marcos, en Lima, conocí la literatura más
renovadora y moderna (de Faulkner a Thomas Mann, de Joyce a Sartre,
de Camus a Forster, de Eliot a Hemingway) gracias a las traducciones
que editoriales como Losada, Sudamericana, Emecé, Sur y otras
publicaban y distribuían por todo el continente. Como innumerables
jóvenes latinoamericanos de mi generación, puedo decir por eso que
debo buena parte de mi formación literaria a esa pasión por los
libros que anida en el corazón de la cultura argentina.
Hago votos por que esa hermosa tradición se renueve y fortalezca y
que sea la mejor expresión de ello esta Feria del Libro de Buenos
Aires.
DIXIT(textual) "Leer nos hace libres, a condición, claro
está, de que podamos elegir los libros que queremos leer” Mario
Vargas LLosa |